Encuentros sobre la Comuna (31 de mayo-4 de junio de 2016, en la ZAD, Notre-Dames-des-Landes)

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En todas partes, un mundo se ha organizado sin nosotros. Fuimos arrojados en él justo cuando comenzaba a derrumbarse. Este mundo obedecía a leyes profundas que nosotros no conocíamos, sobre las cuales no parecíamos tener ningún alcance o influencia, leyes que ellos nombran “economía”. Ante la amplitud del desastre, hemos adquirido la certeza de que hemos heredado solamente ruinas. ¿La sociedad mercantil no pudo dejar más que esto en su último aliento? Nosotros no tenemos nada que perder. Todo debe ser arrojado a la conmoción apasionada de este orden que se acaba. Ha llegado la gran hora de “volver a arrojarnos al asalto del cielo”.
Poco importa si las viejas utopías revolucionarias terminan de descomponerse bajo el efecto conjunto de los tormentos del comunismo de Estado y de la socialdemocracia. El derrumbamiento de todas esas ideologías en absoluto significa el derrumbamiento del devenir revolucionario que éstas se esforzaban en capturar. Al contrario, nos deja el campo libre para reinventarlo todo, para dibujar nuevos horizontes.
En la sucesión de movimientos sociales, de asambleas turbulentas en las ocupaciones, hemos aprendido a organizarnos para tomar la calle, bloquear los ejes de circulación, sabotear los dispositivos que tejen las mallas del poder. Nos hemos vinculado a través de gestos, de encuentros y de amistades, de cajas de huelga o de solidaridad, de recuerdos de lucha o de deseos de revolución. Nos hemos vinculado hasta el punto de batir en brecha la individualidad en la que esta sociedad busca encerrarnos, para forjar destinos comunes.
Actualmente el “movimiento contra la ley trabajo” nos da una nueva ocasión para buscar separar las contradicciones con las que nos hemos topado hasta ahora; una nueva ocasión para los encuentros. Si en cada ocasión lanzamos todas nuestras fuerzas en la batalla del movimiento social, hemos también experimentado abruptamente sus límites: impasse estratégico de luchas puramente defensivas, prisioneras del ritmo impreso por la gobernanza y sus proyectos de leyes; dificultad para volver a vincular cada lucha sectorial con el conjunto de las dimensiones de la existencia, y para enunciar positivamente ese a favor de qué luchamos sin contentarnos con balbucear la negatividad de ese en contra de qué luchamos; incapacidad para superar el estadio de la mani, de la huelga o del motín sin mañana, para prolongar la vida común que se experimenta en la lucha más allá del retorno a la normalidad que viene a barrer cada movimiento social.
En nuestra búsqueda de mundos al fin habitables, hemos tomado lugares, a través de ocupaciones salvajes, tanto urbanas como rurales, a través de adquisiciones colectivas u otros estratagemas jurídicos. Nos hemos anclado en barrios, aldeas, territorios. Nos hemos inscrito en una temporalidad que tiene ya poco que ver con las apariciones efímeras de los movimientos sociales, pero que constituye tanto más una forma de prolongamiento suyo. En estos lugares, nosotros hemos puesto en común edificios, talleres, herramientas, tierras, saberes-hacer, sueños, pedazos enteros de nuestras vidas. Hemos vuelto a tomar a nuestro cargo las condiciones materiales y espirituales de nuestras existencias. Aquí vivimos, batallamos, festejamos, conspiramos, tejemos amistades y solidaridades inquebrantables más allá del círculo de afinidad de la banda, del medio o de la comunidad de intención, sino a escala de un territorio y de sus habitantes. Esbozamos aquí nuevas formas de comunalidad, al filo de las fiestas, de las obras colectivas y de las confrontaciones con las autoridades.
En todas partes hay lugares reales, lugares efectivos, lugares que han dibujado polos de secesión y deserción dentro y en contra de la sociedad. Lugares que son especies de contraemplazamientos, lugares que son todo lo contrario a una utopía porque existen realmente, con sus puntos de fuerza y sus fragilidades, sus superaciones y sus contradicciones. Lugares que pueden ser reunidos. Es en estos lugares donde se reinventan mil maneras de hacer Comuna hoy en día. Y cuando un movimiento social resurge es a partir del cimiento que nos confiere este anclaje como nosotros tomamos parte en él.
Lo sabemos, destruir es indispensable y estimulante, pero no bastará. Nos hace falta, en un mismo gesto, construir. Se ve aquí mismo cuán absurdo sería proporcionar a los múltiples intentos de hacer comuna un sentido únicamente destructor o constructor mientras que surgen precisamente en donde la construcción y la destrucción dejan de poder ser erigidas una contra otra. Todo apunta a creer que existen ciertos focos de resistencia en los cuales la ofensiva y la alternativa, el individuo y el colectivo, lo singular y lo común dejan de ser vividos contradictoriamente.
Es a todas aquellas y aquellos que buscan avivar tales focos, construir tales lugares, poblarlos, habitarlos, defenderlos y esparcirlos, que dirigimos esta invitación a unos Encuentros sobre la Comuna en el boscaje de Notre-Dame-des-Landes.

 

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Este boscaje es el teatro de una experiencia política inédita en Francia. En donde ellos planifican la implantación de un aeropuerto, un mundo abundante es lo que eclosionó. Para nosotros, la oposición al aeropuerto casi se ha vuelto secundaria con respecto a la defensa del territorio de la ZAD, de sus habitantes y de la forma de vida común que nos vincula ahora. Y se podría decir esto también para el Estado, cuya preocupación principal no es ya tanto el aeropuerto sino el restablecimiento del orden: la reconquista de un territorio que se libra cada vez más de su alcance. La ZAD se ha vuelto una brecha abierta en la gobernanza.
La puesta en jaque del proyecto de aeropuerto y de las expulsiones ha hecho nacer, detrás de las barricadas, una comunidad de lucha organizada para la autodefensa terrtitorial. Donde sólo había, algunas semanas antes, una yuxtaposición de fuerzas a las estrategias divergentes, la potencia experimentada de haber hecho retroceder a los polis y las máquinas ha construido expresiones de lo común entre la multiplicidad de los mundos que conforman esta lucha. Tras esta humillante derrota política y militar, las instituciones que nos gobiernan de modo habitual son mantenidas a la distancia de un territorio que se les escapa, dejando el campo libre a la autoorganización de los habitantes. La policía y la gendarmería están ausentes. Los hábitats autoconstruidos proliferan espontáneamente por fuera de todo plan local de urbanismo.
La reapropiación del boscaje dibuja un territorio a partir del cual se vuelve posible arrancarse de la condición de individuo atomizado que por todas partes nos es hecha. Las cuestiones de existencia y de subsistencia no son ya planteadas a escala individual. Así, numerosas experimentaciones para una agricultura no-mercantil y que pueda compartirse se despliegan, a mil leguas de la agroindustria. En las 1650 hectáreas de la ZAD, 220 ha de tierras escapan del control de AGO-VINCI al igual que de la cámara de agricultura, y están ya comunizadas por el movimiento. La propiedad se borra frente al uso. La cosecha sirve para alimentar a los habitantes de la zona y los alrededores, y para abastecer a otras resistencias.
Aquí, la relación que se inventa entre la comunidad de lucha y el territorio del boscaje vuelve toda forma de contabilidad extremadamente compleja, e incluso imposible. Tanto la autoproducción agrícola como el hábitat escapan de los impuestos y los controles, nacen terneros sin ser declarados. Las papas, la leche o el trigo de la ZAD son absolutamente extraños y ajenos a la valorización mercantil, a la cuantificación, al Producto Interno Bruto u otro fetiche estadístico venerado por aquellos que nos gobiernan. La zona ha devenido opaca, ilegible para las autoridades: territorio de lo inasible, de lo ingobernable. La policía ignora cuántos somos los que la habitamos, al igual que las múltiples circulaciones que la irrigan pueden hacernos pasar de algunas centenas a algunos miles según la situación. Recientemente las autoridades locales no han podido realizar la campaña nacional de censo: el anuncio de reclutamiento de agentes de censo para el perímetro de la ZAD ha quedado letra muerta… ¡a falta de voluntarios!
Pero lo que permanece opaco para el poder empieza a resplandecer todo su brillo bastante más allá de lo trazado por la empresa del futuro-ex-aeropuerto. Que en el lapso de algunas semanas de resistencia encarnada contra las fuerzas del orden, este boscaje destinado a la aniquilación se haya vuelto por declaración misma de los dirigentes “una zona de no derecho” dice mucho sobre la fragilidad de la gobernanza.

 

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Y quien se vuelve Señor de una Ciudad acostumbrada a vivir libre y no la destruye, que espere a ser destruido por ella, porque sus rebeliones siempre han tenido por baluarte el nombre de la libertad y de sus viejas costumbres, las cuales ni por la amplitud del tiempo ni por ningún favor se olvidarán nunca. Y por mucho que se haga y se prevea, si los habitantes no se arrojan ni se dispersan, ninguno olvidará aquel nombre ni aquellas costumbres…
Maquiavelo, El príncipe

 

La ZAD de Notre-Dames-des-Landes se inscribe en una historia local agitada. La fuerza de este territorio autónomo reside en parte en la memoria de la comunidad de lucha que lo puebla. La ZAD es como un baniano, ese árbol que crece hacia el cielo, pero cuyas ramas, cada una, secretan lianas aéreas que vuelven a caer de la cima para anclarse de nuevo en el suelo y constituir nuevas raíces. La ZAD saca sus raíces de un largo pasado marcado por sobresaltos insurreccionales y aspiraciones revolucionarias y cada una de ellas alimenta perspectivas para el porvenir.
Prolonga lo que se vivió en la defensa encarnizada de los habitantes contra la privatización de las tierras comunales que -hasta el final del siglo XIX- fue objeto de una guerrilla sorda contra los señores, la Iglesia y la burguesía. Como numerosas comunas feudales antes de ella, la ZAD ha sabido arrancar libertades frágiles pero incansablemente defendidas, que le permitirían mantener el poder a distancia y comunizar una parte de las tierras.
Prolonga también lo que se vivió en mayo de 1968 en Loire-Atlantique y que fue de una rara intensidad. En Bouguenais, SUDAV, la primera fábrica ocupada de Francia, fue la señal detonante de una huelga general insurreccional. Por otra parte, la participación activa de una franja del campesinado en el movimiento de Mayo volvió posible la perspectiva de una lucha prolongada gracias a la organización del abastecimiento de las fábricas y las universidades ocupadas. En 1968, la experiencia del Comité Central de Huelga que agrupó a campesinos, obreros y estudiantes en torno a las cuestiones del suministro y la subsistencia, arrojó el mayo de Nantes bastante más allá del motín y la huelga general. Esbozó el trazo de lo que podría ser volver a tomar a cargo de modo autónomo las infraestructuras de una ciudad y sus alrededores por medio de una comuna insurreccional.

 

En los barrios, frecuentemente también, hay ventas directas de legumbres organizadas por los campesinos-trabajadores y amas de casa. Las ventas directas comenzaron en 1968, después, en cada huelga obrera en Nantes, en los Batignolles, Ugico, Saulnier-Duval. Y todos los años, cuando la huelga dura más de ocho días, los campesinos vienen a vender sus productos. Hace dos años, durante una fase breve, se alcanzó en este dominio una fase interesante con las desviaciones de la carne. Fue julio, los campesinos de Loire-Atlantique cerraban carreteras, bloqueando el circuito de Francia, etc. Es entonces que fue tomada la iniciativa de la “descarga a la línea”: los camiones de carne, embutidos, etc., firmas que explotan a los campesinos que se encontraban pasando por ahí eran despojadas de sus mercancías; los productos recuperados de este modo eran a continuación distribuidos en los automóviles de pequeño cilindrado, en los barrios pobres y en las fábricas, con un gran éxito popular.
Movimiento de masas, autonomía y violencia en la región de Nantes, Camarades n° 3, 1976

 

Los encuentros entre los mundos obreros, campesinos y estudiantiles que eclosionaron en las barricadas de Mayo se prolongaron años, durante y sobre múltiples frentes: defensa de los granjeros expulsables u ocupaciones de granjas como en la Vigne Marou o en Cheix-en-Retz, huelgas y ocupaciones de fábricas, lucha contra el acaparamiento de las orillas del Erdre, puesta en jaque de los proyectos de central nuclear en el Pellerin, después en el Carnet…
La memoria viva de las luchas confiere a lo que se vive en la ZAD una textura absolutamente singular. Es lo que vuelve artificiales los intentos de aplastar lo que se experimenta en este boscaje, erigido en un “modelo” de lucha. Sin embargo, si la ZAD es única, no deja de ser menos un lugar entre tantos otros en los que se expresa una aspiración que atraviesa las fronteras. La cuestión no es por consiguiente, ciertamente, cómo exportaremos nosotros la ZAD a todas partes, sino captar lo que, en ella, resuena con todo aquello que, en todas partes fuera, busca hacer comuna.

 

El espacio no es neutro. Las cosas y los seres no ocupan una posición geométrica, sino que afectan y son afectados. Los lugares se encuentran irreductiblemente cargados — de historias, de usos, de emociones. Una comuna hace frente al mundo desde su lugar propio. Ni entidad administrativa ni simple recorte geográfico, la comuna expresa más bien un cierto nivel de compartición inscrito territorialmente. Haciendo esto, añade al territorio una dimensión de profundidad que ningún estado mayor podría prefigurar en ninguno de sus mapas. Por su sola existencia, viene a romper el cuadriculado razonado del espacio, condena al fracaso cualquier veleidad de “acondicionamiento del territorio”.
Comité invisible, A nuestros amigos

 

Para nosotros, la ZAD es algo así como la forma vernacular que abraza, en Loire-Atlantique, el resurgimiento de la Comuna a través del mundo. La comuna se experimenta siempre como una forma de secesión situada, inmediata y concreta con el orden global. En esto reviste en todas partes una forma absolutamente absolutamente singular, esculpida no solamente por la especificidad del territorio, de los habitantes, de los usos y costumbres y de la memoria que los vinculan, sino también por lo que surge, por la situación, por lo que se inventa de inesperado. Pensar la comuna es siempre, en realidad, pensar las comunas, articular lo uno y lo múltiple. La Comuna no es una ideología. No es una ideología porque no es un absoluto universal, sino una multitud de realidades pluriversales, un archipiélago de mundos irreductibles y singulares que nos corresponde volver a vincular.

 

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Necesitamos la historia, pero la necesitamos de un modo distinto a como la necesita el holgazán mimado en los jardines del saber.
Nietzsche, De la utilidad y del inconveniente de la historia

 

En otros tiempos, frente a las formas feudales del Imperio, la autoorganización comunal abrazaba realidades múltiples: escartons en los contrafuertes de los Alpes, municipios sembrando la Italia parcelada, concejos diseminados en la Andalucía rural, mir salpicando la inmensidad rusa y siberiana… Cada país, cada región tenía su palabra para decir la forma de vida común que vinculaba inextricablemente a los habitantes y el territorio. Y en todas partes la destrucción de esta forma de vida fue la obsesión de los gobernantes.
Después, Europa buscó extender su dominio hasta las antípodas a través de las conquistas coloniales. En la estela de los navíos es sin duda la mercantilización del mundo y la esclavización de los pueblos lo que por todas partes se renueva. En las planicies y las montañas de México, los conquistadores atacaron los ejidos. Como en muchos otros puntos del globo, la colonización buscaba destruir toda forma de comunalidad indígena para instituir en su lugar las formas occidentales de gobierno y de economía.
Pero la apisonadora uniformizante del Imperio, chocó en todas partes con resistencias encarnizadas. De los bayous de Luisiana a las montañas escarpadas de la isla de la Reunión, del manglar caribeño a la jungla amazónica, florecieron las comunas de los cimarrones. El cimarronaje es en primer lugar un gesto individual de deserción para arrancarse de la condición de esclavo, de la vida encadenada de la plantación colonial. Pero en su fuga, los esclavos se volvían a encontrar. Establecieron aldeas cimarronas, como los Quilombos en Brasil.

 

Allí tenemos negros venidos de todos los puntos de África que no tienen casi nada en común: ni la lengua, ni siquiera las creencias religiosas, ni siquiera las costumbres, ni la cultura. Estos hombres -tan desemejantes- se encuentran, después de su evasión, en un espacio particularmente aislado del bosque virgen. Al menos tienen una aspiración común: la libertad. […] A medida que se volvían una potencia, atraían cada vez con más fuerza a todos los esclavos de la región. Se volvían, igualmente, más y más peligrosos para los colonos europeos, pues su audacia arrojaba -de la impunidad relativa de la que gozaban- una confianza multiplicada por la extensión de sus fuerzas.
Benjamin Péret, La Comuna de Palmares

 

Estas comunas cimarronas, si buscaban realizarse fuera del alcance del poder, no estaban por fuera del Imperio colonial contra el cual se conducía una guerrilla incansable. Por un lado los cazadores de cimarrones y sus jaurías de perros perseguían a los esclavos en fuga empujándolos sin cesar a formas de movilidad y a estrategias para esquivarlos. Por el otro, los cimarrones organizaban razzias en las plantaciones, descensos y batidas para robar herramientas y liberar a otros esclavos. Es desde estas comunas de cimarrones, a la vez polos de deserción y de secesión que se tramaron las revueltas de esclavos cuyo paroxismo fue la revolución haitiana.
La comuna de cimarrones es en esto diferente a la comuna feudal y a la comunalidad indígena: ella no se funda en una tradición o una cultura plurimilenaria. Es una comuna que elabora en la creolización un aglomerante tan denso como el de la tradición. La aldea cimarrona hace costumbre, fabrica expresiones de lo común en el encuentro entre individuos que fueron arrancados de las culturas múltiples y diversas, de tribus extranjeras y ajenas las unas a las otras, pero que fueron todos arrojados a las bodegas de los barcos negreros y todos degradados a la misma condición: la de un bien mueble. La comuna de los cimarrones es una comuna que se inventa. Aquí la comuna deviene una verdadera creación que va bastante más allá de la perpetuación de un orden antiguo amenazada por el Imperio.
Paralelamente a estas comunas de cimarrones que se realizaron en los confines de los imperios coloniales, la Comuna iba, en el siglo XIX, a surgir en donde no se la esperaba: en el corazón de las calles y los bulevares de las metrópolis nacientes. Los faubourgs obreros congregarían a todos aquellos que el éxodo rural había arrancado de su territorio, de su lengua, y de todo aquello que los inscribía en una comunidad para reducirlos a un agregado maleable de individuos. Sometidos a la desposesión, degradados a la misma condición de explotados, hechos siervos con la misma cadena, los habitantes de los barrios europeos faubourgs europeos iban a su vez a reinventar la Comuna. Tanto en las bandas de obreros como en las bandas de cimarrones, bastante más que la defensa de una costumbre secular, es la revuelta contra una condición lo que moldea lo común.
Durante la insurrección de los Canuts en la colina lionesa de la Croix-rousse, después en el París asediado de 1871, los revolucionarios proclamaron alto y fuerte la Comuna. Esta resurgencia en el siglo XIX nosotros la calificamos como Comuna insurreccional porque, contrariamente a la Comuna feudal y a la Comuna de cimarrones, ella no busca ponerse fuera del alcance del poder trazándose espacios de libertad en su periferia, sino destituirlo desde su centro.

 

París se ha vuelto una ciudad libre. Su poderosa centralización no existe ya. La monaquía ha muerto por esta contestación de impotencia.
Comité central de la guardia central, marzo de 1871

 

La Comuna de París surge en el corazón mismo de una de las principales metrópolis coloniales del siglo XIX, en una de las principales capitales de Europa. Afronta el poder imperial por medio de la insurrección urbana… [N. del T.: El resto de esta historia traducido próximamente].

 

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La historia que amenaza a este mundo crepuscular es también la fuerza que puede someter el espacio al tiempo vivido. La revolución proletaria es esa crítica de la geografía humana a través de la cual los individuos y las comunidades tienen que construir los sitios y los acontecimientos que corresponden a la apropiación, no ya solamente de su trabajo, sino de su historia total. En ese espacio moviente del juego, y de las variaciones libremente escogidas de las reglas del juego, la autonomía del lugar puede recuperarse, sin reintroducir un apego exclusivo al suelo, y con ello acompañar la realidad del viaje, y de la vida comprendida como un viaje que tiene en sí mismo todo su sentido.
Guy Debord, La sociedad del espectáculo

 

Las formas pasadas de la revolución llaman a su superación. En Francia, en el corazón de este Occidente que tambalea, ni la conquista del poder central, ni la constitución de comunidades fuera de su alcance, ni la lucha armada, ni la huelga general, parecen abrir perspectivas revolucionarias. ¿A qué senderos improbables nos precipitará el porvenir?
Necesitamos volver a vincular entre ellos los lugares desde los cuales se buscan aquí y ahora nuevas maneras de la comuna. Pues es a nosotros a los que nos corresponde, ahora, reinventarla. Querríamos pensar juntos, desde la realidad de nuestros anclajes territoriales, la posibilidad de una diáspora de polos de secesión. Imaginar la emergencia de un archipiélago de potencias destituyentes en el que las formas de vidas heterogéneas construyan expresiones de lo común, fiestas memorables en asambleas turbulentas, y comiencen a organizarse de común acuerdo, mezclando estrategias para esquivar y para la confrontración frente a las instituciones.
Esto es una invitación al viaje, un llamamiento a venir a la ZAD de Notre-Dames-des-Landes la primera semana de junio de 2016, para imaginar lo que podría ser un devenir revolucionario que tome la forma de un levantamiento de comunas.

 

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Elementos del programa provisional

El programa definitivo será comunicado ulteriormente, compartimos aquí las pistas que exploramos para esta semana de encuentros. Toda propuesta de contribución será bienvenida.

 

Obras colectivas de mantenimiento de los comunales

 

Éstas tomarán la forma de siembra de sarraceno en las tierras del movimiento y/o de mantenimiento de las carreteras y los caminos comunales.

 

Comunas de ayer

 

Intervenciones, proyecciones, lecturas o discusiones sobre experiencias de Comunas que han marcado la historia o que fueron olvidadas.

 

Banquete de los Q de plomo

 

Víveres de la ZAD, vino en abundancia, banquete pantagruélico y diatribas embriagantes.

 

Imaginarios de Comunas

 

El tiempo de una velada, bajo la forma de un collage de lecturas, de imágenes y sonidos, partiremos en cada ocasión de un acontecimiento de la historia local para tejer correspondencias con los mil y un intentos pasados y presentes de hacer comuna.

 

Escapada nantesca

 

Escala o balada en Nantes sobre las huellas de Mayo del 68. ¿Qué fue aquello que algunos llamaron la “Comuna de Nantes”?

 

¿Hacer comuna hoy?

 

¿Qué es lo que resuena de la Comuna, como herencia y perspectiva revolucionaria, en nuestros diferentes intentos locales y en las luchas actuales? Discusión colectiva.

 

Fiesta, juego, música y dansa

 

Información práctica

 

Los encuentros arrancarán el martes (en la tarde) del 31 de mayo hasta el sábado 4 de junio en la ZAD de Notre-Dames-des-Landes. El alojamiento (dormitorios y campamento) y el alimento (comedores) serán asegurados por nuestros cuidados. Es por esto que los invitamos a avisarnos cuanto antes de su visita a la dirección siguiente para facilitar la organización:

 

rencontrescommune@riseup.net

 

Invitation Rencontres Sur La Commune Zad by lundimatin