Entrevista a Giorgio Agamben: «Venecia, caso ejemplar de una ciudad que vive de aquello que la hace morir»

Traducción para Artillería Inmanente de una entrevista hecha por Enrico Tantucci a Giorgio Agamben a propósito de la destrucción contemporánea de las ciudades y su transformación en metrópolis, publicada el 31 de diciembre de 2017 en el periódico La Nuova di Venezia e Mestre, pp. 36-37.

 

Profesor Agamben, en su breve ensayo de hace algunos años, «De la utilidad y de los inconvenientes de vivir entre espectros», usted describía Venecia como una especie de fantasma que merodea sin encontrar paz en las noches lagunares, apareciendo de imprevisto a quien vive todavía en esta ciudad. ¿Es así? ¿Venecia es ahora para usted realmente tan sólo el ectoplasma de sí misma? Usted, que ha elegido vivir aquí, ¿cómo se encuentra dentro de esta dimensión espectral de Venecia?

 

Para mí el espectro no es una categoría negativa ni, como usted dice, un ectoplasma. El espectro —basta pensar en ciertos relatos de Henry James— es una forma de vida más verdadera que la vida falsa con la que se pretende animar a nuestras ciudades. Ciertamente más verdadera que las masas de turistas o las muchedumbres de jóvenes frecuentemente desesperados que se emborrachan de noche en Campo Santa Margherita en Venecia o en plaza Trilussa en Roma, con la benévola complicidad de las autoridades. E incluso más verdadera que las vacuas Bienales, éstas sí ectoplasmas en el sentido etimológico del término, sustancias informes que aparecen de la nada. En el texto al que usted se refiere, yo hacía una distinción entre las larvas, que son cadáveres que simulan estar vivos o son mantenidos artificialmente con vida (y ésta es la condición de casi todas nuestras instituciones) y el espectro verdadero, que se nos puede aparecer y sorprendernos porque conserva en sí algo vivo y a veces jubiloso. Quizá, en la bancarrota de la cultura occidental, las ciudades y las lenguas de Europa sobreviven únicamente como fantasmas, que, sin embargo, hablan todavía a quien sabe escuchar su voz. Y es sólo prestando escucha a esta voz como nuestro tiempo, que ha extraviado toda consciencia de su situación histórica, podrá encontrar una relación vital con su pasado y con su presente.

 

¿Qué tipo de espectro es Venecia para usted? ¿Cuáles son las energías vitales que todavía es capaz de transmitir? Y ¿cuáles son aquellas irremediablemente perdidas ahora?

 

Me parece haber dicho con claridad por qué el espectro de Venecia esté más vivo y es más real que la vida falsa que se le querría imponer. Vea usted: Venecia es el caso ejemplar de una ciudad que vive de aquello que la hace morir. Cuando una ciudad o una sociedad entera, como ocurre desgraciadamente hoy cada vez más a menudo, llegan al punto en que se alimentan de aquello que las envenena y las hace morir, las responsabilidades de quienes las gobiernan son tanto más graves y tanto más exigirían coraje e imaginación. En el caso de Venecia, el turismo con el que se quisiera hacerla vivir exclusivamente, es particularmente letal, porque destruye progresivamente las relaciones sociales que definían el modo de vida de sus habitantes. Sin embargo, se continúa sin ningún reparo transformando a la ciudad en un inmenso restaurante alternado con negocios de máscaras, sin pensar en aquellos que habitan y querrían vivir en aquellas calli y en aquellos campi. Yo habito en los alrededores del Orio, uno de los últimos campi grandes de Venecia en los que todavía eran posibles formas de vida espontáneas, en los que los niños juegan durante la tarde a atraparse y los habitantes siguen celebrando cada verano una hermosa fiesta. Pero después de la transformación del palacio de la universidad en un albergue y ahora la venta a un restaurador por parte de la Región del teatro de la Anatomía, al que unos jóvenes habían transformado en un centro de cultura y de juegos para los hijos de los habitantes, se cancelará esta posibilidad y el espacio donde los niños juegan será ocupado únicamente por las mesas de los turistas. Usted entiende ahora por qué si quienes la administran no se deciden, como la Unesco ha recomendado en varias ocasiones, a poner límites al turismo, Venecia será cada vez más únicamente un espectro.

 

Puedo preguntarle entonces, visto que es bastante crítico de manera justa a propósito de la degeneración urbana de Venecia, ¿por qué eligió, a pesar de todo, venir a vivir a esta ciudad y quedarse en ella? ¿Qué es lo que la hace resistir?

 

Me interesa la arqueología en el sentido más amplio del término, porque estoy convencido de que la arqueología es hoy la única vía de acceso al presente. Vivimos en una época en la que el capitalismo, que contribuyó en su nacimiento de modo decisivo a su desarrollo, parece haber abandonado las ciudades a una decadencia inexorable. Aquello que fueron un tiempo las ciudades se transforma así en «centros históricos», más o menos deshabitados, cuyo destino es ser museificados, como si «histórico» significara «reservado al consumo turístico». Venecia no es un caso especial desde este punto de vista. En los veinte arrondissements de la París «histórica» habita hoy un tercio de la población que vivía en ella a finales del siglo XIX. En torno a estos centros crecen las periferias pobladas densamente, cuya memoria de la ciudad está completamente extraviada.
Cualquiera que se interese en la historia de las ciudades, sabe que Venecia, a través de su estructura, testimonia de modo particular lo que en su origen fueron la vida y la forma de una ciudad. Por eso tal vez sea posible imaginar a partir de Venecia [37] qué podría ser todavía una ciudad; sin los automóviles, que vuelven tan desagradable la vida en Roma, y con la posibilidad de integrar una economía local lagunar con aquella de mercado, una lengua y una cultura vernaculares (uso este término en el sentido de Ivan Illich, como sinónimo de libre de las condiciones impuestas por el mercado) con aquellas nacionales. Por todas estas razones encuentro, a pesar de todo, instructivo habitar en Venecia.

 

Los turistas parecen tener una percepción de Venecia completamente distinta a la de los venecianos, ya casi no parecen reconocerla como una ciudad. No ven ya los puentes como estructuras de paso, sino como áreas de descanso para tomar fotografías o para sentarse. Se congregan en el ingreso de los vaporetti, como convencidos de que todos deben descender únicamente en San Marco, casi como si fueran «tranvías» de un hipotético parque temático y no medios de transporte urbano. De acuerdo con usted ¿es por una forma de «ignorancia», o porque Venecia ahora ya no es percibida desde el exterior como una ciudad?

 

No son solamente los turistas quienes no ven ya Venecia como una ciudad, sino también los habitantes —que la han abandonado para ir a tierra firme— e, incluso antes, aquellos que la administran. Por lo demás, no es fácil decir qué sea hoy una ciudad y cuál modelo hay que tener en mente si se quiere que las ciudades continúen siendo vivibles. Ciertamente no las informes megalópolis del tercer mundo con veinte millones de habitantes, cuyas favelas se alternan con los rascacielos. Y mucho menos la metrópoli que tenía en mente la junta Cacciari, cuando consideraba como un único tejido urbano el territorio que va de Venecia a Padua, olvidando que el término «metrópoli» remite históricamente a un sistema de colonias.
Desde este punto de vista fue también probablemente un error mantener Venecia y Mestre unidas en el mismo municipio. Ciertamente, una ciudad resulta definida por una forma de economía, pero también y sobre todo por una cierta vivibilidad, por una cierta forma de vida. Cuando las megalópolis mueran habrá que pensar una nueva civilidad comunal, definida por un equilibrio entre economía local y economía global. La historia y la realidad física de Venecia podrán entonces proporcionar algunas indicaciones. Es evidente, por ejemplo, que una ciudad que es pensada más para los automóviles que para sus habitantes es un modelo ahora obsoleto y Venecia, en este sentido, es una ciudad del futuro. La alternativa es un progresivo reflujo hacia el campo, del cual se entrevén los primeros síntomas.

 

Es palpable la impresión de una forma de intolerancia encubierta que los venecianos están desarrollando hacia los turistas, al mismo tiempo que la ciudad vive por desgracia casi exclusivamente gracias a su presencia. ¿Cómo la juzga?

 

La intolerancia no es encubierta, comienza a volverse evidente incluso en aquellos que viven del turismo, ni qué decir de los demás, que son la mayoría y son únicamente víctimas de esto. Antes o después se llegará a una especie de encuentro. Y no es cierto que la mayoría de los residentes viva del turismo: con respecto al número total de los residentes, los laboratorios del sector son a pesar de todo una minoría.

 

Con respecto a quienes exigen las limitaciones de los flujos turísticos, un tícket de ingreso o incluso el número cerrado para el acceso a Venecia, ¿cuál es su opinión?

 

El problema del turismo podrá encontrar una solución sólo si se parte de datos concretos. El primero de ellos es que en Venecia el 25 % de los turistas aporta el 75 % de los recursos. Éste es un dato que me dieron en su momento en el Municipio y no tengo motivos para dudar de él. Sería por tanto posible una limitación sustancial del turismo que no sólo no implicaría una pérdida de recursos, sino también lo incrementaría porque ese 75 % que no hace ningún bien, cuesta de manera enorme en lo que respecta a los gastos para la basura, etc. En los tiempos de la junta Cacciari se había pensado en la posibilidad de limitar los grupos, que son aquellos que dan más molestias y aportan menos ingresos y se había visto que la solución era fácil, porque los grupos son organizados por agencias de viaje con respecto a las cuales es posible un control y un acuerdo. Si no se hizo nada, es simplemente porque faltaba el coraje.

 

Venecia es también una ciudad universitaria, entre Ca’ Foscari, IUAV, Accademia, Conservatorio, etc. No obstante, la impresión es que también los estudiantes son tolerados, en parte marginados del tejido citadino. ¿Qué piensa usted de esto, habiendo sido también por mucho tiempo un docente en la IUAV?

 

La situación de los jóvenes en Italia es simplemente vergonzosa con respecto a los demás estados europeos. Ellos constituyen una especie de mano de obra fluctuante que se puede aprovechar sin límites con trabajos precarios. Y el poco dinero que ganan lo pierden con el alquiler no de alojamientos, sino de compartimentos dormitorio, como ocurre de modo masivo y descontrolado en Venecia. Es verdaderamente un espectáculo que no tiene precedentes en la historia: una generación de adultos que explota y mantiene en una situación humillante a aquellos que son en el fondo sus hijos. Y ésta no es solamente una realidad de hecho, sino una realidad legislativa. De ese desmantelamiento metódico de la instrucción que los gobiernos están operando desde hace años, forma parte de este modo una normativa demencial que obliga a los estudiantes de bachillerato a pasar un número indiferente de horas trabajando gratis con el pretexto de pasantías formativas que no son de ningún modo tales. Cuanto más escasean las ocupaciones, tanto más son propuestas a los jóvenes como las únicas posibles.
Si tiene ocasión de hablar con algunos docentes, se dará cuenta de que el cumplimiento correcto del programa de estudios se vuelve imposible de este modo. No obstante, a pesar de esto, es de jóvenes —por ejemplo aquellos del grupo La vida que le han devuelto su vida al teatro de la anatomía en San Giacomo dell’Orio— que provienen las pocas iniciativas de vida citadina. He asistido, en las salas semioscuras de ese teatro al que la Región quitó la luz eléctrica, a algunos conciertos —como aquel de rebético del grupo veneciano Neochori— infinitamente más auténticos y culturalmente significativos que aquello que se ve en las salas que reciben subvenciones.

 

¿Qué le gustaría que cambiara en esta ciudad con respecto al modo en que se presenta actualmente?

 

Le respondo con una parábola tomada de la tradición judía: «Para instaurar el reino de Dios sobre la tierra —decía un rabino— no es necesario cambiar todo y dar inicio a un mundo completamente nuevo: basta con mover un poquito esta taza o esta piedra o este arbusto y así todas las cosas. Pero este poquito es tan difícil de realizar que los hombres no lo consiguen y es necesario que llegue el mesías». Esto significa, me parece, que justamente para este pequeño desplazamiento son necesarios más imaginación y coraje de cuantos pueden nunca tener nuestra clase política.