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La Iglesia y el Estado (littoral)

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El jurista reaccionario Carl Schmitt, conocido por su crítica radical del liberalismo burgués, es por esta razón injuriado por los biempensantes y otros demócratas contemporáneos, voceros del estado de derecho. Sin embargo, y podríamos decirlo tanto a pesar de Schmitt como a pesar de los demócratas actuales, una parte de la teoría del renano se aplica bastante bien a los estados «demócratas» occidentales de los años 2000. Pensamos aquí en los textos de Schmitt dedicados al traslado de las categorías teológicas de la Iglesia católica a los Estados de derecho. Si bien Schmitt, escribiendo estos textos, no tenía en mente los Estados contemporáneos que no podía conocer, nos es forzoso admitir que este traslado se aplica también a tales Estados. En efecto, los Estados modernos llevan consigo tanto las formas como las aspiraciones secularizadas de la Iglesia. Y si esto les avergüenza, es tal vez porque tales aspiraciones son peligrosas, e incluso apocalípticas. Con ayuda de dos textos de Schmitt, El valor del Estado y el significado del individuo (1914) y La visibilidad de la Iglesia: una consideración escolástica (1917), quisiéramos destacar los aspectos más mortíferos de la Iglesia que nuestros queridos Estados modernos han preservado. Y si tanto la Iglesia como nuestros Estados no son los promotores oficiales del Fin de los Tiempos, es forzoso admitir que ambos se perciben como regímenes de los Tiempos del Fin. Y que estos Tiempos no invocan nada bueno.

 

El derecho es Dios, el Estado es la Iglesia, los ciudadanos son los fieles

 

Pero el principio de esta religión [católica], el axioma primitivo en el cual descasaba en todo el universo hasta antes de los innovadores [protestantes] del siglo XVI, era la infalibilidad de la enseñanza, de la cual resulta el respeto ciego hacia la autoridad, la abnegación de todo racionamiento individual, y por consiguiente la universalidad de creencia.
Joseph de Maistre, Reflexiones sobre el protestantismo

 

En el texto de 1914, El valor del Estado y el significado del individuo, Carl Schmitt propone una analogía, e incluso una homología, entre la trinidad que organiza teológicamente la vida de los cristianos y otra trinidad que organiza políticamente la vida de los individuos. Schmitt toma como modelos comparativos la Iglesia católica y el Estado de derecho. Para él, los tres términos de cada modelo encuentran su paralelo en el otro modelo. Así, Dios, fuente de verdad, de perfección y de inmutabilidad, encuentra su correspondencia en el derecho. El derecho es aquí percibido como la fuente más elevada y más fiable de veracidad, la insuperable norma del bien. Esto quiere decir que, incluso si la Constitución a veces puede exigir correcciones, el derecho esencial, por su parte, seguirá siendo siempre la norma absoluta, la referencia a la cual los otros términos tendrán que procurar ajustarse. En segundo lugar, Schmitt traza un paralelo entre la Iglesia y el Estado. Estas dos instituciones poseen el mismo rol de mediador entre el primer y el tercer término. Las dos instituciones constituyen la visibilidad de la fuente de verdad, que ambas están encargadas de garantizar, de proteger, de difundir y a fortiori de imponer. Estas mediadoras son a la vez las guardianas de la verdad y las instauradoras de esta verdad en la tierra. Sin ellas, el tercer término no podría conocer la verdad, ni la verdad imponerse al tercer término (fieles, ciudadanos). Por último, Schmitt traza un paralelo entre los fieles y los ciudadanos. Estos dos grupos, los más despojados, deben depender de la institución mediadora para poder conocer la verdad. Más aún, deben obediencia y devoción a las instituciones mediadoras, pues sin ellas no están sino extraviados. Estos fieles y estos ciudadanos no tienen otra elección, para acceder a lo verdadero, que someterse a la mediación institucional. Si estas comparaciones parecen puramente teóricas, no hacen falta, sin embargo, grandes verificaciones empíricas para ver que están en gran parte justificadas.
Intentemos localizar la verificación empírica para el caso canadiense. Este Estado, como sus cofrades de Occidente, es por mucho un Estado de derecho. Y como tal, en él, no hay nada más grande que el derecho. Nada más sacrosanto que la Constitución, a no ser que… la Carta canadiense de derechos y libertades. Vemos fácilmente aquí que incluso antes de que las instituciones garanticen su aplicación, lo que nos encontramos es un texto de ley. Un texto inalienable e inatacable en el cual están descritos los derechos (y libertades) de los canadienses. Desde este punto de vista, parece claro que Canada se justifica por una verdad más allá del debate y de la crítica, de una verdad superior, de derecho divino, diríamos, si no tuviéramos miedo a las palabras. Por lo demás, la encantadora superioridad del derecho es frecuentemente recordada por los tribunales, humildes servidores de la verdad canadiense inscrita con todas las letras en su Carta. La comparación cae por su propio peso en el segundo paralelo schmittiano. Si los tribunales existen lo hacen para aplicar la ley. Para hacer conocer e imponer el derecho. Paralelamente, la Iglesia y el Estado son legítimos en virtud de Dios o del derecho. Estas dos instituciones, en efecto, son «legítimas» por estar garantizadas por una verdad superior, a la cual se «conforman». Más que esto, estas instituciones son las únicas capaces de entrar efectivamente en relación con el derecho (divino o secular). Son las únicas que pueden aplicarlo, con sus concilios, sus jueces, su Inquisición o sus policías. De esta relación bien protegida entre derecho e institución se desprende la ampliación indefinida de los poderes institucionales, porque éstos están delegados por la fuente de la verdad, y delegados a la sola institución. La institución, eclesial o estatal, deviene por tanto, de una cierta forma, autónoma, porque es la única que tiene acceso a la verdad. Es decir que, como única mediación entre el derecho y el pueblo, el Estado tiene el completo don de interpretar y de imponer el derecho como él lo entienda. Finalmente, tanto en la Iglesia como en el Estado, encontramos una masa de fieles o de ciudadanos. Este tercer grupo, sometido a la intersección, no podría ser autónomo, menos aún autodidacta. No sabe nada, ni tiene acceso al saber. Está sometido a la mediación. Y si no quiere someterse es deber de las instituciones imponer el verdadero derecho. Como en la Iglesia, los fieles ciudadanos deben creer en la institución. Si no lo hacen, son considerados como parias heréticos, y tratados como tales. Si el tercero intenta ir contra la mediación, la institución hará todo para desactivarlo. Con el riesgo de utilizar un brazo secular muscular para hacer reconocer un sacrosanto derecho «consensual». Así pues, al final, encontramos aquí y ahora una bella triada de dominación, en la cual la institución se lleva la parte del león, por ser garante de un derecho intocable y, por esto, se autoriza absolutamente todos los medios para imponerlo. Si tanto la Iglesia como el Estado se desbocan y abusan de su poder, es específicamente a causa de la posición que ocupan entre los dos otros términos que de ningún otro modo pueden encontrarse. Manteniendo la distancia entre derecho y fieles, la institución garantiza la perennidad de su hegemonía sobre la gestión de los asuntos públicos. De ahí todas las derivas de un poder ebrio por su omnipotencia.

 

Derivas de la Iglesia y del Estado

 

Si la Iglesia y el Estado mantienen un vínculo privilegiado con el Fin de los Tiempos, no querrían verlo llegar demasiado pronto, pues entonces desaparecería su poder. Estas dos instituciones se perciben como regímenes del Fin, regímenes plenamente triunfantes y buenos. Si existe una diferencia entre la Iglesia y el Estado, es que la Iglesia espera oficialmente el Fin de los Tiempos (la parusía y el Juicio Final), mientras que el Estado de derecho, por su parte, puede oficialmente continuar existiendo indefinidamente, especie de nuevo ordo romanus garante de una pax universalis. Pero digámoslo ya, a pesar de sus veleidades, el Estado de derecho no escapa de la perspectiva del Fin de los Tiempos. A causa de su capitalismo cada vez más salvaje, en efecto, el orden liberal actual provoca efectivamente el Fin. Estas destrucciones son cada vez más violentas a medida que el planeta y los vivientes se dirigen directo a la catástrofe. Así, el Estado de derecho moderno vuelve a encontrarse con la paradoja de la Iglesia: provoca el Fin de los Tiempos, pero quiere mantener su poder en un Tiempo del Fin. Por lo demás, esto no tiene nada sorprendente si miramos más de cerca. En efecto, un régimen que se percibe como «el mejor» e insuperable buscará agrandarse e imponerse a todos. Buscará, como la Iglesia, el universus. Además, si su proyecto hace avanzar la idea de explotación, entonces el crecimiento de la explotación le es también intrínseco. Y un crecimiento indefinido de los recursos llevará bien un día a… el agotamiento. ¿Cómo, entonces, procede para continuar ejerciendo su poder (absoluto) en cuanto mediador entre el derecho y los ciudadanos, al mismo tiempo que acelera la venida del Fin? Una vez más, el Estado toma el ejemplo de la Iglesia para gestionar la situación paradójica.
El Estado se torna de buena gana el protector del statu quo que trabaja soslayadamente para destruir. A la vez que lo saquea todo con la compañía de sus hermanos empresarios, el Estado se presenta como el guardián de la paz y del orden. Es más, se presenta como el protector del medio ambiente que destruye provocando el Apocalipsis. Este comportamiento del espíritu retorcido permite al Estado expoliarlo todo al mismo tiempo que conserva su poder hegemónico sobre los ciudadanos fieles. A éstos, que están bastante lejos de saber dónde se encuentra su bien, no les queda más que obedecer ciegamente a las órdenes esquizofrénicas de la institución mediadora. Como los fieles que anuncian el Fin de los Tiempos pero que deben «dedicarse» a la Iglesia, los nuevos fieles ven el Fin provocado al mismo tiempo que deben entregarse a la servidumbre hacia los apocalípticos para… evitar el Fin de los Tiempos. El Estado encuentra así un mecanismo, como la Iglesia antes de él, para mantener un vínculo mortífero con el Fin de los Tiempos, para gestionar los Tiempos del Fin y tener la mano en alto sobre el buen pueblo. Y esto sigue siendo posible a causa de la posición misma del Estado, que fue la posición de la Iglesia, como única mediación entre el derecho y el pueblo. Si el Estado puede actuar a su gusto, como una máquina demente y sin alma, es porque, a pesar de todo, sigue siendo el pretendido depositario de la verdad y del derecho. Y si alguien encuentra en él algún pero, da igual. Este contestatario no conoce la verdad, y será simplemente corregido o eliminado. La Iglesia en su tiempo contaba con la Inquisición, el Estado cuenta con sus monstruos policías. Las dos instituciones poseen la verdad, el derecho y el deber de guiar a los fieles, más allá de la adversidad. Si por otra parte, en su desbocamiento demente, el Estado ha provocado el Apocalipsis, esto no cambia su posición de único intercesor. Sigue siendo el amo de todas las cosas… Hasta en Fin.

 

Gestionar los Tiempos del Fin: un problema sagrado

 

Sin embargo, como nuestras reflexiones precedentes lo han podido dejar percibir, gestionar los Tiempos del Fin acelerando la venida del Fin de los Tiempos no es un asunto menor. Sobre todo si el Estado continúa sofocando las fuerzas vivas que cada vez más pretenden ser capaces de prescindir de él para acceder «a lo verdadero». En efecto, el Estado, queriendo a todo precio preservar su lugar de único intercesor, pero violentando cada vez más a aquellos para los que debe ser un dulce pastor, prepara una alegre tempestad. Proponemos, para terminar, proseguir la comparación entre la Iglesia y el Estado, esta vez completamente por fuera del cuerpo schmittiano.
¿Qué sucede cuando la aproximación del Apocalipsis se ha hecho sentir de forma demasiado fuerte? ¿Qué sucede cuando la Iglesia ha hecho pesar de forma demasiado grave su autoridad? Movimientos mesiánicos; el protestantismo. Dos grupos de movimientos diversos, a veces fanáticos, pero que tuvieron el mérito de abolir radicalmente el rol de intercesor de la Iglesia para dirigirse directamente a Dios. Si el Apocalipsis era fuertemente presentido por los judíos de los siglos I al II, éstos respondieron a la venida del Fin mediante una serie de movimientos espirituales, pero también frecuentemente políticos. Así, vemos a los judíos cazar a los griegos de Palestina para reconciliarse con su Dios, a los celotes librar una guerra a los romanos por las mismas razones, y a Cristo provocar el Sanedrín para restablecer la sacralidad entre los hombres y Dios, por fuera de las instituciones esclerosadas del judaísmo de entonces. Estos movimientos son el impulso del Fin, perciben muy bien el vínculo entre desamparo e instituciones. Si hay un Fin próximo es porque el mundo se derrumba. Y si el mundo se derrumba es a causa de sus instituciones putrefactas. Paralelamente, mientras que la Iglesia católica se volvía insoportable en presencia, poder, hegemonía y dominación, los movimientos mesiánicos y protestantes florecieron para acechar esta institución ebria de sí misma. Y de los taboritas a los campesinos de Mühlhausen sopló un viento de fuego, purificando Europa de un clero vuelto cadáver. Cuando la carroña institucional es demasiado sofocante, en efecto, los hombres saben encontrar en ellos el poder para quemar los despojos. Y si esta historia contrainstitucional es escrita con caracteres heréticos, es porque el enemigo de la Iglesia y del Estado será siempre un hereje. Es porque sólo la herejía es destituyente. Y si destituir es el deber de quien no quiere Apocalipsis en este mundo, entonces nos volvemos horda heresiarca.
«La gente no debería reflexionar tanto todo el tiempo en lo que deben hacer, deberían más bien reflexionar en lo que deben ser» (Maestro Eckhart, Obra y ser).

 

Joachim Hadwijch

 


Traducción del texto original publicado en littoral el 7 de septiembre de 2016.

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