Retomamos el siguiente texto de su publicación en el sitio web de Ill Will el 7 de mayo de 2026.
Ill Will: El sábado 2 de mayo de 2026, nuestro amigo y compañero Ben Morea (1941-2026) —animista, artista y revolucionario de toda la vida— murió cerca de su hogar en Colorado.
El siguiente texto constituye el prefacio de la traducción japonesa de Full Circle. A Life in Rebellion (Detritus, 2025; Kawade Shobo, próxima publicación), un relato autobiográfico y dialógico de la vida de Morea. Escrito en coautoría por Morea y el colectivo 1000 Voices, el libro fue un trabajo colectivo hecho con afecto y dedicación. Además de dejar testimonio de la extraordinaria vida de Morea, plantea la pregunta por lo que hoy es posible y necesario para una transformación revolucionaria del mundo.
Para conocer más de los escritos de Morea, véase «El síndrome de Pancho Villa», un fragmento de Full Circle, así como nuestras dos entrevistas recientes: «The Ultimate Dilemma» (2016) y «We Wanted to Destroy the University» (2024).
Supe por primera vez de Ben Morea gracias a un fanzine. Escrito de forma anónima y titulado simplemente Black Mask and Up Against the Wall Motherfucker: The Story of a Small, Underground 1960s Revolutionary Group in New York City, aquel objeto oscuro circulaba en ambientes anarquistas de todo el país cuando yo era adolescente. En aquel momento, a comienzos de los años 2000, ese fanzine de ocho páginas era el único registro existente de las actividades del grupo. Con una prosa febril, narraba la historia de una «unidad guerrillera estrechamente cohesionada» cuya cualidad esencial era una oposición militante y creativa a casi todo: el capitalismo, el autoritarismo, la guerra de Vietnam, el gobierno y la policía, la cultura de consumo, la represión emocional y sexual, la supremacía blanca, el imperialismo y, en términos generales, la civilización occidental. Recurriendo a todas las herramientas a su alcance —desde psicodélicos y teatro callejero hasta crimen organizado y armas—, su guerra contra el orden existente creció al mismo tiempo que el impulso revolucionario de masas de finales de los años sesenta. Los tres años que van del surgimiento de Black Mask en 1966 a la disolución de Up Against the Wall en 1969 fueron un festival incesante de actividad tumultuosa: cerraron el Museo de Arte Moderno, cortaron las cercas de Woodstock, irrumpieron en el Pentágono, ayudaron a ocupar la Universidad de Columbia y obligaron al Fillmore East a cederles gratuitamente el teatro una vez por semana, por mencionar sólo algunas de sus acciones más audaces. Mientras tanto, su lucha cotidiana tenía un doble frente: por un lado, comunalizar la vida entre los diversos sectores marginalizados del Lower East Side en la ciudad de Nueva York mediante viviendas colectivas improvisadas, tiendas gratuitas, patrullas vecinales de defensa comunitaria y cenas que alimentaban a cientos de personas varias noches a la semana; por otro, aprovechar cualquier oportunidad para enfrentarse con la policía. Luego, en 1969, desaparecieron de manera súbita, presumiblemente obligados a pasar a la clandestinidad debido a la creciente presión tanto de la policía local como de las agencias federales. O quizá, como sugiere de manera enigmática el párrafo final del fanzine, abandonaron la ciudad para dispersarse por distintos lugares del país en busca de nuevas formas de organización revolucionaria, disolviendo su núcleo original en «una red oculta de resistencia» más allá del escrutinio del Estado, de los medios e incluso de los registros de la historia.
Hoy, decenas de investigaciones históricas y trabajos académicos en múltiples campos dan cuenta de la influencia de Black Mask y Up Against the Wall, así como de sus intervenciones radicales en el arte, la cultura y la política de los años sesenta. Pero para mis amigos y para mí, durante la adolescencia, la única referencia era aquel misterioso fanzine, y su objeto no pertenecía a la historia, sino a una leyenda viva que alimentaba nuestra imaginación y nos fascinaba con su relato. En el radicalismo puro de nuestra juventud, aquello parecía expresar el límite de lo que un pequeño grupo de revolucionarios podía alcanzar: «Unirse para combatir la totalidad de la realidad», como decía el propio fanzine.
Cuando vi por primera vez el nombre «Ben Morea» impreso, jamás se me ocurrió que se tratara de una persona real, todavía viva; mucho menos que terminaríamos por conocernos y trabajar juntos para poner por escrito la historia de su vida. No sabía nada de los rumbos que había tomado su existencia después de 1969, cuando su célebre grupo se disolvió y él mismo desapareció casi como una figura legendaria. Tampoco podía imaginar que aquel momento marcaría el inicio de una historia completamente nueva, atravesada por una transformación extraordinaria, incluso más allá de lo que yo entendía entonces por «revolucionario».
En 1969, Ben y varios de sus compañeros dejaron la ciudad de Nueva York para internarse en las regiones salvajes del norte de Nuevo México y unir fuerzas con los insurgentes chicanos de La Alianza Federal de Mercedes; pero ésa es otra historia. Para Ben, aquello fue la última resistencia antes de desaparecer por completo «del radar», internándose en la naturaleza de las montañas Sangre de Cristo, donde vivió durante cinco años junto con su esposa y dos caballos, sobreviviendo de la caza y la recolección. Según cuenta él mismo, esa forma de vida terminó por salvarlo, no sólo de la detección y el asesinato por parte del Estado, sino también en un sentido positivo: le permitió reorientarse como revolucionario. En aquel momento se encontraba en una encrucijada peligrosa: estaba armado y dispuesto a morir, pero la revolución a la que había apostado su vida ya no era posible. Continuar la misma lucha militante habría sido suicida; tenía que encontrar la manera de seguir combatiendo, aunque en otra dimensión. Y lo que lo sostuvo, impidiéndole tomar un rumbo aún más autodestructivo, fue precisamente su vida en la naturaleza: la lucha por sobrevivir en relación directa con los elementos, soportando privaciones extremas y una exposición constante. Fue una experiencia de la vida reducida a su significado esencial: ¿qué se necesita para vivir?
Al mismo tiempo, lo que también salvó la vida de Ben fue su disposición a dejar que su vida se transformara radicalmente. Cuando abandonó Nueva York, dice que buscaba algo que faltaba en la lucha urbana. No sabía exactamente qué era, pero sentía que era necesario, y se sintió atraído por las culturas y cosmovisiones indígenas. Así, cuando llegó al oeste, se encontró con otro mundo, al que ingresó no como un militante endurecido, sino como un niño dispuesto a aprender. Sobre este aspecto, Ben es muy reservado respecto de lo que comparte, decidido a no exponer ese mundo al escrutinio público ni a su explotación; basta decir que fue acogido por una comunidad indígena y una tradición ceremonial que continúa practicando hasta hoy. Más de cincuenta años después, Ben es ahora un anciano dentro de esa tradición, uno de los pocos que todavía recuerdan a los mayores y sus modos de vida, transmitidos a su vez por generaciones anteriores desde los orígenes mismos de la ceremonia. Surgida durante una fase crítica de la resistencia indígena —cuando numerosas tribus de las regiones suroeste y central del actual territorio estadounidense fueron finalmente obligadas a abandonar sus tierras ancestrales y sus formas de vida para ser confinadas en reservas—, la ceremonia ha sido un sostén vital para generaciones de pueblos indígenas en todo el país, tanto como práctica espiritual comunitaria como forma de supervivencia de la vida y la espiritualidad indígenas. Después de varios años de trato cercano con Ben, observando su conducta en el papel que desempeña dentro de esta poderosa tradición viva, comprendí, de manera casi poética, que el revolucionario se había convertido en un tradicionalista firme, comprometido con transmitir lo aprendido de sus mayores precisamente sin alterarlo.
No es que Ben haya perdido el fervor por transformar el mundo. Hoy, a los ochenta y cuatro años, sigue siendo un radical absoluto, no sólo en su pensamiento, sino en toda su forma de vida. No es exagerado decir que Ben es uno de los revolucionarios más íntegros que he conocido, tan sincero como intenso. Llegué a comprender que, en él, la conjunción entre lo revolucionario y lo tradicional no constituye contradicción alguna, sino el conflicto entre mundos distintos: la cuestión de qué realidad social debe ser derribada y qué formas de vida merecen ser defendidas y preservadas.
Después de desaparecer en la naturaleza, Ben permaneció durante décadas en una oscuridad deliberada, trabajando como leñador mientras levantaba una vida autosuficiente en las montañas del sur de las Rocosas. Como él mismo dice, muchas personas de su antigua vida asumieron que había muerto, y él quería que siguiera siendo así. Pero finalmente decidió reaparecer. Según explica, la situación del mundo no hacía más que empeorar y quería compartir algo de su experiencia para contribuir a la lucha actual. Así, alrededor de 2006, regresó a la ciudad de Nueva York para hablar públicamente por primera vez en casi cuarenta años. En gran medida gracias a ese regreso comenzó a crecer el interés por Black Mask y Up Against the Wall; mientras que cuando yo era adolescente nuestra única referencia era un fanzine, hoy existen libros enteros dedicados a ellos. Entretanto, Ben se ha reunido con tantas personas como le ha sido posible y se ha convertido en una figura entrañable para una nueva generación de jóvenes. Cuando organiza encuentros, las salas se llenan de gente ansiosa por hablar con él y escuchar su perspectiva sobre las posibilidades de la lucha revolucionaria en el presente. Reconozco en ellos una intensidad que me resulta a la vez familiar y profundamente distinta de la que teníamos mis amigos y yo a esa misma edad, apenas veinte años antes. Criados bajo la premisa del fin del mundo, hablan con una gravedad acorde con la locura de este momento de la historia humana. Ben no afirma tener respuestas; de hecho, insiste en que no puede decirle a nadie lo que debe hacer. Pero comparte plenamente ese sentimiento. En mi experiencia, esas conversaciones son invariablemente sombrías y, al mismo tiempo, fortalecedoras. Crean un espacio para soportar colectivamente el peso de la realidad presente: tanto la desesperación ante el hecho de que la situación nunca había sido tan grave, como la conciencia de que el momento de actuar es ahora, porque ya no queda tiempo que perder.
Este libro es el resultado de un largo esfuerzo colectivo. Fue una colaboración singular entre varias generaciones. Surgió de manera orgánica; al comienzo, cuando empezamos a reunirnos, no teníamos ningún plan de publicar nuestras conversaciones. Pero mientras más nos sentábamos a hablar con Ben, más sentíamos que había mucho que aprender, y más crecía nuestro deseo de encontrar una forma de compartir con otros aquello que habíamos aprendido de él. Juntos intentamos crear un medio de transmisión, extraer enseñanzas e inspiración de toda una vida de compromiso revolucionario y transmitirlas a las generaciones venideras. Así, lo que comenzó como una visita para entrevistar a un viejo compañero terminó convirtiéndose en un proceso de cuatro años para hacer este libro.
Respetando el silencio de principios que Ben ha mantenido siempre, editamos el texto para evitar identificar comunidades y tradiciones indígenas específicas. En cambio, la discusión se presenta en términos generales, en torno a lo que Ben llama «animismo revolucionario». Según Ben, el animismo es la comprensión de que toda la creación está viva e interconectada, y de que el ser humano forma parte de ella: no está por encima ni la controla, sino que pertenece a ella. En este sentido, sostiene que todos los pueblos indígenas fueron alguna vez animistas, portadores de formas de vida fundadas en el reconocimiento de esa conexión. Y el desafío decisivo que hoy enfrentamos consiste en recuperar la esencia de esa conciencia, o al menos avanzar hacia ella, para comenzar a reparar nuestra relación con la vida, tanto en el cosmos como en este planeta. Se trata de un problema no sólo política y materialmente urgente, sino también metafísico y espiritual, que involucra la totalidad de la existencia.
Por distante que el lector pueda encontrarse de las formas de vida indígenas, hoy amenazadas en todas partes por la extinción masiva, creemos que la historia de Ben muestra que todavía existe una elección por hacer, o una pregunta que cada quien debe responder: hasta dónde está dispuesto a llegar para luchar por la vida en la Tierra contra las fuerzas destructoras de la civilización capitalista y colonial, y para restablecer el parentesco con todos los seres vivos, honrando nuestro lugar como parte de la creación.
Este libro busca contribuir a esa lucha. Lo compartimos con amor, para las generaciones venideras, en el espíritu de la rebelión total.