Experiencias de autorreducciones en el movimiento autónomo italiano de los años 1970

Expropiar nuestra historia al poder. Arrancarle lo que le gustaría guardar bajo silencio y alimentarnos con ello. Hacerla existir, no seguir desarraigados, no seguir viniendo de ninguna parte. Saber que otros estaban ahí antes de nosotros. Saber aprender de ello, aprovechar reflexiones, experiencias, autocríticas, escisiones… Esto es también una tarea de un movimiento revolucionario que se enfrenta al poder que quisiera vernos aislados sin pasado (o entonces abatidos por la historias de los vencidos). Hemos recopilado algunos extractos de textos que retoman experiencias de autorreducciones en el movimiento autónomo de los años 70. Para hacerlo hemos saqueado alegremente una lectura denominada “intervento” que se basa principalmente en diferentes documentos de época.
Tout doit partir n° 1, julio de 2008.

Contexto político

Se habla de un movimiento social “autónomo”, por autónomo de los partidos y los sindicatos. Rechazando la delegación y la representación, los explotados se preocupan por tomar a su cargo las necesidades propias, sin mediación, sin confianza en las instituciones, aquí y ahora, sin esperar una hipotética y lejana revolución preparada por las élites.
En 1973, la crisis aparece en Italia al igual que en otros países occidentales. El Partido Comunista (PCI) y los sindicatos llaman a la población a apretarse el cinturón, pero los comités autónomos responden que los proletarios no tienen que sacrificarse por la buena marcha de la economía, y defienden más bien el robo y la autorreducción. La autorreducción consiste en rechazar juntos el pago del precio solicitado por diferentes servicios, la electricidad, el teléfono, los transportes, los alquileres, e incluso la comida y los otros bienes de consumo. Se paga o bien el viejo precio (cuando aumenta), o bien la mitad del precio, o bien nada en absoluto. Esta forma de desobediencia se va a esparcir como un reguero de pólvora a través de todo el país, y será usualmente apoyada por los obreros de los servicios en cuestión.
Si el movimiento de las autorreducciones pudo desarrollarse a una escala masiva fue porque existían luchas de fábricas en Italia particularmente fuertes y permanentes. Pero fue también porque a diferencia de Inglaterra, donde los obreros suelen permanecer encerrados en el mero nivel de la empresa, los conflictos salieron aquí de la fábrica. El capitalismo revienta el modelo de la fábrica, donde los obreros están reunidos y son relativamente fuertes. Deslocaliza, subcontrata, dispersa y reduce las unidades de producción. La lucha de clases queda cada vez menos centralizada en la habitual fábrica, entre los obreros y el patrón, y se diluye más y más en muchos aspectos de la vida cotidiana, afectando a otras personas. Los autónomos se percatan de este deslizamiento, y se ponen a luchar sobre todos los dominios de la vida: vivienda, acceso a los flujos, información paralela, patriarcado… Analizan la situación hablando de “fábrica difusa”, concepto que justificaba la salida de la fábrica en nombre del hecho de que todo, en definitiva, desde el consumo de mercancías culturales hasta el trabajo doméstico, contribuía ahora a la reproducción de la sociedad capitalista, y que de este modo la fábrica estaba ahora en todas partes. El movimiento revolucionario no pertenece más a la clase obrera en cuanto tal, sino al “obrero social”: una categoría suficientemente elástica como para integrar a las mujeres, a los desempleados, a los artistas, a los marginados, a los jóvenes rebeldes de todos los tipos.
Esta evolución contenía en sí, a más o menos breve plazo, la ruptura con el socialismo y con aquellos que quería creer, como las Brigadas Rojas y ciertos colectivos de la autonomía obrera, que “la clase obrera sigue siendo de todas formas el núcleo central y dirigente de la revolución comunista”.
Electricidad

Autorreducir las facturas de electricidad quiere decir rechazar unilateralmente pagar el precio solicitado, por consciencia y por rechazo del sistema de ganancia que gira en torno a los flujos. Las facturas son pagadas o bien según el viejo precio (después de un aumento), o bien a mitad de precio, o bien según el precio que pagan las empresas, o bien en absoluto. A veces son adornadas con el sello del comité de fábrica. Estas autorreducciones toman mucha amplitud. Así el 12 de noviembre de 1974 en Turín, por ejemplo, 80 000 personas se manifestarán y quemarán la carta que el ENEL (Ente Nazionale per l’Energía eLettrica) les envió para amenazarlos educadamente con persecuciones judiciales si continuaban autorreduciendo su factura. A veces, los habitantes de un barrio se organizan para hacer “piquetes” frente a los contadores de sus inmuebles, e impedir así que los empleados del ENEL puedan relevarlos. A veces, son los empleados mismos quienes rechazan relevar a los contadores o cortar la electricidad: los movimientos de autorreducción de la electricidad son, para muchos, lanzados y apoyados por los comités de obreros del ENEL, bien colocados para conocer y difundir los detalles de las finanzas del ENEL… En 1974 se puede estimar en 280 000 los hogares que recurren en toda Italia a la autorreducción. Ante la amplitud de la catástrofe, el ENEL y el gobierno mandan la iniciación de negociaciones. Encuentran, por lo demás, sindicatos bastante contentos de sentarse alrededor de una alfombra verde. La izquierda sindical ha quedado desbordada y en todas partes, salvo en Turín, las luchas más importantes son libradas por colectivos o grupos autónomos, en un marco resueltamente extrasindical. Sobre todo que inevitablemente, en torno a autorreducciones de los recibos de electricidad, surgen los problemas del gas para la calefacción, del teléfono, de los gastos de alquiler, de la cuota de televisión, etc. La lucha corre entonces el riesgo de escapar de los límites precisos de una negociación y sobre el ejercicio del poder de los proletarios en la sociedad. Así el PCI, frente a la emergencia de este movimiento, permanecerá indiferente, se limitará a lanzar peticiones contra el aumento de las tarifas de electricidad, o incluso saboteará directamente las luchas, disociándose públicamente de ellas, arrancando sus carteles, etc.

Panfleto editado en Roma en 1973 por un comité de obreros del ENEL:

“Todo ha aumentado, y el dinero lo tenemos cada vez menos. Debemos ir a la fábrica para hacernos explotar a cambio de un salario miserable. Nos hacen falta meses de lucha para arrebatar un aumento. Mientras, para los patrones y el gobierno, un simple plumazo es suficiente para aumentar los precios. Los precios, los impuestos, los alquileres y las tarifas.
Organicémonos para recuperar el salario que nos roban todos los días.
Nuestro ‘no a los despedidos’ será el salario garantizado, ya sea que trabajemos o no, nuestro ‘no a la vida cara’ consistirá en recuperar nuestro dinero: no pagando el alquiler de los jefes, decidiendo nosotros mismos el precio de los alquileres, ocupando las casas vacías. Queremos transportes gratuitos pagados por los patrones. No paguemos más los recibos astronómicos de electricidad, de gas, de teléfono: decidamos pagar lo que queramos autorreduciendo.
Organicémonos para pagar un precio que corresponde a nuestros ingresos en lo que concierne a los productos alimenticios de primera necesidad.
Por la electricidad, los proletarios pagan 45 liras. Agnelli, el patrón de la Fiat, paga 10 liras.
Los proletarios de algunos barrios de Roma, Turín y Milán han respondido al precio elevado de la electricidad y a los recibos astronómicos autorreduciendo: paguemos todos como Agnelli. La autorreducción se hace expidiendo un giro postal indicando la declaración del consumo: número de kWh x 10 liras = tantas liras.
PAGUEMOS LO QUE CUESTA LA ELECTRICIDAD Y NO LO QUE QUIEREN HACÉRNOSLA PAGAR!”
Transporte

En el plano de los transportes públicos, las luchas autónomas reivindican su nacionalización, la baja de las tarifas, incluso la gratuidad. La autorreducción se expresa entonces con el pago colectivo del viejo precio del boleto cuando éste acaba de aumentar. Algunos comités nacen casi por todas partes en Italia y realizan acciones como el bloqueo de los caminos y de las vías férreas. El 19 de agosto de 1974, apenas volviendo de vacaciones, los obreros de la Fiat Rivalta (segunda fábrica Fiat después de Mirafiori) se llevan la buena sorpresa de ver que las tarifas de los autobuses que los conducen de Turín o de su suburbio a la fábrica han aumentado de 25 $ a 30 $. Propuestas en su ausencia por el gobierno en la región, esos aumentos fueron votados, a finales de julio, por organismos regionales demasiado contentos de hacer un favor a las empresas de transportes que prosperan sobre las espaldas de los obreros. Tomados por sorpresa, los obreros comienzan a pagar, pero el 24 de agosto el descontento es tan grande que la decisión de autorreducir es tomada con unanimidad. Sobre los autobuses de la SIPAV que los transportan de Pinerolo (gran suburbio de Turín) a los departamentos de Rivalta, la lucha se organiza rápidamente: los obreros eligen delegados de autobús y adoptan una actitud que la Stampa califica por primera vez como “desobediencia civil”. En Pinerolo, el 26 de agosto, importantes barreras impiden a los autobuses partir; la compañía se ve entonces obligada a volver a la antigua tarifa. Pero, incluso de ésta, los obreros no quieren ya nada. Desde este momento, la FLM (Federazione di Lavoratori Metalmeccanichi) de Turín entra a su vez en la lucha: hizo distribuir sobre toda la línea abonos autorreducidos que portan su sello. El 2 de septiembre, los obreros impiden nuevamente a los autobuses partir de Pinerolo. Y aunque la FLM pueda distribuir sus abonos autorreducidos, los obreros prefieren ese día exhibir su fuerza de clase y viajar gratuitamente.
El 3 de septiembre, las barreras se multiplican en los suburbios de Turín implicando a un número cada vez mayor de personas. La amplitud de la “desobediencia” obliga entonces a la autoridades a negociar directamente con los comités por la autorreducción, que imponen el retorno a las viejas tarifas. La lucha sobre los transportes cesa en Turín tan repentinamente como había comenzado, pero el ejemplo ha sido comprendido. Y, mientras en Turín se preparan las primeras autorreducciones de la electricidad, en torno a todos los grandes centros industriales italianos, la lucha por transportes mejores, menos caros o gratuitos, va a tomar una nueva forma. Es así como en Salmone, en el gran suburbio milanés, la compañía volvió a las viejas tarifas tan sólo dos horas después de las primeras autorreducciones. La amplitud del movimiento sorprende a tal grado a las autoridades que, el 27 de septiembre, el prefecto de Milán convoca a una serie de periodistas, telefonea a los principales directores de los diarios milaneses y les declara: “Yo no quiero enseñarles su oficio, pero no tratan bien un tema tan delicado como éste… Si por ejemplo escriben en el periódico que doscientas personas no han pagado ayer el boleto de tranvía, entonces mañana habrá dos mil para no hacerlo: ¡y es así como la desobediencia marcha a todo vapor!”. Todo un programa. Pero el prefecto de Milán no es el único en inquietarse. En un comunicado que se hizo público el mismo día, la FIOM declara: “El movimiento obrero ha superado la fase de la lucha pasiva…”.
Teléfono

El movimiento de autorreducción de las facturas de teléfono arranca muy rápido: en seis meses varias decenas de miles de hogares rechazan pagar la suma que les solicita la SIP, ahora Telecom de Italia. En 1974, 52 000 hogares italianos rechazan pagar su factura de teléfono. La SIP envía amenazas de corte por escrito y las pone en aplicación a comienzos de octubre. Pero la respuesta no se hace esperar. En Roma, donde la SIP cortó varios miles de teléfonos en los suburbios proletarios, un primer atentado, simbólico, tiene lugar contra una central telefónica. Pero algunos días más tarde, una carga de plástico hace saltar, con la central de la via Shakespeare, 14 000 líneas de teléfono, incluidas las de todos los ministerios así como de la presidencia de la República. Al día siguiente, la operación se repite en Génova, donde 15 000 teléfonos quedan a su vez privados de línea. En todos los casos, la operación tiene como blanco barrios burgueses, en represalia de los cortes intervenidos en los barrios más pobres; se contaran, en la semana, veintisiete atentados contra centrales telefónicas en toda Italia, de las cuales al menos cuatro serán “exitosas”. Paralelamente, unos magistrados ordenan a la SIP restablecer las líneas a los usuarios que autorreducían, al haber sido tomada la decisión de cortar sin tener en cuenta la ley, muy estricta en Italia sobre este punto. Para los que autorreducían es una primera victoria, no tanto sobre los aumentos, que permanecen sin cambios, pero es la primera vez que unos proletarios se apoderan colectivamente, y por medio de la violencia, de un derecho insoportable para cualquier sociedad capitalista: el de no pagar ya nada en absoluto. En Milán, en la primera semana de abril de 1975, un grupo de usuarios se introduce en una central telefónica durante una huelga sindical y destruye, a golpes de barras de acero, las grabadoras de unidades. Permitiendo así a todo un barrio telefonear gratuitamente.
Vivienda

Es en 1969 que se produce la explosión resultante de las tensiones acumuladas durante todos los años precedentes. En Roma, 70 000 proletarios hacinados en guetos y en condiciones catastróficas tienen frente a sí 40 000 departamentos vacíos que no encuentran compradores o locatarios a causa del costo de los alquileres.
La Asociación de Empresarios de la construcción romana reconoce ella misma que se trata aquí de un “margen de maniobra indispensable”. El clima político general creado por las luchas obreras y estudiantiles ejerce entonces una gran influencia en el lanzamiento de un nuevo género de acción: ya no se trata de una ocupación simbólica que sirve de medio de presión suplementario en el marco de la cima de una negociación. Esta última es rechazada y las ocupaciones toman el ritmo de una toma de posesión violenta que traduce confusamente la voluntad de los proletarios de tomar los bienes necesarios para sus necesidades. Estas luchas van a tener como consecuencia la desmistificación del Estado que era presentado como “mediador” en la prestación de los servicios para todos los ciudadanos. Enfatizarán la naturaleza de clase del Estado y de la administración municipal y concretizarán una extensión directa de la lucha desde la fábrica hacia la sociedad. En julio de 1969, el municipio de Nichelino (suburbio “rojo” de Turín) es ocupado: ninguno de sus habitantes paga alquiler. En 1974, 600 familias de obreros de Fiat Mirafiori (también en Turín) se dedican a okupar edificios vacíos. En 1976 en Milán, 5 000 familias okupan, 20 000 autorreducen su alquiler y 12 000 su factura de electricidad. 100 edificios son abiertamente okupados. “Los retrasos de pago de los alquileres, habitualmente de 1% a 2%, han escalado a un nivel ‘político’: 20%”. En Roma, es a partir del 15 de enero de 1974 que se entra en la fase ascendente del movimiento: en tres meses, más de cuatro mil departamentos va a ser sucesivamente ocupados…
Inicios de septiembre de 1974, es decir tras once meses de que 147 familias ocupan inmuebles que pertenecen al IACP (Istituto Autonomo delle Case Popolari, organismo de vivienda social). El jueves 5 de septiembre la policía interviene de manera ultraviolenta para desalojar a las personas que habían ocupado esos inmuebles. Consiguen expulsar a algunas familias, pero esto fue sin esperar la determinación de las personas ni su capacidad para organizar el contraataque. Los días siguientes, algunas personas afluyen desde todos los barrios para enfrentarse con la policía. Un manifestante perderá la vida. Y cuando más tarde la policía sacará nuevamente sus armas de fuego, tendrá la sorpresa de ver que el plomo no proviene únicamente de su lado. Ocho policías son tocados severamente, incluido un comisario. La marea ha cambiado. La ocupación militar, que había durado cuatro días, adquiere así su fin. Al día siguiente comienzan las negociaciones para realojar en las mismas condiciones a las 147 familias de San Basilio, 30 de Casal Bruciato y 40 de Bagni di Tivoli. Acabarán rápidamente cuando la determinación del barrio dé miedo. Los “acuerdos” se multiplican. El movimiento de las ocupaciones ya era masivo en Nápoles, Salerno y Turín. El 27 de noviembre, ganan las 700 a 800 familias que ocupaban: 368 familias obtienen un departamento en quince días, 325 en tres meses y las otras 130 en 1975. Obtienen igualmente la garantía de que el alquiler no superará 12% de su salario, lo cual es muy cercano a la reivindicación inicialmente formulada: ¡ningún alquiler de 10% del salario! Por lo demás, estas luchas pudieron poner en crisis la estructura del sector de la construcción pública. En efecto, donde la política reformista del PCI no había conseguido jamás vencer la especulación, la lucha abierta comenzó a hacerlo.
Supermercado

Las autorreducciones en los supermercados consisten en visitarlos en un gran número y sacar las mercancías sin pagar o no pagando sino una parte. Algunos núcleos de obreros decididos escogerán la única forma de lucha capaz de hacer ceder a los supermercados: la apropiación colectiva, violenta si hace falta, cuestionando el respeto por toda propiedad privada; sin que se tratara para los obreros de un robo, como lo afirmaba un panfleto distribuido durante una de esas acciones: “Los bienes que hemos tomado son nuestros, como es nuestro todo lo que existe en la medida en que lo hemos producido”. He aquí el relato de una autorreducción organizada en Milán en 1976, aparecido en el periódico Contro-informazione: “Los de la Alfa y de las pequeñas fábricas del barrio Sempione escogieron como objetivo un barrio popular, Quarto Oggiaro. ¿Por qué Quarto Oggiaro? Por el componente social que en él se encuentra, obreros de las grandes y pequeñas fábricas y subproletarios que son directamente afectados por el problema del aumento de los precios. Además, 50% de sus habitantes practican la huelga de alquileres. La cosa fue bien organizada, y todo fue hecho para garantizar a los camaradas lo máximo de impunidad, así como a la gente que entraba a ‘hacer las compras’. Un jubilado salió, con el carro lleno de comida, y dijo en milanés: ‘Ellos tienen la razón, no se puede vivir con 75 000 liras al mes’, y se fue a su casa con el carro. La gente ni siquiera respetó la consigna sindical que quería que se pagara aproximadamente la mitad del precio de los productos. Comprendió que incluso esta actitud no sigue siendo posible, y la opinión segun la cual hay que tomar las cosas sin esperar la intervención del sindicato está echando raíces entre los proletarios y las amas de casa explotadas del barrio, rechazando la lógica del contrato: ‘Yo te doy una cosa y tú me das otra’.”