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Marcello Tarì / ¡Hey, hey, hoy salvé el mundo!

para D.

 

Hay una canción de los Eurythmics, un viejo hit de los años 90, que lleva como título I saved the world today, tema que se repite en el ritornelo: «hey, hey, hoy salvé el mundo/ahora todos están felices / lo malo se ha ido / lo bueno está aquí para quedarse / por favor, déjalo quedarse». Es un lindo tema.

 

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Ahora tratemos de contar una breve fábula, que comienza como un dark tale. El mundo en el cual vivimos merecería todos los días ser aniquilado; sin embargo, cada mañana nos despertamos, a veces dando un suspiro de alivio, otras preguntándonos por qué, como siempre, esta civilización horrible continúa existiendo. En realidad, este mundo tiene fuera, a lado y dentro de sí muchos otros mundos, y cuando uno de éstos es salvado, casi siempre sin tener la intención de hacerlo, a partir de un simple gesto, ocurre que, por contacto, lo son también todos los demás, y el mundo que merece ser destruido sobrevive también. Ya sea porque los otros mundos son demasiado débiles para destituirlo definitivamente, o bien porque ese mundo, que es evidentemente el del capital, posee una habilidad especial para alimentarse como un parásito de la energía desprendida por los otros mundos. Porque la verdad es que el mundo del capital es también sólo uno entre los mundos, hegemónico pero incluido en una configuración anárquica de un mundo de mundos. Todos los días el mundo es salvado por uno o muchos gestos, de belleza, de compartición, de destrucción, de amor, de gratuidad o de compasión: la única diferencia que puede subsistir entre estos gestos, diferencia sutil pero decisiva, reside en la consciencia, o no, del efecto que ese gesto determinado tiene o tendrá sobre el mundo, y en lo mucho que esa consciencia sea difundida, compartida y, en fin, organizada. Es este destello de consciencia el que nos asegura que vivimos en este mundo pero no somos de este mundo.
El comunismo es muchas cosas, pero entre éstas hay al menos una que concierne a esta fábula. El comunismo consiste también, de hecho, en la disciplina de la atención a las modificaciones del mundo, en el hacer crecer la consciencia a través de los gestos que lo salvan, en la sensibilidad para las obras y los días cumplidos por y para la justicia, en el arte de su compartición, en la magia de su composición. Cuanto más profunda es la consciencia, cuanto más amplia la compartición, tanto más el mundo horrible se debilita.

 

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Cuando escucho a alguien decir: «vivamos el comunismo, aquí y ahora», pues muy bien, yo puedo imaginarlo con las notas y las letras de esta canción. Sucede que en un verso pop se encuentra todo lo que importa: la felicidad compartida, el mal que se aleja, la presencia de la justicia aquí y ahora y que tanto querría quedarse, el mundo que en ese preciso momento es salvado, pero también ese llamado —¡hey, heyyyy!—, esa invitación dirigida a todos para enterarse, para tener sensibilidad por aquello que acontece, que está aconteciendo, justo ahora. La negligencia, decía nuestro amigo Franz, es uno de los pecados capitales. Un pecado por el cual parece ser que nunca acabamos de expiar la pena, y ésta no es otra que la agotada continuación de este mundo, de este presente que odiamos al menos tanto como él también nos odia. Tal vez es solamente por esto que necesitamos tanto a aquellos que nos conducen a la verdadera realidad: los poetas, los músicos, los filósofos, los pintores, los dramaturgos, los espíritus sensibles, los diestros testigos del gesto.
Ciertamente, escuchando con atención, se da un tono musical melancólico que atraviesa la dulce alegría de ese momento, porque se es perfectamente consciente de que no durará y de que para quedarse con nosotros, o para que vaya con nosotros, las cosas buenas y justas tendrán nuevamente, una y otra vez, que combatir. Un pensamiento puede turbarnos en tal momento, el mismo que para otro día como éste, quién sabe, necesitará que los años pasen, o que tal vez una generación entera tendrá que atravesar aún el charco maloliente de la Historia, para destruirla. Sin embargo, por ese día el mundo está salvado. Yo y el mundo, el mundo y nosotros.
Cada fragmento de comunismo que rueda en el mundo rompe la continuidad del presente, provoca un colapso de la ridícula puesta en escena de este mundo, y así la vida histórica brilla en una nueva constelación. Y una sola pregunta, tal vez ingenua y sin embargo inevitable, nos queda al término del día: ¿es posible hacer que aquello que hoy aconteció se quede?

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El comunismo es la totalidad de la justicia, siempre inmanente a la otra totalidad, la dominante, la de la injusticia. Una vez Deleuze y Guattari dijeron que el Estado ha existido siempre, como virtualidad, incluso cuando no lo había aún. Pues bien, olvidaron agregar que lo mismo vale, de hecho, para el comunismo: siempre lo hay, también cuando no es aplicable, lo hay en cuanto potencia incansable del ángel de la justicia. No obstante, deviene real como cumplimiento de la cotidiniadad, y no de un tiempo abstracto como puede ser el de la Historia, que es el elemento en el que desde siempre domina y se reproduce el Estado.
El comunismo «realmente existente» se resuelve integralmente en ese día que fue salvado. Cómo será el siguiente le corresponde sólo a la fuerza que yo, tú, ella, él, nosotros —con la ayuda del ángel— seremos capaces de expresar. Muchas veces es la fuerza de la desesperanza la que lo llama a la presencia. Y él viene.

 

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El mundo contra el cual vivimos se fractura un poco más todos los días. A cada profundización crítica de su razón de ser le corresponde dialécticamente una fragmentación cada vez más amplia de sus territorios — territorios políticos, naturales, imaginarios, lingüísticos, existenciales. La imagen gloriosa de un Imperio-mundo que los unificaría a todos, anhelada por Hardt y Negri en un libro con éxito de hace algunos años, duró tan sólo el tiempo de una discusión quinquenal; nadie se dio cuenta de que esa imagen era únicamente el último intento desesperado de los progresistas del capital para oponerse a la trituración en curso. Sin embargo, antes que dejar que esta fenomenología de la fragmentación se vuelva el instrumento perverso de los diversos tipos de reacción, necesitamos asumirla conscientemente, porque proceder por fragmentos siempre ha sido de ayuda, considerando que éstos escapan continuamente de las regulaciones homogeneizantes de la Ley. Cada fragmento, así como cada territorio, puede devenir un mundo, y cuantos más se crean, cuanto más se vuelven conscientes de sí y, por tanto, más fuertes, tanto más el mundo dominante se debilita, se desvanece, desaparece.
El comunismo, de hecho, se manifiesta en nuestra vida en cada ocasión justamente de este modo, por fragmentos, los cuales, por aquel día únicamente, o en una centella de tiempo, pueden reunirse en una única configuración, un mundo precisamente, el cual se queda, no obstante, como un mosaico de fragmentos. No sólo por la debilidad intrínseca a las construcciones humanas, sino especialmente porque el cuidado para que los fragmentos persistan en cuanto tales es la única manera de hacer diques para la (re)construcción de una Ley, incluso si se trata de una Ley completamente nueva. La justicia del comunismo jamás se identificará con un estado de derecho. Es así como ese estado del mundo, ese instante que salva, ese gesto que ama, en cada una de sus apariciones —aunque las criaturas singulares los olviden, o no—, se quedan con nosotros para siempre: es la acumulación de estos fragmentos lo que conforma la grandiosa pobreza de la tradición del comunismo. Cada fragmento es perfecto en sí mismo. La habilidad que nos exige está en cómo hacer el recorrido que lleva de uno a otro, encontrar los que falten y encontrar el perdido, hacer así que ese recorrido devenga nuestro elemento y, aunque seamos conscientes de que solamente la Revolución permite a ese elemento extenderse libremente en el tiempo, debemos comprender cómo recorrerlo. También cuándo, especialmente cuándo. Ese tiempo no ha llegado aún, sabiendo que llegará en su plenitud solamente cuando dispongamos de una fuerza tal que salve todos los mundos con un solo gesto vuelto común a todos. Pero hay que poner atención a esto: cada vez que se ha creído posible, e incluso un deber, unificar de manera permanente el todo del comunismo, hemos tenido el retorno de la institución-Estado en lugar de su deterioro, el mando en vez de la autonomía, la economía de la vida en vez de su libre uso, los derechos en vez de la justicia, la pérdida del mundo en vez de su salvación. Una vez destruidas las tablas de la Ley, el pecado mortal es siempre el de afanarse en rehacer su calco. Salvar los mundos quiere decir dejarlos ser en su multiplicidad y no imponerles la vieja nueva de un principio hegemónico, unificador.
Lo importante, volviendo a nuestro ahora, es que cada uno entre nosotros, cuando active su sensibilidad, reconozca su fragmento, y sea capaz de recordar a todos aquellos, ya sean uno, pocos o muchos, que han interrumpido felizmente su vida. Porque toca a cada uno poder decir: ese día en el que salvé el mundo.

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Hey, hey, ¿recuerdas aquel día en que devastamos la Bastilla? Hey, hey, ¿recuerdas cuando conseguimos que la policía saliera huyendo? Hey, hey, ¿recuerdas las palabras de aquel día, esos sonidos inauditos? Hey, hey, ¿te acuerdas de ese día en que todo el poder era de los soviets y por esto ya no había un poder? Hey, hey, ¿te acuerdas de cuando hicimos esa comida en la colina y éramos ochocientos? Hey, hey, ¿recuerdas ese día en que la fábrica dejó de funcionar? Hey, hey, ¿te acuerdas del día de aquel beso tan intenso que el cielo se inclinó sobre nosotros? Hey, hey, ¿te acuerdas de aquel día en que salvé el mundo?
La historia del comunismo es la historia de todos los días, y sólo de éstos, una eterna alternación compuesta de muchos fragmentos anónimos y centelleantes. Y de todos aquellos que nunca dejan de ir, siempre, siempre, siempre contra la Historia. No obstante, la intensidad de un recuerdo puede, a veces, hacer volver ese día. Darle otra oportunidad. Y si nunca viene, por favor, déjalo quedarse.

 

Insanity laughs, under pressure / we’re cracking / Can’t we give ourselves one more chanche? / Why can’t give love that one more chance?
Queen+Bowie, Under pressure

 


Traducción del original italiano para Artillería Inmanente.