Georges Bataille / Hacia la Revolución real

 

De la fraseología revolucionaria al realismo *

 

El problema de la Revolución, de la toma del poder, debe plantearse en términos positivos y precisos, relacionados con una realidad inmediata.
Se ha establecido la costumbre de considerar la Revolución pendiente dentro de unas circunstancias históricas lejanas, y por consiguiente imposibles de representar de una manera rigurosa. La pereza ha llevado a las mentes a imaginar de una forma vaga un desarrollo que repite el de las revoluciones pasadas.
En detrimento de cualquier consideración realista, la atención permanece prendida en la página política cotidiana y en algunos principios cuyo valor no está sometido a crítica.
Toda la política revolucionara está dominada por el esquema de la toma del poder por el proletariado, concebido por Marx como el resultado de una proletarización creciente.
Las mentes están obsesionadas por el recuerdo de la gran revolución rusa, en la que la descomposición resultante del destronamiento del régimen autocrático permitió al partido proletario apoderarse del poder.
En la práctica, unas consideraciones de este tipo no conducen a ninguna aplicación, ni siquiera a un mero plan de acción, y la propaganda del partido, la lucha electoral, se ha convertido en el único objetivo real. La Revolución ha entrado en la nebulosa de las frases convencionales y de las afirmaciones de principios.
Ligada por una parte al mantenimiento de una construcción teórica anacrónica, y por otra a la confusión práctica entre el trabajo rutinario de los partidos y las intervenciones decisivas de la conquista del poder, la actividad intelectual revolucionaria ha quedado reducida a su nivel más bajo.

 

Concepciones anacrónicas y concepciones actuales de la Revolución

 

El proletariado actual no es lo suficientemente amplio cuantitativamente como para derribar el régimen establecido.
Tampoco es capaz de arrastrar a las masas populares en un movimiento destinado a destruir en su propio beneficio la democracia burguesa.
Si queremos proseguir la lucha emprendida en su nombre, debemos enfrentarnos a esta impotencia actual.
Debemos averiguar qué condiciones permitieron a las minorías revolucionarias del pasado rebelarse eficazmente contra la sociedad capitalista. Debemos saber si estas condiciones pueden presentarse otra vez.
Si parece probable que no volverán a darse, no debemos seguir mirando hacia atrás y sí, en cambio, considerar decididamente las formas de actividad revolucionaria apropiadas a la situación real, a la situación presente.
En numerosas ocasiones, las posibilidades del proletariado sólo han aparecido en el curso del desarrollo de las revoluciones clásicas, liberales. Las revoluciones liberales fueron el resultado de las crisis de los regímenes autocráticas. De la crisis actual de los regímenes democráticos deben resultar necesariamente unas revoluciones de un nuevo tipo, precisas de nuevas situaciones revolucionarias. El error fundamental de las concepciones revolucionarias tradicionales consiste en el desconocimiento de estas diferencias esenciales, en el desconocimiento de unas condiciones de lucha totalmente nuevas, que no ofrecen en ningún momento la posibilidad de movimientos análogos a la Comuna de París o al Octubre ruso.

 

Las crisis de los regímenes autocráticos y las revoluciones clásicas o liberales

 

Para caracterizar las situaciones revolucionarias y las revoluciones modernas, es necesario determinar en primer lugar cuáles son las características de las revoluciones clásicas.
Deben ser designadas con el nombre de revoluciones liberales las que han tenido como consigna esencial y como principio de exaltación la abolición de una tiranía y la instrauración de la libertad
Todas ellas se alzaron contra un poder monárquico o imperial. Con o sin derramamiento de sangrem cada una de ellas abatió una cabeza soberana.
Es necesario fijar la atención sobre el papel esencial e inicial desempeñado por en esos movimientos históricos violentos por las cabezas derribadas. Un levantamiento popular generalizado es la condición necesaria para el éxito de una insurrección. Ninguna insurrección se ha desarrollado eficazmente en una ciudad controlada por una autoridad normal si la población no le era favorable en su conjunto. Es el propio soberano cuya autoridad ha pasado a ser intolerable para la gran mayoría del pueblo quien reúne contra él a los insurrectos cuyo acuerdo se limita a un solo punto, la voluntad de acabar con la domiunación que se ejerce sobre ellos. Si en una sociedad determinada no existe un soberano irresponsable que ejerza personalmente el poder, no es posible la concrencración necesaria para el desarrollo extremo del motín. Aunque se produzca una crisis acentuada, los sufrimientos y las iras crean unos movimientos de sentidos divergentes.
Pero cuando una cabeza soberana desempeña su papel de unificación de las multitudes insurrectas, cuando la divergencia de los movimientos sólo se produce después del triunfo de la unsurrección, la Revolución, gracias a la efervescencia resultante de la conmoción sufrida, cala más hondo; las reindivicaciones fundamentales de las masas oprimidas aparecen con una fuerza creciente que sólo encuentra frente a ella la debilidad de un gobierno insurreccional provisional.

 

La insurrección proletaria sólo es posible durante el período de liquidación de la autocracia anterior a la estabilización democrática

 

En todas las insurrecciones liberales, el proletariado ha aportado la fuerza decisiva, no sólo por su numero y violencia sino también por su significativo valor humano. Su violento impulso revolucionario, hecho de cóleras acumuladas, ha sido utilizado en cada ocasión por los dirigentes burgueses y liberales que aprovechaban un motín para apoderarse del poder. Pero el poder basado en las insurrrecciones liberales siempre ha decepcionado a las masas a que debía su existencia. Regularmente, el escamoteo de la Revolución ha llevado a los proletarios a una segunda insurrección hecha esta vez a partir de sus propias consignas.
La posibilidad de esta segunda insurrección es lo que constituye la oportunidad, la única oportunidad posible, del proletariado. Al estar basada la autoridad contra la que se rebela en oposición al principio de autoridad (en general , en una primera insurrección), está relativamente desarmada. Así pues, la segunda fase de una revolución burguesa ofrece al proletariado una ocasión que no puede renovarse si a continuación se estabiliza un régimen de democracia burguesa.
Todos los ejemplos de luchas proletarias llevadas con alguna posibilidad de éxito en nombre del propio proletariado se han desarrollado en estas condiciones precisas; fue de estas condiciones sería imposible citar la más vaga tentativa de derrocamiento del poder. 1

 


* Texto extraído de Georges Bataille, Obras escogidas, Ed. Fontamara.
1 La enumeración de los intentos proletarios no es numerosa: en Francia, junio de 1848 y marzo de 1871; en Rusia, octubre de 1917; en Alemania y en Hungría, los movimientos dirigidos después de la guerra por Jurt Eisner y Bela Kun; en China, los diferentes movimientos desarrollados a lo largo de un período de extrema inestabilidad que todavía no ha concluido; en España, la insurrección de Asturias. Debo indicar que la experiencia sólo es citada aquí subsidiariamente: las situaciones que intento exponer no tienen un carácter empírico: proceden de un intento de análisis general de la superestructura social y de las leyes de sus transformaciones. La imposibilidad de la insurrección proletaria al margen de unas condiciones determinadas es un dato teórico confirmado por la experiencia. Lamento no publicar ahora más que las conclusiones generales de un trabajo analítico en lugar del propio trabajo analítico. Pero aún así considero que dichas conclusiones se bastan a sí mismas. De momento debo limitarme a remitir al lector preocupado por el método al estudio que en 1933-1934 publiqué en los nos. 10 y 11 de La critique sociale bajo el título de «Estructura psicológica del fascismo»; aunque también ahí se trate de una primera exposición muy embrionaria y desgraciadamente difícil de seguir dado el conjunto de conceptos nuevos que me he visto obligado a introducir bajo una forma suscinta.
Añado a esta indicación general que el análisis de los procesos que caracterizan la superestructura no implica el desconocimiento de las realidades económicas que condicionan dichos procesos.