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Félix Guattari / Revolución molecular y lucha de clases

Intervención de Félix Guattari en el Cuarto Encuentro Internacional de Alternativas a la Psiquiatría (Cuernavaca, Morelos, septiembre de 1978). En él, también estuvieron presentes Franco Basaglia, David Cooper, Mony Elkaïm, Carlos Monsiváis, entre otros. El texto puede encontrarse en Sylvia Marcos (coord.), Antipsiquiatria y politica, Extemporáneos, 1980, pp. 55-67.

 

Antes de entrar en materia quiero darles las gracias a todos por tan caluroso recibimiento. Voy, a lo largo de mi plática, a poner en duda y hasta atacar duramente la práctica de la psicología, la de la psiquiatría y especialmente la del psicoanálisis tal y como lo conozco. No es mi intención importar modelos antipsiquiátricos o antipsicoanalíticos; no creo en la utilidad de este tipo de importaciones culturales, como tampoco creo en la universalidad de los conceptos en estos terrenos. Mis cuestionamientos irán dirigidos específicamente contra lo que conozco de Europa. Pienso, por ejemplo, que un nuevo tipo de práctica y de teoría psicoanalíticas se desarrollarán ahora, tomo me parece que sucede en el seno de la corriente argentina. Todas las alternativas quedan abiertas.
Las pretensiones de parte de los psi, tendientes a justificar su acción de control social por medio de argumentos científicos, me parecen sospechosas. Lo que hacen, de hecho, no es ciencia, sino la recuperación de ella para negar la existencia de problemas políticos reales y concretos a los que no quieren enfrentarse. Con esto no quiero decir que no existan problemas de orden teórico que tienen que debatirse; muy al contrario. Este tipo de problemas pertenecen, esencialmente, a los campos político y social y únicamente después a un campo científico específico. Opino que no se puede uno conformar con una división del trabajo tal que confíe, por una parte, el cambio social político a los políticos de profesión y, por la otra, los problemas del inconsciente de la readaptación social de la salud mental a los especialistas psi. Hoy día, estoy convencido de que no se puede hablar de inconsciente sin hablar de política al mismo tiempo. En otras palabras, creo que pertenece al militante, a los trabajadores ligados a los problemas de la salud mental, vigilar que los conceptos y las prácticas relativos al inconsciente no sean capitalizados por las formaciones de poder dominante. En este sentido, trataré de reexaminar la noción misma del inconsciente. Así, la nueva definición de inconsciente habrá de responder a problemas reales políticos y sociales a los que nos enfrentamos todos.
En cuanto a la destrucción del hospital psiquiátrico, por ejemplo, pienso que no podremos hacer efectiva nuestra acción si nos basamos en técnicas tradicionales, que de nada nos servirán para acabar con los métodos de encuadramiento y control social que en Europa son particularmente intensivos en lo que se refiere a la infancia. De la misma manera, en el plano político, si no disponemos de nuevas armas conceptuales, nada podremos contra el desconocimiento de numerosos militantes para con problemas que día con día se agudizan y que comprenden no sólo marginalidades tradicionales, sino también aquellas nuevas que no cesan de aparecer, si tomamos en cuenta todas las categorías sociales que son objeto de discriminación, entre ellas, los enfermos mentales, los homosexuales y los drogados, para mencionar sólo algunas.
El enfoque que propongo es muy personal; está ligado a mi práctica profesional, a una práctica de militancia. No pretendo de ninguna manera que sea científico ni pretendo imponerlo a nadie. Lo planteo aquí por si a alguien le conviene y puede aprovecharlo en su propia práctica.
Creo que es importante señalar que el concepto de marginalidad no se define siempre en los mismos términos. Si hacemos un poco de historia, encontramos una cierta continuidad entre los mendigos, los vagabundos y los tipos de población que han sido objeto de las grandes empresas de confinamiento (renfermement), de los grandes encierros descritos por Foucault. Me parece, sin embargo, necesario rebasar la visión puramente axiológica del concepto; por ejemplo, en el dominio de la marginalidad en relación al trabajo, no se puede aceptar la idea de una categoría del desempleo siempre igual a sí misma, que atravesara la historia. En cada época esta cuestión se plantea en términos diferentes. Hoy día ciertos economistas consideran que un importante volumen de desempleo es un elemento normal y hasta esencial de la producción capitalista. La crisis económica mundial nos muestra que el desempleo existente en el mundo es un problema que va más allá del mero estar al margen de la fuerza colectiva de trabajo, creándose así una nueva forma de marginación similar a la de los estudiantes de nivel superior en Italia y Francia, los que, al no poder entrar a formar parte de las elites, constituyen una especie de subproletariado.
Un concepto que me parece a mí muy importante es el de micropolítica. Cualquier problema, sea individual o familiar, psicopatológico, caracterológico, psicosexual o esté relacionado con la delincuencia, nos remite siempre a intereses micropolíticos inseparables de la problemática política a más grande escala. Es posible que la gente que está afectada por ese tipo de problemas no tenga la menor idea de que este problema se ubica a un nivel micropolítico. La cuestión es saber si los especialistas van o no a reforzar los componentes enajenantes, si van o no a reforzar el desconocimiento de problemas reales en virtud de la posición de poder que ocupan. En la actualidad, las asociaciones de profesionistas y en particular los especialistas de la psicología toman un papel cada vez más preponderante en la sociedad. Mony Elkaïm señalaba en Cuernavaca que el hecho de que trabajadores de la salud mental salgan del hospital para trabajar en lo que en Europa se llama «el sector» (visitas domiciliarias, equipo extrahospitalario o servicios de salud mental comunitaria), no ha resuelto el problema.
De hecho los trabajadores de la salud mental en el sector no sólo no logran abolir el papel de enmarcamiento (encadrement) y de control social, sino que lo refuerzan ampliándolo a poblaciones nuevas. Eso no es debido ni a un concepto teórico erróneo ni a una mala voluntad de los trabajadores de la salud mental sino fundamentalmente al desarrollo de la política de integración al capitalismo mundial.
Actualmente el capitalismo tiende a funcionar cada vez más a nivel internacional, tanto en el terreno de la producción como en el de la explotación, así como en el de la generalización de la represión y del control social. Dicho de otro modo: los poderes de estado tradicionales y las formaciones de poder ligadas al poder del estado no desempeñan ya el mismo papel que desempeñaban a finales del siglo XIX y principios del XX. Este nuevo modo de producción, que llamaremos el capitalismo mundial integrado, se desliga cada vez más del poder centralizado del estado. Para reproducirse, sin duda necesita disponer de todo un ejército de fuerzas represivas a pequeña y gran escala que controle. También necesita, esencialmente, dominar el inconsciente por medio de múltiples equipamientos colectivos y por la intervención de los mass media, a fin de garantizar lo que yo llamaría el sujetamiento semiótico de la fuerza de trabajo (este sujetamiento toma como objeto tanto la moralización de la familia nuclear, la del pensamiento de lo imaginario, como los procedimientos de la educación, del deporte, de la cultura, etc.). Así, pues, no sólo necesita del ejército tal como lo está usando en Nicaragua y en Irán, sino también de otro tipo de ejército, de un ejército mucho más diferenciado, al que difícilmente se le puede localizar dentro de las coordenadas políticas tradicionales; un ejército que requiere de estados mayores (así es por lo menos en lo que se refiere a Europa), que dependen siempre menos de la Iglesia y de los partidos políticos, y siempre más de todo tipo de castas de especialistas y tecnócratas.
Hoy, a través de los medios de comunicación masiva y los equipamientos sociales, se explica a una madre cómo criar a sus hijos; los psicólogos tienen bien puesto el ojo sobre cualquier desviación que pueda presentarse en un niño en edad escolar y hasta se calcula con computadoras, en función de tal o cual posición social y en función de tal o cual disturbio, lo que se volverá ulteriormente. En esta forma, se le puede orientar sobre tal tipo de establecimiento especializado o consulta conveniente. De aquí se entiende que el papel de los psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, trabajadores en general de la salud mental, educadores, reeducadores, etc., no es de ninguna manera secundario en nuestra sociedad; día con día se vuelve cada vez más indispensable en la formación y regulación por categorías de la fuerza colectiva de trabajo.
Tenemos, entonces, un sistema que integra los problemas políticos a nivel del estado, y otro que integra problemas micropolíticos a nivel del individuo y de la familia. Debemos admitir que este último está dando, al menos en los países capitalistas desarrollados, muchos frutos, llegando, en un punto extremo, a una verdadera sumisión colectiva hada el orden establecido. Esto significa que el capitalismo mundial integrado llegará a producir una suerte de fascismo mundial (como el que Orwell describe en una novela célebre: 1984), en virtud de que este tipo de cosas no están en juego únicamente en los países capitalistas desarrollados ni únicamente a nivel de las fuerzas políticas tradicionales de dichos países. Muchos otros factores decisivos intervienen y crean contradicciones que hacen, según mi opinión, que la estrategia de la famosa Comisión Trilateral, la estrategia de reestructuración del capitalismo mundial integrado, vaya al fracaso pese a sus aparentes éxitos actuales. La primera de estas contradicciones es la de que, al lado de las luchas obreras en los países capitalistas desarrollados, aparecen nuevas luchas que generalmente son mal entendidas por el estado mayor de los partidos y los sindicatos. Estas luchas comprenden, entre otras muchas, las luchas de emancipación femenina, las de los desempleados; las de los jóvenes que rechazan el trabajo como lo conocen, por ejemplo la de los jóvenes trabajadores italianos por un nuevo modo de vida; las luchas antinucleares y contra la contaminación ambiental; contra un cierto modelo centralista económico y cultural; las que surgen de regiones completamente anegadas ecológicamente, y las luchas de las «minorías» sexuales que culminan en la ilegalidad.
Con altas y bajas, se está gestando un nuevo panorama político, donde ese tipo de luchas no constituyen ya una vanguardia, una minoría. En Francia surgen luchas de masas considerables como la de las mujeres para imponer la nueva legislación sobre el aborto y la contracepción; las luchas en las regiones europeas como Córcega, Bretaña y los países Vascos, que movilizan varias categorías sociales. El capitalismo mundial integrado no tiene con qué dar trabajo, en su concepto de trabajo, al conjunto del proletariado mundial y reduce a la marginalidad categorías cada vez más amplias de la población.
La burguesía, desde siempre, ha intentado con lujo de cuidado formar sus propias elites (la gente que será la encargada de dirigir las fábricas, la justicia, la universidad, los periódicos, la literatura). Pero los modelos elitistas no tienen ningún valor para la masa de la población. ¿Qué significan, hoy, para un joven marginado italiano los valores familiares tradicionales paternalistas? ¿Qué significan para él los valores de trabajo en un mundo en pleno desasosiego, con montones y montones de desempleados? ¿Qué significa cursar una carrera universitaria, cuando se sabe que ésta servirá solamente para enajenar a otros? Hay dos parámetros objetivos: las materias primas y la energía, que parecen amenazar particularmente las perspectivas del capitalismo mundial. He aquí una especie de cuello de botella. Queda totalmente excluido que en los países del Tercer Mundo se pueda desarrollar el mismo tipo de burguesía que en los países desarrollados; paralelamente, queda excluido que el mismo tipo de clase obrera se desarrolle en los países del Tercer Mundo. Entre el norte y el sur se está dando, esquemáticamente, una nueva lucha de clases. Este norte y este sur, hay que entenderme bien, no son solamente geográficos. En el seno de cada país existen, también, un norte y un sur; existe un capitalismo periférico en los países del Tercer Mundo y existe un Tercer Mundo en los países capitalistas desarrollados. Este fenómeno está a punto de escapar del poder del estado, de la burguesía, de la burocracia política y sindical de todo tipo.
Me parece, no obstante, que es necesario «dar al César lo que es del César» y reconocer que el capitalismo en la última década fue capaz de emplear un sistema relativamente congruente y relativamente coherente. Si se espera una revolución socialista de parte del proletariado tal como hasta hoy se ha concebido, que se extienda en el planeta y que resuelva los problemas en los cuales se debate el Tercer Mundo, lo siento mucho pero es una ilusión. El capitalismo mundial ha integrado toda una franja de la clase obrera, trabajadores técnicos y científicos, en los países desarrollados. En este sentido, el proletariado alemán, por ejemplo, en lugar de ser revolucionario y trabajar por la revolución mundial, entra en un consenso represivo que amenaza hundir a Europa entera.
Existe un nuevo tipo de agrupación, un nuevo tipo de alianza que es la que debe formarse y en cuyo seno ¡una cierta clase obrera! jugará un papel muy importante, que no será necesariamente el dominante, pues en este nuevo tipo de agrupación habrá que renunciar a un cierto tipo de jerarquización.
Allí harán alianza la lucha de mujeres y todas las formas nuevas de lucha mencionadas anteriormente. Este nuevo proletariado hay que encontrarlo, hay que llegar a él porque no es un proletariado educado, puro, como lo fue el de la Tercera Internacional. Entonces sí, evidentemente, un nuevo proletariado. constituido por desempleados, por obreros especializados, trabajadores emigrados, los marginados y los assistes, etc., tendrá su lugar en la lucha y un lugar fundamental. Hoy existe, innegablemente, una enorme distancia entre los aparatos políticos, los aparatos sindicales y este proletariado. Hay que empezar por eliminar del vocabulario la horripilante palabra «lumpenproletariado» porque evidentemente no se trata de esto; el proletariado marginal está muy lejos de ser un lumpenproletariado; más aún, es a veces un proletariado aristócrata, que piensa, que lee, que escribe, que busca cambiar la vida y las relaciones sociales.
No creo, por ejemplo, que la dirección del capitalismo mundial integrado pueda fácilmente localizarse en el capitalismo germano-americano. Existen centros de decisión múltiples dispersos en todos los ámbitos del planeta, un capitalismo periférico cuyos objetivos son dobles. Cada quien habla de sus propias fuerzas productivas para conservar una economía de ganancia y de utilidad, siempre y cuando se mantenga una segregación de clases. El capitalismo mundial integrado tiene que establecer alianzas y compromisos entre fuerzas completamente heterogéneas al no disponer de fuerzas sociales homogéneas, como podría ser la burguesía francesa del siglo XIX; así, se hace posible la coexistencia de un régimen de democracia burguesa, de regímenes fascistas como el del Sha de Irán y regímenes pseudo-socialistas, entre los que se dan diversas formas de alianza. El ejemplo más reciente es la alianza entre el gobierno de la China Popular y el gobierno de Irán.
Ahora bien, es en relación con la nueva lucha de clases a nivel mundial que se puede pensar y de hecho se dan nuevas alianzas entre las nuevas y las antiguas marginalidades. Hago esta anotación porque pienso que los problemas micropolíticos sólo pueden abordarse situándolos dentro del marco de la política mundial, que tiende a alterar cada sociedad especialmente en el campo que nos interesa aquí. Nosotros debemos admitir que el tipo de metabolismo inconsciente que aparece en las nuevas luchas no corresponde ya en absoluto al modelo antiguo. Tenemos, pues, necesidad de un nuevo concepto del inconsciente.
El inconsciente freudiano se forjó en Viena, en los días más o menos de la gran burguesía; el psicoanálisis lacaniano en barrios que bien valen los de Viena. Si hemos de atacar al psicoanalista freudiano, lacaniano, junguiano, no es porque estemos en contra del análisis ni porque neguemos la existencia del inconsciente, sino porque denunciamos a las personas que no hacen análisis, puesto que ponen en circulación un concepto del inconsciente que no sólo no sirve para nada en el campo social, sino que va a crearnos las peores dificultades para resolver los problemas relativos, precisamente, a la noción de revolución molecular. Los problemas de salvaguarda de la vida de la gente de hoy; los problemas del deseo que lleva a rechazar la fatalidad y la desesperanza a las que están condenados cientos de millones, no son explicables a través del esquema mecánico familiarista del freudismo, ni por las eternas identificaciones con el padre, ni por el logro más o menos completo de ese examen de graduación que es el complejo de castración. Toda esta mecánica existe, sin duda, pero a nivel de una cierta elite tradicional.
El inconsciente freudo-lacaniano está individualizado, es personológico y familiarista; pone en juego imagos y componentes imaginarios; se dirige hacia el pasado y se apoya en una psicogénesis, destacando la infancia, no puede revelarse más que por la transferencia y la interpretación y es, finalmente, significante. Con este inconsciente no podemos hacer nada; no tenemos nada que ver con él. Necesitamos un inconsciente que nos permita comprender no solamente lo que sucede a nivel de individuos aislados, sino colectivamente; no sólo a nivel de grupos de individuos, sino también de grupos de órganos, de grupos de funciones, de procesos materiales, ecológicos, fisiológicos, etnológicos, económicos y políticos de cualquier naturaleza. En otras palabras, este inconsciente no está hecho sólo de palabras, sino de cadenas de significantes que ponen en juego elementos de espacio, elementos de percepción, elementos biológicos; cadenas semióticas y económicas que las intervenciones de los medios de comunicación masiva ponen en juego. El inconsciente, me espetarán, responderán ustedes, es todo lo que dicen: es imaginario, espacial, económico. Pero diciendo esto, lo reducen a la categoría de lo significante de tipo lacaniano y requieren de esa categoría que explique el funcionamiento del inconsciente. Poco importa, entonces, asociarlo con esto, a partir del momento en que socialmente se reduce a significante de una subjetividad individualizada. La fórmula clave del lacanismo está en decir que un significante representa a un sujeto para otro significante; el inconsciente está, por lo tanto, ligado a una especie de material transemiótico que es el significante y que es inseparable del sujeto. A todo eso, contestaré que no tenemos necesidad de especialistas de este tipo de inconsciente, funcionarios a los que se les remunera muy bien y que, en Francia al menos, ya no pagan impuestos. No necesitamos personas que pretenden ser neutras y se benefician con los problemas del inconsciente. Los verdaderos problemas del inconsciente no son neutros ni benefactores. No existe ni un solo problema del inconsciente que no implique una problemática micropolítica a nivel de la familia, de la empresa, de la escuela, del barrio o grupo social en el que se halla inmerso. Esta micropolítica plantea problemas políticos fundamentales.
Estando como estoy convencido de que existe un continuum inevitable que necesariamente debemos asumir entre el problema del capitalismo mundial integrado y el de la sintomatología relacionada con el inconsciente, no es incongruente de mi parte decir que, hoy en día, nuestra lucha contra la psiquiatría y el psicoanálisis dominante involucra a todo tipo de personas: a los psiquiatrizados, a los trabajadores de la salud mental, a todos los grupos sociales que están ligados a este problema, e incluso, también, a aquellas personas que, como los camaradas sandinistas de Nicaragua, luchan con las armas en la mano en este frente contra el capitalismo mundial integrado.
Las sociedades en el seno de las cuales estamos implicados no ponen ya en juego sujetos individuales sino lo que yo llamaría agenciamientos, es decir, conjuntos en los que ciertamente hay individuos, pero donde existen también componentes sociales sean éstos de la naturaleza que sean; sistemas de intercambios económicos, de formación profesional, etc. Lo que el capitalismo pone a trabajar no es nunca un individuo total, sino una función u otra que entra en relación con sistemas de máquinas o conjuntos sociales. Estos agenciamientos constituyen el inconsciente, que no está habitado por imagos familiares ni por formaciones del yo, como dicen los psicoanalistas anglosajones. El inconsciente no es un pequeño teatro en el que se representan graciosas escenas entre papá, mamá e hijo.
Un movimiento que lleva a la ruptura radical en el campo social histórico trabaja en el inconsciente más individualizado. El sueño, el fantasma y el símbolo ya no son el camino real del inconsciente. El camino real del inconsciente no pasa por lo imaginario; pasa por la práctica real social, individual o colectiva, que puede poner en juego a multitudes enteras. De ninguna manera es lo que hicieron de él los estructuralistas al reducirlo a juegos de significantes, a una especie de matemática que no sirve más que de barrera para que el psicoanálisis dependa únicamente de castas profesionales y se reduzca a una especie de sistema de iniciación: usted aprende la lengua secreta de los psicoanalistas y, si es bien disciplinado y suficientemente rico para seguir un análisis durante muchísimo tiempo, entonces, quizá, un día puede hacerse psicoanalista.
Este inconsciente es reductor y esta redacción es un golpe de estado contra el inconsciente. No es más que una manera de imponer la formación de poder constituida por los especialistas y que está asentada no en las cámaras ni en el gobierno, sino en las fábricas, en las escuelas, en las cárceles y en todos los lugares donde se presentan problemas de producción y de control social. Lo importante ahora es saber si este modelo de inconsciente reductor se va a reproducir en la práctica o si va a encontrarse para cuestionarlo. ¿Se comportarán ustedes como especialistas o como aliados de todo lo que en el campo social tiende a cambiar este poder?
Para concluir diré, simplemente, que el modelo de inconsciente que necesitamos no puede ser reducido ni a imágenes, ni a familias, ni a lenguaje, ni a una técnica de lectura ni de interpretación a través de la transferencia. El inconsciente real de hoy está hecho también de problemas económicos, monetarios, de espacio; problemas del cuerpo, biológicos; de problemas de represión social. Es un inconsciente heterogéneo al que sólo puede tomársele colectivamente. Está delante de nosotros, al alcance de la mano; no detrás, en los arquetipos, en la estructura, en los complejos, cuya llave la tendrían sólo los especialistas.
El análisis de este inconsciente es, a la vez, un problema político y un problema micropolítico, que compromete a todas las estructuras represivas con las que habrán de enfrentarse, allá donde ustedes trabajen.

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