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Jean-Marie Apostolidès / La Horda tras la Internacional Situacionista: las teorías del marsupial y de la vieja dama

Lo que sigue a continuación es una traducción del capítulo 18 de la biografía (?) escrita por ese infame psicoanalista y tintinólogo que es Jean-Marie Apostolidès, titulada Debord le naufrageur (algo así como Debord, el provocador de naufragios) publicada por Flammarion en 2015. Todavía, desde luego, se hace esperar su traducción íntegra y, más aún, su crítica en castellano —aunque existen ya algunas, en francés e inglés, como la escrita por el propio Gianfranco Sanguinetti, a quien por cierto se alude mucho en las presentes páginas, titulada Dinero, sexo y poder: a propósito de una falsa biografía de Guy Debord, o la de Max Vincent, Leer a Debord (ambos textos publicados online)—, lo cual implica un peligro por el acceso acrítico a la cuestión que esta lectura puede suponer, sobre todo al tener que omitir, a la fuerza, los malabarismos previos que nuestro biógrafo realiza en los capítulos anteriores. De todas maneras, quizás merezca la pena correr el riesgo. La lectura de las páginas que siguen permitirá, espero, cierto distanciamiento melancólico, muy necesario en estos casos en que cierto fetichismo idólatra también suele entrar en juego, y que espero asimismo poner en evidencia con esta advertencia. No en vano el propio Debord quiso contribuir, desde el principio, a generar en torno a sí una leyenda que ahora pesa sobre el cerebro de los vivos y de la que es preciso deshacerse, indagando las pistas que conducen a un régimen de subjetivación preciso como es el vanguardista. Es muy posible que, a pesar de la burda metodología psicoanalítica empleada, sacar a relucir ciertas cuestiones relacionadas con el dispositivo de la sexualidad, la nuda vida de los situacionistas, con sus afectos, sus pasiones y miserias, sea el único mérito del autor. Y no es poca cosa.
Quizás, no obstante, los lectores hispanohablantes, por el momento, hallen provecho en la exposición de la teoría de los marsupiales y de la vieja dama que se hace en este capítulo, un aspecto muy desconocido de las prácticas y las teorías situacionistas inmediatamente después de la disolución de la IS, en el ámbito de la comunidad terrible (cf. Tiqqun 2) que inauguran, y que Apostolidès se conforma con denominar «la horda». Así que, quien, a través de una asunción de distancia adecuada, quisiera abordar el legado vanguardista, ajustar cuentas con el problema de la cabeza que ésta padecía, pero también encontrar algunos gérmenes y aciertos que puedan fecundar y nutrir nuestras aventuras de hoy, no debería, sin duda, descuidar estos asuntos.
Sólo se incluirán, en lo sucesivo, algunas de las notas aclaratorias del autor, las consideradas más relevantes, pero no las referencias a la localización exacta o la fecha de las cartas y documentos empleados, más que cuando sea preciso. Baste saber que las cartas de las que se vale Apostolidès fueron escritas por G. Debord, G. Sanguinetti y A. Becker-Ho entre los años 1971 y 1975 aproximadamente. También se han incluido un par de breves aclaraciones propias, entre corchetes y señaladas como tal.

 

El abnegado traductor

 

18.
LA ESTRUCTURA DE LA HORDA

 

Una serie de fotografías tomadas el día siguiente de la conferencia de Venecia nos muestran un Debord ansioso, fatigado y prematuramente envejecido. Sin embargo Sanguinetti, quien ha conservado estas imágenes en sus archivos, añade este comentario: «Guy consideraba esta serie de fotos hechas en el curso de la noche, a lo largo de una borrachera, como su “retrato oficial”».1 Este hombre deshecho y sobre todo angustiado no aparenta ser un vencedor. Acaba de salir de un largo proceso de disolución y debe reconfigurar la estructura del yo mitológico a partir de una nueva entidad que todavía en 1972 ignora qué podrá ser. En el ámbito privado, el divorcio entre Michèle y él se hizo oficial el 5 de enero de 1972, tras dos años de separación «oficial». Debord se casará con Alice Becker-Ho el 2 de agosto de 1972. A la espera de rehacer su imagen pública, disfruta de la libertad que le concede la desaparición de la IS y se recrea reencontrando algunos comportamientos de su juventud. Dedica los años que siguen a viajar, sobre todo por España e Italia. También transforma la horda en una estructura coherente, consciente de sí misma, procurando teorizar las reglas de juego de esta entidad que no se esconde más bajo la máscara de un movimiento de vanguardia. El rol del jefe de la horda, admirado por los compañeros subyugados por el macho dominante, acompaña su cambio de estatus.

 

El nuevo hermano: Gianfranco Sanguinetti

 

El único situacionista que sobrevive al naufragio de la IS es Gianfranco Sanguinetti. Debord se había vinculado a él muy rápido y no solamente con motivo del dinero que el joven italiano pone a su disposición. Aprecia su disponibilidad, su audacia, su temeridad incluso, así como una despreocupación aristocrática que le recuerda sus años de juventud. Su amistad, que se remonta al primer viaje a Italia, antes de la conferencia de Venecia, se mantendrá con sus altibajos hasta 1976 aproximadamente. Sanguinetti es la quinta figura de hermano privilegiado en la existencia de Guy Debord. En la estructura de la horda él es el mayor de la joven generación, lo que el jefe aprecia tanto más cuanto no le disputa sus privilegios. Con Sanguinetti la dimensión extranjera es más marcada que con los cuatro hermanos precedentes. Nacido en Suiza, en Pully, el 16 de julio de 1948, tiene la nacionalidad italiana y reside la mayor parte del tiempo en Italia, un país caro a Debord. Gracias a este joven de diecisiete años Guy reencuentra sus raíces familiares. En la época en que se conocen Sanguinetti está matriculado en el primer curso de la Universidad de Milán, pero sobre todo se ocupa de sus compromisos políticos con la extrema izquierda. Proveniente de una familia rica, la herencia familiar es complicada y requiere frecuentes reuniones.2 Entre el último trimestre de 1969 y enero de 1970 vive bajo la amenaza de un proceso al que hace varias veces alusión en su correspondencia. Por esta razón, no es tan asiduo como él quisiera a las reuniones de la IS. Además tiene una relación compleja con su madre, Teresa Mattei, una antigua diputada comunista. Debord nunca ocultó la ayuda financiera que recibe de Sanguinetti, al que atribuye en 1971 el sobrenombre de Engels, en recuerdo de la generosidad de este último con Marx. Cuando J. V. Martin pide una vez más que se le paguen las deudas derivadas de las publicaciones escandinavas, Debord escribe a Sanguinetti: «Las extravagantes demandas de este J. V. Martin no merecen siquiera una respuesta. Sabes muy bien en qué conviene emplear los exiguos excedentes de tus recursos». Y, en el caso de que Engels no haya cogido la alusión, firma «Tu K. Marx». Cuando los anarquistas italianos acusan a los situacionistas de haber querido extorsionar un millar de liras al editor Feltrinelli, Debord aconseja a su amigo: «Evidentemente puedes responder a cualquier pregunta al respecto que no tenemos ninguna necesidad de un millar de este canalla, ya que nosotros disponemos, mucho más legal y cómodamente, ¡de un millar al menos de Sanguinetti!». Cuando el dinero tarda en llegar, Debord se queja: «Cazzo! Querido amigo, no ha llego nada a mi banco (por tanto la broma durará ya pronto dos meses) ¿Qué quiere decir esto? ¿Mignoli nos engaña? No osaría creerlo».
Incluso si Debord expresa sus dudas sobre la sinceridad del compromiso situacionista de Sanguinetti —vio durante mucho tiempo en él a un joven burgués que jugaba a ser revolucionario— y más aún de sus capacidades teóricas, él depende, por otra parte, de su joven camarada en lo referido a todas las informaciones sobre Italia. Sus numerosos intercambios epistolares están acompañados por recortes de periódicos sobre la situación italiana gracias a los cuales Sanguinetti impone sobre Debord su perspectiva. Estas informaciones son tomadas casi literalmente por Debord.
Pero sobre todo, Guy depende de Gianfranco en el ámbito sexual. Sanguinetti es joven, guapo y tiene trato fácil con las mujeres. En más de una ocasión, hará disfrutar a Debord de sus conquistas femeninas, como muestra de respeto hacia el jefe de la horda. En la época de la conferencia de Venecia, Sanguinetti tiene una novia, Ettra O., a la que llama Connie, y que Debord apoda la colegiala, muestra del interés que le suscita. Más tarde, Sanguinetti sale con Adriana Giustina, a la que Debord apoda Justine, en referencia al personaje de Sade. Gianfranco tiene el deber de compartir esta conquista con Guy: «Espero entonces a Justine: las felicitaciones a este respecto seguirán a su debido tiempo». Tras su encuentro, Debord envía a Sanguinetti un balance detallado: «Adriana Giustina llegó a casa el lunes. Seguramente es un marsupial —de una variedad muy poco conocida, “tesino-grisona”, pero muy reconocible— aunque sea probablemente un marsupial sin porvenir. La bestezuela es inteligente, divertida, observadora y muy caustica. Y, físicamente, muy agradable. Aunque ella nos haya confesado que tiene sus dudas a este respecto, verdaderamente nos ha agradado mucho, se lo hemos dicho y le hemos mostrado lo mejor». La evaluación de las capacidades sexuales de esta nueva Justine, sin embargo, no está desprovista de alguna reserva del Amo: «Esta chiquilla desde luego no es fría. No se corre, al menos durante ratos muy largos, aunque algunas veces parece que está cerca de lograrlo. Pero en esto ella sufre, más que un bloqueo neurótico propiamente dicho, de una verdadera decisión de no reconocer, y confesar, sus posibilidades en este dominio: ¿quizás por un orgullo mal entendido?» Debord añade un comentario para señalar que Alice apenas ha logrado mejores resultados que él a la hora de deshelar a este marsupial rebelde: «La prueba se hizo ante mis ojos, ella me parece tan resueltamente indiferente a las chicas como a todo lo demás; el verdadero problema está entre ella y ella misma». Así, la responsabilidad de este semi-fracaso no descansa ni sobre la falta de atracción de la situación —una joven recién llegada a París debe hacer el amor con una pareja de edad madura que ella nunca había visto antes—, ni sobre la incapacidad de la pareja para seducir, ella recae enteramente sobre la chica misma. Debord concluye: «Que ella no disfrute, y puesto que se muestra capaz de hacer gozar a los otros, he aquí, desde luego, algo que no nos afecta de ninguna manera. Pero es naturalmente ella la que está profundamente afectada por esto, y se esfuerza en no dejarlo olvidar».
Esta escena se repite en varias ocasiones durante este periodo, con un Sanguinetti convertido en el proveedor de presas frescas para Guy y Alice. Debord se encuentra al acecho de la menor conquista de Gianfranco. Así, poco después de la exclusión de Giustina, escribe a su cómplice: «Espero que veamos en algún tiempo a la farsante. Y que ya no sea tan “arcaica” para saborear las muchas bondades que podemos reservarle». Pero es principalmente con Celeste que las prácticas de intercambio se convierten en una regla para el trío. Puede decirse que el intercambio sexual tiene en la época tanta importancia como el intercambio monetario entre ellos. Los dos están gobernados por las mismas reglas: Gianfranco da a Alice y Guy, y ellos le corresponden haciéndole un regalo de tipo simbólico, es decir, reconocen su lugar privilegiado en el seno de la horda.

 

La teoría de los marsupiales

 

La teoría de los marsupiales acompaña la disolución de la IS. Representa el envés de la teoría del espectáculo, su cara oculta, y por esta razón tiene un lugar importante en la vida de Guy Debord. Con la ocasión de la primera aparición de este sustantivo en 1957 en la Correspondencia de Debord, los editores (Patrick Mosconi y Alice Debord) adjuntan esta nota: «Concepto —empleado siempre en masculino— inventado por Ivan Chtcheglov para designar la “antimujer”, y que pasó al argot de algunos situacionistas conocedores: “Ella es la fealdad y la belleza. Ella es como todo lo que nosotros amamos hoy”».3 Debord planeaba hacer un hueco a los marsupiales en el volumen de Memorias antes de renunciar a ello.4 Michèle Bernstein hace una alusión al respecto en Todos los caballos del rey.5 Incluso si el origen de esta teoría puede ser asociada al periodo de la IL, no se desarrolla plenamente hasta 1971, justo antes de la expulsión de Riesel. Es el fruto de una elaboración colectiva en la cual Alice Becker-Ho tiene un lugar importante y acompaña la transformación del movimiento situacionista en una horda constituida en torno de una pareja de Amos: Guy y Alice.
A primera vista, la teoría de los marsupiales enuncia las leyes implícitas del intercambio sexual en el seno de la horda. Teoría de la posesión femenina, implica a dicho título una relación especificada claramente con lo femenino, abarcando así un campo mucho más vasto que el de la sexualidad, incluso si no se presenta más que bajo la apariencia sexual, lo que hace que sea una teoría secreta. Se trata de la teoría del secreto de la sujeción en el seno de la vida privada —la horda—, tanto como la teoría del espectáculo es la del secreto de la sujeción en el seno del espacio público. Sólo que, si Debord parece oponerse públicamente al espectáculo, sin embargo estaría completamente de acuerdo con la sujeción en la vida privada. La teoría de los marsupiales corresponde a un momento en el que la juventud le abandona —ya sobrepasa los cuarenta— y en el que trata de conservarla recuperando las prácticas de sus años de juventud en París.
Entre 1972 y 1984, el personaje secreto con el que se identifica Debord es el Marqués de Sade, o al menos la imagen que se hace el público de él a partir del siglo XIX. Ya nos habíamos topado con esta figura en 1952 en el momento del compromiso de Debord con el letrismo, pero en 1972 tiene los medios de poner en práctica aquello que era solamente cosa de literatura o imaginación veinte años antes. La primera mención «oficial» de la teoría de los marsupiales aparece en la carta de Alice Becker-Ho a Sanguinetti del 20 de agosto de 1971. Gianfranco acaba de conocer a Celeste y confía a sus amigos los detalles de tal encuentro, asociando inmediatamente el personaje de Celeste a Nadja, la heroína de la novela de André Breton. En su respuesta, Alice comenta: «Tampoco me ha sorprendido que hayas conocido a otra Nadja — no existe el azar objetivo. Espero que en tu próxima carta me hables de Lewis Carroll y sus cartas a los niños, y que descubras en tu Celeste una Alicia. A propósito, te adjunto su foto, ¡y juzga por ti mismo! Guy, yo y otros aficionados llamamos a este tipo de seres marsupiales — esos animales venidos de la prehistoria».
En la teoría de los marsupiales la presa sexual es comprendida a través de la literatura. Casi puede decirse que es prisionera de una multiplicidad de telarañas literarias. Este mito remite, a la vez, a las experiencias de André Breton con Léona Delcourt, conocida bajo el nombre de Nadja, y al interés de Lewis Carroll por las niñas, que está en el origen de la novela Alicia en el país de las maravillas. También se nutre de otro texto de Lewis Carroll, La caza del Snark. Pero, más allá de las referencias literarias, la figura del marsupial tiene que ver con la prehistoria de Guy, es decir, con su infancia hoy por hoy totalmente oculta, periodo en el cual se sentía atraído por las niñas, en particular por su medio-hermana Michèle. Esta última será rápidamente asociada a los marsupiales, entre los que destaca como una de sus más hermosas flores. En la medida en que esta teoría acompaña la regresión de un movimiento de vanguardia hacia una estructura social arcaica como la horda primitiva, puede decirse también que hace retornar al grupo constituido en torno de Debord al origen de la humanidad o al menos al mito que permite comprenderla. Al mirarla más de cerca, la frase de Alice Becker-Ho («esos animales venidos de la prehistoria») posee un significado complejo.
El marsupial es una mujer, o una niña, que Alice designa inmediatamente como una presa que es preciso capturar, es decir, un ser inferior. Ella precisa a Sanguinetti que los marsupiales «nunca han terminado de crecer». De ahí viene entonces la referencia al bolsillo del vientre materno. A pesar de que el término esté reservado a las niñas, «su género es masculino, y esto no es por azar». En otras palabras, el marsupial es un fantasma asociado a la prehistoria de Debord, y quizás, también, a la de Alice Becker-Ho, es decir, a su inconsciente. Este fantasma cristaliza en torno a las imágenes de las niñas, o de las jovencitas con rasgos masculinos, de ahí el género que les corresponde. Estos seres andróginos tienen como principal característica no haber acabado de crecer permaneciendo en un estado adolescente. El marsupial escapa al tiempo y su conquista permite al cazador, en consecuencia, escapar él mismo también.
En la misma carta, Alice precisa: «¿En qué reconocemos a un marsupial? Hace reír — pero en absoluto porque diga o haga cosas graciosas, o más bien, sí, a causa de ello. Incluso cuando el marsupial habla de cosas serias —y el marsupial siempre habla de cosas serias—, es gracioso, porque en el fondo es conmovedor. Cuando se defiende, cuando se ríe, se dice que un marsupial está “atontado” porque ésta es su primera cualificación: el marsupial no es tonto, está atontado, él es así. Igual que no es bueno, pero está “en el bien” y es capaz de gran maldad (desaparece y se junta con malas compañías antes de regresar avergonzado)». Se comprende que el marsupial se caracteriza por una simpleza animal, que hace sonreír más que exasperar. El Amo debe adiestrar al marsupial, sin esperanza de hacerle salir de su condición inferior, pero forzándole a adquirir unas reglas mínimas de saber vivir.
Otra importante precisión más: el marsupial se opone a «la nana», es decir, a la mujer o la niña que asume plenamente su sexualidad, en lugar de permanecer fija en un estado anterior de desarrollo afectivo y sexual. La nana, caracterizada por los celos y la envidia —uno de los temas obsesivos de Alice y de Guy—, es objeto del odio para los Amos porque es autónoma y madura: «Otra cosa que distingue al marsupial de ese ser inmundo que es la nana, es que el marsupial ama al marsupial y lo reconoce. Todo lo contrario que la nana, que detesta toda representación del sexo femenino como rival que es preciso denigrar, incluso eliminar, que no conoce más que la envidia y los celos».
Una carta inédita de Debord a Sanguinetti aporta un complemento a la teoría de los marsupiales. Guy desarrolla por su parte la dimensión filosófica de lo que llama la marsupiología. Comienza reconociendo el lugar eminente de Alice en esta teoría, incluso si fue su creador. Si él se presenta como el maestro de la teoría del espectáculo, cede a Alicia la paternidad de la teoría de los marsupiales. Es decir que si la estructura del movimiento se solidifica en torno a Debord, la de la horda se establece alrededor de su compañera: «Mi querido amigo, no pongo por escrito aquí más que unas notas a la palabra dada por mi erudito amigo, el profesor Becker. Aunque nadie le dispute el lugar, absolutamente eminente, que ocupa en los trabajos contemporáneos de marsupiología, yo mismo soy un experto, y afirmo que existe amplia materia de discusión sobre un punto de lo que él sostiene acerca de la ecología y la repartición planetaria de la especie. Se trata de su subestimación de Alemania como centro observable de la implantación europea de los marsupiales». En la continuación de su carta, enviada en el mismo sobre que la de Alice del 20 de agosto de 1971, Debord identifica la aparición de los marsupiales florentinos durante el final del Quatrocento. Por otra parte, descubre su retorno en ese mismo año de 1971 y concluye su misiva con las observaciones siguientes: «Estoy sorprendido de que el Profesor Becker no perciba la estrecha e íntima relación existente entre la conciencia de sí del Marsupial como sujeto de la historia y la aparición del movimiento situacionista. De hecho, die Marsupialgericht ist die Marsupialgeschiste. Nadie lo negará con seriedad».
Alice desarrolla de nuevo la teoría de los marsupiales en su carta a Sanguinetti del 19 de septiembre de 1971. Parte de la pulsión escópica de Charles Dodgson (Lewis Carroll), es decir, de su deseo de fotografiar a las niñas: «Es verdad que en la foto de Alicia (pero menos que las otras) aparece la mujer joven, casi más que la niña. ¡Pero piensa en la ignominia de la época victoriana!». Bajo sus rasgos de gamberro juvenil, el marsupial oculta de hecho la verdadera poesía. Más aún, es la encarnación de la poesía, también a los ojos de las gentes hostiles y envidiosas «que no dejan de reconocer en el marsupial la vida y la verdadera poesía y que se esfuerzan en ahogarlo con mentiras y bajezas».
Un elemento importante en la mitología de los marsupiales, por cierto, es que los Amos tienen el privilegio de domesticar a estos animales. Ellos les convierten, de este modo, en un tipo de ser que hay que escoger. Evocando a Connie, la novia italiana de Sanguinetti, Alice precisa que le gustaría «que ella [Connie] se reconociera como marsupial». Se trata de un compromiso solemne que permite unirse voluntariamente a la horda. Este reconocimiento mitiga un poco la brutalidad con la cual los Amos se apropian de su presa. Ésta, en otros términos, debe mostrarse complaciente. Pero una vez que ha dado su palabra, debe entregarse a los Amos, bajo pena de perder el privilegio de haber sido reconocido como marsupial y engrosar las filas de las nanas. El sábado 8 de abril de 1972, Dominique, una amiga de Patrick Labaste se había comprometido a compartir las orgías de los Amos, antes de arrepentirse. Como ella le dice a Gérald Labaste (el patán),6 que está al tanto, «según la Asiática, ella estaría dispuesta, pero con los dos a la vez sería demasiado (¿incluso inmoral?)». Guy se muestra disgustado: «Una negación tan osada de las orientaciones abiertamente manifestadas, una parodia de virtud tan inoportuna, son imperdonables». El castigo es inmediato; no solamente Dominique no será integrada en la horda, sino que el propio Patrick es responsabilizado de este arrepentimiento: «Querido hermano, tenemos la desgracia de señalarte que tu pequeña nana ha demostrado una malísima conducta con nosotros. Y esperamos que la claridad de tu actitud le enseñe rápida y definitivamente toda la amplitud de su error. […] Tras haberse ofrecido públicamente —no estamos bromeando— a acostarse con nosotros la noche anterior, ella ha creído poder justificar una tardía evasiva con algunos pretextos burdos muy mal traídos».
La menor insumisión al deseo de los Amos basta para excluir al marsupial de la horda. Esta dureza puede parecer excesiva pero, añade Alice, «en realidad, nos permite (a Guy y a mí) evitar falsos caminos. La menor bajeza es fatal para un marsupial (que de un mismo golpe descubrimos que no era uno), mil tonterías (tontadas) no le dañarán. De nuevo, se trata de calidad. Se le pueden perdonar mil incertidumbres, tardanzas y dudas, pero nunca el menor cálculo o mentira interesada. Es así como los falsos marsupiales o solamente un cuarto de los marsupiales caen sin saber por qué, sin haber comprendido cómo. […] Lo más sorprendente es que no les echamos de menos».7
Siguiendo con el conjunto de documentos que constituyen la teoría de los marsupiales —no hemos citado más que los principales—, se constata que ésta consiste en una creación colectiva en la cual Alice tiene un lugar esencial. Esta teoría es presentada en términos claros a todo marsupial potencial, a menudo cuando se produce el primer encuentro con los Amos, facilitando su inscripción en la horda. Aceptando su ser-marsupial, una mujer o una chica tiene inmediatamente la impresión de penetrar en el sanctasanctórum y compartir el secreto de los Amos. Puede decirse entonces que ésta se presenta como la teoría de la servidumbre (sexual) voluntaria. Algunos años más tarde, Debord hará pública dicha teoría, situándola en el marco más general de la dominación. Según él consistiría en una continuación de los análisis del amigo de Montaigne: «La Boétie ha mostrado, en el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, cómo el poder de un tirano debe hallar numerosos apoyos en los círculos concéntricos de los individuos que lo encuentran, o creen encontrarlo, beneficioso para ellos. […] Quien está contento en el secreto apenas lo critica, ni es consciente de que, en todas las confidencias, la parte principal de la realidad siempre le será ocultada. Por la benévola protección de los tahúres conoce algunas cartas, pero pueden ser falsas; y el método dirigente jamás explica el juego. Se identifica enseguida con los manipuladores y desprecia la ignorancia que en el fondo comparte. Las migajas de información que se les ofrecen a esos parientes de la tiranía del engaño, normalmente están infectadas de mentira, son incontrolables, manipuladas. Sin embargo resultan placenteras para aquellos que acceden a ellas, puesto que les hace sentirse superiores a todos los que no saben nada. Sólo sirven para conseguir más fácilmente la aprobación de la dominación y jamás para comprenderla de manera efectiva. Constituyen el privilegio de los espectadores de primera clase: los que cometen la estupidez de creer que pueden comprender algo, no sirviéndose de lo que se les oculta sino ¡creyendo en lo que se les revela!».8 Al hacer estos cínicos comentarios, Debord no solamente ha aceptado su posición de jefe de la horda, sino que además ha realizado su ser tiránico, al igual que Nerón o Luis II de Baviera, figuras que le obsesionan desde su primera juventud.

 

Celeste o el marsupial

 

Celeste tiene un papel importante en la existencia de Guy Debord a partir del giro de los años 1971 y 1972, en la medida en que es para él el arquetipo de marsupial. Descubrimos su fotografía en la película de 1978 In girum imus nocte. Sanguinetti acaba de ser expulsado de Francia en razón de unos acuerdos con el gobierno italiano.9 Si el retorno forzado a su país le pone triste —pues debe, le dice a Alice, «renunciar aún más que a “Parigi bella”, a la deliciosa compañía de Guy y la tuya, a las bellas canciones de Riesel, a los amigos»—, se consuela al descubrir en Pisa a esta chica extraordinaria que asocia inmediatamente a Nadja. Así describe en su correspondencia a esta maravilla que se llama Cristina pero que ha escogido el sobrenombre de Celeste: «Piensa que ella es diez años más joven que el vino más joven que yo haya bebido en la península ibérica: ella nació en 1956. Pero no aparenta más que trece años. Acaba de salir tras trece años de reclusión, con las monjas, y de una corte juvenil ante la que su padre la llevó, acusándola claramente de ser una puta». No solamente corresponde al mito de la pequeña gamberra que encanta a la pareja Debord, sino que además su forma de hablar es una cosa única: «Florentina al 100 %, habla una mezcolanza que sólo tiene parangón en Dante y Aretino. Nunca, ni siquiera en Boccaccio, había encontrado una tal cantidad (¡y cualidad!) de blasfemias florentinas». Gianfranco no tiene ninguna duda de que Alice compartirá su entusiasmo ante semejante maravilla: «Seguramente no tendrás dificultad para imaginar mi asombro ante la aparición angélica de esta pequeña, pequeña chiquilla cuyo estilo y labia no dejarían ciertamente de fascinarte; una chica muy simple, muy “popular”. Ella quiere que la llamen Celeste, ignoro por qué». Sanguinetti añade algunos dibujos en la carta: «¿No encuentras una sorprendente semejanza entre estos dibujos de la pequeña Celeste y los de Nadja? Ella toca el órgano y el violonchelo (que junto al clavicémbalo son los tres instrumentos que más me gustan)». A esta carta entusiasta Alice responde con una postal: «No nos veremos entonces en París, sino en Florencia. Nadja es nadjesca. Un abrazo». Por su parte, Debord, que acaba de pasar unos días de vacaciones en la isla de Ré con Alice y con Michèle Bernstein, envía una larga misiva a Sanguinetti en la cual explica ante todo sus temores de estar siendo vigilado por la policía. Y añade a propósito de Celeste: «Es estupendo haber encontrado una Nadja de esa edad, y en nuestra época».
Sanguinetti saca a colación enseguida la cuestión de la compatibilidad de su amor por Celeste y su relación permanente con Connie. Espera que esta última sepa poner sordina a sus celos. Alice le responde en otra postal, metida en el mismo sobre que la carta de Debord del 15 de agosto de 1971: «Estoy completamente de acuerdo con lo que dice Guy sobre Celeste y Connie. Pero una es un marsupial, por lo que sus cualidades y sus defectos son de naturaleza diferente, lo cual, supongo, debe notarse en vuestras relaciones: ¿se han encontrado cara a cara?». Así, desde el comienzo de esta historia, Celeste es incluida en la categoría de los marsupiales. Tras este envío, Alice y Guy redactan sus cartas del 20 de agosto de 1971, con las que se abre el comienzo oficial de la marsupiología. Debord termina su carta del 25 de agosto a Sanguinetti con una alusión a Connie y Celeste: «Saludos afectuosos a ti y a las “ragazzine che te la danno”», es decir, según la nota redactada por los editores de la Correspondencia: «Las “chiquillas que te dan (primero las buenas noches y después la mano)”, como en la canción Porta romana». En cuanto a Alice, ella expresa su deseo de conocer cuanto antes a Celeste: «cuando estés cansado de teorizar que nada te impida escribirme una carta. Si crees que Celeste también podría hacerlo, sea, pero te equivocas al pensar que una carta exprés sea tan larga como para llegarme. ¡Ah!, ¡el Correo de mis tiempos — y las chiquillas, de entonces! Tuya, con cariño».
Entre tanto estalla el asunto de Riesel,10 el cual, lejos de poner fin a la teoría de los marsupiales le da, por el contrario, más amplitud, como si la irrupción de Celeste tuviera el poder de atenuar la herida infligida a Guy y Alice por las cartas de René y Joëlle. Pero la aventura se complica rápidamente porque los padres de la joven italiana, que es menor, intervienen amenazando a Sanguinetti de actuaciones judiciales y a la joven de un nuevo encerramiento. Por su lado, Guy y Alice han recibido fotografías de Celeste que les han encantado. Alice escribe el 19 de septiembre de 1971 a Gianfranco: «Celeste es hermosa. Debe tener una bella voz. En una de las fotos (hablando por teléfono) le encuentro un no sé qué de asiática (¡siempre mi lado narcisista!). Está pletórica. Yo desconfío siempre mucho de las “mujeres” que han inspirado a los surrealistas. Nadja era una excepción, sin lugar a dudas —en todo caso Breton— y todavía el final del libro es lo suficientemente decepcionante y revelador respecto a lo que los surrealistas buscaban y encontraban en “la belleza”, “la mujer”, “la poesía”, fuera incluso de sus propios devenires, de ahí el peligro del estereotipo».
Celeste no se deja aprisionar por los fantasmas de los principales miembros de la horda tan fácilmente como éstos esperaban. Ella se enamora de un chico mucho más cercano al medio social del que proviene,11 de lo cual Sanguinetti informa a sus amigos a través de Alice que inmediatamente responde: «Tu carta y las noticias que nos das de Celeste nos han entristecido mucho. […] Siempre he creído que lo que Celeste busca es emparejarse, pero no sabiendo todavía lo que ella es, no sabe ver qué le conviene». Tras haber explicado a Sanguinetti qué significa “emparejarse”, añade: «Puede traducirse por “distinción”. Esto es lo que quieren muchas de estas jóvenes tan independientes, porque ello finalmente supone “ser reconocida”. Y de esta manera acaban con las “tontadas” que les hacen sufrir». Alice relaciona la traición de Celeste con su pertenencia a la especie marsupial, añadiendo: «Ella volverá, claro. ¿Pero en qué estado? Los marsupiales, en malas condiciones, se desesperan rápidamente porque los golpes que querrían dirigir contra el mundo exterior se los dan a sí mismos, sobre todo en la etapa en que el mundo exterior da forma a su Yo. Ellos no quieren nunca perderse la riqueza del mundo y por eso prefieren perderse a sí mismos».
Valiéndose de su conocimiento del psiquismo femenino, Alice no olvida que Celeste es presentada oficialmente como enferma por la medicina, pero rechaza el diagnóstico: «Desafortunadamente existen remedios que distorsionan todo, pero eso también es parte de su mundo exterior [de Celeste]. Los marsupiales tienen algo de obtuso, les hace falta verificar lo que ya saben, partiendo del principio de que saben que no saben nada». Esta constatación de la ignorancia fundamental del marsupial justifica por adelantado la intervención de los Amos que son, por esencia, aquellos que saben, dado que ellos poseen la doble teoría, la del espectáculo para comprender el mundo social, y la de los marsupiales para comprender el mundo interior. Pueden entonces manipular a voluntad al animal indócil que es el marsupial.
Guy y Alice hacen un viaje relámpago a Florencia entre el 16 y el 22 de octubre de 1971. Este viaje tiene evidentemente otros objetivos más, principalmente indagar la posibilidad de producir una adaptación cinematográfica de La sociedad del espectáculo en Italia, a partir de los fondos encontrados por el abogado Mignoli, un amigo y consejero de Sanguinetti, pero Celeste tiene también su parte de importancia en el mismo. Ella seduce a la pareja Debord desde el primer encuentro. Un segundo es dispuesto, pero la chica no aparece. En cambio, escribe a la pareja una carta llena de promesas que Alice comenta a Sanguinetti en estos términos: «La nota de Celeste es para mí como una larga carta, has de decírselo».
A la vuelta de Italia, las escasas líneas de Celeste nutren sueños y fantasmas en torno a la conquista futura de la jovencita. El 28 de octubre de 1971 Debord le escribe una primera carta que redacta a máquina, signo del interés que le embarga: «Mi querida Celeste, Cuando nosotros llegamos a Pisa tú ya te habías ido. Nos habría gustado mucho verte antes de volver a París, pero no importa, porque he guardado de ti un hermoso recuerdo. Gianfranco nos había hablado de ti, provocando en nosotros el deseo de conocerte, pero olvidó decirnos que eras un verdadero marsupial. Sabes, sin duda, que yo amo mucho a dichos animales, que desgraciadamente son bastante raros en nuestro país. He dejado para ti una pequeña caja que llevaba en mi bolsa de aseo, de la que harás mejor uso que yo: “las cosas pertenecen a quien las mejora”; el Tiempo también, hagamos todo lo que sea preciso para que él nos pertenezca. ¿No habrás olvidado que debes venir a vernos en diciembre? Si no fuera posible nos veremos más tarde, durante más tiempo. No hay nada como esto para vengarse del tiempo: desearlo más, lo antes posible, todo aquello que él querría evitar que tuviéramos. Los sueños no son irrealizables más que para los imbéciles y los débiles que olvidan el tiempo. Te quiero y te espero desde ya, Guy».12 El mismo día, le escribe una segunda carta, esta vez en italiano, una lengua que ama pero que no domina bien: «Querida Celeste, Para escribirte aunque sea una frase aunque sea en verdadero toscano, te diría: cuando en Florencia “Sardanápalo no había mostrado aún todo lo que podía hacer en una habitación”, la ciudad no estaba tan bella como hoy contigo».13 En cuanto a Alice, le hace a Celeste un regalo al acabar el año con una carta cuya escritura manuscrita imita la de las «niñas modélicas» del siglo XIX, que dominaban la caligrafía de trazos finos y gruesos: «Celeste querida, recibirás mi carta en el 72. ¿No comienza bien el año pues? Deseamos siempre algo en tales ocasiones, yo deseo por eso que me ames, que obtengas un pasaporte lo más rápido posible, que desembarques en París sin olvidar tu bella voz ni tu noble nariz, que me encuentres por azar en la estación o el aeropuerto, que me reconozcas rápidamente, antes de que cualquier otro lo haga, y dejarte después conducir donde yo quisiera, que no te sorprendieras si hablo francés pues es para ocultar mis dudosos y lejanos orígenes. […] Cuando vengas el tiempo se dilatará y no nos separaremos más, ni siquiera para dormir y jugaremos a beber, a fumar, a comer y a pasear. Tú cantarás y nos veremos amando».
Todo parece anunciar una relación excepcional en caso de que la jovencita se preste a los sueños y las expectativas de la pareja de Amos. En su carta a Gianfranco del 13 de diciembre de 1971, Guy expresa la alegría que sentiría al volver a ver a esta chica: «Todas tus conquistas del presente y del futuro no deben en ningún caso conducirte a descuidar a Celeste, incluso aunque ella caiga enamorada de un napolitano, o de doce japoneses cada semana. Y si no lo hicieras por ti, ¡hazlo por mí! Es preciso mantener semejante maravilla toda nuestra vida». Intenciones que el propio Debord será incapaz de concretizar.
Las relaciones de Celeste y la horda toman rápidamente otro cariz. Por una parte, la jovencita no pudo ir a París,14 por otra parte su familia trata de poner término a los bandazos de su conducta. Sanguinetti no encuentra otra solución para conservar el marsupial que casarse con él: «Creo que me voy a casar pronto. Es inútil deciros que será con Celeste, desde luego». Si añadimos a la complejidad de los acontecimientos las propias mentiras de Celeste,15 la situación aparece confusa. Gianfranco, más enamorado que nunca, trata de salvar a la joven. Escribe a los Debord que en caso de boda ellos serán «los testigos de honor».
La situación legal de Celeste, sin embargo, no se resuelve tan fácilmente. Tras una breve estancia de la chica en la cárcel, Gianfranco se muestra optimista. Celebra la liberación del marsupial «con buen ron (aquel de Guy: “Liquid Sunshine”), con whisky Drambuie y dos marsupiales, de los cuales uno, desde luego, era Celeste». Una nota de Celeste al final de la carta de Gianfranco («Alice estoy libre, espero ir pronto junto a ti. Te quiero») hace comprender a Alice que el marsupial ya está domesticado. Ella responde vía Gianfranco: «La esperamos [a Celeste] con la impaciencia que te imaginas». Debord agrega algunos días más tarde: «Estamos felices de que Celeste esté libre. ¿Cuándo nos la mandas para acá?».
Sanguinetti, que ha recibido en su casa a la jovencita tras el comienzo del año 1972, descubre pronto la triste realidad: Celeste se droga, compromete la seguridad de Gianfranco con sus frecuentaciones dudosas y, sobre todo, se hunde en un mundo de mentiras y sueños donde nadie puede alcanzarla. Él se consuela como puede con Giustina (Justine) que es quizás también un marsupial en potencia. En la carta que Debord envía a Sanguinetti el 28 de abril de 1972, Alice añade este comentario glotón: «Tengo ganas de conocer a Giustina y apreciarla».

 

Alice o la vieja dama

 

La horda tiene como centro de gravedad a la pareja de Guy y Alice, y su jerarquía se construye a partir de este punto central, ya que los individuos situados más arriba —los espectadores de primera clase— serían aquellos que tienen acceso a la habitación del rey. Este lugar es el corazón fantasmal del poder al que los prositus tratan de acercarse, sea en persona o mediante sus parejas, que ofrecen a los Amos como prueba de sumisión. Sanguinetti es el segundo al mando de Debord, su general en jefe, según el título que él mismo se otorga en su carta del 17 de septiembre de 1973, el «Genechef Iguana». Él ejecuta las órdenes y jamás aparece como un rival potencial para Debord, algo que sabe perfectamente, pues nunca omite las señales de respeto y obediencia que debe a este último. Gianfranco seduce jovencitas para entregarlas a Debord, con el acuerdo de estas últimas. Debord se las traspasa la mayor parte de las veces a Alice, satisfaciéndose, por su parte, con asistir a los encuentros. El intercambio sexual apunta entonces a satisfacer las necesidades de la reina que aparece así como la pieza más importante del tablero.16 Si Alice se deja cortejar por Sanguinetti, su intimidad no llega más lejos. Gianfranco le envía cartas agradables, desarrolla con ella la teoría de los marsupiales, le cuenta sus sueños, incluyendo aquellos que tienen un carácter picante, pero eso es todo. En otros términos, la mujer de César no solamente ha de permanecer inmaculada, sino todavía más, intocable. La situación en la horda se asemeja mucho a la del Antiguo régimen: los familiares del rey pueden hacer discretamente la corte a la reina, pero está prohibido ir más lejos. Se trata de una persona sagrada, reservada al monarca.
Debord es plenamente consciente de la sumisión de los prositus. Por ello se place más si cabe humillando a aquellos que se muestran complacientes con los caprichos del tirano: «Renuncian a toda teoría al igual que continúan sin tener nada de dignidad, estas larvas no esperan más que una cosa: encontrarnos, aunque sólo sea un momento. Esto quiere decir que ahora alardean del que ya antes, más disimuladamente, era su principal interés: los chismes de pueblo, poder contar lo que ellos han visto y lo que han tocado. Tras las chicas orgullosas de haber echado un polvo un par de veces con nosotros, puede verse a las que lo están por haber estado a diez metros de nuestras camas; o al “grupo” familiar que puede jactarse de haber sido follado al cincuenta por ciento (¿o habría que decir al veinticinco por ciento, ya que con ellos únicamente la Asiática prodigó sus talentos?». En la época en que se repliega sobre la estructura de la horda, Debord experimenta, por ello, la necesidad de cerrar el círculo, de romper con los prositus, es decir, de crear una barrera infranqueable: «Los actuales admiradores sin título son expulsados con una brutalidad sin parangón siquiera en las peores épocas de depuración en la IS».
Si el interés por el espectáculo se aquieta tras la publicación de La verdadera escisión, el marsupial toma el relevo, con su complemento indispensable, «la vieja dama». Alice comienza a desarrollar la teoría de la vieja dama en su carta a Sanguinetti del 19 de septiembre de 1971: Cuando una chica que ha atraído a Guy y/o a Alice en cuanto marsupial ha perdido su encanto no es expulsada al exterior, pero se vuelve una «vieja dama»: «Estoy muy contenta de que hayas sido seducido por lo que llamamos una “vieja dama” (en el buen sentido de seducido). Hay en efecto una relación estrecha, aunque parezca contradictoria, entre el marsupial y la vieja dama. Como te decía anteriormente, el marsupial no se convierte jamás en mujer (es lo que L. Carroll ha dejado entrever con Alicia solamente), pero sin embargo envejece, y es de esa manera que le vemos pasar directamente a vieja dama. Hay que precisar aquí asimismo que esto no es una cuestión de edad (aunque este factor esté siempre presente): así, existen viejas damas de 25 años y marsupiales de 35». Alice reivindicará para sí misma este estatus de vieja dama durante los años siguientes e incluso tras la muerte de Debord.17
Alice afina de esta manera su autorretrato: «La vieja dama, ella, no ha sido antes y a la fuerza un marsupial, pero en todo caso, ha sabido vivir bastante bien. A causa de su origen más diverso, es menos fácil describirla. La vieja dama tiene siempre un aire noble, algo que demuestra que no ha sucumbido a los compromisos, una bella voz, desprecio por toda exigencia. La vieja dama debe amar al marsupial y descubrirse una atracción por ellos que quizás ignoraba hasta entonces. En fin, la vieja dama es una chiquilla, si era un marsupial no tiene sino que continuar siéndolo, y si ya no lo es, lo deviene». Alice prosigue su exploración tomando apoyo en la psicología profunda,18 que la mayor parte de los situacionistas rechaza. Resulta evidente que ella se implica de manera íntima en este análisis: «Al igual que el marsupial ama a su padre según el esquema estrictamente freudiano, también, en mi opinión, ama a la vieja dama al ser ésta idealmente lo que no fue su madre. Algunos marsupiales tienen la suerte de tener como madre una vieja dama: perfección del incesto».
Retomemos este análisis al interior de nuestro esquema, concentrándonos en el caso de Debord. Guy quiso mucho a una vieja dama, su abuela, que fue «lo que no fue su madre». Ésta, Paulette, puede ser definida como el modelo arcaico de marsupial, de la chica escurridiza, fascinante y caprichosa; ella tuvo igualmente «la suerte de tener como madre una vieja dama», es decir, Manou. Entre ambas, existía una relación incestuosa inconsciente que excluye la figura del Padre.19 Alice vuelve enseguida a las relaciones entre el marsupial y la vieja dama: «¿Te he dicho ya que el marsupial siempre se mete en problemas? El marsupial es naturalmente inquieto y profundamente rebelde; se mete en líos, de él se dice que está atontado, más a menudo que nunca, cuando vuelve. La vieja dama domina poco a poco su atontamiento (puede reducirlo, es su calidez de chiquilla lo que aparece entonces) y debe estar en aquel momento más profundamente que nunca “en el bien” (los marsupiales un poco masoquistas son atraídos por el aire severo de la vieja dama)». Aquí, Alice hace alusión a las relaciones entre un marsupial y ella misma bajo la figura de vieja dama de «aire severo», sobre las cuales volveremos.

 

El imaginario de la horda

 

Iremos más lejos en la comprensión del universo íntimo de Debord volviendo sobre Michèle Labaste, su medio hermana. Ésta es definida como un marsupial, al igual que su madre. Por ello, debe someterse al deseo de Guy y de Alice cada vez que ella les visita en París. Una carta de Debord, conservada por Patrick Labaste y dirigida a su hermana, hace entender tal cosa a quien sepa descifrar el código: «Querido animalito: ¡Gracias por las últimas noticias! Ya te había escrito la semana pasada que Christian no vendría. Puedes viajar entonces por el sur: no te insisto más para que vengas a nuestro bosque, porque nosotros también pensamos dejarlo por unos pocos días. Te escribiré dónde encontrarnos en París (por carta, se puede siempre en casa de Bernstein). Esperamos que en tu próxima visita puedas pasar algunos días con nosotros. Te quiero. Guy». El incesto, para Debord como para Saint-Just, debe permanecer puro. Es igualmente, para ambos autores, el fundamento del lazo social. Y, por ello, debe ser compartido entre los «hermanos». En Saint-Just observamos que el capítulo 11 del tratado De la nature está consagrado al incesto: «No pretendo tanto justificar el incesto, que es un crimen para quien a él se libra por impiedad: he aquí el incesto, que es virtud para quien lo practica por inocencia, por lo que no es ya más incesto». Para Saint-Just el temor al incesto está asociado a los pueblos corrompidos. Para aquellos que son puros, se convierte en una práctica inocente y, por lo tanto, altamente recomendable: «Observad las costumbres, leed las leyes de los diferentes pueblos, los más corrompidos tuvieron también más horror que ningún otro por el incesto; mientras que los pueblos inocentes no han tenido siquiera idea alguna al respecto». En Debord las motivaciones son diferentes, incluso si existe entre los dos autores un mismo deseo inconsciente de volver al estado de naturaleza y a la unidad originaria.
En el momento en que el movimiento situacionista se metamorfosea en horda, Debord desea que el incesto se vuelva una práctica habitual entre sus allegados, con el fin de reforzar el vínculo entre los varones. Vaneigem, que no tiene hermana, no puede poner en práctica las ideas por él expuestas en el Tratado de saber vivir para uso de las jóvenes generaciones. Pero Sanguinetti tiene el deber de seguir el ejemplo del jefe. El abad Lamarguelle —sobrenombre de Jean-Pierre Voyer— es enviado como consejero espiritual para convencer al situacionista italiano de pasar al acto. En una carta del 7 de febrero de 1972 Voyer le exige brutalmente: «¡Espero que por fin te hayas tirado a tu encantadora hermana!». Al principio, Sanguinetti permanece sordo a estas sugerencias. Pero luego, bajo la influencia de Debord, cambia poco a poco de opinión y acaba por franquear la línea. Hace un balance de su primera experiencia sexual con su hermana en una larga carta a Guy: «Mi hermana Paola, de la que te he enviado una foto que me tienes que devolver, es más que agradable, también físicamente, como puedes ver. Te decía que ella quería continuar amándome solamente de una manera fraternal, cosa que me parecía utópica en la época del fin de la familia, y particularmente de la nuestra. […] Pensé entonces que mi deber como hermano era ayudar a esta pobre criatura a superar la montaña de sus problemas. Era necesario empezar por algún lado; y comencé de hecho, por lo más personal, por la cosa misma». Debord responde exultante: «¡Cuántas felicitaciones mereces por haber seducido una cosa tan encantadora! Que sea una hermana añade mucho más placer a la aventura, pero es que lo que veo de su físico y lo que me dices de su sensibilidad, permiten afirmar que, incluso sin ese afortunado detalle, conocerla sería una suerte». Debord no esconde además su interés material por Paola, que es más rica incluso que Gianfranco mismo. Es el periodo en que encara seriamente una carrera como cineasta. Ciertamente, Lébovici le había echado una mano para financiar su primer largometraje, pero tenía en la cabeza otros dos proyectos inmediatos y dos precauciones valen más que una. Debord sugiere al hermano de Paola que la convenza para invertir su dinero en su carrera cinematográfica: «Si ella aprende, al mismo tiempo que el amor, sobre el cine y sobre el arte de las mejores inversiones, podremos esperar, sin cuidado, el fin próximo del mundo de la mercancía. E incluso acelerarlo con todos los modestos medios a nuestro alcance». La carta termina con una invitación a Champot, propiedad de Eugène Becker, el hermano de Alice, que la pareja Debord acaba de ocupar. Añade: «Estaré feliz si pudieras traer a Paola (según la foto, parece que a ella le gusta la naturaleza) o —naturalmente—, si tuvieras tiempo para entonces, para encontrar y convencer, de parte nuestra, a Celeste. En todo caso tengo confianza en tu buen gusto».
Sanguinetti se las arregla para que cada estancia en Italia se acompañe de un encuentro con uno u otro pretendido marsupial durante ese periodo. En su carta del 24 de octubre de 1974, anuncia a Debord: «Preferiría que estés en Venecia la mañana del primero de noviembre; yo estaré allí la noche del 31 con Paola y, esperemos, con Celeste». Esta última está destinada ahora a la pareja Debord. La continuación de la carta nos informa de que, en efecto, ella podría «ocupar un lugar ya en vuestra cama», a la espera de la llegada de Guy y Alice al día siguiente.
En cuanto a Paola, Guy le envía una larga explicación el 6 de febrero de 1975 con la finalidad de darle ánimos para proseguir su relación incestuosa con Gianfranco y para que comparta sus favores con la pareja Debord. La estrategia consiste, para empezar, en mostrar al marsupial que ignora su propio deseo e incluso sus intereses: «Has de saber tú misma lo que quieres y hacer todo lo que puedas […]. Tendrías perfectamente toda la razón de no pensar más que en tus propios gustos y en tus propios intereses si solamente tú conocieras verdaderamente todos tus gustos, y si supieras efectivamente defender tus intereses. Pero visiblemente éste no es todavía el caso». Como buen retórico, Guy sabe apartar los obstáculos que impiden a Paola obtener placer en la relación incestuosa. Por otra parte, refuta el rol que ella le atribuye con respecto a Gianfranco, a saber, el de ser su psicoanalista. Los problemas del hermano no son los mismos que los de la hermana, afirma para impedir toda indagación con mayor profundidad sobre el papel que él juega respecto a los Sanguinetti. Pero le falta poco para llegar al sofisma cuando dice: «Si tuviera la mala suerte de ser psicoanalista, pero la consolación de ser tu psicoanalista, te demostraría muy rápidamente que tu vida puede cambiar, y ello mediante este principio: ¡menos psicología y más orgasmos!». Y prosigue: «Prefiero, antes que a una infinidad de chicas tales que tengan, con respecto a ciertos detalles precisos, lo que popularmente en Francia se llama un rico temperamento; por ejemplo una que, no contenta con entregarse solamente al incesto —algo que muchos de nuestros contemporáneos, todavía insuficientemente liberados, consideran ya como bastante bueno—, pueda encontrar un goce más sutil librándose a estos juegos eróticos con la participación de otra pareja. En fin, nos has gustado mucho a Alice y a mí, por lo que puede hablarse de un primer encuentro. Si tienes la ocasión de venir a vernos algunos días a París en los próximos meses podrás constatar qué buena opinión tenemos de tus capacidades». Y, para mostrar que su lucidez política se complementa con una gran perspicacia psicológica, Guy le detalla lo que ha percibido de la libido de la joven y los progresos que debe llevar a cabo en el ámbito erótico: «Me parece descubrir en ti una destacada tendencia al exhibicionismo y, quizás en menor medida, al safismo; así como sin duda algunas posibilidades sadomasoquistas que aún duermen, pero a las que no falta demasiado para despertar con la luz del día».
Ahora poseemos suficiente información para comprender el imaginario de la horda, tal y como Debord lo construye tras la disolución de la IS. Se trata de un grupo de hombres y mujeres con los cuales satisface su necesidad de apropiación, ya sea de mujeres, de dinero o de imágenes, como veremos cuando nos detengamos en su segunda carrera cinematográfica. Nadie, salvo los Amos, conoce el conjunto de estas prácticas, envueltas a la vez en un velo de misterio y de poesía. Los espectadores de primera clase mismos ignoran la lógica de la dominación que está a la raíz de estas prácticas, en las cuales no ven más que una manifestación de libertinaje sin consecuencias. En su origen, hay en Debord una voluntad revolucionaria de destruir todas las separaciones: entre lo lícito y lo ilícito, lo real y lo imaginario, lo masculino y lo femenino, la escisión a nivel sexual, entre los compañeros autorizados y aquellos que no lo están (por el tabú del incesto). Esto no significa que la horda funcione sin ninguna regla, más bien al contrario. Existen numerosas reglas implícitas, como la que prohíbe a los chicos la relación sexual con la reina negra (Alice), o bien la obligación de ofrecer como gesto de sumisión a sus compañeras a la pareja de Amos. Así, los jóvenes varones demuestran su deferencia respecto a la figura del jefe de la horda y Debord puede acallar las inquietudes que carga desde la infancia sobre su virilidad.
Debord rechaza las reglas sociales de sus contemporáneos de una manera global, prefiriendo aquellas que él impone en su entorno, fundadas en su imaginario. Y éste encuentra su arraigo y su estructura en la más tierna infancia, o sea en una estructura de lo femenino que deriva de la relación entre dos generaciones de mujeres. En lo alto, la figura de Manou, la abuela (la «vieja dama»). Recordemos que aquí la edad es un elemento secundario con respecto al estatus, que es sobre todo de autoridad. En tanto que Michèle Bernstein se encargaba directamente de los asuntos de Guy, pues ella era, en términos de Walter Lewino, «su musa, un poco su maestra de delirio y su nodriza», ella ocupaba el lugar de la vieja dama. Durante diez años, Alice tuvo el título del marsupial. Pero el tablero se modifica durante el curso del año 1972, en parte por el divorcio entre Michèle y Guy. Desde entonces, Alice toma el lugar de la vieja dama, el cual ya ocupaba desde hace algunos años, poniendo a su cargo la cotidianidad de Guy. Ella lo insinúa en una carta a Sanguinetti: «Mi preeminencia apunta ya a la vieja dama. Guy dice: ¡desde siempre!». Toda su vida Manou supo sacar provecho de este rol permitiéndole ayudar a las personas de su entorno que lograron merecer su protección. Más aún, se benefició de la admiración que los hombres sentían por Paulette al intervenir en cada uno de los matrimonios de su hija. Alice, por su cuenta, sabrá sacar beneficios, y no solamente sexuales, de los marsupiales introducidos en su casa.
Convertida en vieja dama, abandona el lugar del marsupial, cuyo prototipo es Paulette. Se trata de un ser más o menos fabuloso como el snark, que no se atrapa tan fácilmente y que puede revelarse como un boojum.20 Pero el marsupial interpretado por Alice estaba marcado por la androginia, o incluso por la masculinidad, lo que no era ciertamente el caso de Paulette. Alice reinterpreta el rol de marsupial a su manera, creando un híbrido entre el Guy joven y Paulette. A Debord le gustaría que Celeste tome el ligar del marsupial pero la inestabilidad de esta última lo impide. El rol será asumido en consecuencia por múltiples chicas jóvenes, a la vez o sucesivamente. A través de la Correspondencia de Debord vemos desfilar las figuras de Marie-Christine, Jöelle Labeau, Ève Loiseau, Isabelle C., Jo la australiana, Claudie David, Adriana Giustina, Mimma F., Leonor Gouveia, Èlisabeth Gruet, por no nombrar más que a unas cuantas. Alice tendrá con los marsupiales una relación similar a la existente entre Manou y Paulette, excepto que el vínculo incestuoso entre ellas deviene consciente en su caso y se traduce la mayor parte de las veces en relación sexual de dominación. Lo que nunca cambia es la posición de Guy, que es a la vez la del niñito protegido por las mujeres y la del tirano que impone su ley, asegurándose de que ninguna figura masculina venga a impugnar su preeminencia. Los únicos chicos admitidos en la horda, Sanguinetti en particular, no gozan del favor del Amo sino en la medida en que pongan a su servicio su tiempo, su dinero, su fuerza física y sus competencias. A falta de lo cual son considerados enemigos. Al hacer esto son incapaces de considerarlo como un Padre y de simbolizar la relación que tienen con él. Para ellos Debord permanece, incluso hasta hoy, como la figura del absoluto, ante la cual todos deben postrarse. No es exagerado decir que ningún miembro de la Internacional Situacionista, ni siquiera alguno cercano a Debord, ha tratado de comprender la relación que le unía al jefe, más allá de la sumisión total a sus exigencias.

 

 


1 Nos habría gustado publicar algunas de estas fotografías, pero Gianfranco Sanguinetti nos ha negado el permiso. [Pueden encontrarse fácilmente en la red. Nota del abnegado traductor].
2 Su padre murió dejando varios herederos, provenientes de diferentes matrimonios. La holgura financiera de Sanguinetti se debe en parte al hecho de que es uno de los propietarios de la sociedad alimentaria Arrigoni, de la que recibe dividendos.
3 Se aprecia aquí una cita del Poète assassiné de Apollinaire.
4 Los archivos de la BNF [Biblioteca Nacional Francesa] contienen jirones de frases recortadas que no fueron jamás utilizadas por Debord. Hay algunas clasificadas bajo la rúbrica «marsupiales».
5 Geneviève, la heroína femenina de la novela, escribe acerca de Carole, que es un ejemplar de marsupial: «Me digo que ella no era boba, y me felicito de haber encontrado un animalillo tan encantador».
6 [Le butor, el patán, era el mote despectivo que recibió durante su infancia el menor medio hermano de Debord, que vino a ocupar el papel de petit roi en la familia Labaste, ganándose la inquina del resto de hermanos. Nota del abnegado traductor].
7 Carta de Alice Becker-Ho a Sanguinetti del 16 de junio de 1972. La reciente pérdida del favor de un marsupial, Isabelle C., que continuaba viéndose en París con Pierre Brée y Claudie Davied, recientemente expulsados del entorno de Debord, constituyen el contexto y el tablero de lo que dice Alice.
8 Desde esta óptica, los marsupiales pertenecen a los espectadores de primera clase.
9 Italia se muestra más represiva que Francia con respecto a los medios izquierdistas, incluso si la violencia (que se cobraba seis nuevos fallecidos en 1971) se debe en esta época sobre todo a la extrema derecha. Ver el libro de Isabelle Sommier, La violence politique et son deuil. L’après-68 en France et en Italie, op. cit. p. 98-99.
10 [Apostolidès se refiere a la expulsión y el posterior intercambio de insultos y amenazas entre el mencionado Riesel y su pareja, con el entorno de Debord y los exiguos restos de la IS, al que se ha referido en el capítulo anterior. Nota del abnegado traductor].
11 En su carta del 21 de enero de 1972, Sanguinetti precisa: «Su amor napolitano es un lumpen muy simpático que vale seguramente más que 12 japoneses; pero su relación con él es a menudo insoportable para ellos y para quienes les observan: cada cual está mejor por separado que junto al otro: he aquí un siniestro signo».
12 Carta inédita de Debord a Celeste del 28 de octubre de 1971, fondos Sanguinetti, vol. 4. Guy añade una posdata a mano: «Te escribo esta carta a máquina porque mi escritura es ilegible para quien no está acostumbrado a ella. Espero que me respondas pronto: puedes contarme lo que sea».
13 La referencia a Sardanápalo es la traducción francesa de un verso del Paraíso de Dante.
14 Una carta de Alice a Gianfranco, en la que se indica sólo «lunes por la noche», contiene el pasaje siguiente: «No quiero añorar a Celeste, porque no es un personaje del pasado. Nos encontraremos de nuevo si ella quiere, y así conocer la continuación de nuestros amores». Fondos Sanguinetti, vol. 4.
15 Celeste había contado anteriormente a Gianfranco que «ella ha sido violada en una calle por la noche: mandó al cabrón de mierda al hospital durante más de 40 días, con una cuchillada». (Carta de Sanguinetti a los Debord del 9 de diciembre de 1971). La jovencita admitirá más tarde que se trataba de una fábula.
16 En su poema Era la infancia, Alice Becker-Ho compara a Debord y a ella misma con el rey y la reina negros de una partida de ajedrez, en Alice Becker-Ho, D’Azur au triangle vidé de sable, op. cit. p. 17-18.
17 Ver su poema La vieja dama infame, en D’Azur au triangle vidé de sable, op. cit. p. 35.
18 [Psicoanálisis clásico: Freud, Jung, Adler… Nota del abnegado traductor].
19 El esquema de Alice Becker-Ho debió de parecer suficientemente adecuado a Gianfranco Sanguinetti, quien, en su carta del 1 de octubre de 1971, responde con un largo desarrollo teórico del cual aquí tenemos un breve pasaje que concierne a la misma Alice: «En mi vida, jamás, me he encontrado a un marsupial que tenga tal conciencia de sí mismo, de lo que es, de lo que un día puede devenir; esto es un poco lo que Hegel llamaba, mejor todavía, autoconciencia, reconocimiento». Fondos Sanguinetti, vol. 4.
20 [Una peligrosa variedad de snark, la criatura fabulosa imaginada por Lewis Carroll en su famoso poema La caza del Snark. Enfrentarse con él suponía desaparecer para siempre. Nota del abnegado traductor].