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Marcello Tarì / Lluvia y lágrimas. Sobre ciertos detalles de Mayo del 68

En el número 14 de Qui e Ora fue publicado este 13 de junio de 2018 un nuevo ensayo de Marcello Tarì, «Pioggia e lacrime. Su certi dettagli di Maggio ‘68», que trata de liberar el acontecimiento de Mayo del 68 de su captura y neutralización a cargo de cierta concepción errónea de la historia, este año difundida ad nauseam por los diversos aparatos del poder y sus «conmemoraciones». A continuación ofrecemos una traducción.

 

El acontecimiento puro

 

Poco tiempo antes de Mayo —hay un solo Mayo— Gilles Deleuze daba una entrevista a Les Lettres françaises a propósito de las obras completas de Nietzsche para el editor Gallimard, de las cuales era «responsable» junto con Michel Foucault. La conversación se dirige muy pronto a la actualidad; una actualidad que se viera restringida a la del debate académico sería, como siempre cuando se trata de Deleuze, un error. A la pregunta sobre cuáles eran los problemas de la filosofía contemporánea, Deleuze daba una larga respuesta, aunque aquí nos interesan solamente algunas líneas, aquellas en las que dice que «la gente apenas cree ya en el Yo, en los personajes o en las personas. Esto es evidente en literatura. Pero es algo todavía más profundo: quiero decir que, espontáneamente, mucha gente comienza a dejar de pensar en términos de Yo» («Sur Nietzsche et l’image de la pensée», en G. Deleuze, L’île déserte et autres textes 1953-1974, Les éditions de minuit, p. 190). Por el contrario, lo que estaba emergiendo era un mundo conformado de individuaciones impersonales o singularidades preindividuales. En definitiva, lo que entreveía Deleuze era un panorama que, cada vez más, habría sido sin Sujeto.
Es este mundo de no-sujetos lo que en el Mayo del 68 hace su entrada violenta y catastrófica en la Historia. Contra ella. Porque la Historia moderna de Occidente, que es la única historia con la H mayúscula, nunca había sido sino Historia de Sujetos —sujeto-individuo, sujeto-social, sujeto-clase— y por tanto una historia de poderes, hasta la identificación tecno-política de sujetos y poder en nuestra contemporaneidad. De hecho, para mantenerse en pie, el capitalismo tuvo que crear sujetos completamente artificiales, vacíos, evanescentes, sujetos-dispositivo: la contrarrevolución es también, sino es que sobre todo, un sistema de producción de subjetividades. Sin embargo, después de entonces, ningún Sujeto ha vuelto nunca a aparecer.
En este hundimiento del Yo, junto con la emersión de «millones y millones de Alice en potencia», yacía la energía revolucionaria que fundió 1968. Y es por esto que Mayo no pertenece a la Historia, sino que, como dice Deleuze más tarde, es un acontecimiento, aún más, un acontecimiento puro. Un acontecimiento puro es un plano que corta lo real y se libra sobre el tiempo histórico, una discontinuidad en la vida, una bifurcación del devenir —Blanqui decía ya: «cada instante traerá su bifurcación»— y en cuanto tal no es producto de una causalidad o de cualquier determinismo social y no se produce, a su vez, en alguna continuidad histórica necesaria. Mayo está fuera y contra la Historia. Dicho sea de paso: el 68 que en Italia duraría diez años es una leyenda historicista y de izquierda, es decir, una narración donde la cosa más importante es siempre la continuidad: de la historia, de la teoría y obviamente del sujeto, poco importa su adjetivación (para entendernos: la teoría del obrero social marca una discontinuidad sólo exteriormente, pero sigue siendo la teoría de un sujeto obrero). Este continuismo a ultranza, por ejemplo, es la crítica que se le puede hacer a un libro para otras plumas excepcional como lo es La horda de oro de Moroni y Balestrini. Pero es también, tal vez, uno de los elementos que en mayor medida han determinado en Italia distorsiones en la transmisión revolucionaria de generación en generación, transmisión que se ha hecho discurso de movimiento, opinión pública y práctica política.
En cambio, el acontecimiento puro es perfecto en sí: Mayo del 68 nunca terminó, porque nunca tuvo un fin externo a sí. Su gesto actuó no sólo en extensión, difundiéndose en la sociedad, sino en profundidad, sobre la vertical de la existencia singular. Maurice Blanchot lo dice claramente: Mayo cumplió su revolución, y los rasgos de aquello que una política tradicional considera derrotas son en cambio testimonio del cumplimiento de su obra. De hecho, y tendremos que tenerlo en cuenta precisamente hoy, Deleuze sostiene que Mayo no fue, en ese entonces, el resultado de una crisis, al contrario, es él, el cisma del 68, lo que desencadenó la crisis «existencial» del mando capitalista que llevamos viviendo cada vez más intensamente. Pero justamente por esto, sólo otro acontecimiento puro, otra coupure, otra interrupción general, más potente incluso que el Mayo, podrá poner fin a esto y abrir posibles. ¿Cuáles? No lo sabemos, no podemos saberlo, pero no es realmente importante.
Los acontecimientos puros —una insurrección, la aparición de una amistad, la irrupción de un amor— no permiten únicamente a una época o a una existencia profundizar su potencia, sino, siendo algo que hace dar un salto a la historia y a la vida misma, crean un afuera y componen un cielo, un cielo nocturno en el cual los acontecimientos más intensos son las estrellas. Por esto, incluso una vez que la insurrección se cierra, que la revolución se asfixia, que el amor desaparece, del mismo modo las estrellas continúan en el cielo iluminando nuestros corazones, nuestras existencias impersonales, las vidas clandestinas en la noche. Desde entonces para muchos y muchas vale aquello que Hölderlin se decía a sí: «La noche, clara para la luz de las estrellas, se había vuelto mi elemento» (Hiperión). Y cuando las bellas estrellas desaparecen, como los sueños frente a los rayos de la mañana, no queda más que combatir todavía por la insurrección, componer las fuerzas de una revolución, encontrar un rostro que ames y un amigo con el cual compartir todo esto. Crear un afuera, rehacer un cielo, poblarlo de astros. En ese Mayo sucedió que el cielo de cada uno se confundía con el cielo de todos. Un firmamento de estrellas serpentinas que incendiaba el mundo, un desastre (o des/astro) para el capital. Sin ese afuera no podía haber en él ningún cielo, ninguna estrella. Me da pena por quienes hoy creen que el afuera ni siquiera sea pensable porque, intercambiando todo el capitalismo por una totalidad absoluta, no ven los fragmentos que brillan en la noche, no creen en la posibilidad del acontecimiento puro. Deben estar desesperados.

 

Siempre hay que destituir la «cultura»

 

Deleuze decía que en la literatura de la década de 1960 la destitución del sujeto-Yo era ya evidente incluso antes de que iniciara la insurrección, pero lo mismo se podría decir para el cine, la música, la pintura y el teatro. A través de la descomposición de las formas del lenguaje, los sonidos y las imágenes, se hacían nuevos montajes que se encarnaban en cuerpos, derribaban la Ley y se articulaban en nuevas formas de existencia. Para quien quiera saber más de esto consiga el bello libro rojo de Cristina Di Simone, Proféractions ! Poésie en action à Paris (1946-1969), Les presses du réel, 2018. Es el arte y no la sociología lo que siempre debe anticipar la tendencia. A condición de que haya un arte y de que aquellos que se sitúen en un devenir revolucionario sean capaces de entrar en contacto con él. Éste es uno de los meollos de la época, quiero decir, de aquella que estamos viviendo (¿viviendo?). En pocas palabras, ¿de verdad creen que 1917 habría sido posible sin las tres M de Meyerhold, Malévich y Mayakovski?
Tratemos de comprender un poco esta cosa de la «cultura». Se oye enunciar en muchos sitios del pequeño mundo del antagonismo cierto discurso sobre la necesidad de no hacerse los quisquillosos y, por tanto, de tener que interesarse en las formas «artísticas y culturales» queridas por los llamados jóvenes de las periferias (¡Cielos! ¿Acaso son otro sujeto?). Estupendo. Más vale que no nos interesemos en cualquier forma de consumo cultural metropolitano. Sólo con dos precisiones. La primera es que buscar comprender no significa adecuarse a cualquier cosa y que este interés tenga sentido si se intenta subir el nivel, experimentarse sobre las formas, no rebajarse a todo lo que pasa. Tiene todavía más sentido si se consigue arrancar ciertas formas, ciertos significantes, de su contexto a fin de hacer otro uso de ellos. Pero para hacer esto también es necesario acabar con esa misión que nos autoatribuímos, para la cual se trataría de «interceptar» (los sujetos, huelga decir) para después «politizarlos», en resumen, la vieja idea de la consciencia que se introduce desde el exterior pero en una versión caricaturesca. Pero no, ustedes háganse interceptar, abondónense al mundo, y así exploren el fondo de la época que es siempre el fondo de nuestra propia vida.
La segunda precisión es que existen muchas formas de expresividad artística, algunas de las cuales están ya dentro de un devenir revolucionario: hagamos de ellas los asistentes en lugar de apoyar cualquier fenómeno supuestamente «popular». Acabemos realmente con esta retórica de que la «gente» no entiende, esto sí que sería tener una actitud discriminatoria incluso si es, aparentemente, por parte del «pueblo», insinuando una incapacidad casi ontológica de los proletarios para poder emanciparse de la cultura más barata producida para ellos. Incluso en los tiempos de Octubre había quien decía a Mayakovski que lo que él hacía no era adecuado para el pueblo: demasiado elaborado, demasiado refinado, demasiado «abstracto» para que unos obreros pudieran disfrutarlo. Es claro que se trataba de un discurso completamente falso y, dicho sea de paso, los teatros de Moscú estaban llenos y vivos también y especialmente durante la guerra civil. En cualquier caso el realismo socialista, que fue opuesto a las vanguardias, era una basura y sigue siéndolo. Y recordemos que todo producto de la cultura occidental es fruto de barbaries, como decía Benjamin, y que, por tanto, no se trata precisamente de salvarla sino de destituir el dispositivo que hace del arte una dimensión separada de la vida tanto en cuanto mercancía como en cuanto actividad restringida a los más diversos códigos normativos que la vuelven inofensiva.
Llega el día en que «hacer cultura» significa darle martillazos a una vitrina, erigir diez mil barricadas, arrojar la poesía en las paredes, hacer que mi lengua se deslice en los ángulos secretos de tu cuerpo, hacer de todo encuentro un acorde musical, quemarlo todo, también a sí mismos. Qu’il vienne, qu’il vienne / Le temps dont on s’eprenne.

 

Detalles

 

En los primeros meses de 1968 tres chicos griegos, entre los cuales había dos que se volvieron famosos en la década de 1970 bajo los nombres de Demis Roussos y Vangelis, se escaparon de Atenas y trataron de llegar a Londres. Ellos son los Aphrodite’s Child y hacen música, pop-rock progresivo como se decía en la época. Pero cuando llegaron a los confines de la pérfida Albión fueron renegados como se hace con los inmigrantes no gratos. Así que permanecieron varados en Francia, en París, donde tienen la fortuna de encontrar a un productor con quien firman un contrato y que les permite comenzar a grabar. Apenas tienen el tiempo de producir una sola canción, visto que estamos en Mayo y hacia la mitad del mes también los trabajadores de la discográfica entran en huelga como todo el resto de la población. La canción lleva el título de «Rain and Tears». Es una canción de amor, como todas las de la época, pero es un amor que se ve afectado por la atmósfera parisina de aquel mes. En efecto, años después Demis Roussos contó que los torrentes de lágrimas eran aquellos provocados por la tempestad de lacrimógenos que en aquellos días embistió París y la lluvia era aquella que caía copiosa en ese prodigioso Mayo. Su disco no fue el más vendido, pero fue, justamente, aquel que se conservó como el disco más de «culto», por estar impregnado literalmente de aquella época, de aquel acontecimiento. Un detalle.
Tan sólo pocos días antes de que llegara Mayo, un periódico francés publicó un artículo que decía que Francia se aburría y Leslie Kaplan, en un escrito potente que fue publicado este año, Mai 68, le chaos peut être un chantier (P.O.L., 2018), cuenta que este aburrimiento estaba hecho de silencios (silencio sobre la tortura en Argelia, silencio sobre los inmigrantes que vivían en las favelas, silencio sobre la miseria, silencio sobre el porvenir de los jóvenes), de desolación —«que no existe la soledad, sino el hecho de sentirse solos, abandonados, por y dentro de la sociedad»— y por otros silencios desoladores como la connivencia, la mentira, y «el discurso, el discurso, el discurso…» (pp. 12-13). Es por esto que muchos identificaron el gesto revolucionario de Mayo en la «toma de palabra»; se decía, «en 1789 tomaron la Bastilla, hoy tomamos la palabra», lo que significa que en el mismo gesto se destruye y se construye.
Escribe Leslie Kaplan:

 

hablar verdaderamente significa derrocar el mundo habitual, convenido, poner el mundo al revés.
Tener en mente el grafiti escrito en una pared:
sean realistas, pidan lo imposible
es un proceso infinito, en todos los
sentidos (p. 22)

 

No sólo, en ese entonces, los «discursos» son insuficientes sino que son precisamente ellos, ya sea que vengan de derecha o de izquierda, los que imponen a la palabra liberarse, rehacer enteramente un lenguaje, un cuerpo nuevo.
Al mismo tiempo, aquello de lo que la insurrección de Mayo permite hacer experiencia es el modo de vivir el tiempo, la experiencia de su suspensión:

 

inventar un tiempo
estar en un afuera-tiempo
un tiempo suspendido
extraño
pero palpable (pp. 36-37)

 

Se trata de una palabra-afuera y de un afuera-tiempo que resuenan en unos cuerpos: la insurrección es poesía en acción. Y es por esto que es importante comprender la genealogía del 68 también a partir de las «investigaciones sobre la poesía-performance de los años 1950-1960, las cuales aspiran a una poesía definida como acción y buscan entrelazar arte, vida y política en una sola forma de compromiso […] éstas abren diversas canteras que se apoyan en otros tantos rechazos: aquel del espectáculo, aquel del lenguaje de la propaganda política y publicitaria, aquel del libro» (Cristina De Simone, p. 13).
En este nuevo modo de conversar en y con el mundo emergen las singularidades, y aquí la lengua no discursiva de Leslie Kaplan nos vuelve a llevar al inicio, a Deleuze:

 

se trata de singularidad, no de «identidad»
la identidad quiere decir ser conforme a una definición
la singularidad, por el contrario, ha surgido de una experiencia
de un movimiento, de la vida
se apoya en el detalle (p. 38)

 

El detalle, los detalles, eso es lo que los movimientos permiten hacer emerger frente a las grandes estructuras molares. Recuperar esta atención a los detalles es la tarea que hoy tenemos que llevar a cabo, y para eso nos es necesario no sólo el ejercicio del pensamiento, la experiencia del gesto subversivo, sino también la poesía, el cine, el teatro, la pintura y todo aquello que permite suspender el tiempo, rehacer el lenguaje, rehacer los cuerpos, rehacer un mundo para crear un espacio habitable de la singularidad.
Requerimos de lluvia y lágrimas. Que consigan fundirse de nuevo: la lluvia de singularidades, las lágrimas de la insurrección.