Categorías
General

Giorgio Agamben / La infancia de Adán | La gramática de Occidente | El gobierno de la demencia | Hombres y turistas | Dónde están los justos

Traducción para Artillería inmanente de cinco textos de Giorgio Agamben publicados entre abril y julio de 2026 en el sitio web de la editorial italiana Quodlibet, donde publica habitualmente su columna «Una voce».

La infancia de Adán

No se comprende la concepción que nuestra cultura tiene del ser humano si no se recuerda que en su base se encuentra un hombre sin infancia: Adán. Según el relato del Génesis, el hombre que el Señor crea y coloca en el jardín del Edén es un adulto, a quien Él habla y da mandamientos, y para quien crea una compañera, a fin de que no esté solo. Y sólo un adulto, y desde luego no un in-fante, podía dar un nombre a todos los animales del jardín.
No sorprende que un ser sin infancia no pueda permanecer inocente y esté fatalmente destinado a la culpa y al pecado. Quizá el pesimismo que condena al Occidente cristiano a aplazar siempre para el futuro la felicidad y el cumplimiento provenga de esta singular carencia, que hace de Adán un ser constitutivamente privado de infancia. Y acaso sea por esta falta, más originaria que cualquier pecado, que, por una parte, la infancia es para cada uno de nosotros el lugar de la nostalgia de una felicidad imposible y, por otra, una condición deficiente dentro de la organización social, que es preciso disciplinar y amaestrar a toda costa. Y si el psicoanálisis ve en el niño al sujeto oculto de toda neurosis, quizá sea precisamente porque en algún lugar sigue actuando en nosotros el paradigma adánico de un hombre sin infancia.
Esto significa que la curación de la enfermedad de Occidente —es decir, de una cultura adulta que, al reprimir la infancia, termina por condenarse a la puerilidad— sólo será posible si somos capaces de devolverle a Adán su infancia.

13 de abril de 2026

La gramática de Occidente

En un ensayo de 1942, Louis Renou podía afirmar que «en la base del pensamiento indio se encuentran razonamientos de orden gramatical». Las tres categorías en las que, según la filosofía india, se articula toda la realidad —sustancia, cualidad y acción— derivan indiscutiblemente del análisis gramatical del lenguaje: nombre, adjetivo y verbo. En efecto, la gramática de la lengua sánscrita de Pāṇini y el comentario de Patañjali preceden a la mayor parte de los textos filosóficos indios.
Cabe preguntarse hasta qué punto esto vale también para la filosofía griega que se encuentra en la base de nuestra cultura. Esta hipótesis parece entrar en conflicto con la tradición que atribuía a Platón y Aristóteles el descubrimiento de las partes de la oración y, en consecuencia, la invención de la gramática. El conflicto se atenúa y desaparece en cuanto se entiende que lo que con ello se sugería era que, para poder ser filósofos, Platón y Aristóteles primero habían tenido que ser gramáticos.
Occidente es, de principio a fin, una civilización gramatical, que ha hecho del análisis del lenguaje y de su construcción en una gramática la base de su conocimiento del mundo y de su dominio sobre la naturaleza. En efecto, la ciencia, que se ha convertido en la religión de Occidente, presupone, como toda religión, un mundo nombrado, en el que la ontología —es decir, el hecho de que el ser se diga y se ordene en el lenguaje— se compartimenta en regiones, cada una de las cuales queda a cargo de una ciencia particular. El destino de Occidente, en otras palabras, está inscrito en la gramática indoeuropea, con sus casos y las conexiones lógico-sintácticas de dependencia jerárquica mediante las cuales, junto con su lengua, articula su pensamiento.
Por eso, quizá sea al volver la mirada hacia China, es decir, hacia una cultura que no ha analizado ni construido su propia lengua en una gramática, sino que ve en ella monosílabos sin articulación gramatical alguna, que podrá surgir, si no un pensamiento nuevo, al menos una salida a los sombríos destinos que, sin que nos diéramos cuenta, el análisis lógico del lenguaje —que no por casualidad se nos enseña desde la escuela primaria— nos ha asignado fatalmente.

20 de abril de 2026

El gobierno de la demencia

¿Cómo explicar —o, simplemente, tratar de comprender— lo que está sucediendo en Estados Unidos? ¿Cómo dar razón del hecho —en apariencia verdaderamente inexplicable— de que la nación que hasta ayer dominaba el mundo haya estado regida durante la última década, y continúe estándolo, por un presidente técnicamente demente? Quizá la única respuesta posible sea que Estados Unidos se encuentra en una situación histórica para la cual sólo la demencia resulta adecuada. Cuando un país alcanza la fase final de la descomposición espiritual, ya no es posible acceder a ninguna decisión racional que intente hacerle frente. Sólo queda precipitar por todos los medios el colapso, ya inevitable, y la demencia —real o simulada— es sin duda el instrumento de gobierno más apto para ese fin.
En su condición de súbdita fiel de Estados Unidos, Europa también se está autodestruyendo y, al igual que aquél, parece precipitarse en la demencia. Si algunos estados europeos lograrán detenerse al borde del abismo o si caerán en él junto con el desdichado e ilegítimo organismo llamado Comunidad Europea es algo que sólo los próximos años permitirán ver.

15 de junio de 2026

Hombres y turistas

La palabra turista aparece por primera vez en italiano en 1837 (turismo, sólo en 1907). La etimología es clara: el tour (el grand tour) es el viaje de formación que, a partir del siglo XVIII, los aristócratas e intelectuales europeos emprendían, sobre todo hacia Italia, para conocer su historia del arte, sus modos de vida y su cultura. Como sucede a menudo, lo que en un principio era propio de una élite terminó por convertirse, con el tiempo, en un fenómeno de masas.
Es significativo que su antecedente sean, sin duda, las peregrinaciones que los creyentes emprendían para visitar los lugares sagrados de su religión: también los turistas, como los peregrinos, son peregrini, es decir, según el significado del término latino, extranjeros sobre la tierra. El turismo es el signo de una mutación epocal en la relación entre los seres humanos y la tierra que habitan: dondequiera que se encuentren, son extranei, están afuera (extra), ante todo en la misma ciudad en la que viven. Recuerdo perfectamente el asombro con el que, hace ya muchos años, cuando vivía en Venecia, advertí que ya no era posible distinguir a los venecianos de los turistas.
Sin embargo, no sólo ha cambiado la relación de los ciudadanos con su ciudad; también ha cambiado la ciudad misma: los seres humanos se han convertido en turistas, es decir, en extranjeros, en la misma medida en que la tierra que habitan —o, mejor dicho, que alguna vez habitaron— se ha vuelto extranea y peregrina. Si se lee, como me ocurrió en estos días, la extraordinaria descripción que Joseph Roth hace de Marsella en el otoño de 1925, con sus callejuelas densas y aventureras, donde en una superficie de pocos kilómetros convivían, vivas, todas las épocas de la historia y nadie era extranjero, resulta difícil sustraerse a la amarga e implacable constatación de que hoy las ciudades ya no existen: el turismo pudo destruirlas porque ellas ya habían dejado de estar vivas. El overtourism no viene de fuera; comenzó dentro de nosotros, dentro de los barrios y vecindarios familiares que ya no somos capaces de habitar. Habitar es una forma intensiva del verbo haber (habeo) y significa una cierta manera de morar y de vivir, de tener hábitos y costumbres. Y si ethos en griego designa la morada habitual, entonces la habitación constituye la forma primordial de la ética. Habernos convertido en turistas, haber perdido la capacidad de habitar, ser en todas partes peregrinos y extraños, nos obliga entonces a imaginar de nuevo una ética posible, a reinventar de cabo a rabo la capacidad de habitar. Sin duda, se trata de una tarea nada fácil, pero quizá sea la única vía que se nos ofrece para salir del turismo, para volver a hacer habitable nuestra tierra y nuestras ciudades.

1 de julio de 2026

Dónde están los justos

¿Quiénes son los justos? ¿Qué significa ser justo? Desde luego, no se trata de una cualidad de un sujeto, de un atributo de este o aquel hombre, de esta o aquella mujer. La justicia —escribió Benjamin— es un estado del mundo; es una dimensión del ser, no de la voluntad ni de la intención. Las cosas son justas, decía Spinoza, cuando no las ves en un tiempo o en un lugar determinados, sino cuando las ves en Dios. Por eso la justicia es algo que nunca puedes poseer, sino sólo contemplar. Y, sin embargo, cuando ves las cosas tal como son en Dios, el ser flor de esa flor, el ser sonrisa de esa sonrisa, el ser inocente de ese inocente, entonces experimentas una exigencia a la que no puedes sustraerte, una exigencia que no te pide ni te ordena nada, sino que actúa en ti más allá de toda voluntad o de toda intención: es así, y no hay nada más que hacer. Nunca olvidaré las palabras de una joven que formaba parte de una organización de la resistencia en un país ocupado por los nazis. Había sido arrestada y torturada, y no habló. Cuando la liberaron, sus compañeros querían celebrarla como a una heroína; le decían que, si había logrado soportar la tortura, era gracias a la fuerza de sus convicciones políticas, a su fidelidad a la causa y a otras tonterías semejantes. Pero ella negaba con la cabeza y sólo decía: «No, lo hice porque así se me antojaba, por capricho». Había visto la justicia, había sentido una exigencia que la desbordaba por completo, pero ni por un instante pensó que fuera justa o que la justicia pudiera pertenecerle. Si sólo hubiera creído en la causa justa, pero no hubiera visto la justicia, habría cedido bajo la tortura, habría hablado.
Por eso, según la tradición judía, los justos, los zaddiqim, están ocultos en el mundo, ocultos sobre todo para sí mismos. Y por eso hay algo paradójico en querer premiar a los justos, como si ello fuera la otra cara de esa justicia que consiste en castigar a los culpables. Así como el castigo nunca puede provenir de la justicia, sino sólo del derecho, tampoco la recompensa ni el reconocimiento pertenecen a la justicia. El justo reconocido y premiado, el zaddiq que ha dejado de estar oculto, ya no es un justo.
El misterio del derecho, es decir, el misterio de la culpa y del castigo, no debe confundirse con el misterio de la justicia. Por eso, quizá esté bien que los culpables sean castigados, pero no es igualmente seguro que los justos deban ser recompensados. Ellos recorren el mundo sin ser reconocidos hasta el fin de los tiempos y, sólo de ese modo, dice la leyenda, salvan al mundo.

3 de julio de 2026

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *