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Georges Bataille / América desaparecida

 

La vida de los pueblos civilizados de América precolombina no sólo es prodigiosa para nosotros por el hecho de su descubrimiento y su instantánea desaparición, sino también porque sin duda jamás la demencia humana ha concebido una excentricidad más sanguinaria: ¡crímenes continuos cometidos a pleno sol por la mera satisfacción de pesadillas deificadas, fantasías aterradoras! Comidas caníbales de los sacerdotes, ceremonias con cadáveres y con arroyos de sangre, más que una aventura histórica evoca los deslumbrantes excesos descritos por el ilustre marqués de Sade.
Es verdad que esta observación concierne sobre todo a México. Perú representa quizá un espejismo singular, una incandescencia de oro solar, un resplandor, una riqueza perturbadora: la realidad no corresponde a esta sugerencia. La capital del imperio inca, Cuzco, estaba situada sobre una meseta elevada al pie de una suerte de acrópolis fortificada. Esta ciudad tenía un carácter de grandeza pesada y masiva. Casas altas construidas en cuadros de rocas enormes, sin ventanas exteriores, sin ornamento y cubiertas en paja, daban a las calles un aspecto medio sórdido y triste. Los templos que dominaban los techos eran de una arquitectura igualmente desnuda: sólo el frontón estaba todo recubierto por una placa de oro repujado. A este oro hay que añadir las telas de colores brillantes con que se cubrían los personajes ricos y elegantes, pero nada bastaba para disipar una impresión de mediocre salvajismo y sobre todo de uniformidad embrutecedora.
Cuzco era, en efecto, la sede de uno de los Estados más administrativos y regulares que los hombres hayan formado. Después de conquistas militares importantes, debidas a la organización meticulosa de un gigantesco ejército, el poder del Inca se extendía sobre una región considerable de América del Sur, Ecuador, Perú, Bolivia, norte de Argentina y de Chile. En este dominio abierto por caminos, un pueblo entero obedecía a las órdenes de los funcionarios como se obedece a los oficiales en los cuarteles. El trabajo estaba repartido, los matrimonios decididos por los funcionarios. La tierra y las cosechas pertenecían al Estado. Los festejos eran fiestas religiosas del Estado. Todo se encontraba previsto en una existencia sin aire. Esta organización no debe ser confundida con la del comunismo actual: ella difería de éste esencialmente, puesto que reposaba sobre la herencia y la jerarquía de las clases.
En estas condiciones, no es sorprendente que haya relativamente pocos trazos brillantes que reportar de la civilización Inca. Incluso los horrores son poco impactantes en Cuzco. Con la ayuda de lazos se estrangulaba a las raras víctimas en los templos, aquel del Sol, por ejemplo, cuya estatua de oro masivo, fundida desde la conquista, conserva a pesar de todo un prestigio mágico. Las artes, aunque muy brillantes, no presentan empero más que un interés de segundo orden: los tejidos, los vasos en forma de cabezas humanas o de animales son notables. Pero en esta comarca hay que buscar en otra parte, y no entre los incas, una producción verdaderamente digna de interés. En Tihuanaco, en el norte de Bolivia, la famosa puerta del Sol ya da testimonio de una arquitectura y de un arte prestigiosos que hay que atribuir a una época muy anterior. De las cerámicas, diversos fragmentos se unen en estilo a esta puerta milenaria. En suma, en la época misma de los incas, son los pueblos de la costa, de civilización más antigua, los autores de los objetos más curiosos.
Colombia, Ecuador, Panamá, las Antillas presentaban igualmente en la época de la conquista civilizaciones muy desarrolladas cuyo arte nos sorprende hoy. Incluso hay que atribuir a los pueblos de esas regiones una parte de las estatuillas fantásticas, con rostros de ensueño que sitúan al arte precolombino en las preocupaciones actuales. No obstante, hay que precisar de inmediato que nada en la América desaparecida puede, según nosotros, igualarse a México, región en la cual hay que distinguir por otra parte dos civilizaciones muy diferentes, aquella maya qu’itché y la de los mexicanos propiamente dichos. La civilización maya qu’itché en general pasa por haber sido la más brillante y la más interesante de todas las de la América desaparecida. En efecto, sus producciones son las que probablemente se aproximan más de aquellas que los arqueólogos tienen costumbre de señalar como notables.
Se desarrolló en una época anterior por algunos siglos a la conquista española en la región oriental de América central, en el sur del México actual, exactamente en la península de Yucatán. Estaba en plena decadencia cuando llegaron los españoles.
El arte maya ciertamente es más humano que ningún otro en América. Aunque no hubo ciertamente influencia, es difícil no aproximarlo a las artes contemporáneas de Extremo Oriente, al arte khmer por ejemplo, del cual tiene el carácter de vegetación pesada y exuberante: uno y otro se desarrollaron por lo demás bajo un cielo de plomo en países demasiado calientes y malsanos. Los bajorrelieves mayas representan a los dioses con forma humana, pero pesada y monstruosa, muy estilizada, sobre todo muy uniforme. Se los puede mirar como sumamente decorativos. En efecto, forman parte de conjuntos arquitectónicos muy prestigiosos, que fueron los primeros que permitieron que las civilizaciones de América rivalizaran con las grandes civilizaciones clásicas. En Chichén Itzá, en Uxmal, en Palenque, se descubren aún las ruinas de templos y de palacios imponentes, a veces ricamente trabajados. Se conocen, por lo demás, los mitos religiosos y la organización social de esos pueblos. Su desarrollo tuvo ciertamente una gran influencia y ha determinado en gran parte a la civilización del altiplano, pero su arte no deja de tener algo de nacido muerto, llanamente repugnante a despecho de la perfección de la riqueza del trabajo.
Si se quiere aire y violencia, poesía y humor, no se los hallará más que en los pueblos de México central que han alcanzado un alto grado de civilización poco antes de la conquista, es decir, en el transcurso del siglo XV.
Sin duda los mexicanos que encontró Cortés no eran sino bárbaros recientemente cultivados. Habiendo llegado del norte, en donde llevaban la vida errante de los pieles rojas, ni siquiera han asimilado de manera brillante lo que tomaron de sus predecesores. Así, su sistema de escritura, análogo al de los mayas es empero inferior. No importa: entre los diversos indios de América, el pueblo azteca, cuya muy poderosa confederación se apoderó de casi todo el México actual durante el siglo XV, no deja de ser el más vivo, el más seductor; incluso por su violencia demente, por su paso de sonámbulo.
En general los historiadores que se han ocupado de México se han ido hasta cierto punto presas de la incomprensión. Si se tiene en cuenta, por ejemplo la manera literalmente extravagante de representar a los dioses, las explicaciones desconciertan por su debilidad.
“Cuando uno pone los ojos en un manuscrito mexicano, dice Prescott, uno queda impactado de ver ahí las más grotescas caricaturas del cuerpo humano, cabezas monstruosas, enormes, sobre pequeños cuerpos enfermizos, deformes, cuyos contornos son rígidos, angulosos, pero si se mira más de cerca, se vuelve claro que se trata menos de un ensayo torpe de representar la naturaleza que de un símbolo convencional para expresar la idea de la manera más clara, más impactante. Es así como las piezas de mismo valor en un juego de ajedrez corresponden entre ellas por la forma, pero ofrecen muy poco parecido con los objetos que se supone representan.”
Esta interpretación de las deformaciones horribles o grotescas que perturbaron a Prescott nos parece hoy insuficiente. Sin embargo, si se remonta a la época de la conquista española, se encontrará sobre este punto una explicación verdaderamente digna de interés. El monje Torquemada atribuye los horrores del arte mexicano al demonio que obsesionaba al espíritu de los indios: “Las figuras de sus dioses, dice, eran semejantes a las de sus almas por el pecado en que vivían sin fin.”
Una aproximación se impone evidentemente entre la manera de representar los diablos entre los cristianos y los dioses entre los mexicanos.
Los mexicanos eran probablemente tan religiosos como los españoles, pero mezclaban con la religión un sentimiento de horror, de terror, aliado a una especie de humor negro más espantoso que el horror. La mayoría de sus dioses son feroces o extrañamente malhechores. Tezcatlipoca parece obtener un placer inexplicable de ciertas “supercherías”. Sus aventuras, contadas por el cronista español Sahagún, forman una curiosa contrapartida de la Leyenda Dorada. A la miel cristiana se opone el aloe azteca, a la curación de los enfermos, bromas siniestras. Tezcatlipoca se pasea en medio de las multitudes jugueteando y bailando con un tambor: la multitud danza en tropel y se apresura absurdamente hacia los abismos en donde los cuerpos se despedazan y mutan en rocas. Sahagún cuenta así otra “mala pasada” del Dios nigromante: “Llovió un chaparrón de piedras y a continuación una gran roca llamada techcalt. A partir de ese momento, una vieja india viajaba en un lugar llamado Chapultepec cuitlapilco, ofreciendo a la venta pequeñas banderas de papel gritando: ‘¡Hay banderitas!’. Cualquiera que decidiera morir decía: ‘Cómprenme una banderita’, y cuando se la habían comprado, llegaba al lugar del techcalt, en donde se lo mataba sin que a nadie se le ocurriera decir: ‘¿Qué es lo que nos pasa?’ Y todos estaban como enloquecidos.”
Parece muy evidente que los mexicanos obtenían un placer turbio en este género de mistificación. Es incluso probable que estas catástrofes de pesadilla les hicieran reír de cierta manera. Así hemos llegado a comprender directamente alucinaciones tan delirantes como los dioses de los manuscritos. El coco o el chamuco son palabras que se asociaron a esos personajes violentos, malas bromas siniestras, llenos de humor malintencionado, así como ese dios Quetzalcóatl que hace grandes deslizamientos desde lo alto de las montañas sentado sobre una tablita…
Los demonios esculpidos de las iglesias de Europa serían comparables por completo con ellos (participaban sin duda alguna de la misma obsesión esencial) si tuvieran también el carácter de poder, la grandeza de los fantasmas aztecas, los más sanguinarios de todos lo que han poblado las nubes terrestres.
Sanguinarios al pie de la letra, como cada uno lo sabe. No hay uno solo de ellos al que no se haya salpicado de sangre periódicamente para festejarlo. Las cifras citadas varían: sin embargo, es posible admitir que el número de víctimas anuales alcanzaba como mínimo varios miles sólo en la ciudad de México. El sacerdote hacía que se mantuviera a un hombre con el vientre al aire, la espalda arqueada sobre una especie de gran mojón y le abría el tronco golpeándolo violentamente con un golpe de cuchillo de piedra brillante. Cortados así los huesos, el corazón era tomado con las puras manos de la apertura inundada de sangre y arrancado violentamente con una habilidad y una presteza tales que esta masa sangrienta continuaba palpitando orgánicamente durante algunos segundos encima de la brasa roja: a continuación el cadáver repelido rodaba con pesadez hasta lo más bajo de una escalinata. Finalmente, al caer la noche, todos los cadáveres eran desollados, descuartizados y cocidos, y los sacerdotes venían a comerlos.
Éstos no se contentaban por lo demás con inundarse de sangre, ni con inundar con ella los muros del templo, los ídolos, las flores brillantes que colmaban el altar: en ciertos sacrificios que comportaban la desolladura inmediata del hombre herido, el sacerdote exaltado se cubría el rostro con la piel sangrante del rostro y el cuerpo con la del cuerpo. Así revestido con este traje increíble, rogaba a su dios con delirio.
Pero aquí es el lugar para precisar con insistencia del carácter sorprendentemente feliz de esos horrores. México no era sólo el más rebosante de los rastros de hombres, también era una ciudad rica, verdadera Venecia con canales y pasarelas, templos decorados y sobre todo bellos jardines de flores. Incluso sobre las aguas se cultivaban flores con pasión. Se adornaba con ellas los altares. Antes de los sacrificios se hacía bailar a las víctimas “llevando collares y guirnaldas de flores. Tenían también rodelas floreadas y juncos perfumados que sahumaban y olían alternativamente.”
Uno imagina fácilmente los enjambres de moscas que debían arremolinarse en la sala del sacrificio cuando ahí la sangre chorreaba. Mirbeau, que los soñaba ya para su Jardín de los suplicios escribía que “en ese medio de flores y de perfumes eso no era ni repugnante, ni terrible”.
La muerte, para los aztecas, era nada. Pedían a sus dioses no sólo que les permitieran recibir la muerte con alegría, sino incluso ayudarles a encontrar en ella encanto y dulzura. Querían ver a las espadas y a las flechas como golosinas. Esos guerreros feroces sin embargo no eran sino hombres afables y sociables como todos los demás, que amaban reunirse para beber y hablar. También era de uso corriente en los banquetes aztecas emborracharse con alguno de los diversos estupefacientes de los que hacían uso habitualmente.
Parece que hubiera habido en ese pueblo de valor extraordinario un gusto exasperante por la muerte. Se entregó a los españoles presa de una suerte de locura hipnótica. La victoria de Cortés no es un hecho de fuerza, sino de un verdadero hechizo. Como si esa gente hubiera vagamente comprendido que una vez llegado a ese grado de feliz violencia la única salida era, para ellos como para las víctimas con las cuales apaciguaban a sus dioses festivos, una muerte súbita y aterradora.
Ellos mismos han querido servir hasta el final de “espectáculo” y de “teatro” para esos personajes lunáticos, “servir de entretenimiento”, de “diversión”. En efecto, es así como concebían su extraña agitación. Extraña y precaria, porque murieron tan bruscamente como un insecto que se aplasta.

Traducción de Manuel Hernández García.

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