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Eyal Weizman / Lo único que encontrarán será arena

Artículo publicado por primera vez en inglés en la revista London Review of Books, vol. 48, núm. 7, 23 de abril de 2006.

La Convención de las Naciones Unidas sobre el Genocidio de 1948 enumera cinco actos que constituyen genocidio cuando se cometen con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo. Los dos primeros se refieren a la matanza masiva y a los daños graves a la integridad física o mental. El cuarto y el quinto se ocupan de interrumpir la continuidad biológica de un grupo. La tercera prohibición, formulada en el artículo II(c), prohíbe «infligir deliberadamente al grupo condiciones de vida calculadas para acarrear su destrucción física». Esto alude a formas indirectas de matar, aquellas que no apuntan a los cuerpos humanos, sino al entorno que los sostiene. Unas «condiciones de vida» suficientes requieren edificaciones, hospitales, infraestructura social, sistemas de saneamiento y de agua, redes eléctricas, agricultura. La destrucción o degradación intencional de tales estructuras socava la capacidad de un pueblo para sobrevivir, lo que conduce a una forma más lenta y tortuosa de aniquilación.
La idea de que el entorno construido determina las condiciones de vida de un grupo remite a la concepción modernista de la arquitectura, vigente cuando se acuñó y definió por primera vez la palabra «genocidio» por el jurista polaco judío Raphael Lemkin en su libro de 1944 El poder del Eje en la Europa ocupada. La arquitectura moderna aspiraba a calcular y mejorar las condiciones de vida. Las ciudades debían trazarse conforme a principios de salud pública, y las viviendas, según la célebre definición de Le Corbusier, debían ser «máquinas de habitar», calibradas para maximizar el suministro de necesidades biológicas (calor, higiene, circulación del aire, alimento e incluso reproducción sexual).
Arte de proyectar en arquitectura (1936), del arquitecto modernista alemán Ernst Neufert, sigue siendo utilizado por arquitectos que buscan las dimensiones más eficientes para cocinas, dormitorios o incluso bancas de parque. En la década de 1920, Neufert fue asistente de Walter Gropius, director de la Bauhaus. Más tarde, en nombre del Partido Nazi, supervisó la estandarización de la industria de la construcción en Alemania, sustentada en gran medida por trabajo esclavo. Varios egresados de la Bauhaus diseñaron campos de concentración. La degradación deliberada de las condiciones de vida invirtió la tarea de la arquitectura moderna: de la promoción de la vida a la producción de la muerte.
Lemkin definió el genocidio como dirigido a «la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida de los grupos nacionales». Pensaba en la manera en que los nazis concibieron los guetos judíos y los campos de trabajo esclavo como medios de exterminio lento e indirecto. Pero también era consciente de los orígenes coloniales de este modo de destrucción. Aunque los actos directos de masacre tuvieron lugar en territorios colonizados de todo el mundo, las muertes lentas e indirectas han sido con mayor frecuencia el medio para aniquilar a los pueblos indígenas. Desposeídos de sus hábitats ancestrales, separados de la tierra de la que dependían para su sustento y sus rituales, forzados a vivir en reservas, las poblaciones indígenas fueron destruidas para liberar las mejores tierras para el asentamiento europeo.
Dos años y medio después del 7 de octubre de 2023, la mayor parte de la Franja de Gaza —ciudades, campamentos de refugiados, escuelas, universidades, mezquitas, la infraestructura sanitaria, la agricultura, los pozos y el propio suelo— ha sido destruida y vuelta tóxica por bombas, artillería, proyectiles de tanque y unidades de zapadores. La destrucción más sistemática fue causada por buldóceres D9 fabricados por la empresa estadounidense Caterpillar. Estas gigantescas máquinas blindadas hundieron sus hojas en la tierra, removiendo campos, derribando huertos, arrasando viviendas, desgarrando carreteras y arando cementerios. La marea de destrucción avanzó desde las vallas perimetrales de Gaza hacia el interior, empujando a la población palestina a enclaves que el ejército israelí denominó «zonas seguras» y «zonas humanitarias», aunque nunca fueron ni seguras ni humanitarias. Estos lugares costeros superpoblados, como al-Mawasi, con sus dunas de arena estéril, carecían de vivienda, atención médica u otros servicios, y eran bombardeados de manera continua desde el aire y atacados por tierra. Los buldóceres convirtieron la fértil tierra agrícola del este de Gaza en un desierto monocromo de cemento gris triturado mezclado con el suelo amarillento de la zona. Ciudades enteras como Rafah, poblaciones como Beit Hanoun y campamentos de refugiados como Jabalia fueron borrados. Cuando los edificios son bombardeados o demolidos, sus restos —plásticos, cableado, solventes, materiales aislantes, asbesto— liberan sustancias tóxicas en el suelo. Algunas bombas penetran la tierra antes de explotar y liberan metales pesados o metaloides —como uranio, plomo y arsénico— en el subsuelo. Muchas de estas sustancias se degradan lentamente y afectarán la composición del suelo durante décadas. Un paisaje habitado ha sido transformado en lo que un exgeneral israelí, Giora Eiland, describió como un lugar «donde ningún ser humano puede existir».
Lemkin entendía que las condiciones de vida incluían no sólo la infraestructura que permite la existencia biológica, sino también la continuidad social y cultural: edificios religiosos, escuelas, bibliotecas, sitios patrimoniales. En Gaza, la mayoría de éstos también han sido demolidos de manera sistemática. La Convención sobre el Genocidio, ratificada en 1948, no mencionó el «genocidio cultural» que Lemkin sostenía debía incluirse. Se excluyeron secciones enteras de la convención. Potencias imperiales como Gran Bretaña, Francia, Bélgica y los Países Bajos, que entonces intentaban sofocar levantamientos anticoloniales, querían una definición de genocidio que no restringiera sus actividades. Estados de colonialismo de asentamiento —Australia, Estados Unidos y Canadá—, que habían destruido el patrimonio físico, la cultura y la lengua de los pueblos indígenas, también se opusieron. Pero la vida cultural y la biológica no son ámbitos separados cuando se trata de la supervivencia nacional. En Gaza, la devastación sistemática del entorno —campos, fuentes de agua y la industria pesquera— destruyó la capacidad de la sociedad para alimentarse. Los ataques a escuelas y mezquitas redujeron su capacidad de organización y de cuidado mutuo para mitigar los peores efectos de la escasez, agravando así la hambruna. La destrucción simultánea de un ámbito amplifica el daño causado en el otro.
El 13 de octubre de 2023, seis días después del ataque de Hamás contra asentamientos y bases israelíes alrededor de Gaza, Israel ordenó la evacuación de la ciudad de Gaza, enviando a la población del norte hacia la frontera sur con Egipto. Un documento elaborado por el Ministerio de Inteligencia israelí y filtrado a la revista en línea +972 Magazine explicó la razón: recomendaba la expulsión a gran escala de la población palestina de la Franja de Gaza hacia el Sinaí egipcio, con el argumento de que ello «produciría resultados estratégicos positivos a largo plazo para Israel». La destrucción de las condiciones de vida estaba destinada a acelerar la salida de la población gazatí. La mayor campaña de bombardeo aéreo de la historia avanzó como una alfombra de fuego de norte a sur.
La expulsión masiva de palestinos de Gaza hacia Egipto ha sido un objetivo de los gobiernos israelíes desde diciembre de 1948, cuando el ejército intentó por primera vez, sin lograrlo, vaciar este último enclave a lo largo de la costa mediterránea de Palestina. Lo intentó de nuevo durante la década de 1950 y redobló el esfuerzo después de la guerra de 1967, cuando Israel ocupó tanto la Franja de Gaza como el desierto del Sinaí. El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 brindó otra oportunidad. Los planes de expulsión fueron promovidos por políticos y portavoces mediáticos israelíes. Benjamin Netanyahu confirmó que buscaba activamente trasladar a la población palestina fuera de Gaza. Funcionarios israelíes y algunos estadounidenses comenzaron a presionar a Egipto para que aceptara grandes cantidades de refugiados. Durante ocho meses, el ejército israelí se abstuvo de ocupar la zona fronteriza cercana a Rafah, dejando abierta la salida hacia Egipto.
Muchos palestinos, recordando las consecuencias del desplazamiento masivo de 1948, se negaron a abandonar sus hogares. Permanecieron en las ruinas de la ciudad de Gaza pese a los bombardeos y a la privación de ayuda. Egipto vigiló estrechamente la frontera y se negó a permitir la entrada masiva, admitiendo sólo a quienes podían pagar sumas exorbitantes. Incapaz de alcanzar su objetivo, Israel procuró concentrar a la población palestina en un área cada vez más reducida de la Franja, en espera de una nueva oportunidad para el desplazamiento. Fuera de esas zonas, la destrucción total tenía como propósito impedir su retorno a los lugares de los que habían sido expulsados.
La destrucción fue más completa cerca de las vallas de Gaza. Las Fuerzas de Defensa de Israel denominan «zona de amortiguamiento» al área fronteriza con Israel. Se trata de una zona vedada para la población palestina, un shetah hashmada, término hebreo para «zona de aniquilación»: cualquier persona palestina que entra en ella, o incluso que se aproxima, es abatida sin previo aviso. Entre las víctimas hubo palestinos —muchos de ellos niños— que intentaban recuperar algo de entre las ruinas de sus hogares, recoger ayuda alimentaria lanzada desde el aire o que simplemente se desorientaron en un paisaje ahora irreconocible. El aplanamiento de todas las estructuras en la zona de amortiguamiento buscaba, entre otras cosas, eliminar cualquier refugio y exponer a la población a francotiradores. Antes de octubre, la zona tenía entre trescientos y quinientos metros de ancho. Dos semanas después del inicio de la guerra se amplió a un kilómetro. Para la primavera de 2025 alcanzaba dos kilómetros; poco después, tres, con todo su interior sistemáticamente arrasado por buldóceres. Dado que la zona abarcaba ya una extensión tan amplia, no era posible emplear francotiradores en todas partes y las muertes se perpetraron mediante drones cuadricópteros equipados con lanzagranadas. Durante el día, las personas eran fácilmente visibles contra el fondo monocromo; por la noche, los sensores térmicos de los drones registraban el calor corporal.
A lo largo de la historia militar, las zonas de amortiguamiento —Renania tras el Tratado de Versalles de 1919, la franja entre Kuwait e Irak después de la guerra del Golfo de 1991, la zona desmilitarizada entre Corea del Norte y Corea del Sur, o el territorio entre la Chipre turca y la griega— han servido para mantener ceses al fuego separando ejércitos. En las ocho décadas transcurridas desde la creación de Israel, estas zonas han sido utilizadas, en cambio, como instrumentos de ocupación, desplazamiento y borramiento. Según los términos del acuerdo de armisticio entre Egipto e Israel que puso fin a la guerra de 1948, las posiciones avanzadas israelíes se trazaron aproximadamente tres kilómetros al este de donde hoy se encuentra la frontera de Gaza, como ha mostrado el historiador y cartógrafo palestino Salman Abu Sitta. La línea atraviesa al-Ma’in, la aldea donde nació y de la que fue expulsado junto con su familia el 14 de mayo de 1948. Al-Ma’in y otras aldeas palestinas fueron pronto desalojadas y sustituidas por asentamientos agrícolas tipo kibutz que fueron atacados el 7 de octubre de 2023. Los colonos expandieron el territorio israelí mediante el cultivo, eliminando los restos de viviendas, caminos y campos palestinos. Araron cementerios, pues eran lugares a los que la población palestina solía regresar. A soldados y colonos se les instruyó disparar contra cualquiera, armado o no, que cruzara hacia la zona.
Antes de la guerra de 1967, el rey Hussein de Jordania ofreció en secreto mantener Cisjordania como zona de amortiguamiento si Israel prometía no invadir. Israel ocupó el territorio de cualquier modo. Tras la guerra, un plan maestro de seguridad elaborado por el excomandante militar Yigal Allon propuso anexar y poblar una franja del valle del Jordán de entre diez y quince kilómetros de ancho (alrededor de un tercio de Cisjordania) para convertirla en la zona de amortiguamiento oriental de Israel. La limpieza étnica de comunidades agrícolas palestinas en esa región comenzó poco después y ha continuado de manera intermitente desde entonces. Las expulsiones se aceleraron de forma drástica desde octubre de 2023, y aumentaron aún más tras el inicio del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, con el ejército israelí promoviendo y participando en pogromos de colonos en las comunidades palestinas restantes. Bezalel Smotrich, colono de Cisjordania y ministro de finanzas de Israel, había prometido a inicios de 2025 que las aldeas y ciudades palestinas en Cisjordania llegarían a «parecerse a Rafah y Jan Yunis. También serán convertidas en ruinas inhabitables, y sus habitantes serán obligados a migrar y buscar una nueva vida en otros países».
Un proceso similar tuvo lugar en el norte del país. Durante la guerra de 1967, Israel ocupó los Altos del Golán con el objetivo explícito de crear una zona de amortiguamiento entre el ejército sirio y los asentamientos agrícolas israelíes en el alto valle del Jordán. Se construyeron más asentamientos en el área ocupada y, en 1981, Israel la anexó formalmente. En diciembre de 2024, tras la caída de Bashar al-Ásad, las Fuerzas de Defensa de Israel extendieron una «zona de defensa estéril» aún más dentro del territorio sirio, expulsando a la población, destruyendo edificaciones militares y civiles —incluidos el hospital al-Golán y el cine al-Andalus en Quneitra— y arrasando huertos, bosques y campos, acumulando la tierra para construir posiciones militares, trincheras y terraplenes.
La más reciente invasión israelí del Líbano implicó la expulsión de seiscientos mil personas de una nueva zona de amortiguamiento. Israel bombardeó todos los puentes sobre el río Litani, a treinta kilómetros de la frontera, con el fin de aislar el área del resto del país, y comenzó a demoler sistemáticamente las aldeas más cercanas a la frontera. El retorno de la población libanesa a esas aldeas será prohibido, declaró Israel Katz, ministro de defensa israelí, «hasta que se garantice la seguridad de los habitantes del norte [de Israel]», una exigencia imposible. Una organización de colonos israelíes publicó planes para el «asentamiento del sur del Líbano», elaborando mapas que asignan nombres hebreos a las aldeas libanesas y anunciando de forma provocadora la venta de parcelas.
Esto ejemplifica la lógica circular del colonialismo de asentamiento sionista: se construyen asentamientos para marcar y proteger la frontera del Estado, pero ello los vuelve vulnerables a ataques y, por tanto, se establece una zona de amortiguamiento para protegerlos. Posteriormente, esa zona es a su vez colonizada para marcar y resguardar las nuevas fronteras ampliadas, momento en el que se vuelve necesaria otra zona de amortiguamiento. De este modo, la vulnerabilidad se produce y luego se moviliza en un bucle de retroalimentación que el estudioso del genocidio A. Dirk Moses ha denominado «seguridad permanente».

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A lo largo de los últimos dos años y medio, Gaza no sólo ha sido una zona de demolición, sino también un sitio de construcción, reconfigurado conforme al plano israelí. Los restos de edificios arrasados por buldóceres fueron apilados en un paisaje de terraplenes de tierra, que luego se moldearon como barreras, centros de detención y puestos militares desde los cuales tanques y francotiradores israelíes dominaban el área donde se concentraba la población sobreviviente. La magnitud de los movimientos de tierra fue tal que los doscientos buldócers de Israel resultaron insuficientes —muchos fueron dañados por la resistencia palestina—, y se requirieron con urgencia otros doscientos. A finales de 2024, la administración de Biden retrasó su exportación y no fueron enviados sino hasta la llegada de Trump al poder. Mientras tanto, las Fuerzas de Defensa de Israel contrataron operadores privados de buldóceres, muchos de ellos colonos de Cisjordania.
Si la población palestina intentara regresar a las zonas demolidas, dijo un operador israelí de buldócer llamado Abraham Zarbiv, «volvería a ninguna parte. Decenas de miles de familias han quedado sin documentos, sin fotos de infancia, sin identificaciones; no les queda nada. Si regresan, no sabrán dónde estaba su casa. Lo único que encontrarán será arena». El borramiento del entorno construido tuvo su correlato en la destrucción de sus registros. Planos municipales, mapas históricos y títulos de propiedad fueron destruidos cuando Israel bombardeó los Archivos Centrales de la ciudad de Gaza en noviembre de 2023.
El ejército «cambió la topografía de la Franja hasta hacerla irreconocible», escribió ese mes el poeta palestino Omar Moussa. «Si sobrevivimos a esta guerra —citaba a un amigo—, ¿cuál sería nuestro punto de encuentro?». Tras la Primera Guerra Mundial, las lesiones faciales sin precedentes causadas por proyectiles de alto explosivo destruyeron el sentido de identidad de los soldados. El equivalente territorial de ello es la desorientación que experimenta la población palestina al enfrentarse a los lugares que solían ser sus hogares. Emergió así una nueva forma de tortura psicológica. Personas palestinas cautivas, con los ojos vendados, eran llevadas de regreso a sus antiguos barrios, ahora convertidos en un mar de escombros. «Cuando les quitábamos la venda —relató Zarbiv—, quedaban completamente desorientados, no entendían dónde estaban». Zarbiv, que también es juez de un tribunal rabínico, fue elegido para encender una antorcha en las celebraciones del Día de la Independencia de Israel.
La noche del 23 de marzo de 2025, tropas israelíes asesinaron a quince socorristas y enterraron sus cuerpos bajo grandes montículos de tierra cerca de Rafah. Asaad al-Nasasra, paramédico de la Media Luna Roja Palestina y uno de los dos sobrevivientes del ataque, fue interrogado y torturado en un hoyo excavado en las cercanías por buldóceres. Describió su experiencia a investigadores de Forensic Architecture [Arquitectura Forense], quienes utilizaban su testimonio para modelar los cambios en el paisaje. Cuando le retiraron la venda, comprendió que «habían cambiado el lugar por completo. Cuando lo vi, me produjo una reacción histérica. No podía entender nada». Para reconstruir el incidente, los investigadores trabajaron con Earshot, una unidad de investigación acústica de código abierto, que analizó el sonido de los disparos registrado en el teléfono de uno de los paramédicos asesinados. Lawrence Abu Hamdan, fundador de Earshot, explicó que la demolición había transformado radicalmente el paisaje sonoro. Por lo general —señaló—, las grabaciones de disparos en zonas urbanas revelan ecos provenientes de múltiples direcciones. Aquí sólo quedaban tres muros que, de algún modo, habían sobrevivido a la demolición. El nuevo entorno permitía ecos nítidos, lo que hacía posible reconstruir los hechos a partir de sus huellas acústicas.
En las semanas posteriores a la masacre, la tierra y los escombros de esta zona se acumularon en una serie de estructuras junto al lugar. Rodeaban un espacio abierto que pronto se convirtió en uno de los recintos operados por la recién creada Gaza Humanitarian Foundation, una organización financiada por empresarios estadounidenses e israelíes que supuestamente asumió la distribución de ayuda alimentaria, eludiendo a la ONU. Sus puntos de distribución concentraban a la población hambrienta en cuatro ubicaciones específicas, todas cercanas a instalaciones militares israelíes, tres de ellas próximas a la frontera con Egipto. Centenares de personas fueron masacradas por soldados israelíes y mercenarios estadounidenses cuando se vieron obligadas a competir por raciones.

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El actual «alto el fuego» entró en vigor el 10 de octubre de 2025. Según sus términos, Gaza quedó dividida en dos zonas por una Línea Amarilla que seguía aproximadamente el borde de la zona de amortiguamiento, dejando al ejército israelí en control del 54 % del territorio. Para diciembre, Israel desplazó unilateralmente la línea hacia el oeste, elevando su control al 58 %. Eyal Zamir, jefe del Estado Mayor israelí, describió la Línea Amarilla como la «nueva frontera» de Israel con Gaza.
La línea fue trazada a lo largo de una cresta de arenisca paralela a la costa, a unos tres kilómetros tierra adentro. A unos setenta metros sobre el nivel del mar, ofrece a las fuerzas israelíes control sobre la población palestina obligada a concentrarse en la franja costera. Esta cresta ha organizado la vida en la región desde la Antigüedad. Cada año, millones de metros cúbicos de granito de la meseta etíope se erosionan hasta convertirse en arena que el Nilo transporta hacia el Mediterráneo. Las mareas depositan grandes cantidades de esta arena en la costa palestina. Hace milenios, una de estas dunas antiguas se petrificó y dio lugar a la cresta de arenisca: una barrera formidable que detiene el desplazamiento hacia el este de otras dunas a lo largo de la costa. Al oeste de la cresta predomina la arena; al este, el suelo es fértil. Durante generaciones, la mayor parte de los campos de trigo y cebada de Palestina fue cultivada por tribus beduinas en las llanuras fértiles de la región de Beerseba. Estos agricultores estuvieron entre las doscientas mil personas palestinas expulsadas de sus tierras y confinadas en un enclave costero entre Rafah y la ciudad de Gaza en los meses finales de 1948. Una franja de este suelo, de entre tres y cuatro kilómetros de ancho, permaneció dentro de las fronteras de Gaza. En décadas recientes, esta tierra fértil fue el granero de Gaza. Ahora, en su totalidad, se encuentra del lado controlado por Israel de la Línea Amarilla.
En Forensic Architecture identificamos un nuevo terraplén construido a lo largo de gran parte del trazado de la Línea Amarilla, así como siete nuevos puestos militares. Uno de ellos se levantó sobre el sitio de un cementerio. En total, existen 48 puestos al este de la línea. Zamir ha afirmado que constituyen las bases desde las cuales se lanzarán nuevas incursiones hacia la zona costera si resulta necesario. En un principio, estos puestos no eran más que acumulaciones de tierra y escombros organizadas en recintos de diversas formas. Sin embargo, en meses recientes, las áreas cercadas y los caminos que conducen a ellas han sido asfaltados. Se han erigido postes eléctricos y las vías han sido iluminadas. En el interior de las bases se han instalado edificaciones prefabricadas densamente agrupadas, y torres altas en el perímetro sostienen equipos de comunicación y vigilancia. Estas bases ya no parecen disposiciones provisionales, como afirmaba el plan de alto el fuego de Trump, sino instrumentos permanentes de ocupación. Las nuevas carreteras pavimentadas conectan las bases con una matriz de control vinculada a la red vial y de comunicaciones de Israel.
Al oeste de la Línea Amarilla, Hamás actúa como autoridad de gobierno. La población sobreviviente habita en y entre las ruinas o en vastos campamentos de tiendas. El frío invernal —las temperaturas pueden descender hasta cinco grados— ha provocado muertes por hipotermia, en particular entre lactantes. El verano, con temperaturas superiores a los cuarenta grados, se aproxima rápidamente. En veranos anteriores, niños han muerto asfixiados en refugios hechos con láminas de plástico o techos improvisados de metal: no se permiten estructuras permanentes. Los charcos son focos de mosquitos; los basureros se acumulan; las aguas residuales corren a cielo abierto y abundan los roedores. Israel no permite el ingreso de los productos químicos y pesticidas que podrían ayudar a tratar estos problemas. Aunque algunos servicios médicos han sido parcialmente restablecidos gracias al esfuerzo de personal sanitario palestino y de ONG internacionales, el sistema de salud apenas funciona. La escasez de medicamentos y el deterioro de la higiene hacen que incluso heridas menores se infecten. Más del 40 % de los pacientes de diálisis en Gaza ha muerto por falta de tratamiento. La población sobreviviente ha sido reducida a una condición de mera subsistencia, sometida a un hambre y una sed implacables bajo el zumbido constante de drones letales y bombarderos. Al controlar la cantidad de ayuda que puede ingresar —interrumpida temporalmente en marzo tras el inicio del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán—, Israel puede seguir calibrando las condiciones de vida. Busca que la población palestina abandone el territorio o muera lentamente. Aun así, videos de la vida cotidiana en Gaza muestran a personas cocinando en fogones comunitarios, organizando escuelas al aire libre y presentando tesis en universidades cuyos edificios ya no existen.

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El movimiento de colonos presiona con intensidad al gobierno israelí para que inicie la construcción de asentamientos dentro de la zona de amortiguamiento, ahora enormemente ampliada. En diciembre, Katz afirmó que Israel «nunca abandonará Gaza» y que transformará los puestos militares en lo que se conoce como «puestos Nahal», diseñados para evolucionar en asentamientos civiles. Algunos de los asentamientos alrededor de Gaza comenzaron como puestos Nahal a principios de la década de 1950, al igual que muchos en Cisjordania.
Dado que incluso Donald Trump se opone oficialmente a la construcción de asentamientos judíos en Gaza, Netanyahu obligó a Katz a retractarse. El gobierno israelí optó por una posición de ambigüedad y ganó tiempo retrasando la retirada del ejército y reforzando sus posiciones e infraestructura al este de la Línea Amarilla. La transformación de estos puestos militares en asentamientos civiles deberá esperar a que la atención mundial se desplace hacia otro lugar.
Mientras tanto, se proponen planes de desarrollo fantasiosos para encubrir la realidad de la destrucción en curso de la vida palestina en Gaza, convertida en terreno propicio para especuladores inmobiliarios devenidos políticos. El 4 de febrero de 2025, durante el alto el fuego de dos meses que siguió a la segunda toma de posesión de Trump, el presidente anunció inesperadamente que Estados Unidos «tomaría el control de la Franja de Gaza». Gaza —afirmó— tenía «una ubicación fenomenal […] frente al mar, el mejor clima» y sería la «Riviera de Oriente Medio». Mientras que anteriormente Estados Unidos había minimizado la destrucción, la administración de Trump comenzó a magnificarla. Ello no respondía a una preocupación humanitaria. Al referirse a Gaza como una «zona de demolición», la administración sostuvo que el desarrollo requeriría una evacuación total. A la población palestina confinada en la zona costera se le alentaría a trasladarse a «un lugar agradable» en otra parte. El desarrollo produciría así el desplazamiento que el ejército israelí no había logrado durante la guerra.
Para anticiparse al plan de la Riviera de Trump, Egipto, Arabia Saudita, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos propusieron su propio plan maestro. Tampoco surgió de una preocupación humanitaria, sino del objetivo de asegurar que la población palestina permaneciera en la Franja y no fuera expulsada hacia sus territorios. Se propuso «una ciudad verde e inteligente impulsada por energías renovables». El proyecto parecía diseñado para satisfacer a Israel. La zona de amortiguamiento se integró en el plan como un «espacio verde abierto» en el que no se permitiría construir estructuras.
En el verano de 2025, un grupo de empresarios israelíes presentó otra iniciativa: el Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation Trust (GREAT) [Fondo para la reconstrucción, la aceleración económica y la transformación de Gaza]. Sus promotores —entre ellos el capitalista de riesgo Michael Eisenberg y el emprendedor tecnológico Liran Tancman— también propusieron y supervisaron la Gaza Humanitarian Foundation [Fundación Humanitaria de Gaza], que estableció puntos de distribución militarizados en el sur de Gaza. GREAT prolongó la visión de la Riviera de Trump. Propuso un complejo turístico «de clase mundial» en la costa, con una serie de ciudades «impulsadas por inteligencia artificial» en el interior. Una «Autopista Central MBZ», en alusión al presidente de los Emiratos Árabes Unidos; un «Anillo MBS», en referencia al príncipe heredero saudí; y una «zona de manufactura inteligente Elon Musk» pretendían incentivar a estos actores a financiar el proyecto. Parte de la población palestina podría permanecer; otra recibiría una ayuda económica mínima para trasladarse a otro lugar.
El alto el fuego de octubre de 2025 abrió la posibilidad de actualizar este plan. El llamado Consejo de la Paz reunía a diversas figuras del autoritarismo populista: Trump, como presidente vitalicio, junto con Benjamin Netanyahu, el argentino Javier Milei, el húngaro Viktor Orbán, el rey Abdalá II de Jordania y el turco Recep Tayyip Erdoğan. Marco Rubio, Jared Kushner, Tony Blair y otros fueron encargados de formar un comité para supervisar a los tecnócratas palestinos responsables de la administración cotidiana en Gaza. Un nuevo organismo militar, la Fuerza Internacional de Estabilización, asumiría el control de la seguridad. Como señaló Shawan Jabarin, director de la organización palestina de derechos humanos Al-Haq, la propuesta implicaba sólo un cambio semántico en la lógica de la ocupación: la nueva fuerza no haría sino sustituir a las Fuerzas de Defensa de Israel como potencia ocupante.
Kushner presentó la visión arquitectónica del Consejo de la Paz en el Foro Económico Mundial de Davos. El Proyecto Sunrise añadió detalles a la visión alucinatoria de una riviera mediante representaciones de ciento ochenta rascacielos de lujo, tras los cuales siete conjuntos de desarrollos urbanos e industriales quedaban separados por amplias vías que seguían el trazado de las carreteras militares construidas por Israel desde octubre de 2023 para fragmentar Gaza en secciones controlables. Al este de estas se extendía la zona de amortiguamiento, camuflada como área agrícola. La arquitectura de control propuesta se proyectaba también en el ciberespacio. Tancman, egresado de la unidad de ciberinteligencia de élite israelí 8200, fue convocado por Trump para elaborar un Plan de Reforma Digital. Éste incluía la declaración de que, para julio de ese año, un servicio gratuito de internet de alta velocidad trasladaría toda interacción social y todo intercambio financiero al ámbito en línea. El objetivo no era apoyar la economía palestina, sino someter todas las transacciones financieras y burocráticas a la vigilancia israelí.
Para el gobierno israelí, la reconstrucción constituye un instrumento de presión. Los proyectos de gran escala requieren años para completarse. Con su control absoluto de los puestos de control y terminales, así como de cada camión de cemento y materiales de construcción que ingresa a Gaza, Israel puede asegurar que la reconstrucción permanezca como un «proyecto» perpetuo. La imagen de torres de lujo erigidas sobre fosas comunes —con decenas de miles de cuerpos presumiblemente sepultados bajo los terraplenes— encarna la lógica del genocidio en el siglo XXI. El gobierno israelí confía ahora, en palabras del exministro Ron Dermer, en que aquello que «dos años de guerra no lograron» sea alcanzado por «las fuerzas del mercado». La eliminación de la vida palestina en Gaza podría, de manera contraintuitiva, realizarse por medios arquitectónicos.
En enero, investigadores de Forensic Architecture identificaron obras en curso en un área de un kilómetro cuadrado, rodeada por varios puestos militares, en el lado controlado por Israel de la Línea Amarilla, justo al este de las ruinas de Rafah. Un documento militar estadounidense filtrado reveló que se trataba de un proyecto piloto de un programa denominado Alternative Safe Communities, que ofrecería alojamiento a decenas de miles de palestinos, previamente evaluados según su disposición a renunciar a Hamás, en comunidades de viviendas modulares dotadas de agua, saneamiento y electricidad; mezquitas y escuelas promoverían la «normalización» con Israel conforme al currículo utilizado por los Emiratos Árabes Unidos. Una ilustración indicativa de lo que se denomina el «Complejo Emiratí» muestra la disposición de un nuevo tipo de campo de refugiados. En el plan, unidades prefabricadas de dos pisos —no lo suficientemente altas como para «amenazar» a las fuerzas israelíes— se disponen a lo largo de amplias calles que permiten el patrullaje de vehículos blindados israelíes. En el centro se ubica un gran parque en torno a una mezquita de un solo nivel. Esto, y no la vivienda de lujo ni la riviera, es lo máximo que la población palestina puede esperar de los planes de reconstrucción. Las personas residentes ingresarían y saldrían del recinto cercado a través de puntos de control equipados con sensores biométricos. El plan también ofrece asistencia a «residentes que deseen viajar al extranjero».
Todas estas iniciativas ignoraron a los planificadores y arquitectos palestinos, pese a que se han propuesto varios planes de reconstrucción elaborados por ellos. Uno de ellos, la Iniciativa Fénix Gaza, fue preparado por la Unión de Municipios de la Franja de Gaza, en colaboración con arquitectos palestinos en Palestina y en la diáspora, y se fundamenta en las «relaciones sociales y espaciales que persisten en Gaza». Barrios y campamentos de refugiados borrados —algunos de los cuales, como Rafah y Jabalia, constituyen centros históricos de la identidad nacional palestina— serían restituidos, vivienda por vivienda, tras una cuidadosa restitución de la propiedad de la tierra en la superficie devastada. Durante el proceso de reconstrucción, cada familia sería alojada cerca del sitio de su vivienda demolida, y las comunidades participarían en la reconstrucción.
Los planes de reconstrucción impuestos a la población palestina con el objetivo implícito de destruir la vida palestina en Gaza ponen de manifiesto la razón por la cual Lemkin reservó un lugar para la arquitectura en su concepción del crimen de genocidio. Comprendía que la manera en que un pueblo organiza su espacio es una manifestación de su historia y de su estructura social. «El genocidio tiene dos fases», escribió en El poder del Eje en la Europa ocupada. La primera implica la «destrucción del modelo nacional del grupo oprimido» (lo que en Gaza se logró mediante el devastador bombardeo israelí). La segunda consiste en la imposición de un diseño por parte del opresor, como ocurre con estos planes de reconstrucción. «Esta imposición, a su vez —escribió—, puede ejercerse sobre la población oprimida que se permite permanecer, o sobre el territorio únicamente, tras la supresión de la población y la colonización del área por los propios nacionales del opresor».

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