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Yazan Alloujami / Matcha latte para el fin de los tiempos

Publicado en lundimatin, núm. 529, el 8 de agosto de 2026.

 

Henri Bles, pintor del siglo XVI, había imaginado el infierno como un paisaje calcinado poblado de slops: ardillas unicornio, hombres embudo, huevos bípedos que transportan objetos de plata. Henri Bles quizá era una IA. Sea como fuere, su Infierno se distingue de otros cuadros flamencos similares del Renacimiento por un astro descomunal que ocupa la parte superior del lienzo, pero que parece un objeto colocado encima. Una taza con crema espumosa.

 

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No es simplemente un café, es una verdadera obra maestra. Un ambiente tranquilo, donde el café va revelando poco a poco sus aromas en una atmósfera relajada, al son de música chill de los años noventa. Probé un legendario café filtrado en V60 y mi esposa un increíble latte a base de verdadera leche de almendras que estaba increíble.

 

A unos pasos de la intersección de las calles Ramey y Custine, en París, el nuevo coffee shop es el vigésimo que abre desde 2024 en un perímetro de apenas 0.3 km². Sirve chai latte, latte macchiato, golden latte casero de leche de avena y cúrcuma (antioxidante). Podríamos hablar de gentrificación y de políticas de zonificación, calcular la proporción de coffee shops por persona sin hogar o incluso apreciar la demografía mayoritariamente femenina de la clientela. Pero eso sería pasar por alto la especificidad del coffee shop como forma. Ni el café o salón de té histórico ni el coffee shop franquiciado o asociativo de los años 2000: el coffee shop 2.0, típico de los años 2020, posee su propio vocabulario: concreto pulido en el suelo, recubrimientos minerales en las paredes, metal cromado y madera clara en los muebles, pocos textiles, bancos y taburetes sin respaldo. La paleta es beige, ocre y blanco roto, y la luz es difusa. El aire mismo es un filtro de Instagram y el lugar tiene algo de digital, una especie de transposición a la realidad de las interfaces de usuario, con sus texturas impecables, sus esquinas redondeadas, sus tonos pastel, sus tipografías sans serif y sus superficies retroiluminadas.

 

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Este acogedor coffee shop fue un verdadero bálsamo para mi alma. Cada detalle, desde la decoración depurada y minimalista hasta las tazas perfectamente alineadas, fue pensado minuciosamente para crear un remanso de paz estética destinado a personas apasionadas como yo. Si estás en París y sueñas con una experiencia en la que cada detalle armonice a la perfección, este lugar es para ti.

 

En su libro Smooth City, René Boer relaciona esta «estética lisa» con la plataformización del capitalismo y con la economía del big data, que se consolida a finales de los años 2000. En efecto, existe una afinidad entre el coffee shop 2.0 y el ideal californiano de un frictionless capitalism, un capitalismo sin fricciones cuyas transacciones se habrían vuelto aéreas e invisibles gracias a Internet. En el exterior, el coffee shop 2.0 sustituye a los comercios vinculados con los oficios manuales o mecánicos. En el interior ocurre lo mismo: todo aquello que remite a la producción y al trabajo queda oculto; hay pocos equipos, las máquinas de café desaparecen dentro de la barra, las puertas no tienen manijas y ni siquiera hay cocina. Las galletas brotan de noche en su vitrina. (Habría que periodizar el capitalismo según el tipo de galleta: Speculoos para el capitalismo industrial, Oreo para el fordismo, galleta con chispas de chocolate para el neoliberalismo, galleta de avena para el capitalismo verde, crumble deconstruido para quién sabe qué etapa venidera).

 

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Probamos el Natural Geisha, procedente de la plantación asociada al tostador en Costa Rica, y un flat white descafeinado con leche de avena. Por desgracia, el establecimiento estaba abarrotado y ningún miembro del personal tuvo tiempo de hablarnos de sus vínculos con los agricultores.

 

Una ciudad es un medio de producción. Antes industrial, sus arterias se amoldaban al flujo de las materias primas y las mercancías que la atravesaban, sus bistrós adaptaban sus servicios a los ritmos de los asalariados y la distribución de sus barrios inscribía la división del trabajo en el espacio. Hoy, las ciudades pioneras en la evolución del capitalismo son las primeras en subcontratar su porción de la producción para alcanzar el estadio de la ciudad-coffee shop. Pero ésta no deja de ser un medio de producción: produce «contenido». Su paisaje se puebla de slops que se disputan nuestra atención, y aparecen filas frente a tiendas cuya existencia nadie había advertido hasta que un video viral las reveló a la humanidad. El algoritmo ordena el flujo de las masas como un astro, transportándolas de una calle a otra, y el simple hecho de doblar a la derecha o a la izquierda constituye un acto de extracción de datos. En el fondo de la taza de latte, una vidente verá nuestros futuros calculados por los modelos predictivos, sedimentados, y París en 2026 se le aparecerá como un paisaje de Henri Bles: hacen 40 grados, el bosque de Fontainebleau arde, unos hombres ebrios gritan «La Marsellesa» frente al partido antes de orinar en las calles, mientras se forman enigmáticas filas para comprar una galleta. La galleta cuyo advenimiento fue prometido en línea. La galleta matcha, con corazón fundente de chocolate y pistache, del fin de los tiempos. No olvides dar «Me gusta» y suscribirte.

 

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Me hospedé una semana en un Airbnb cercano, y este coffee shop se convirtió rápidamente en una parte indispensable de mi rutina. Pedía un americano helado y puedo decirte que era una verdadera delicia. Este café tenía una textura maravillosa que resaltaba perfectamente su dulzura natural. El lugar es muy cute y tiene superbuenas vibes. El aire acondicionado era débil. Qué bueno que había americano helado porque últimamente ha hecho mucho calor en París.

 

El coffee shop 2.0 es la cristalización de la ciudad convertida en granja de contenido. Si el café parisino fue durante mucho tiempo fotogénico, el coffee shop 2.0 es instagrameable. Mientras que lo fotogénico alimenta el placer visual de los seres humanos, lo instagrameable alimenta primero a los algoritmos y después a los seres humanos. Como toda categoría estética, también es una categoría de economía política, pues designa la manera en que una forma es optimizada para cumplir una función determinada dentro del modo de producción. Uno entra a un coffee shop 2.0 porque un influencer de TikTok lo recomendó o porque, al salir del Airbnb, buscó «café» en Google Maps para encontrar Wi-Fi gratuito, del que también se benefician los freelancers precarios del barrio y los nómadas digitales. El coffee shop 2.0 forma con las plataformas una interfaz continua, y su carácter instagrameable es a la vez su expresión y su motor. Quizá se encuentre físicamente en el barrio, pero en realidad no forma parte de él. Está destinado a una espacialidad más trascendente: no París, sino #paris #pariscoffe #parislifestyle.

 

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Cafecito bonito. Descubrimos este lugar cuando el Louvre retrasó su apertura debido a una huelga del personal. Una limonada morada increíble, y los brownies estaban deliciosos, pero el cortado sólo lleva un shot, por lo que resulta bastante ligero, y en realidad es más grande que el flat white: a bit confusing???

 

En 2003, unos investigadores estadounidenses analizaron la luz emitida por miles de galaxias para calcular el color promedio del universo. Era un tono beige, y lo bautizaron «latte cósmico». Henri Bles lo sabía cuando pintó su astro de beige, el color del borramiento de las fronteras entre las cosas. El beige, señala Edgar Rodriguez en su texto BeigeificationTm, es la falta de elección, el consenso, el «meh». En efecto, nada ha sido tan portador del inconsciente de una clase, con semejante universalidad, como el frente beige y acristalado de un coffee shop 2.0. Inmediatamente legible, transcultural, suave en su manera de tranquilizar y de decir que, por estrecho y mal sentado que uno esté, al menos sigue siendo pequeñoburgués. Una masa informe de la estratósfera de las clases.

 

✮☆☆☆☆
Mi esposo quería un americano con leche, pero el barista se negó y nos dijo que fuéramos a otro lugar, que ésa era la política del establecimiento. PROPIETARIO, por favor, comuníquese conmigo, ¡es ridículo! ¡Bien que venden cappuccinos y flat whites! ¡Qué grosería!

 

No es un coffee shop, sino un lifestyle, y se propaga hacia el infinito y más allá. El PMU del barrio cambia su nombre en Google Maps por «Café Tabac Brunch» y añade una foto de pancakes; la policía nacional organiza sesiones de fotos para su Facebook y empieza a usar emojis; François Pinault hace restaurar la glorieta de la Bourse de Commerce con los mismos tonos de gris para el suelo, las paredes y el techo pintado, fabricando un filtro de Instagram (de ahí los carteles de inauguración, que no mostraban ninguna obra de arte, sino únicamente modelos posando en la glorieta ). Pero existe una diferencia entre una práctica antigua que se adapta a las nuevas leyes del mercado mientras conserva su forma (lo que Marx llama «subsunción formal») y una práctica nueva cuya forma es moldeada por y para esas leyes («subsunción real»). La perfección del coffee shop 2.0 reside en que no finge ofrecer democracia ni arte contemporáneo. No tiene nada que ofrecer salvo su vibe, y a cambio exige nuestra atención más pura, porque es abstracta, casi desinteresada. Su promesa última es que, una vez instalados bajo su luz tenue, nuestros cuerpos desgastados por el trabajo asalariado se volverán más lisos, menos generizados, inmateriales, y entonces nos diremos que, en una ciudad donde nuestros deseos existen para transportar el flujo del capital entre lo online y lo offline, bien podríamos invertir los dos registros. Bien podríamos dejar que nuestros datos, una versión más confiable e inteligente de nosotros mismos, se desplacen, trabajen, procreen, se conviertan en propietarios, lean a Hegel y hagan la lucha de clases, mientras nosotros vibe-amos hacia la inquebrantable tranquilidad del beige latte.

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