Salvador Gallardo Cabrera / Alt/guardar

Nuestra memoria ha trascendido el olvido y hoy se proyecta como ausencia. Con la cultura del flujo de datos se está creando una gran memoria artificial que pronto volverá obsoletos muchos de nuestros recuerdos —incluidas cadenas enteras de contenidos genéticos. La cultura del flujo de datos ha puesto en línea la memoria y el conocimiento pero la memoria artificial no se construye con relación al olvido. El olvido no significa ya un obstáculo por superar ni ejerce una función selectiva o tendida sobre el azar. En otras épocas, el olvido funcionaba como enlace con el futuro; sumergirse en el río del olvido hacía posible la vida nueva. La memoria aseguraba un tránsito entre el pasado —espacio desierto— recordado, el presente desde donde se recuerda y un tiempo futuro de proyección y actualización de lo recordado: la conmemoración enuncia ese tránsito entre el deber de guardar memoria y la posibilidad de olvidar. “Conservar la memoria significa meditar el olvido”, decía Heidegger. Ese tránsito ha sido extraído de la retórica; es un modo del recuerdo ya desaparecido. Nosotros, cuando recordamos, lo hacemos desde un espacio de incorporación descentrado; el recuerdo no avanza desde un pasado hasta un presente ni puede restringirse a su función lineal. ¿Sabemos, de memoria, si una especie fija sus conocimientos en un cuerpo y si el cuerpo de esa especie se transforma en un corpus cogitum?
El imperativo de la informática es almacenar la mayor cantidad de información posible en microespacios. Se intenta replicar así la capacidad de memoria de las células y del ADN; el esquema de almacenamiento parece ser el mismo. La diferencia es que el ADN lleva en sí sus atavismos y éstos, vistos desde la cultura del flujo de datos, aparecen como obsolescencias que restan velocidad y precisión. El sueño de la ingeniería genética y de la biomecánica nano es hacer una poda de esos atavismos. Alcanzar una memoria específicamente productiva; aislarla de la red protectora del olvido, de la tara y del azar.
La memoria ha sido usada como una disciplina de autodominio, expansión personal y técnica de dominación. La hermenéutica de las tecnologías del yo, emprendida por Michel Foucault, mostró cómo se emplazaba la memoria dentro de los procedimientos del examen introspectivo en la apertura del espacio para el cuidado de sí mismo. El examen de sí incluía un recuento de lo que se había hecho durante el día, de lo que tendría que haber sido hecho y de su comparación. Era una introspección conectada con el afuera; no era cerrada como sí lo sería la cristiana. En la tradición pitagórica —retomada por Peter Handke el año que pasó en la bahía de nadie— ese recuento servía como filtro de purificación; permitía dormir bien y tener buenos sueños. Handke: “…yo imaginaba que, con este mirar hacia atrás con el pensamiento, en lugar de cambiar de raíz, que es lo que tal vez Pitágoras tenía en mente, lo que ocurría sería que veríamos cómo estábamos hechos”.
Muchos estoicos trenzaron el recurso mnemotecnia con la escritura: los Pensamientos de Marco Aurelio pueden leerse como el recuento nocturno de un día que abarca toda una vida. La escritura se convirtió en un ejercicio de re-flexión; permitía conducir la mirada hacia atrás y retroceder. Tal ejercicio se volvió regla en diversas sectas —en la antigüedad grecorromana la filosofía era cosa de sectas. Fue un paso extraño, pues las reglas distraen del fin que está tras ellas y privilegian el cumplimiento irreflexivo de tal o cual ejercicio. El fin primordial queda desplazado por la observación de las reglas; el cuidado de sí se dilata en su cumplimiento. Aparece entonces como una digresión en el curso de una vida; no se sabe ya qué significa uno mismo en tanto que objeto de cuidado. En algunos periodos resultaba contradictorio conocerse y cuidarse uno mismo y hacerse, a la vez, de los medios por los que el cuidado de uno mismo pudiera conducir a una técnica de gobierno de los otros, Para los cínicos y muchos estoicos las reglas de la vida en sociedad eran convenciones —esa convicción surgiría también en la Roma imperial: Marco Aurelio tenía el deber de asistir al Circo y lo cumplía “como ciudadano romano”, pero siempre se cuidaba de llevar algo que leer.
La autodisciplina significó la apertura de un nuevo espacio después de la crisis provocada por la desaparición de la dimensión sociopolítica y ética de la polis ante la anomalía macedonia. La heroicidad de la libertad autárquica en vez de la heroicidad de la libertad en pertenencia, propia de la Grecia clásica. El nexo entre el sabio y la ciudad se había roto. El trabajo sobre uno mismo semejaba un refinamiento de locos sagrados. Los cínicos, por ejemplo, se remontaron hasta la Edad de Oro para imaginar de nuevo la vida reunida: allí no existía la escritura y la memoria no podía ir más atrás.
“Al sabio los siglos le sirven como a un dios”, escribió Séneca en De la brevedad de la vida. El tiempo que ha pasado es recogido por el sabio con el recuerdo. El porvenir puede disponerlo; y el tiempo presente, lo emplea. Por medio de esta utilización del tiempo el sabio queda exento de las leyes del género humano, rompe sus estancias temporales, fusiona todos los tiempos en uno y hace de esa fusión una técnica para alargar su vida. No porque viva muchos años sino porque vive su vida desde un tiempo único. Mas para los estoicos el modelo del sabio es pura virtualidad; los sabios son una especie muy rara. Cuando Séneca hace memoria del estoicismo sólo encuentra dos o tres. El sabio estoico vive cada día como si fuera el último de su vida; tal como un legionario del Ala III Thracum en campaña. Sólo que el esfuerzo que hace el sabio estoico sobre sí mismo no desemboca en un ensanchamiento, sino, como observa Paul Veyne, conduce a un estado de reducción, a una dicha sin deseo, a una seguridad sin fallas, a una fortaleza, sí, pero vacía. ¿Qué se puede recordad y escribir en el vacío? Según los grandes retóricos la escritura contenía las raíces y fundamentos de la elocuencia; sin su ejercicio el orador sólo produciría vana locuacidad y palabras como nacidas de los labios. Pero para la época del imperio, en Roma, la retórica era ya un arcaísmo social, un dispositivo vacío. En su escritura desde el último día, Marco Aurelio agradece a los dioses por “no haber avanzado más en retórica y en otras disciplinas que me habrían estancado si hubiera sentido que progresaba en ellas”. La sinceridad heroica existía en las palabras y en los discursos pero no se sustentaba ya en la retórica. Era imprescindible anteponer a la retórica la práctica de la filosofía. Y la filosofía era el estoicismo. Más ¿cómo se antepone un vacío a otro? Entonces, el cuidado de sí no implicaba una transformación. El pasado se convertía así en humo y ceniza. La memoria fluctuaba sobre espacios desiertos, al borde del abismo infinito de lo que ya pasó, aunque no podía perderse, porque ¿cómo podría perderse algo que no se tenía? Ese abismo sólo podía cruzarse como estoico, con la gravedad perfecta y natural de quien ha puesto orden en sí mismo, uniendo en un movimiento de flujo-reflujo la escritura memoriosa del último día con la caligrafía titubeante de la primera frase matinal: “desde la aurora haz de decirte: tropezaré hoy con un entrometido, un ingrato, un insolente, un embustero, un envidioso, un egoísta… no puedo recibir daño de alguno de ellos”. En ese tránsito de la memoria de marea fluye el discurso de una vida entera.
Extraño pensamiento. El estoicismo es, como observa Paul Veyne, la filosofía más increíble para nosotros. Pero su doctrina de la autonomía del yo y la posibilidad de un esfuerzo de constitución de sí mismo se ha convertido para nuestra época en una ilusión de supervivencia; en un espacio blindado contra un mundo sin dios, ni naturaleza, ni tradición o imperativo. No es gratuito que Veyne feche el resurgimiento del interés por Séneca y el estoicismo en los últimos años de la vida de Michel Foucault y en un círculo que vivía bajo la amenaza del sida. A nosotros, los huérfanos de todo, quizás podría entusiasmarnos saber cómo a partir de esas excrecencias del yo se logra alcanzar un cierto equilibrio personal. Sin embargo, al trascender el olvido y proyectarse como ausencia, nuestra memoria no puede guiarnos. La cultura del flujo de datos es, como explica Gabriel Zaid, inabarcable; nuestras sociedades son ineptas con respecto a su inmenso repertorio de posibilidades. Memoria sin olvido y conocimiento inabarcable. ¿No necesitamos a cada momento un respaldo para almacenar nuestros conocimientos o para apuntalarlos a nosotros mismos? ¿ No es esto lo que explica el boom de la ética en nuestros días? Un respaldo, un respaldo neutro y seguro. — Observen a K. frente al espejo del baño recitando su letanía matutina de control mientras repasa sus citas en una palm: lo habita una memoria ausente.

Fragmento de Sobre la tierra no hay medida, Libros del Umbral, 2008, Tlalpan, D.F.