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Louis Althusser / Advertencia a los lectores del Libro I de El capital

Esta nota fue escrita por Louis Althusser como prefacio o texto preliminar para una edición francesa del Libro I de El capital, que incluyó la traducción de Josep Roy (Louis Althusser, «Avertissement aux lecteurs du livre I du Capital», en Karl Marx, Le Capital. Livre I, París, Garnier-Flammarion, 1969, pp. 7-26).

 

Por primera vez en la historia de la edición francesa, se presenta, accesible a un público muy amplio, el Libro I de El capital.
¿Qué es El capital?
Es la gran obra de Marx, a la cual consagró toda su vida desde 1850, sacrificando en duras pruebas la mayor parte de su existencia personal y familiar.
Ésta es la obra por la cual debe juzgársele. Sólo por ella, y no por sus «obras de juventud» todavía idealistas (1841-1844); no por obras aún muy equívocas como La ideología alemana,1 e incluso los «Grundrisse», esbozos traducidos al francés con el título erróneo de «Fundamentos de la crítica de la economía política»;2 y ni siquiera por el célebre Prólogo a la Contribución,3 donde Marx define en términos muy equívocos (pues son hegelianos) la «dialéctica» de la «correspondencia y no correspondencia» entre las Fuerzas productivas y las Relaciones de producción.
Esta obra gigantesca que es El capital contiene, sencillamente, uno de los tres mayores descubrimientos científicos de toda la historia humana: el descubrimiento del sistema de conceptos (es decir, de la teoría científica) que abre al conocimiento científico lo que puede llamarse el «Continente-Historia». Antes de Marx, dos «continentes» de importancia comparable habían sido «abiertos» al conocimiento científico: el Continente-Matemáticas, por los griegos del siglo V antes de nuestra era, y el Continente-Física, por Galileo.
Todavía estamos muy lejos de haber dimensionado plenamente este descubrimiento decisivo y de haber extraído de él todas sus consecuencias teóricas. En particular, los especialistas que trabajan en el campo de las «Ciencias humanas» y (de manera más restringida) de las Ciencias sociales —es decir, los economistas, los historiadores, los sociólogos, los psicosociólogos, los psicólogos, los historiadores del arte y de la literatura, de la religión y de las demás ideologías, e incluso los lingüistas y los psicoanalistas—, todos esos especialistas deben saber que no pueden producir conocimientos verdaderamente científicos en su especialidad sin reconocer que la teoría fundada por Marx les es indispensable. Pues ella es, en principio, la teoría que «abre» al conocimiento científico el «continente» en el que trabajan, y donde hasta ahora no han producido sino algunos primeros conocimientos (la lingüística, el psicoanálisis), algunos elementos o rudimentos de conocimiento (la historia, la sociología, la economía en algunos capítulos aislados) o puras y simples ilusiones, indebidamente bautizadas como conocimientos.
Sólo los militantes de la lucha de clases proletaria han extraído las conclusiones de El capital: al reconocer en él los mecanismos de la explotación capitalista, se agruparon en organizaciones de lucha de clases económica (los sindicatos) y política (los partidos socialistas, luego comunistas), que aplican una «línea» de lucha de masas para la conquista del Poder de Estado, «línea» fundada en «el análisis concreto de la situación concreta» (Lenin), donde tienen que combatir (este «análisis» se realiza mediante la justa aplicación de los conceptos científicos de Marx a la «situación concreta»).
Es paradójico que especialistas intelectuales altamente «cultos» no hayan comprendido un libro que contiene la Teoría que necesitan para sus «disciplinas», mientras que los militantes del Movimiento Obrero sí comprendieron ese mismo libro, pese a sus enormes dificultades. La explicación de esta paradoja es simple, y está formulada con todas sus letras por Marx en El capital y por Lenin en sus obras.4
Si los obreros «comprendieron» El capital con tanta facilidad es porque éste habla, en términos científicos, de la realidad cotidiana a la que se enfrentan: la explotación de la que son objeto por el sistema capitalista. Por eso El capital se convirtió tan rápidamente, como decía Engels en 1886, en «la Biblia» del Movimiento obrero internacional. En cambio, si los especialistas en historia, economía política, sociología, psicología, etc., han tenido y siguen teniendo tantas dificultades para «comprender» El capital, es porque están sometidos a la ideología dominante (la de la clase dominante), la cual interviene directamente en su práctica «científica», para distorsionar tanto su objeto como su teoría y sus métodos. Salvo algunas excepciones, no sospechan, no pueden sospechar, la extraordinaria fuerza y variedad de la influencia ideológica a la que están sometidos en su propia «práctica». Salvo algunas excepciones, no están en condiciones de criticar por sí mismos las ilusiones en las que viven y que contribuyen a mantener, porque están literalmente cegados por ellas. Salvo algunas excepciones, no están en condiciones de realizar la revolución ideológica y teórica indispensable para reconocer en la teoría de Marx la teoría misma que su práctica necesita para llegar, por fin, a ser científica.
Cuando se habla de la dificultad de El capital, es necesario hacer una distinción de la mayor importancia. La lectura de El capital presenta, en efecto, dos tipos de dificultades que no tienen absolutamente nada que ver entre sí.
La dificultad n.º 1, absoluta y masivamente determinante, es una dificultad ideológica y, en última instancia, política.
Ante El capital hay dos tipos de lectores: quienes tienen la experiencia directa de la explotación capitalista (ante todo los proletarios u obreros asalariados de la producción directa y también, con matices según su lugar en el sistema de producción, los trabajadores asalariados no-proletarios); y quienes no tienen experiencia directa de la explotación capitalista, pero que, en cambio, están dominados en su sprácticas y su conciencia por la ideología de la clase dominante, la ideología burguesa. Los primeros no encuentran dificultad ideológico-política para comprender El capital, pues simplemente habla de su vida concreta. Los segundos tienen una enorme dificultad para comprender El capital (incluso si son muy «sabios», diría más bien: sobre todo si son muy «sabios»), porque existe una incompatibilidad política entre el contenido teórico de El capital y las ideas que llevan en la cabeza, ideas que «encuentran» (porque las proyectan ahí) en sus propias prácticas. Por eso la dificultad n.º 1 de El capital es, en última instancia, una dificultad política.
Pero El capital presenta otra dificultad que no tiene absolutamente nada que ver con la primera: la dificultad n.º 2, o dificultad teórica.
Frente a esta dificultad, los mismos lectores se dividen en otros dos grupos. Aquellos que están habituados al pensamiento teórico (es decir, los verdaderos científicos) no experimentan o no deberían experimentar dificultades para leer este libro teórico que es El capital. Aquellos que no tienen hábito de trabajar con obras teóricas (los obreros y muchos intelectuales que, si bien tienen «cultura», carecen de cultura teórica) sí deben experimentar o deberían experimentar grandes dificultades para leer una obra de teoría pura como El capital.
Uso, como se ve, el modo condicional («no deberían…», «deberían…»). Lo hago para destacar este hecho, todavía más paradójico que el anterior: que incluso individuos sin práctica en textos teóricos (como los obreros) han encontrado menos dificultad ante El capital que individuos habituados al ejercicio de la teoría pura (como los científicos, o pseudocientíficos muy «cultos»).
Esto no debe impedirnos decir una palabra sobre el tipo muy particular de dificultad que presenta El capital como obra de teoría pura, sin olvidar nunca este hecho fundamental: que no son las dificultades teóricas, sino las dificultades políticas las que resultan decisivas, en última instancia, para cualquier lectura de El capital y, en particular, de su Libro I.
Todo el mundo sabe que, sin la teoría científica correspondiente, no puede existir una práctica científica, es decir, una práctica que produzca nuevos conocimientos científicos. Toda ciencia se apoya, por lo tanto, en su teoría propia. El hecho de que esa teoría cambie, se complejice y se modifique conforme se desarrolla la ciencia en cuestión no altera lo esencial.
Ahora bien, ¿qué es esa teoría indispensable para toda ciencia? Es un sistema de conceptos científicos de base. Basta con enunciar esta simple definición para destacar dos aspectos esenciales de toda teoría científica: 1) los conceptos básicos y 2) su sistema.
Estos conceptos son conceptos, es decir, nociones abstractas. Primera dificultad de la teoría: habituarse a la práctica de la abstracción. Este aprendizaje —porque es un verdadero aprendizaje, comparable al aprendizaje de cualquier práctica, por ejemplo, el de la cerrajería— se realiza ante todo, en nuestro sistema escolar, mediante las matemáticas y la filosofía. Desde el prólogo del Libro I, Marx nos advierte que la abstracción no sólo constituye la existencia misma de la teoría, sino también su método de análisis. Las ciencias experimentales disponen del «microscopio»; la ciencia marxista no tiene «microscopio»: debe servirse de la abstracción, que «hace sus veces».
Atención: la abstracción científica no es en absoluto «abstracta», sino todo lo contrario. Por ejemplo: cuando Marx habla del capital social total, nadie puede «tocarlo con las manos»; cuando Marx habla de la «plusvalía total», nadie puede tocarla con las manos ni contarla. Sin embargo, esos dos conceptos abstractos designan realidades efectivamente existentes. Lo que hace científica a la abstracción es justamente que designa una realidad concreta que existe de verdad, pero que no puede «tocarse con las manos» ni «verse con los ojos». Todo concepto abstracto proporciona, por lo tanto, el conocimiento de una realidad cuya existencia revela: concepto abstracto quiere decir, entonces, fórmula aparentemente abstracta, pero en realidad sumamente concreta por el objeto que designa. Ese objeto es sumamente concreto en la medida en que es infinitamente más concreto y más eficaz que los objetos que pueden «tocarse con las manos» o «verse con los ojos», y, sin embargo, no puede tocarse ni verse. Así ocurre con el concepto de valor de cambio, el concepto de capital social total, el concepto de trabajo socialmente necesario, etc. Todo esto puede aclararse fácilmente.
Otro punto: los conceptos de base existen bajo la forma de un sistema, y es eso lo que hace de ellos una teoría. Una teoría es, en efecto, un sistema riguroso de conceptos científicos de base. En una teoría científica, los conceptos de base no existen en cualquier orden, sino en un orden riguroso. Es necesario, por lo tanto, conocerlo y aprender paso a paso la práctica de la rigurosidad. La rigurosidad (sistemática) no es un capricho ni un lujo formal, sino una necesidad vital para cualquier ciencia, para cualquier práctica científica. Es lo que, en su Prólogo, Marx llama la rigurosidad del «orden de exposición» de una teoría científica.
Dicho esto, hay que saber cuál es el objeto de El capital, dicho de otro modo, cuál es el objeto que se analiza en el Libro I de El capital. Marx lo dice: es «el modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio que le son propias». Ahora bien, ese objeto es en sí mismo abstracto. En efecto, y a pesar de las apariencias, Marx no analiza ninguna «sociedad concreta», ni siquiera la Inglaterra de la que habla todo el tiempo en el Libro I, sino el MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA y nada más. Este objeto es abstracto: esto significa que es, aquí, sumamente real, y que nunca existe en estado puro, puesto que sólo existe en sociedades capitalistas. Simplemente: para poder analizar esas sociedades capitalistas concretas (Inglaterra, Francia, Rusia, etc.), hay que saber que están dominadas por esa realidad sumamente concreta e «invisible» (a simple vista) que es el modo de producción capitalista. «Invisible»: por lo tanto abstracto.
Naturalmente, todo esto no se da sin malentendidos. Hay que ser sumamente cuidadoso para evitar las falsas dificultades que provienen de esos malentendidos. Por ejemplo, no hay que creer que Marx analiza la situación concreta de Inglaterra cuando habla de ella. La menciona únicamente para «ilustrar» su teoría (abstracta) del modo de producción capitalista.
En resumen: hay efectivamente una dificultad en la lectura de El capital que es una dificultad teórica. Esta se debe a la naturaleza abstracta y sistemática de los conceptos de base de la teoría o del análisis teórico. Es necesario reconocer que se trata de una dificultad real, objetiva, que solo puede superarse mediante un aprendizaje de la abstracción y la rigurosidad científicas. Hay que saber que ese aprendizaje no se realiza en un solo día.
De ahí un primer consejo de lectura: tener siempre muy presente la idea de que El capital es una obra de teoría cuyo objeto son los mecanismos del modo de producción capitalista y únicamente de éste.
De ahí un segundo consejo de lectura: no buscar en El capital un libro de historia «concreta» ni un libro de economía política «empírica», en el sentido en que los historiadores y economistas entienden estos términos. Sino encontrar ahí un libro de teoría que analiza el MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA. La historia (concreta) y la economía (empírica) tienen otros objetos.
De ahí un tercer consejo de lectura: cuando uno tropieza con una dificultad de orden teórico, hay que saberlo y tomar las medidas necesarias. No apresurarse, regresar atrás, cuidadosamente, con calma, y avanzar solo cuando las cosas se hayan aclarado. Tener en cuenta que el aprendizaje de la teoría es indispensable para leer una obra teórica. Saber que se puede aprender a caminar caminando, siempre que se respeten cuidadosamente las condiciones antes señaladas. Saber que uno no aprenderá de golpe, ni repentinamente ni de manera definitiva, a caminar en la teoría, sino poco a poco, con paciencia y humildad. El éxito depende de ello.
En la práctica, esto significa que sólo se puede comprender el Libro I con la condición de releerlo cuatro o cinco veces seguidas, el tiempo necesario para aprender a caminar en la teoría.
La presente advertencia está destinada a guiar los primeros pasos de los lectores en la teoría.
Pero antes de llegar a ello, es necesario decir una palabra sobre el público que leerá el Libro I de El capital.
¿De quién se compondrá, naturalmente, este público?
1) De proletarios, o asalariados empleados directamente en la producción de bienes materiales.
2) De trabajadores asalariados no-proletarios (desde el simple empleado hasta el cuadro medio y superior, el ingeniero y el investigador, el docente, etc.).
3) De artesanos urbanos y rurales.
4) De miembros de profesiones liberales.
5) De estudiantes y bachilleres.
Entre los proletarios o asalariados que leerán el Libro I de El capital se encuentran, naturalmente, hombres y mujeres a quienes la práctica de la lucha de clases en sus organizaciones sindicales y políticas ha dado una cierta «idea» de la teoría marxista. Esta idea puede ser más o menos correcta, según se trate de proletarios o de asalariados no-proletarios: pero no está fundamentalmente distorsionada.
Entre las demás categorías que leerán el Libro I de El capital figuran, naturalmente, hombres y mujeres que tienen en la cabeza, ellos también, una cierta «idea» de la teoría marxista. Por ejemplo, los universitarios, y más precisamente los «historiadores», los «economistas» y un gran número de ideólogos de diversas disciplinas (pues, como se sabe, hoy todo el mundo se declara «marxista» en las Ciencias Humanas).
Ahora bien, lo que estos intelectuales tienen en la cabeza respecto de la teoría marxista son, en un 90 %, ideas falsas. Se formularon en vida del propio Marx y luego se repitieron incansablemente, sin el menor esfuerzo notable de imaginación. Estas ideas falsas fueron fabricadas y defendidas desde hace un siglo por todos los economistas e ideólogos burgueses y pequeñoburgueses5 para «refutar» la teoría marxista.
Estas ideas no tuvieron dificultad en «ganar» un amplio público, pues éste ya estaba «ganado» de antemano por sus prejuicios ideológicos antisocialistas y antimarxistas.
Ese amplio público está compuesto ante todo por intelectuales, y no por obreros, porque, como decía Engels, aun cuando los proletarios no penetren en las demostraciones más abstractas de El capital, «no se dejan engañar».
En cambio, incluso los intelectuales y los estudiantes más generosamente «revolucionarios» sí se «dejan engañar», de una forma u otra, pues están masivamente sometidos —sin la contrapartida de la experiencia directa de la explotación— a los prejuicios de la ideología pequeñoburguesa.
Estoy, por tanto, obligado en esta advertencia a tomar en cuenta simultáneamente:
1) los dos tipos de dificultades que ya señalé (dificultad n.º 1: política; dificultad n.º 2: teórica);
2) la distribución del público en dos grupos esenciales: por un lado, el público obrero-asalariado y, por el otro, el público intelectual, entendiendo que ambos grupos se superponen en uno de sus sectores (ciertos asalariados son al mismo tiempo «trabajadores intelectuales»);
3) la existencia, en el mercado ideológico, de refutaciones supuestamente «científicas» de El capital, que afectan más o menos profundamente, según su origen de clase, a una u otra parte de ese público.
Tomando en cuenta todos estos datos, mi advertencia adoptará la forma siguiente:
Punto I: Consejos de lectura destinados a evitar provisionalmente las más graves de esas dificultades. Este punto será breve y claro. Deseo que los proletarios lo lean, pues está escrito ante todo para ellos, aunque se dirige a todos.
Punto II: Indicaciones sobre la naturaleza de las dificultades teóricas del Libro I de El capital, de las cuales se sirven como pretexto todas las «refutaciones» de la teoría marxista.
Este punto será necesariamente más arduo, dada la naturaleza de las dificultades teóricas de las que se tratará y los argumentos de las «refutaciones» de la teoría marxista que se apoyan en dichas dificultades.
Punto I
Las mayores dificultades teóricas y de otro tipo, que obstaculizan una lectura fácil del Libro I de El capital, están, por desgracia (o por fortuna), concentradas en el inicio mismo del Libro I, más precisamente en su sección I, que trata de «La mercancía y el dinero».
Por eso doy el siguiente consejo: PONER PROVISIONALMENTE ENTRE PARÉNTESIS TODA LA SECCIÓN I y COMENZAR LA LECTURA POR LA SECCIÓN II: «La transformación del dinero en capital».
En mi opinión, sólo se puede comenzar (y comenzar por sí solo) a comprender la sección I después de haber leído y releído todo el Libro I a partir de la sección II.
Este consejo es más que un consejo: es una recomendación que me permito, con todo el respeto que debo a mis lectores, presentar como una recomendación imperativa.
Cualquiera puede comprobarlo en la práctica.
Si se empieza a leer el Libro I por su inicio, es decir, por la sección I, o bien no se comprende y se abandona; o bien se cree comprender, lo cual es aún más grave, pues hay altas probabilidades de haber entendido algo completamente distinto de lo que hay que entender.
A partir de la sección II (transformación del dinero en capital), todo se vuelve claro. Se penetra entonces directamente en el corazón mismo del Libro I.
Ese corazón es la teoría de la plusvalía, que los proletarios comprenden sin ninguna dificultad, porque es, sencillamente, la teoría científica de aquello de lo que tienen experiencia cotidiana: la explotación de clase.
Siguen de inmediato dos secciones muy densas, pero muy claras y decisivas para la lucha de clases actual: la sección III y la sección IV. Tratan de las dos formas fundamentales de la plusvalía de las que dispone la clase capitalista para llevar al máximo la explotación de la clase obrera: lo que Marx llama la plusvalía absoluta (sección III) y la plusvalía relativa (sección IV).
La plusvalía absoluta (sección III) se refiere a la duración de la jornada laboral. Marx explica que la clase capitalista impulsa de manera inexorable el aumento de la duración de la jornada laboral, y que la lucha de la clase obrera, que tiene más de un siglo, tiene como objetivo arrancar una disminución de la duración de la jornada de trabajo, luchando CONTRA ese aumento.
Históricamente, se conocen las etapas de esta lucha: jornada de 12 horas, de 10 horas, después de 8 horas y, finalmente, bajo el Frente Popular, la semana de cuarenta horas.
Todos los proletarios saben por experiencia lo que Marx demuestra en la sección III: la tendencia irresistible del sistema capitalista a aumentar al máximo la explotación mediante la prolongación de la duración de la jornada laboral (o de la semana laboral). Este resultado se logra ya sea a pesar de la legislación existente (las 40 horas nunca se han aplicado realmente) o mediante la legislación existente (por ejemplo, las «horas extras»). Aparentemente, las horas extras parecen «costar muy caro» a los capitalistas, pues se pagan con un 25 %, 50 %, incluso 100 % por encima de la tarifa normal. Pero en realidad son ventajosas porque permiten que las «máquinas», cuya vida útil es cada vez más breve debido al rápido progreso tecnológico, funcionen veinticuatro horas al día. En otras palabras, las horas extras permiten a los capitalistas obtener el máximo beneficio de la «productividad». Marx mostró con claridad que la clase capitalista nunca paga ni pagará horas extras a los obreros para complacerlos o para permitirles redondear sus ingresos a costa de su salud, sino para explotarlos más.
La plusvalía relativa (sección IV), cuya existencia ya se vislumbró en el problema de las horas extras, es sin duda la forma n.º 1 de la explotación contemporánea. Es mucho más sutil, porque es menos directamente visible que el aumento de la jornada laboral. Sin embargo, los proletarios reaccionan instintivamente, si no contra ella, al menos contra sus efectos, como veremos.
La plusvalía relativa se refiere, en efecto, a la intensificación de la mecanización de la producción (industrial y agrícola) y, por lo tanto, al incremento de la productividad resultante. Actualmente tiende hacia la automatización. Producir la máxima cantidad de mercancías al precio más bajo, para obtener el máximo beneficio, tal es la tendencia irresistible del capitalismo. Naturalmente, va de la mano de una explotación creciente de la fuerza de trabajo.
Se suele hablar de «mutación» o de «revolución» en la tecnología contemporánea. En realidad, Marx afirmó desde el Manifiesto y demostró en El capital que el modo de producción capitalista se caracteriza por una «revolución ininterrumpida en los medios de producción», sobre todo en los instrumentos de producción (tecnología). Lo que ocurre desde hace diez o quince años se proclama «sin precedentes» a grandes voces, y es cierto que en los últimos años todo avanza más rápido que antes. Pero se trata de una simple diferencia de grado, no de naturaleza. Toda la historia del capitalismo es la historia de un prodigioso desarrollo de la productividad a través del desarrollo de la tecnología.
Actualmente, como también en el pasado, esto tiene como consecuencia la introducción de máquinas cada vez más perfeccionadas en los procesos de trabajo, lo que permite producir la misma cantidad de productos que antes en un tiempo dos, tres o cuatro veces menor, es decir, un claro desarrollo de la productividad. Pero correlativamente, produce efectos precisos de agravamiento de la explotación de la fuerza de trabajo (aceleración de ritmos, supresión de puestos y empleos), no solo entre los proletarios, sino también entre los trabajadores asalariados no proletarios, incluidos ciertos cuadros técnicos de alto rango, que «ya no están a la altura» del progreso técnico y, por lo tanto, ya no tienen valor mercantil, de donde resulta el desempleo consecuente.
De todo esto trata Marx, con extrema rigurosidad y precisión, en la sección IV (la plusvalía relativa).
Desmonta los mecanismos de la explotación mediante el desarrollo de la productividad en sus formas concretas. Demuestra así que nunca el desarrollo de la productividad puede beneficiar espontáneamente a la clase obrera; todo lo contrario, pues se produce precisamente para incrementar su explotación. Marx demuestra así de manera irrefutable que la clase obrera no puede esperar beneficiarse del desarrollo de la productividad moderna antes de haber derrocado al capitalismo y tomado el poder del Estado en una revolución socialista. Demuestra que, de aquí a la toma revolucionaria del poder que abre la vía al socialismo, la clase obrera no puede tener otro objetivo ni otro recurso que luchar contra los efectos de explotación producidos por el desarrollo de la productividad, para limitar esos efectos (lucha contra los ritmos de trabajo, contra el carácter arbitrario de las primas de productividad, contra las horas extras, contra la supresión de puestos, contra «el desempleo tecnológico»). Lucha esencialmente defensiva, y no ofensiva.
Aconsejo entonces al lector, una vez que haya llegado al final de la sección IV, dejar provisionalmente de lado la sección V (investigaciones ulteriores sobre la plusvalía) y pasar directamente a la luminosa sección VI sobre el salario.
Ahí los proletarios están, nuevamente, literalmente en su terreno, pues Marx examina, además de la mistificación burguesa que declara que el «trabajo» del obrero se «paga a su valor», las diferentes formas del salario: salario por tiempo primero, luego salario por pieza, es decir, las distintas trampas con las que la burguesía intenta atrapar la conciencia obrera para destruir en ella toda voluntad de lucha de clases organizada. Ahí los proletarios reconocerán que su lucha de clases no puede sino oponerse de manera antagónica a la tendencia a agravar la explotación capitalista.
Ahí reconocerán que, en lo relativo al salario o, como dicen los ministros y sus respectivos «economistas», en lo relativo al «nivel de vida» o a los «ingresos», la lucha de clases económica de proletarios y otros asalariados sólo puede tener un sentido: una lucha defensiva contra la tendencia objetiva del sistema capitalista al aumento de la explotación bajo todas sus formas.
Decimos bien: lucha defensiva y, por lo tanto, lucha contra la disminución del salario. Está claro que toda lucha contra la disminución del salario es, al mismo tiempo, una lucha por el aumento del salario existente. Pero hablar sólo de lucha por el aumento es designar el efecto de la lucha, corriendo el riesgo de ocultar su causa y su objetivo. Como el capitalismo tiende inexorablemente a disminuir el salario, la lucha por aumentarlo es, en su principio mismo, una lucha defensiva contra la tendencia del capitalismo a reducirlo.
Entonces queda perfectamente claro, como subraya Marx en la sección VI, que la cuestión del salario no puede de ninguna manera resolverse «por sí sola» mediante la «distribución» a los obreros y otros trabajadores de los «beneficios» del desarrollo, incluso espectacular, de la productividad. La cuestión del salario es una cuestión de lucha de clases. No se resuelve «por sí sola», sino mediante la lucha de clases: ante todo mediante las diferentes formas de huelga que, tarde o temprano, desembocan en la huelga general.
Que esa huelga general siga siendo puramente económica y, por tanto, defensiva («defensa de los intereses materiales y morales de los trabajadores», lucha contra la doble tendencia capitalista al aumento de la jornada laboral y a la disminución del salario) o que adopte una forma política y, por lo tanto, ofensiva (lucha por la conquista del poder del Estado, la revolución socialista y la construcción del socialismo), todos los que conocen las distinciones de Marx, Engels y Lenin saben cuánta diferencia separa la lucha de clases política de la lucha de clases económica.
La lucha de clases económica (sindical) sigue siendo defensiva porque es económica (contra las dos grandes tendencias del capitalismo). La lucha de clases política es ofensiva porque es política (por la toma del poder por parte de la clase obrera y sus aliados).
Es preciso distinguir bien estas dos luchas, aunque, en la realidad, siempre se solapan entre sí: más o menos según la coyuntura.
Una cosa es segura, y el análisis que Marx hace de las luchas de clases económicas en Inglaterra en el Libro I lo muestra: una lucha de clases que se quiera confinar deliberadamente al ámbito de la sola lucha económica sigue y seguirá siendo siempre defensiva, por lo tanto, sin esperanza alguna de derrocar jamás el régimen capitalista. Ésta es la tentación mayor de los reformistas, fabianos, trade-unionistas de oficio de los que habla Marx y, de manera general, de la tradición socialdemócrata de la II Internacional. Sólo una lucha política puede «cambiar la correlación de fuerzas» y superar estos límites, dejando de ser defensiva para volverse ofensiva. Puede leerse esta conclusión no sólo entre líneas en El capital, sino expresada abiertamente en los textos políticos del propio Marx, de Engels y de Lenin. Ésta es la cuestión número uno del Movimiento obrero internacional desde que se «fusionó» con la teoría marxista.
Los lectores pueden pasar después a la sección VII («La acumulación del capital»), que es muy clara. Marx explica ahí que la tendencia del capitalismo consiste en reproducir y ampliar la base misma del capital, ya que consiste en transformar en capital la plusvalía extraída a los proletarios; es decir, que el capital no deja de «hacer bola de nieve» para extraer siempre más plustrabajo (plusvalía) a los proletarios. Y Marx lo muestra con una magnífica «ilustración» concreta: la de Inglaterra de 1846 a 1866.
En cuanto a la sección VIII («La acumulación originaria»), que cierra el Libro I, contiene el segundo gran descubrimiento de Marx. El primero es el descubrimiento de la «plusvalía». El segundo es el descubrimiento de los medios increíbles por los cuales se realizó la «acumulación originaria» gracias a la cual, junto con la existencia de una masa de «trabajadores libres» (es decir, desprovistos de medios de trabajo) y la existencia de descubrimientos tecnológicos, el capitalismo pudo «nacer» y desarrollarse en las sociedades occidentales. Estos medios son los de la peor violencia, del robo y de las masacres que le abrieron al capitalismo su vía regia en la historia humana. Este último capítulo contiene riquezas prodigiosas que aún no han sido explotadas, en particular la tesis (que deberemos desarrollar) de que el capitalismo nunca ha dejado de emplear, y sigue empleando en pleno siglo XX, en las «márgenes» de su existencia metropolitana, es decir, en los países coloniales y excoloniales, los medios de la peor violencia.
Por ello recomiendo insistentemente el siguiente método de lectura:
1) Dejar deliberadamente de lado, en una primera lectura, la sección I («La mercancía y el dinero»).
2) Comenzar la lectura del Libro I por la sección II («La transformación del dinero en capital»).
3) Leer atentamente las secciones II, III («La producción de la plusvalía absoluta») y IV («La producción de la plusvalía relativa»).
4) Dejar de lado la sección V («Nuevas investigaciones sobre la plusvalía»).
5) Leer atentamente las secciones VI («El salario»), VII («La acumulación del capital») y VIII («La acumulación originaria»).
6) Comenzar por fin a leer, con infinitas precauciones, la sección I («La mercancía y el dinero»), sabiendo que seguirá siendo siempre extremadamente difícil de comprender, incluso después de varias lecturas de las otras secciones, sin la ayuda de ciertas explicaciones profundas.6
Garantizo que los lectores que quieran observar escrupulosamente este orden de lectura, recordando lo que se ha dicho de las dificultades políticas y teóricas de cualquier lectura de El capital, no se arrepentirán.
Punto II
Paso ahora a las dificultades teóricas que obstaculizan una lectura rápida, e incluso, en ciertos puntos, una lectura muy atenta del Libro I de El capital.
Recuerdo que es apoyándose en estas dificultades como la ideología burguesa trata de convencerse —¿pero realmente lo logra?— de que desde hace tiempo «refutó» la teoría de Marx.
La primera dificultad es de orden muy general. Radica en el simple hecho de que el Libro I no es más que el primer libro de una obra que consta de cuatro.
Digo bien: cuatro. Pues si generalmente se conoce la existencia de los libros I, II y III, e incluso si se los ha leído, se suele pasar por alto el Libro IV, suponiendo que se sospeche siquiera su existencia.
El «misterioso» Libro IV solo es misterioso para quienes piensan que Marx es un «historiador» más, autor de una Historia de las doctrinas económicas, ya que con ese título aberrante Molitor, si se puede decir, tradujo7 cierta obra profundamente teórica, que en realidad se llama Teorías de la plusvalía.
Sin duda el Libro I de El capital es el único que Marx publicó en vida; los Libros II y III fueron publicados después de su muerte, en 1883, por Engels, y el Libro IV por Kautsky.8 En 1886, en el prólogo a la edición inglesa, Engels podía decir que el Libro I «constituye un todo en sí mismo». De hecho, cuando no se disponía de los libros siguientes, había que «considerarlo como una obra independiente».
Ya no es ése el caso hoy. En efecto, disponemos de los cuatro libros, en alemán9 y en francés.10 Señalo a quienes puedan hacerlo que les conviene mucho remitirse constantemente al texto alemán, para verificar la traducción no sólo del Libro IV (pues está plagada de errores graves), sino también de los Libros II y III (algunas dificultades terminológicas no siempre están resueltas), y, por último, del Libro I, traducido por Roy en una versión que Marx revisó completamente de su puño y letra y, en ciertos pasajes, corrigió e incluso aumentó sensiblemente. Porque Marx, que desconfiaba de las capacidades teóricas de los lectores franceses,11 a veces atenuó peligrosamente la claridad de las expresiones conceptuales originales.
El conocimiento de los otros tres libros permite resolver un cierto número de las grandes dificultades teóricas del Libro I, sobre todo aquellas concentradas en la temible sección I («La mercancía y el dinero»), alrededor de la famosa teoría del «valor-trabajo».
Atrapado en una concepción hegeliana de la ciencia (para Hegel, no existe ciencia que no sea filosófica, y, en ese sentido, toda verdadera ciencia debe fundar su propio comienzo), Marx pensaba entonces que «en toda ciencia, el comienzo es arduo». De hecho, la sección I del Libro I se presenta con un orden de exposición cuya dificultad se debe en buena parte a ese prejuicio hegeliano. Marx redactó una decena de veces ese comienzo antes de darle su forma «definitiva», como si tropezara con una dificultad que no era sólo de simple exposición, y con razón.
Doy en pocas palabras el principio de la solución.
La teoría del «valor-trabajo» de Marx, que todos los «economistas» e ideólogos burgueses le reprocharon con condenas irrisorias, es comprensible, pero sólo lo es como un caso particular de una teoría que Marx y Engels llamaron la «ley del valor» o ley de distribución de la cantidad de fuerza de trabajo disponible entre las distintas ramas de la producción, distribución indispensable para la reproducción de las condiciones de producción. «Hasta un niño» la entendería, dice Marx ya en 1868, en términos que desmienten, por tanto, el inevitable «comienzo arduo» de toda ciencia. Sobre la naturaleza de esta ley remito, entre otros textos, a las cartas de Marx a Kugelmann de los días 6 de marzo y 11 de julio de 1868.12
La teoría del «valor-trabajo» no es el único punto difícil en el Libro I. Es necesario mencionar también la teoría de la plusvalía, bestia negra de los economistas e ideólogos burgueses, que la acusan de ser «metafísica», «aristotélica», «inoperante», etc. Pues bien, esa teoría de la plusvalía también sólo es comprensible como un caso particular de una teoría más amplia: la teoría del plustrabajo.
El plustrabajo existe en toda «sociedad». En las sociedades sin clases, una vez descontada la parte necesaria para la reproducción de las condiciones de producción, se reparte entre los miembros de la «comunidad» (primitiva, comunista). En las sociedades de clases, una vez descontada la parte necesaria para la reproducción de las condiciones de producción, es extraído por las clases dominantes a las clases explotadas. En la sociedad de clases capitalista, donde por primera vez en la historia la fuerza de trabajo se convierte en mercancía, el plustrabajo extraído toma la forma de la plusvalía.
Tampoco aquí me extiendo: me limito a indicar el principio de la solución, cuya demostración exigiría argumentos detallados.
El Libro I contiene todavía otras dificultades teóricas, vinculadas con las anteriores o con otros problemas.
Por ejemplo, la teoría de la distinción que hay que introducir entre valor y forma-valor; por ejemplo, la teoría de la cantidad de trabajo socialmente necesario; por ejemplo, la teoría del trabajo simple y del trabajo complejo; por ejemplo, la teoría de las necesidades sociales; por ejemplo, la teoría de la composición orgánica del capital; por ejemplo, la famosa teoría del «fetichismo» de la mercancía y su ulterior generalización.
Todas estas cuestiones —y muchas otras más— constituyen verdaderas dificultades objetivas, a las que el Libro I da soluciones provisionales o parciales. ¿Por qué esta insuficiencia?
Hay que saber que cuando Marx publicó el Libro I de El capital, ya tenía redactado el Libro II y una parte del Libro III (este último en forma de esbozos). De cualquier modo, como lo prueba su correspondencia con Engels,13 tenía «todo en la cabeza», al menos en principio. Pero, materialmente, no era posible que Marx pudiera poner «todo sobre el papel» en el Libro I de una obra que debía constar de cuatro libros. Además, aunque Marx tenía «todo en la cabeza», no disponía de todas las respuestas a las preguntas que ya tenía en la cabeza, y en ciertos puntos el Libro I lo refleja. No es casualidad que sólo en 1868, es decir, un año después de la publicación del Libro I, Marx escribiera que la comprensión de la «ley del valor», de la que depende la comprensión de la sección I, está al alcance de un «niño».
El lector del Libro I debe convencerse, entonces, de un hecho perfectamente comprensible si considera que Marx se adentraba, por primera vez en la historia del conocimiento humano, en un Continente virgen: el Libro I contiene soluciones a problemas que solo se plantearán en los Libros II, III y IV, y también problemas cuyas soluciones solo se demostrarán en esos mismos libros.
Es, en lo esencial, este carácter de «suspenso» o, si se prefiere, de «anticipación» el que determina la mayoría de las dificultades objetivas del Libro I. Por lo tanto, hay que tenerlo claro y sacar la consecuencia: leer el Libro I teniendo presentes los Libros II, III y IV.
Existe, sin embargo, un segundo orden de dificultades que constituyen un verdadero obstáculo para la lectura del Libro I. Estas dificultades no tienen que ver ya con el hecho de que El capital consta de cuatro libros, sino con ciertas supervivencias, en el lenguaje e incluso en el pensamiento de Marx, de la influencia del pensamiento de Hegel.
Como se sabe, hace tiempo14 intenté defender la idea de que el pensamiento de Marx era fundamentalmente distinto del pensamiento de Hegel; es decir, que entre Hegel y Marx hay un verdadero corte, o ruptura, como se quiera. Cada vez estoy más convencido de que esta tesis es correcta. Sin embargo, debo reconocer que la presenté de manera demasiado tajante al afirmar que esta ruptura podía situarse en 1845 (Tesis sobre Feuerbach, La ideología alemana). En realidad, algo decisivo comienza efectivamente en 1845, pero Marx necesitó un trabajo muy largo de revolución intelectual para registrar en conceptos realmente nuevos la ruptura consumada con el pensamiento de Hegel. El famoso Prólogo de 1859 (a la Contribución a la crítica de la economía política) es todavía profundamente hegeliano-evolucionista. Los «Grundrisse», que datan de 1857-1859, también están profundamente marcados por el pensamiento de Hegel, cuya Gran Lógica Marx había releído con entusiasmo en 1858.
Cuando aparece el Libro I de El capital (1867), aún quedan huellas de influencia hegeliana. Éstas no desaparecerán por completo sino más tarde: la Crítica del programa de Gotha (1875)15 y las Notas marginales sobre Wagner (1882)16 están totalmente exentas de toda traza de influencia hegeliana.
Para nosotros, es de la más alta importancia saber de dónde venía Marx: venía del neohegelianismo, que era un retorno de Hegel a Kant y Fichte, luego del feuerbachismo puro, después del feuerbachismo con inyección de Hegel (los Manuscritos de 1844),17 antes de reencontrar a Hegel en 1858.
Importa también saber hacia dónde se dirigía. La tendencia de su pensamiento lo impulsaba irresistiblemente a abandonar de manera radical, como se ve en la Crítica del programa de Gotha de 1875 y en las Notas sobre Wagner de 1882, toda sombra de influencia hegeliana. Al abandonar definitivamente esa influencia, Marx no dejaba de reconocer una deuda importante con Hegel: haber sido el primero en concebir la historia como un «proceso sin sujeto».
Teniendo en cuenta esta tendencia, podemos valorar como supervivencias en vías de ser superadas las influencias hegelianas que subsisten en el Libro I.
Ya he señalado esas huellas en el problema típicamente hegeliano del «comienzo arduo» de toda ciencia, del que la Sección I del Libro I es una clara manifestación. Muy concretamente, esa influencia hegeliana puede localizarse en el vocabulario que Marx utiliza en esa Sección I: en el hecho de que hable de dos cosas totalmente distintas —la utilidad social de los productos, por un lado, y el valor de cambio de esos mismos productos, por el otro— con un término común: «valor»; de un lado, valor de uso, y del otro, valor de cambio. Si Marx clava en la picota con la energía que conocemos al tal Wagner (ese vir obscurus) en las Notas marginales de 1882, es porque Wagner finge creer que, como Marx usa el mismo término valor en ambos casos, el valor de uso y el valor de cambio provienen de una escisión (hegeliana) del concepto de «valor». El hecho es que Marx no tuvo el cuidado de eliminar el término valor de la expresión «valor de uso» y hablar, como habría sido necesario, simplemente de utilidad social de los productos. De ahí que se entienda por qué Marx, en 1873, en el posfacio a la segunda edición alemana de El capital, vuelve sobre sí mismo y reconoce que incluso se arriesgó, «en el capítulo sobre la teoría del valor» (precisamente la Sección I), a «coquetear» (kokettieren) «con la terminología particular de Hegel». De ello debemos sacar la consecuencia, lo que supondría, en el límite, reescribir la Sección I de El capital, de manera que se convierta en un «comienzo» que ya no sea «arduo», sino simple y fácil.
La misma influencia hegeliana aparece en la imprudente fórmula del capítulo XXXII de la Sección VIII del Libro I, donde Marx, hablando de la «expropiación de los expropiadores», declara: «es la negación de la negación». Imprudente, porque no ha dejado de causar estragos, aunque Stalin tuviera razón, por su parte, al suprimir «la negación de la negación» de las leyes de la dialéctica, si bien en beneficio de otros errores aún más graves.
Última huella de la influencia hegeliana, esta vez flagrante y extremadamente dañina (pues todos los teóricos de la «reificación» y de la «alienación» encontraron en ella un «fundamento» para sus interpretaciones idealistas del pensamiento de Marx), es la teoría del fetichismo («El carácter fetichista de la mercancía y su secreto», cuarta parte del capítulo I de la Sección I).
Se comprenderá que no pueda extenderme aquí sobre estos puntos, que exigirían toda una demostración. Los señalo, sin embargo, porque, junto con el muy equívoco y (¡ay!) célebre Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859), cargado de hegelianismo y de evolucionismo (el evolucionismo es el hegelianismo de lo pobre), han causado estragos en la historia del Movimiento obrero marxista. Señalo que ni por un momento Lenin cedió a la influencia de esas páginas hegeliano-evolucionistas, sin lo cual no habría podido combatir la traición de la II Internacional, edificar el Partido bolchevique, conquistar, a la cabeza de las masas populares rusas, el poder del Estado para instaurar la dictadura del Proletariado y comprometerse en la construcción del socialismo.
Señalo también que, para desgracia de ese mismo Movimiento comunista internacional, Stalin convirtió el Prólogo de 1859 en su texto de referencia, como puede constatarse en el capítulo de la Historia del Partido Comunista (bolchevique) titulado «Materialismo dialéctico y materialismo histórico» (1938), lo que explica, sin duda, muchas cosas de lo que se llama con un término nada marxista «la época del culto a la personalidad». Volveremos a esta cuestión en otro momento.
Agrego aún una advertencia para evitar en el lector del Libro I un grave malentendido que, esta vez, ya no tiene que ver con las dificultades que acabo de evocar, sino con la necesidad de leer muy de cerca el texto de Marx.
Este malentendido se refiere al objeto del que se habla a partir de la Sección II del Libro I («La transformación del dinero en capital»). Marx habla ahí de la composición orgánica del capital, señalando que, en la producción capitalista, existe para todo capital dado una fracción (digamos el 40 %) que constituye el capital constante (materias primas, edificios, maquinaria, herramientas) y otra fracción (digamos el 60 %) que constituye el capital variable (gasto en compra de fuerza de trabajo). El capital constante se llama así porque permanece constante en el proceso de producción capitalista: no produce valor nuevo, permanece constante. El capital variable se llama variable porque produce un valor nuevo, superior a su valor anterior, por el juego de la extracción de la plusvalía (que ocurre en el uso de la fuerza de trabajo).
Sin embargo, la gran mayoría de los lectores, incluidos naturalmente los «economistas» que, por su deformación profesional de técnicos de la política económica burguesa, que están condenados, me atrevo a decir, a este «error», cree que Marx hace, con ocasión de la composición orgánica del capital, una teoría de la empresa o, usando términos marxistas, una teoría de la unidad de producción. Pero Marx dice exactamente lo contrario: habla siempre de la composición del capital social total, aunque use un ejemplo aparentemente concreto cuando da cifras (por ejemplo, sobre 100 millones, capital constante = 40 millones, 40 %, y capital variable = 60 millones, 60 %). Marx no habla entonces, en ese ejemplo con cifras, de una empresa u otra, sino de una «fracción del capital total». Razona, para comodidad del lector y para «fijar ideas», sobre un ejemplo «concreto» (es decir, con cifras), pero este ejemplo concreto sólo le sirve de ilustración para hablar del capital social total.
Desde ese punto de vista, señalo que no se encuentra en El capital ninguna teoría de la unidad de producción ni de la unidad de consumo capitalistas. Sobre estos dos puntos, por lo tanto, la teoría de Marx está por completarse.
Señalo también la importancia política de esta confusión, que fue definitivamente disipada por Lenin en su teoría del Imperialismo.18 Se sabe que Marx proyectaba tratar en El capital el «mercado mundial», es decir, la tendencia expansiva de las relaciones de producción capitalistas a todo el mundo. Esa «tendencia» encontró su forma acabada en el Imperialismo. Es muy importante medir la importancia política decisiva que Marx y la Primera Internacional habían percibido perfectamente.
En efecto, si la explotación capitalista (extracción de plusvalía) existe en las empresas capitalistas donde se emplea a los obreros asalariados (y éstos son sus víctimas y por lo tanto testigos directos), esa explotación local sólo existe como parte de un sistema de explotación generalizado, que se extiende, de forma ramificada, de las grandes empresas industriales urbanas a las empresas capitalistas agrarias, y luego a las formas complejas de otros sectores (artesanía urbana y rural, explotaciones «agrícolas familiares», empleados y funcionarios, etc.), no sólo en un país capitalista, sino en todos los países capitalistas, y finalmente en el resto del mundo entero (mediante la explotación colonial directa con apoyo de la ocupación militar —colonialismo—, y luego indirecta, sin ocupación militar —neocolonialismo—).
Existe entonces una verdadera Internacional capitalista de hecho, que desde finales del siglo XIX se convirtió en la Internacional imperialista, a la que el Movimiento obrero y sus grandes dirigentes (Marx y luego Lenin) respondieron con una Internacional obrera (la Primera, la Segunda y la Tercera Internacional). Los militantes obreros reconocen este hecho en su práctica de Internacionalismo proletario. Concretamente, esto significa que saben muy bien:
1) que son directamente explotados en la empresa (unidad de producción) capitalista en la que trabajan;
2) que no pueden llevar la lucha únicamente en el plano de su sola empresa, sino que deben también luchar en el plano de su rama productiva nacional (federaciones sindicales de la Metalurgia, la Construcción, el Transporte, etc.), luego en el plano del conjunto nacional de las diferentes ramas de producción (por ejemplo, una Confederación general de trabajadores) y finalmente en el plano mundial (por ejemplo, una federación sindical mundial).
Esto en lo que respecta a la lucha de clases económica.
Lo mismo ocurre, naturalmente, pese a la desaparición formal de la Internacional, en lo que respecta a la lucha de clases política. Por eso hay que leer el Libro I a la luz no sólo del Manifiesto («¡Proletarios de todos los países, únanse!»), sino también de los estatutos de la Primera, la Segunda y la Tercera Internacional, y, por supuesto, a la luz de la teoría leninista del Imperialismo.
Decir esto no significa en absoluto salirse del Libro I de El capital y ponerse a «hacer política» con respecto a una obra que, al parecer, trataría solamente de «economía política». Es, por el contrario, tomar en serio el hecho de que Marx, con un descubrimiento prodigioso, abrió al conocimiento científico y a la práctica consciente de los seres humanos un nuevo continente: el Continente-historia. Y, como toda ciencia nueva, ese descubrimiento se prolongó en la historia de esa ciencia y en la práctica política de quienes se reconocieron en ella. Si Marx no pudo escribir el capítulo de El capital que proyectaba redactar bajo el título de «Mercado mundial», fundamento del Internacionalismo proletario en respuesta a la Internacional capitalista primero, y luego imperialista, la Primera Internacional, fundada por Marx en 1864, ya tres años antes de la publicación del Libro I de El capital había comenzado a escribir en los hechos ese mismo capítulo, cuya continuación escribió Lenin, no sólo en El imperialismo, fase superior del capitalismo, sino también en la fundación de la Tercera Internacional (1919).
Todo esto es, por supuesto, si no incomprensible, al menos muy difícil de entender cuando se es un «economista» o un «historiador», y más aún cuando se es un simple «ideólogo» de la burguesía. Todo esto es, en cambio, muy fácil de comprender cuando se es un proletario, es decir, un obrero asalariado «empleado» en la producción capitalista (urbana o agraria).
¿Por qué esta dificultad? ¿Por qué esta relativa facilidad? Creí poder recordarlo, siguiendo los propios textos de Marx y las precisiones que da Lenin cuando, en los primeros tomos de sus Obras, comenta El capital de Marx. La razón es que los intelectuales burgueses o pequeñoburgueses tienen un «instinto de clase» burgués (o pequeñoburgués), mientras que los proletarios tienen un instinto de clase proletario. Los primeros, cegados por la ideología burguesa, que hace todo lo posible por ocultar la explotación de clase, no pueden ver la explotación capitalista. Los segundos, en cambio, a pesar de la ideología burguesa y pequeñoburguesa que pesa terriblemente sobre ellos, no pueden dejar de ver esa explotación, ya que constituye su vida cotidiana.
Para comprender El capital, y por lo tanto su Libro I, es necesario «ponerse en posiciones de clase proletarias», es decir, situarse en el único punto de vista que hace visible la realidad de la explotación de la fuerza de trabajo asalariada, que es la que sostiene todo el capitalismo.
Esto es, guardando las proporciones y con tal de que luchen contra la influencia de la ideología burguesa y pequeñoburguesa que pesa sobre ellos, relativamente fácil para los obreros. Como ellos tienen «por naturaleza» un «instinto de clase» formado por la dura escuela de la explotación diaria, les basta una educación adicional, política y teórica, para comprender objetivamente lo que sienten subjetiva e instintivamente. El capital les brinda este suplemento de educación teórica en forma de explicaciones y demostraciones objetivas, lo que les ayuda a pasar del instinto de clase proletario a una posición (objetiva) de clase proletaria.
Pero esto es extremadamente difícil para los especialistas y demás «intelectuales» burgueses y pequeñoburgueses (incluidos los estudiantes). Pues una simple educación de su conciencia no basta, ni tampoco la simple lectura de El capital. Deben realizar una verdadera ruptura, una verdadera revolución en su conciencia, para pasar de su instinto de clase necesariamente burgués o pequeñoburgués a posiciones de clase proletarias. Es sumamente difícil, pero no absolutamente imposible. La prueba: el propio Marx, hijo de una buena burguesía liberal (su padre era abogado), y Engels, de la alta burguesía capitalista y, durante veinte años, capitalista él mismo en Mánchester. Toda la historia intelectual de Marx puede y debe entenderse así: como una larga, difícil y dolorosa ruptura para pasar de su instinto de clase pequeñoburgués a posiciones de clase proletarias, posiciones que él contribuyó de manera decisiva a definir en El capital.
Es un ejemplo que puede y debe meditarse, pensando en otros ejemplos ilustres, en primer lugar el de Lenin, hijo de un pequeñoburgués ilustrado (maestro progresista), y convertido en dirigente de la Revolución de Octubre y del proletariado mundial en la etapa del Imperialismo, etapa suprema, es decir, última del capitalismo.19
Louis Althusser
Marzo de 1969

1 1845. Obra que permaneció inédita en vida de Marx. Traducción en Éditions sociales, París.
2 Los «Grundrisse», manuscritos de Marx (1857-1859). Traducción francesa en curso de publicación en Éditions Anthropos, París.
3 Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Traducción en Éditions sociales, París.
4 Véase por ejemplo el comienzo del texto de Lenin: L’État et la Révolution, Éditions sociales, París.
5 Estas fórmulas no son polémicas, son conceptos científicos firmados por la mano de Marx en El capital.
6 Cf. Une science révolutionnaire. Presentación del Libro I de El capital, Éditions Maspero, París, 1969.
7 Éditions Costes, París.
8 El Libro II en 1885, el Libro III en 1894, el Libro IV en 1905.
9 Editorial Dietz, Berlín.
10 Éditions sociales, París, para los Libros I, II, III. Éditions Costes, para el Libro IV.
11 Véase más adelante, en la página 46, el texto de la carta de Marx a La Châtre, su editor francés.
12 Cf. Lettres sur le Capital, Éditions sociales, París, pp. 197 y 229.
13 Lettres sur le Capital, Éditions Sociales, París.
14 Cf. Pour Marx, Éditions Maspero, París, 1965.
15 Éditions sociales, París.
16 Le Capital, Éditions sociales, París, tomo III, pp. 241-253.
17 Éditions sociales, París.
18 L’Impérialisme, stade suprême du capitalisme, Éditions Sociales, París.
19 Engels dio, en un artículo publicado en 1868 en el Demokratisches Wochenblatt de Leipzig, un luminoso resumen del Libro I de El capital. Su traducción francesa puede encontrarse en el tomo III de El capital, Ediciones Sociales, pp. 219-225.

Rudimentos de bibliografía crítica1
Proponemos distinguir entre:
I. Textos anteriores al Libro I de El capital (1867), que pueden servir a la vez para la comprensión de los trabajos de investigación de Marx que desembocaron en El capital y para la comprensión de El capital mismo.
1. El Manifiesto (1847).
2. Miseria de la filosofía (1847): crítica de Proudhon.
3. Trabajo asalariado y capital (1848): conferencias ante un público obrero sobre dos conceptos clave de la teoría del modo de producción capitalista.
Después de 1850, al día siguiente del aplastamiento de las revueltas proletarias en toda Europa, Marx, retirado en Londres, decidió «recomenzar por el comienzo», en economía política, de la cual hasta entonces sólo poseía un conocimiento indirecto y superficial. Realizó trabajos encarnizados en biblioteca, sobre los economistas, los informes de los inspectores de fábricas y toda la documentación disponible (cf. las cartas de esa época en Lettres sur le Capital).
4. Los «Grundrisse», conjunto de manuscritos preparatorios de la Contribución a la crítica de la economía política, que apareció en 1859. Sólo una parte de estos textos pasó a la Contribución. La notable «Introducción» a la Contribución permaneció inédita. En numerosos pasajes de los Grundrisse (traducción en curso en Éditions Anthropos, bajo el título desafortunado de «Fundamentos de la crítica de la economía política»), se advierte una fuerte influencia hegeliana, combinada con resabios de humanismo feuerbachiano. Junto con La ideología alemana, los Grundrisse suministrarán todas las citas dudosas que necesitan las interpretaciones idealistas de la teoría marxista: puede preverse sin riesgo alguno de error.
5. La Contribución a la crítica de la economía política (1859), cuyo núcleo (teoría del dinero) pasó a la sección I del Libro I de El capital. El célebre Prefacio se encuentra, por desgracia, profundamente marcado por una concepción hegeliana evolucionista, que desaparecerá en un noventa y nueve por ciento en El capital y por completo en los textos posteriores de Marx.
6. Salarios, precio y ganancia (1865). Conferencias de Marx ante un público obrero. Texto muy importante, en el que los conceptos de El capital ya aparecen claramente establecidos.
7. La correspondencia sobre El capital, anterior a 1867, reunida en francés bajo el título Lettres sur Le Capital. En ella se observa, en vivo, cómo Marx se informa con el excelente «capitalista» que fue Engels acerca de los procesos de trabajo, los instrumentos de trabajo (las máquinas), la composición orgánica del capital en una empresa, la rotación de las distintas fracciones del capital, etc. Se ve a Marx someter a Engels sus hipótesis y resultados, formularle preguntas y tomar en cuenta sus respuestas. Se descubre en esas cartas que, mucho antes de 1867, Marx ya tenía en mente lo esencial de El capital, no sólo del Libro I, sino también de los Libros II y III, puesto que habla largamente de la teoría de la renta del suelo y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (que sólo aparecerán en el Libro III, publicado después de su muerte por Engels).
II. Textos posteriores a El capital, ya sea de Marx o de otros grandes autores (Engels, Lenin, etc.).
Textos de doble uso: esclarecer El capital en cierto número de puntos difíciles o facilitar considerablemente su lectura; prolongar las investigaciones de la teoría fundada por Marx, mostrando su fecundidad en aplicaciones concretas.
8. La segunda parte del Anti-Dühring de Engels (1877), que resume con gran claridad lo esencial de las tesis del Libro I.
9. La Crítica del Programa de Gotha, de Marx (1875). Simples «Randglossen» (Notas marginales), de puño y letra de Marx, sobre el proyecto de Programa común mediante el cual el «Partido Obrero Socialdemócrata» (marxista) y la «Asociación General de los Trabajadores Alemanes» (lassalleana) concluyeron la unidad orgánica de sus dos organizaciones en el Partido Socialdemócrata Alemán. No se tomó en cuenta ninguna de las críticas de Marx y de Engels, quienes pensaron deslindarse públicamente de la nueva organización, pero renunciaron a ello porque la burguesía «vio en el Programa lo que no estaba en él». Las simples Notas de Marx no tienen precio. Tratan de los principios que deben guiar toda política de unidad, de la revolución y del socialismo, cuatro años después de la Comuna de París. En ellas se encuentra material para fundar una teoría del Derecho: el Derecho es siempre burgués. No es la «propiedad colectiva» (noción jurídica) «de los medios de producción», sino su «apropiación colectiva» lo que define el modo de producción socialista. Tesis fundamental: no debe confundirse las relaciones jurídicas con las relaciones de producción.
La historia de las desventuras de la Crítica resulta edificante. Prohibida su publicación por la dirección del Partido Socialdemócrata, sólo pudo aparecer… dieciséis años más tarde, gracias a Engels, quien tuvo que maniobrar con la misma dirección y sólo logró su objetivo por un margen mínimo. La dirección del Partido Socialdemócrata se oponía radicalmente a la publicación de las Notas críticas de Marx «para no perjudicar la unidad con nuestros camaradas lassalleanos»…
10. Las Notas marginales sobre Wagner, de Marx (1882). El último texto salido de la mano de Marx, recortado en varias páginas en la traducción francesa de las Éditions sociales (Le Capital, tomo III, pp. 241-253). En él se ve, de manera irrefutable, hacia dónde tendía el pensamiento teórico de Marx: ya no queda la menor sombra de influencia humanista-feuerbachiana o hegeliana.
11. Prefacios y artículos de Engels, reunidos en francés bajo el título Études sur le Capital. Análisis de primer orden, muy claros, pero afectados, como ocurre a veces en Engels —quien poseía rasgos de genio teórico—, por algunas deficiencias (por ejemplo, la tesis de que la «ley del valor» dejaría de regir después del… siglo XIV).
12. ¿Quiénes son los «Amigos del pueblo»?, de Lenin (ediciones de Moscú, traducción francesa, 1894: Lenin tenía veinticuatro años). Crítica de la ideología idealista-humanista de los populistas. Exposición de los principios epistemológicos del descubrimiento científico de Marx. Afirmación categórica de que la dialéctica de Marx no tiene nada que ver con la de Hegel.
13. El desarrollo del capitalismo en Rusia, de Lenin (1899: Lenin tenía veintinueve años). La única obra de sociología científica que existe en el mundo, que todos los sociólogos deberían estudiar con cuidado. Aplicación de la teoría del modo de producción feudal y capitalista a la formación social rusa de fines del siglo XIX, donde las relaciones de producción y de intercambio capitalistas se apoderan del campo, desplazando a las relaciones de producción feudales. Esta obra resume lo esencial de los numerosos estudios que Lenin consagró, de 1894 a 1899, en su crítica a los «economistas» populistas y «románticos», a las tesis fundamentales del Libro II de El capital, en textos de una claridad y un rigor impresionantes. Texto que debe ponerse en relación con La cuestión agraria de Kautsky (1903), que Lenin apreciaba mucho, y sobre todo con «Nuevos datos sobre las leyes del desarrollo del capitalismo en la agricultura» (1915: tomo XXII de la edición francesa de las Œuvres complètes), donde Lenin aborda la «paradoja» del alto desarrollo capitalista de las pequeñas explotaciones agrícolas en los Estados Unidos, junto a las grandes explotaciones capitalistas. Los «especialistas» franceses en «cuestiones agrarias» tendrían el mayor interés en leer de cerca este texto, muy actual, y en aprender cómo debe «tratarse» la estadística oficial.
14. Marxismo y revisionismo, de Lenin (1908).²
15. Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, de Lenin (1913).
16. Vicisitudes históricas de la doctrina de Karl Marx, de Lenin (1913).
17. El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin (1916).
18. El Estado y la revolución, de Lenin (1917).
Me detengo aquí en esta pequeña bibliografía crítica.
Existe un número considerable de ensayos, en general críticos o muy críticos, consagrados a la «interpretación» de la teoría de Marx y, en particular, de El capital. Punto de sensibilidad particular: la sección I del Libro I, ante todo las teorías del «valor-trabajo», de la «plusvalía» y de la «ley del valor». Estos trabajos pueden encontrarse en la mayoría de las librerías especializadas, a simple solicitud.
L. A.

1 Salvo que se indique lo contrario, las obras citadas existen en traducción francesa en las Éditions sociales, París.
2 Las obras citadas de Lenin existen en traducción francesa en las Œuvres complètes (edición francesa) o en fascículos separados.

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