Traducción para Artillería inmanente de cinco textos de Giorgio Agamben publicados en marzo de 2026 en el sitio web de la editorial italiana Quodlibet, donde publica habitualmente su columna «Una voce».
Estado y terror
¿Qué es un estado que, al ignorar toda forma de derecho, asesina metódicamente o secuestra a los jefes de los estados que declara, a su arbitrio, enemigos? Y, sin embargo, esto es lo que ocurre con la aprobación o el silencio avergonzado de los países europeos. Esto significa que vivimos en el tiempo en que el estado ha arrojado sus máscaras jurídicas y actúa ya conforme a su verdadera naturaleza, que es, en última instancia, el terror. Es probable, no obstante, que esta situación extrema lo sea en sentido literal; es decir, que la caída de las máscaras coincida con el fin de la forma-estado, sin el cual no será posible una nueva política.
La vergüenza de Europa
Un país ha sido atacado sin razón alguna y a traición, mientras se fingía negociar, y se ha asesinado a su líder espiritual. La comunidad europea —o esa organización ilegítima que lleva tal nombre— no solo no ha condenado una flagrante violación del derecho internacional, perpetrada por dos países que parecen haber perdido toda conciencia de sí mismos y todo sentido de responsabilidad, sino que además ha exigido al pueblo iraní a dejar de defenderse.
Jefes de Estado y asesinos
Por primera vez en la historia vemos al jefe de un Estado que se considera civilizado hablar abiertamente como un asesino, al decir del líder religioso de un país al que ha agredido: «Lo mataremos», y de los habitantes de ese país: «Los masacraremos». Ni Hitler ni Stalin hablaron jamás de ese modo. Y, sin embargo, no sólo no se inculpa ni se destituye a este hombre, sino que los jefes de Estado de las llamadas democracias occidentales lo aprueban, aceptando implícitamente que los políticos se expresen hoy en público como quizás ni siquiera los asesinos se atreven a hacerlo entre ellos.
El bastón y la mano
«¿Se jacta acaso el hacha contra quien corta con ella o la sierra se engríe frente a quien la maneja? ¡Como si el bastón pretendiera dirigir a quien lo empuña, como si la vara quisiera levantar a quien no es de madera!» (Isaías, 10). Las palabras del profeta describen con exactitud lo que hoy sucede. Los dispositivos tecnológicos son el bastón que pretende dirigir y, de hecho, dirige a quien lo maneja o, más bien, cree manejarlo. Y la inteligencia artificial aparece en el momento en que el ser humano, ya incapaz de dominar los instrumentos que él mismo ha creado, cae presa de lo que Günther Anders llamó la vergüenza prometeica y, al renunciar a pensar, se somete al bastón que se le ha escapado de la mano.
Quem Deus vult perdere dementat
Conviene reflexionar sobre un hecho tan increíble que se intenta suprimir a toda costa: que el estado que se declara el más poderoso del mundo ha sido gobernado durante años por hombres que son, en sentido técnico, dementes. No se trata con esto de dar forma extrema a un juicio político: que Trump —como sin duda Biden antes que él— deba ser considerado demente en el sentido patológico del término es una evidencia ya compartida por muchos psiquiatras, y que cualquiera que observe su modo de expresarse no puede dejar de reconocer. Es evidente que lo que aquí interesa no es el caso clínico de los individuos llamados Trump y Biden; más bien, la pregunta que no podemos dejar de plantearnos es: ¿cuál es el significado histórico del hecho de que un país como Estados Unidos —que de algún modo se encuentra a la cabeza de todo Occidente— esté gobernado por un enfermo mental? ¿Qué radical declive espiritual y moral, antes incluso que político, ha podido conducir a una consecuencia tan extrema? Que el destino de Occidente estuviera marcado por el nihilismo es algo que ya Nietzsche había diagnosticado hace más de un siglo, junto con la muerte de Dios; pero que el nihilismo hubiera de tomar la forma de la demencia no era algo previsible. Quizás sea por compasión y piedad que Dios, que quiere perder a Occidente, lo conduzca a su fin no en la conciencia y la responsabilidad, sino en la inconsciencia y la locura.