Este artículo forma parte del dossier «The Crisis and the Rift: A Symposium on Joshua Clover’s Riot. Strike. Riot» publicado el 6 de septiembre de 2016 en el sitio web de Viewpoint Magazine.
Lo primero, y más importante, es expresar mi gratitud por este dossier. Viewpoint se ha distinguido por su densidad intelectual y por concentrarse en los temas más apremiantes. Que haya dedicado un expediente a esta ocasión constituye una prueba inequívoca de la apuesta del libro y de su actualidad. Esa apuesta es la siguiente: que hoy el motín —el disturbio o la revuelta— puede pensarse como una forma fundamental de lucha de clases y no como un espasmo apolítico; que en él podemos reconocer la creciente importancia de las poblaciones excedentes dentro de la producción dialéctica de los antagonistas del capital; y que, a su vez, el motín puede entenderse como un reloj solar que indica nuestra posición en la historia de la acumulación capitalista. Siempre se puede discutir una periodización, pero la existencia misma de este dossier y la seriedad con la que aborda el tema hacen mucho para confirmar la hora histórica.
Considero compañeros a quienes participan en él. Como todos los compañeros, discrepan entre sí. Y esas discrepancias suelen ser reveladoras. Así, por ejemplo, uno sostiene que el análisis del libro está lastrado por un exceso de lo político; otro encuentra una carencia de lo político exactamente en el mismo lugar. Uno insiste en que debemos trasladar el análisis a un nivel más alto de abstracción histórica; los otros dos, cada cual a su manera, afirman la necesidad de atender prácticas más concretas. Uno sugiere que una periodización de este tipo es imposible; otro confirma las periodizaciones propuestas por el libro, aunque considera que deberían conducirnos a conclusiones distintas. Hay otros momentos semejantes de franca inconsistencia, a veces tan marcados que cuesta creer que hayan leído el mismo libro. Si estas divergencias parecen expresar sobre todo las preferencias intelectuales y los programas de investigación de quienes responden, ello es perfectamente esperable. Los proyectos colectivos adoptan muchas formas, incluida la de aprovechar la ocasión para exponer ideas que uno viene ensayando, elaborando y examinando junto con otros.
Tal vez el principal punto de desacuerdo no resida en diferencias concretas, sino en la relación con el carácter genérico de los modelos teórico-históricos. Sospecho que muchas de las objeciones —y a veces de las tergiversaciones— surgen del supuesto o del deseo de que éste hubiera sido un libro diferente, de otro tipo. Quizá ésa sea simplemente mi tendencia a minimizar los conflictos; todo el mundo sabe que evito el antagonismo. Volveré más adelante sobre esta cuestión de género. Antes quisiera detenerme en algunos puntos particulares y aprovecharé la ocasión para reformular varios de los argumentos centrales del libro, espero que con una claridad reforzada por estas respuestas. También quiero expresar mi acuerdo, de manera sencilla y agradecida, con diversos aspectos de ellas. Con frecuencia añaden dimensiones ausentes y señalan correctamente ambigüedades o deslizamientos presentes en el libro. Contribuyen a la investigación compartida. Por ello, lamento dejar sin comentar una gran parte de estas respuestas extensas y reflexivas, pues de otro modo esta réplica resultaría interminable.
Sobre la circulación y Marx
Entre las observaciones que considero más útiles se encuentra la afirmación de Delio Vasquez según la cual, aunque el libro se centra en el motín, su «argumento se ajusta mejor a otras formas contemporáneas de lucha, menos espectaculares, como el robo, el fraude, la evasión fiscal, la malversación, el allanamiento o la ocupación». Esto subraya que el elemento decisivo del argumento no es el motín en sí mismo, sino la categoría más amplia y significativa de la lucha en la esfera de la circulación, característica del desarrollo contemporáneo del capital. La centralidad de esta categoría —de la cual el motín es una manifestación, pero no la única— quizá no aparece con toda la claridad deseable en el libro (tal vez por culpa del título y de la época en que fue escrito), y esta perspectiva más amplia resulta valiosa. Además, la atención de Vasquez a los aspectos prácticos de estas luchas es fundamental, al igual que su insistencia en que la criminalización contribuye a ocultarlos. Incluso el motín, tan propenso a la espectacularización y a la patologización por parte tanto de la izquierda como de los críticos conservadores, implica un conjunto profundamente práctico de actividades. Esta función práctica de las luchas en la esfera de la circulación, frente a la tendencia a interpretarlas como simples gritos de los empobrecidos, constituye uno de los ejes del libro. El recordatorio de que, dentro del campo ampliado de las luchas en la esfera de la circulación, la satisfacción colectiva de necesidades ocupa un lugar central y merece nuestra atención constituye una observación decisiva.
Sin embargo, en este énfasis sobre la práctica, Vasquez interpreta de manera errónea la relación entre los sentidos abstracto y concreto de la circulación, y termina ofreciendo una visión unilateral y no dialéctica. En lo esencial, reduce la circulación a problemas concretos de consumo y desplazamiento espacial, a las formas concretas en que «los motines pueden perturbar la circulación o el consumo». Con ello pierde de vista que los motines son luchas en la esfera de la circulación, entre otras razones, porque quienes participan en ellos han sido excluidos de la producción y empujados a la esfera social de la circulación, definida en última instancia, para el proletariado, por la dependencia del mercado, y para el capital, por la compulsión a realizar el valor de manera eficiente.1 Así, la clase del motín —sistemáticamente excluida mediante mecanismos racializados, pero todavía dependiente del mercado— debe luchar en la esfera de la circulación, independientemente de que procure o no interrumpirla, obstaculizarla o resolver necesidades de consumo. Este punto es central para el argumento del libro y permite comprender la relación entre los motines de la primera época, centrados explícitamente en la fijación de precios, y las rebeliones de las poblaciones excedentes racializadas propias del motín contemporáneo: estas últimas no constituyen ni un simple retorno de las primeras ni un fenómeno radicalmente distinto. Más bien encontramos una dialéctica de continuidad y ruptura entre ambas. Preguntarse «¿pero dónde está la fijación de precios en un motín?» equivale a pasar completamente por alto el argumento.
Resulta fácil simpatizar con los llamados a concentrarse en las luchas cotidianas y vividas antes que en las categorías teóricas. Al leer el ensayo de Vasquez, casi podría pensarse que, frente al fenómeno del motín, existe una molesta abundancia de estas últimas. Ocurre exactamente lo contrario. Existen muchos más libros que describen sociológica o antropológicamente las actividades que menciona Vasquez, con encomiable atención a la vida cotidiana, que teorizaciones político-económicas del motín. Sería difícil comparar ambos conjuntos y concluir que necesitamos aún más trabajos del primer tipo, a menos que ya se estuviera predispuesto políticamente a esa conclusión. Ahí se manifiestan los límites más amplios de la respuesta. La preocupación de Vasquez, por ejemplo, de que una economía política del motín pueda llevar a pensar que «los amotinados no son realmente agentes, sino más bien autómatas que desempeñan su papel en la marcha predeterminada de la historia», seguramente nace de buenas intenciones. Sin embargo, muchos lectores reconocerán en ella la intersección entre ciertos lugares comunes posestructuralistas y la retórica liberal que, desde hace mucho tiempo, se dirige contra la teoría anticapitalista. Agencia en lugar de determinismo, etcétera. La reaparición de esta jerga tan autorizada como legitimadora de décadas pasadas revela el apego del ensayo a las convenciones del antimarxismo.
Siguiendo esa tradición, el ensayo termina adhiriéndose a un género bastante banal cuya maniobra principal consiste en atribuir a un texto precisamente las ideas que éste critica, como si al describir las ideologías del mundo estuviera defendiéndolas. Los ejemplos son demasiado numerosos para enumerarlos. La acusación de «eurocentrismo» resulta curiosa, dado que el libro delimita explícitamente su objeto de estudio —las primeras naciones industrializadas, en términos generales— y se abstiene de extender sus conclusiones a otras regiones.2 Según el criterio propuesto por Vasquez, The Making of the English Working Class sería eurocéntrico, igual que una guía de aves de América del Norte. Aparecen también otros tópicos habituales del antimarxismo: acusaciones de «teleología», de estar «atado a un programa político», y así sucesivamente.3 Aprendí hace mucho tiempo que tales reproches suelen invocarse como una especie de conjuro defensivo frente al terror que aparentemente inspira El capital. Aun así, resulta extraño encontrarlos dirigidos contra un libro que, entre otras cosas, constituye una larga réplica a las persistentes variantes leninistas del marxismo, y en particular a su insistencia en una concepción necesaria y estática del progreso histórico que implica un único programa político. El libro se esfuerza por aclarar su rechazo de tales enfoques e insiste en una teorización analítica y descriptiva antes que prescriptiva. Para esto explora las bases materiales que permiten superar el programatismo del marxismo tradicional, bases que el ascenso del motín frente a la huelga pone de manifiesto. Esa orientación atraviesa toda la obra. Por si fuera poco, uno de sus capítulos centrales está dedicado precisamente a esta cuestión y argumenta contra los pensadores contemporáneos «atrapados en el ámbar de lo deseable». A continuación cita a Luxemburgo: «Debemos permanecer abiertos a una revisión fundamental del antiguo punto de vista del marxismo», fundada en las transformaciones de la realidad social. «No se declara que un comunista hace esto o que un anarquista hace aquello». Si aquí existe una dimensión polémica, se dirige precisamente contra la idea de programa. Es cierto que el razonamiento se articula mediante una discusión sobre la huelga de masas de hace un siglo y sobre «la superación de la política prescriptiva por parte de Luxemburgo». Supongo que eso me enseñará a recurrir a la alegoría.
Periodos y transiciones
La cuestión de lo político también ocupa un lugar central en la respuesta de Alberto Toscano. Su ensayo posee la fluidez y amplitud que he llegado a esperar de él, acompañadas de una erudición formidable. Además, ha comprendido la apuesta del libro exactamente del modo en que yo hubiera deseado: no tanto como un texto sobre el motín cuanto como una obra que utiliza la emergencia y reemergencia histórica de distintas formas de lucha como marco para situarnos dentro de la historia del capital. No hace falta ser partidarios ni del motín ni de la huelga para reconocer la importancia que tiene determinar si percibimos al sol del capital todavía cerca de su cenit, suspendido obstinadamente en lo alto, o si, por el contrario, entendemos que luchamos dentro de una trayectoria sobre la cual ya ha caído el crepúsculo. Como me recordó anoche un compañero griego durante una discusión sobre la teoría de la crisis, otro fin del mundo es posible.
En lo que considero el giro intelectual decisivo de Toscano, su ensayo opta por no confrontar el argumento histórico en sus aspectos concretos y se orienta, en cambio, hacia una línea de razonamiento bastante abstrusa que parece culminar en una advertencia acerca de lo «difícil que resulta impedir que los instrumentos de la periodización se transformen en consignas de una filosofía de la historia». Frente a ello, sostiene que debemos abandonar la producción de periodos político-económicos y adoptar, en su lugar, una noción de transición aparentemente permanente (para lo cual importa elementos de sus investigaciones más recientes), en la cual podamos reconocer su «valencia propiamente política».
Este giro decisivo merece una consideración cuidadosa. Ocupa buena parte de la sección titulada, con ingenio, «1973 y todo eso», y comienza con la siguiente declaración: «No deseo examinar aquí el contenido de estas periodizaciones —las historias del capital y de la acción colectiva cuyo hábil entrelazamiento constituye la mayor parte del libro—, sino el principio mismo de la periodización».
Lo que sigue es una no-discusión del argumento extraordinariamente detallada y paciente. Toscano parece inquieto por la «articulación» que el libro realiza entre Robert Brenner, Giovanni Arrighi y las explicaciones de la crisis basadas en la teoría del valor; sin embargo, aunque reconoce que mucho depende de cómo se comprenda dicha operación, decide no examinarla. Sería posible objetar la aplicación del esquema históricamente fundamentado de Arrighi —que identifica periodos de expansión material impulsados por la expansión del capital industrial y del empleo en el núcleo del sistema-mundo, seguidos por fases de expansión financiera encabezadas por el capital mercantil y bancario, caracterizadas por la contracción industrial y manufacturera y por una volatilidad generalizada— a la época del capitalismo reconstruida por la convincente historia de Brenner, cuyas bases para la volatilidad y el declive final de cada ciclo se encontrarían en la teoría marxiana de la crisis desarrollada hasta culminar en el capítulo 25 de El capital (tomo I). Pero ese contraargumento nunca llega. Quizá Toscano espera que la resonancia poética de la palabra splicing («empalme», «ensamblaje») realice por sí sola cierto trabajo evaluativo. Más adelante repite el recurso de una manera aún más reveladora:
En lugar de pensar la transición principalmente a través de la historia mundial del capital producida por la combinación de Brenner, Arrighi y Tilly, ¿no sería más eficaz concebir la condición de transición (del tipo que aquí se rastrea en la destrucción de máquinas o en la «huelga militante negra») como mucho más ilustrativa de las luchas contemporáneas que la «huelga pura» o el «motín puro»?
Toscano desea que se preste mayor atención a la coexistencia histórica de distintas formas de lucha, pues ello demostraría que siempre nos encontramos dentro de procesos de transición; esta coexistencia, sostiene, se ajusta mejor a la realidad que esos supuestos periodos de «huelga pura» o «motín puro». El lector podría preguntarse por las comillas que aparecen en su texto. Ninguna de esas expresiones figura en el libro. Tampoco aparecen conceptos equivalentes. De hecho, el libro afirma explícitamente lo contrario y rechaza precisamente las formulaciones que Toscano necesita para que su argumento tenga sentido. En la página 2 se lee: «Desde la transición señalada por Tilly [a comienzos del siglo XIX], ambas tácticas han permanecido dentro del repertorio; la cuestión es cuál de ellas predomina y proporciona la orientación principal en la incesante guerra por la supervivencia y la emancipación».
La improvisación de Toscano permite vislumbrar la forma general de su contraargumento: se invocan antinomias idealizadas que el libro nunca plantea —periodos de esto puro y aquello puro— para demostrar luego que resultan excesivas, insensibles a la «polisemia» y a la multiplicidad, incapaces de captar la heterogeneidad de las formas del capital y de la lucha. A pesar de esta caracterización engañosa, en este punto coincidimos más o menos: la realidad es compleja. Es precisamente aquí donde nuestras conclusiones divergen. Yo sostendría que, pese a toda esa heterogeneidad, todavía podemos hablar de formas dominantes, de orientaciones, de direcciones tendenciales, de centros de equilibrio dentro del torbellino de los acontecimientos; coordenadas que persisten durante un tiempo hasta dejar de hacerlo y dar paso a otra situación que, con toda su complejidad, también puede mantenerse durante cierto periodo. Todavía podemos hablar de cambio histórico, aunque éste proceda de manera impura. Y, evidentemente, sólo puede proceder de esa manera. Podemos intentar descifrar las condiciones que explican tanto la persistencia de una configuración determinada como su final. Hacerlo constituye un marco útil para el pensamiento.
Toscano propondría que las complejidades de la situación vuelven imposible semejante operación. Dado que todo ocurre simultáneamente, la situación sería más o menos siempre coyuntural, transicional. De ello se sigue que el curso de la lucha queda determinado en mayor medida por lo político. «Aquí reside, a mi juicio, el supuesto más discutible del libro de Clover: pensar la transición como una categoría político-económica o histórico-sociológica —es decir, “objetivamente”—, lo que subestima su valencia propiamente política».4
Por eso Toscano prefiere los capítulos del libro dedicados a las transiciones. Yo también. Fueron fascinantes de investigar; queda muchísimo por decir sobre el Detroit de los años sesenta, sobre sus extraordinarias volatilidades e intersecciones y sobre el pensamiento brillante y dramático que produjo, especialmente el de James Boggs. Pero un libro necesita ascensos y descensos, y es probable que los capítulos sobre las transiciones, con su dinamismo intrínseco, posean una fuerza dramática mayor.
Pero precisamente: ascensos y descensos. No hay cumbres sin valles, ni transiciones sin periodos de no transición. La historia del Detroit de los años sesenta, con su coexistencia dinámica de luchas obreras militantes y luchas no obreras, con su trasfondo de energías proletarias y rápida desindustrialización, posee una enorme fuerza histórica en buena medida porque no se parece al presente: ni en Detroit ni, según creo, en ninguna otra de las primeras naciones industrializadas (aunque puedan encontrarse aquí y allá algunas semejanzas muy imperfectas en Europa occidental). La desindustrialización triunfó. El empleo se contrajo drásticamente. La negritud fue criminalizada con una intensidad renovada, en parte para gestionar a quienes ya no estaban disciplinados por el salario. La vida cambió. DRUM y la League of Revolutionary Black Workers ya no existen. La población excedente, sí.
Interesarse por las transiciones y sostener que seguimos viviendo en una «condición de transición» son cosas muy distintas. Y me temo que una de ellas roza la falta de sentido. Así como una historia sin transiciones no sería historia sino tiempo homogéneo, unas transiciones sin los periodos que median entre ellas dejan de ser transiciones para convertirse ellas mismas en periodos persistentes. Sin esta comprensión —sin entender que la «transición», como concepto, es ya de por sí una herramienta de periodización—, la categoría pierde toda fuerza analítica. Dicho de la manera más simple posible: las transiciones son transiciones porque existen periodos. Irónicamente, la insistencia de Toscano en la transición acaba convirtiéndose en una confirmación de la insistencia de Jameson en la periodización. Quizá, cuando Jameson escribió que «no podemos dejar de periodizar», estaba señalando algo importante.5
Dado que no podemos escapar de la periodización, probablemente convenga preguntarnos si las afirmaciones concretas del libro acerca de los distintos periodos poseen suficiente validez como para ofrecer un marco analítico útil. ¿Podemos decir que existió una fase de capitalismo naciente en la que la dependencia del mercado estaba más generalizada que la forma salarial, una fase encabezada por el capital mercantil y en la que los motines y otros conflictos de mercado predominaban entre las formas incipientes de lucha de clases? ¿Podemos decir que hubo un ascenso del capital industrial, primero en un determinado conjunto de economías; que aumentó la participación en el trabajo asalariado formal; que apareció la huelga y alcanzó una posición dominante, lo que desplazó al motín y a luchas similares como forma principal de conflicto? ¿Podemos afirmar que hemos entrado en una etapa en la que esas mismas naciones ya no presentan nada parecido al dinamismo industrial del periodo anterior; que hemos asistido no sólo a una contracción del empleo industrial y manufacturero, sino también a una producción global de poblaciones excedentes, tanto en términos relativos como absolutos; que esta etapa se ha caracterizado por una drástica disminución y transformación de las luchas obreras organizadas, reducidas cada vez más a operaciones defensivas y menguantes; y que todo ello ha ocurrido junto con un incremento, relativo y absoluto, de los motines y de formas de lucha afines, ahora transformadas y marcadamente racializadas conforme a la lógica de la producción de población excedente? Pese a algunas referencias ocasionales e incompletas al registro histórico, Toscano deja en gran medida estas cuestiones sin abordar, y necesariamente debe hacerlo para sostener su alegato abstracto en favor de la contingencia política frente a las trayectorias históricas efectivas, así como para defender su crítica a toda filosofía de la historia. Esto parece responder poco a los argumentos del libro y se asemeja más a una especie de pelea callejera filosófica, salvo que la calle siempre es la rue d’Ulm. Quienes hayan leído el libro podrán decidir por sí mismos si es ahí donde realmente se libra la batalla.
Eso no significa que el ensayo de Toscano carezca de observaciones valiosas. En particular, su recuperación del concepto de «desincronización» en Mandel es pertinente e importante. La periodización efectivamente corre el riesgo de sugerir una correspondencia demasiado ordenada e inmediata entre las transformaciones estructurales de la organización social y sus manifestaciones en distintos ámbitos. Conozco bien este problema por los estudios literarios, donde con frecuencia tendemos a sugerir que los textos registran casi instantáneamente las metamorfosis sociales. Tal vez eso sea posible; incluso podría ocurrir que los textos funcionen como antenas extremadamente sensibles, capaces de captar grandes transformaciones cuando apenas comienzan y todavía resultan invisibles a simple vista. Esto parece menos probable en relación con fenómenos como los que examina el libro: motines, huelgas y similares. La idea de Mandel según la cual tales expresiones no aparecen necesariamente cuando se las espera, sino que irrumpen de manera desigual y a menudo con retrasos extemporáneos, me parece en gran medida correcta tanto desde el punto de vista histórico como teórico. En esto coincido con Toscano: el libro simplifica ese despliegue. Por ejemplo, aunque señala que «en Estados Unidos la huelga experimentó un último resplandor otoñal a partir de 1964 y durante los años setenta —nadie podía saber entonces que se trataba del último fulgor dorado antes de que el invierno llegara para el movimiento obrero en el centro del sistema mundial capitalista—», en términos generales pasa demasiado rápido por momentos de asincronía y de respuesta diferida particularmente reveladores.
No estoy seguro de que ello conduzca a la misma conclusión que extrae Toscano. La asincronía no constituye una niebla en la que las tendencias históricas se disuelvan, dejando únicamente una bruma de desigualdades donde todo queda librado al enfrentamiento de voluntades políticas. Eso me parece más bien una forma encubierta de voluntarismo. En este caso, la evidencia disponible apunta a la existencia de una tendencia histórica, una tendencia que guarda una relación significativa con la trayectoria teórica del declive tendencial de la producción de valor asociado a la desindustrialización (y esa es precisamente la razón, no el objetivo, de articular el análisis del sistema-mundo con la teoría marxiana del valor). Con todo, no debe ignorarse que existe una mediación entre una transformación y su expresión concreta, y que esa mediación suele ser misteriosa e imprevisible tanto en sus formas como en sus ritmos; al contrario, ello invita a seguir investigando. Las variaciones y sorpresas propias de estas asincronías merecen atención y elaboración teórica. El libro ofrece muy poco en ese sentido.
Interludio sobre el modelo
Llegados a este punto, quizá podamos identificar lo que considero la distinción genérica más importante respecto al tipo de libro que es éste. Se trata de un libro que construye modelos. Un modelo siempre implica exclusiones radicales; siempre recurre a la fórmula más problemática de la economía: ceteris paribus, «si todo lo demás permanece igual». Pero nada permanece igual. Aquello que el modelo excluye importa enormemente. Los modelos esquematizan; reducen. Siempre quedan expuestos a la crítica que comienza con la pregunta: «¿No es todo un poco más complejo que eso?».
Existe, naturalmente, un género complementario de pensamiento social que renuncia a la claridad de los modelos en favor de una representación mimética más exhaustiva de la multiplicidad, la heterogeneidad y la diferencia del mundo en toda su amplitud, ese mismo mundo que define tanto la complejidad como sus límites. Quizá esto explique la extraña invocación de la «huelga pura» y el «motín puro». Si alguien creyera que el libro pretende ofrecer una elaboración prolongada de la complejidad, podría desconcertarse ante identificaciones tan nítidas como las de periodos dominados por la circulación y el motín o periodos dominados por la producción y la huelga. Pero la cuestión no es si existen excepciones: existen. Argumentar a partir de ellas —algo que ocupa una porción sorprendentemente amplia del ensayo de Toscano— no resulta especialmente convincente. Los modelos no funcionan así. Abstraen de las particularidades históricas para poner de relieve tendencias y equilibrios de fuerzas precisamente porque existen excepciones, y estas forman parte constitutiva de tales tendencias y equilibrios, no una refutación externa de ellos.
La cuestión tampoco consiste en determinar si los modelos borran la complejidad del mundo. Por supuesto que la borran. Una vez más, se puede preferir otro enfoque, pero precisamente para eso sirven los modelos: para excluir. Yo sugeriría que la pregunta decisiva es otra: dado aquello que sacrifican, ¿ofrecen a cambio alguna ganancia analítica? Esa ganancia no consiste únicamente en descubrir regularidades dentro del aparente desorden de la historia. Gracias a ese proceso de clarificación, los modelos proponen relaciones causales; abstraen lo suficiente para distinguir causas y efectos incluso dentro de los entrelazamientos de la dialéctica histórica. La gran aporía de Foucault reside en la ausencia de una explicación acerca de cómo una sociedad atraviesa un régimen de poder y llega a otro. Esto pone de relieve la diferencia específica del capital, que no es simplemente un régimen o una relación más: debe moverse. Debe ser capaz de moverse por sí mismo; mediante una dominación impersonal no sólo debe reproducirse, sino expandirse, y por tanto necesita poseer la capacidad efectiva para hacerlo. La cuestión de la causalidad en el movimiento del capital no puede eludirse. Desde luego, siempre es posible refugiarse en nociones de sobredeterminación; constituye una solución comprensible al problema de elegir entre modelos simplificadores y constelaciones complejificadas. El propio Marx recurría al ceteris paribus, precisamente para investigar las leyes de movimiento del capitalismo; investigaciones que, al identificar no sólo una dirección sino también una causa, permiten pensar trayectorias en lugar de abandonarse a un mundo misterioso de acontecimientos inesperados. Tales investigaciones no son «profecías», «presagios» ni ninguna de las demás expresiones grandilocuentes que emplea Toscano. Constituyen la expresión de la condición sine qua non del materialismo histórico: que el movimiento de la historia posee un carácter objetivo.
Riot. Strike. Riot [Motín. Huelga. Motín; hay una traducción en español con el nombre Disturbios. Huelgas. Disturbios] propone un modelo dotado de un mecanismo causal y de cierta objetividad: en última instancia, la de la ley del valor expresada a escala sistémica. Evidentemente no es posible reproducir aquí todo el argumento. La búsqueda de la acumulación impulsa al capital primero hacia un punto culminante de producción centrado en el capital industrial y, posteriormente, lo aleja de ese punto a medida que la acumulación pierde impulso; este movimiento ascendente y descendente —el «arco de la acumulación», como lo denomino— existe tanto en los ciclos internos particulares como, conforme el capital agota su capacidad para desplazar espacial y temporalmente sus contradicciones, en el nivel macro del capital considerado como totalidad, que es precisamente el nivel de análisis que Marx nos exhorta a mantener presente. Este arco de acumulación implica reestructuraciones paralelas de las fuentes de ganancia y de la composición de clase, y dichas reestructuraciones generan condiciones que contribuyen a modelar las formas de lucha y reproducción tanto del capital como del proletariado. Aunque el conflicto de clase siempre ha sido inmanente a la relación social capitalista, no siempre ha tenido su centro en la producción (y conviene señalar aquí que el modelo que propongo intenta complejizar el esquema habitual del marxismo tradicional, que identifica al proletariado con la clase obrera; esa reducción me parece mucho más digna de examen). De acuerdo con este arco, el capital incorpora inicialmente a sus antagonistas desde la esfera de la circulación conforme se expande la producción; una vez alcanzado el punto culminante de la acumulación, y siguiendo el mismo movimiento dialéctico, esos antagonistas son expulsados cada vez más de la producción, sobre todo bajo la forma de población excedente. Quien desee cuestionar este modelo tendría que demostrar de manera convincente que eso no ha ocurrido y que no está ocurriendo. No basta con responder: «¿No es todo un poco más complejo que eso?».
Piquetes masivos y formas híbridas
Lo que sí puede hacer un enfoque alternativo es añadir dimensiones que necesariamente quedan fuera del modelo o que éste corre el riesgo de oscurecer. Tanto la respuesta de Vasquez como la de Toscano ofrecen generosamente aportaciones de este tipo, algunas de las cuales he intentado señalar y por las que estoy agradecido. Es aquí donde quisiera dirigirme finalmente a la contribución lúcida y pertinente de Amanda Armstrong, que a mi juicio es la respuesta que afronta de manera más directa los argumentos del libro al tiempo que propone correcciones y modificaciones agudas y sustanciales.
Finalmente, su análisis se concentra en una forma de lucha que el modelo del libro deja en la sombra. Al hacerlo, acepta sólo parcialmente la validez tendencial de dicho modelo. En la medida en que lo hace, se apoya en el trabajo de Geoff Eley para sostener que el libro vincula en exceso las luchas laborales al trabajo industrial y manufacturero y, como consecuencia, invisibiliza otras formas de trabajo y de conflicto que, si fueran reconocidas, podrían cuestionar la secuencia histórica «lucha en la esfera de la circulación-lucha en la esfera de la producción-lucha en la esfera de la circulación», especialmente en la etapa preindustrial: «Aunque desplaza a los trabajadores industriales relativamente protegidos del centro de la escena, Eley mantiene sin embargo el foco en el trabajo como tal, especialmente en aquellas formas de trabajo no libre mediante las cuales se reproducían subordinaciones raciales y/o de género». A partir de C. L. R. James, esta observación se vincula más específicamente al trabajo esclavo, descrito por James como «más cercano a un proletariado moderno que cualquier otro grupo de trabajadores existente en su época».
La tradición de «mantener el foco en el trabajo como tal» pesa enormemente sobre la biblioteca moderna del antagonismo. No faltan libros que presuponen y naturalizan el trabajo como horizonte de toda lucha, incluso en los lugares en que está ausente. En cierto sentido, este libro fue escrito contra esa tendencia, y con buenas razones.6 Hasta qué punto se interpreten las insurrecciones de trabajadores no libres contra la dominación racializada como luchas en la esfera de la producción depende, en parte, de cómo se comprendan el salario y la producción en general. Sin duda fueron rebeliones contra el trabajo, contra su carácter coercitivo y miserable. Sin duda se dirigieron contra opresores que eran también patrones, y contra los instrumentos y materiales del trabajo. Pero al mismo tiempo no exigían mejores salarios ni mejores condiciones laborales; tampoco reclamaban control sobre la producción, las ganancias o el proceso de trabajo, y en ello difieren profundamente de las luchas en la esfera de la producción que definieron el conflicto de clase entre 1830 y 1975 y que siguen hechizando la imaginación de las ortodoxias programáticas. Los acontecimientos que Armstrong describe constituyen rupturas con la producción tanto como luchas en torno a ella. Y esa diferencia es decisiva; mucho se perdería si se los subsumiera bajo la misma categoría que la huelga o incluso que el sabotaje, la ralentización deliberada del trabajo y prácticas semejantes.
Dicho esto, no puedo sino coincidir con Armstrong en lo que considero la cuestión estratégica más urgente. Lo que me llama la atención en las luchas que describe no es tanto que prueben la existencia de tempranas luchas en la esfera de la producción, sino su carácter híbrido. En este punto, las observaciones del ensayo son particularmente fecundas, incluso brillantes. Para llegar a la cuestión de la hibridez, Armstrong repite el gesto de señalar que los periodos descritos por el libro fueron más heterogéneos de lo que el modelo permite apreciar, y que también existieron luchas en la esfera de la circulación durante la época dominada por las luchas en la esfera de la producción, especialmente en regiones del mundo sobre las cuales el libro no pretende formular tesis generales. Sí: véase lo dicho más arriba. Pero el ensayo apunta hacia algo más incisivo: la hibridez del piquete masivo. Vale la pena recuperar íntegramente el pasaje en que resume su argumento:
El piquete masivo parecería desbaratar casi todas las oposiciones conceptuales que Clover articula para distinguir el motín de la huelga. Los piquetes masivos se desarrollaban tanto en la esfera de la circulación como en la de la producción (y resultaban especialmente eficaces para paralizar industrias del transporte, que ya de por sí problematizan la distinción entre ambas esferas); con frecuencia derivaban en destrucción de propiedad y saqueos, al mismo tiempo que detenían los procesos productivos; y eran llevados a cabo tanto por trabajadores en huelga que actuaban en cuanto trabajadores como por proletarios sin ubicación estable, una combinación que fortalecía a grupos obreros a menudo aislados y, a la vez, ofrecía un contexto inicial de intervención a poblaciones sin salario y/o a trabajadores situados en posiciones estratégicamente más débiles.
No estoy tan seguro de que esto desbarate las coordenadas del motín y la huelga (que, como el libro sostiene repetidamente, conviene no entender como una oposición).7 Habría que atender con más cuidado a los fines perseguidos en relación con las actividades realizadas. Si el objetivo del piquete masivo es obtener mejores salarios o condiciones de trabajo, aumentar el control de los trabajadores sobre el proceso laboral o sobre el producto de su trabajo, entonces se aproxima a la huelga. Tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos parece haber sido así en una medida considerable y, además, esta práctica se encuentra regulada por la legislación laboral.
Menciono estas ambigüedades en el análisis de Armstrong principalmente para aclarar las categorías que propone el libro y la manera en que las entiende, pues ésa es una de las funciones fundamentales de todo modelo. Sin embargo, esto apenas afecta la intuición decisiva que, a mi juicio, aporta Armstrong. La contribución del piquete masivo consiste en ofrecer una forma de lucha en la que los trabajadores asalariados pueden unirse directamente a otros sectores en un mismo conflicto. No es la única forma capaz de hacerlo, pero constituye un ejemplo extraordinariamente sugerente. Según Armstrong, un determinado grupo de huelguistas podía verse acompañado por lo que ella denomina «proletarios no situados», definidos prudentemente como «aquellos que no están empleados en las industrias en cuestión, ya sea porque están desempleados o porque trabajan en otros sectores. Este término permite mantener a la vista una distinción clave para el análisis de los bloqueos de nodos económicos —a saber, la diferencia entre quienes trabajan directamente en esos nodos y quienes no lo hacen—, sin formular afirmaciones acerca del grado relativo de desposesión de esos proletarios no situados».
La operación conceptual es elegante. Mi única reserva sería que esta definición privilegia en cierta medida a la empresa individual como lugar central del conflicto. El antagonista normativo es el empleado de esa empresa, mientras que los demás se suman a la lucha, en muchos casos, al parecer, para ayudarle a conquistar determinadas reivindicaciones. En este sentido, el piquete masivo sigue inclinándose del lado de la huelga. Su debilidad como forma orientadora en el presente radica precisamente en que históricamente ha sido una lucha centrada en el trabajo, que la mayoría de las veces unía a unos trabajadores con otros trabajadores. Su existencia histórica difícilmente invalida el argumento del libro según el cual las luchas centradas en el trabajo se han debilitado y probablemente seguirán debilitándose; de hecho, su propio declive parecería confirmar tanto este argumento como la periodización que lo sustenta.
Aun así, la categoría de «proletario no situado» deja abierto un espacio para una de las sugerencias más importantes del libro: la necesidad de que la categoría de proletariado recupere su sentido originario como designación de quienes carecen de medios propios, incluidos aquellos que se encuentran más allá del salario formal. La cuestión de cómo este proletariado, históricamente dividido por la escisión introducida por el salario, puede actuar conjuntamente contra sus diversas formas de desposesión resulta decisiva. En este sentido conviene señalar la mayor flexibilidad del motín entre nuestras categorías iniciales: le resulta mucho más fácil incorporar a trabajadores en una lucha compartida de lo que a la huelga le resulta incorporar a quienes están fuera del trabajo. Cualquiera puede participar en un motín. Pero, como el libro sugiere en sus páginas finales, el futuro de la confrontación política no reside en el motín. Reside en aquellas formas —hacia las cuales apunta el piquete masivo— que poseen la capacidad de reunir a proletarios de toda condición: quienes están dentro y fuera del salario formal, antagonistas que aparecen como trabajadores y antagonistas que constituyen población excedente, sujetos que no afirmarán ni el salario ni el mercado, ni el capital ni el Estado. Si el futuro contiene algún potencial emancipador, éste pasa por formas semejantes. Por eso agradezco doblemente que se nos recuerde la existencia de algunos ejemplos históricos de ellas.
1 En uno de los escasos puntos de coincidencia con la respuesta de Vasquez, Toscano también tropieza con esta dimensión al sugerir que sólo de manera «contraintuitiva» podríamos «aceptar la circulación como nombre de un régimen de organización social». Tal vez. Yo sugeriría que la intuición de Toscano —que nunca es otra cosa que un nombre elegante para el sentido común— no contradice la mía, sino la de Marx. He aquí una prueba sencilla. ¿Podríamos decir que la producción constituye un régimen de organización social? Desde luego; difícilmente podríamos decir otra cosa. Que lo social se organiza en función de la productividad, y no únicamente dentro de la fábrica (de modo que existen tanto una división técnica como una división social del trabajo), parece una evidencia indiscutible. Sería extraño, entonces, que no pudiéramos afirmar igualmente que la circulación constituye un régimen de organización social, dado que producción y circulación forman una totalidad dialéctica. El propio Marx, en uno de sus pasajes más conocidos, distingue con claridad el mercado de la esfera más amplia de la circulación y define esta última precisamente por su carácter social: «El consumo de la fuerza de trabajo se realiza, como el de cualquier otra mercancía, fuera de los límites del mercado o de la esfera de la circulación. Dejemos, pues, por un momento esta ruidosa esfera, donde todo ocurre en la superficie y a la vista de todos, y acompañemos al señor Dinero y al poseedor de la fuerza de trabajo hasta la oculta morada de la producción». Yo diría que la incapacidad para reconocer el carácter social de estas esferas y reducirlas, en cambio, a funciones económicas concretas pone de manifiesto la dificultad de preservar la unidad de lo político y lo económico, una unidad constitutiva del modo de producción capitalista. Sólo el pensamiento burgués las separa.
2 La mula de hilar y la línea de montaje quizá sí sean eurocéntricas.
3 Como cuestión más amplia, quizá la «teleología» merecería un tratamiento aparte. Se trata de una categoría filosófica que posteriormente fue apropiada tanto por posestructuralistas como por liberales de izquierda en su crítica a los «grandes relatos» y similares. Alejada de su significado original, pasó a designar una concepción etapista o evolucionista de la historia en la que determinaciones férreas nos conducirían necesariamente de una forma social a otra, con un desenlace más o menos garantizado. Finalmente, en su versión más degradada, se convirtió en una especie de atmósfera conceptual destinada a adherirse a cualquier sugerencia de causalidad dentro de una trayectoria histórica. Tal vez así pueda entender el uso que hace Vasquez del término. Es cierto que Riot. Strike. Riot se interesa por la causalidad, en particular por los mecanismos causales que podrían llevarnos de una configuración social a otra. El libro sostiene que las primeras naciones industrializadas, consideradas como un conjunto amplio, han pasado de un periodo a otro porque el capitalismo no es ni puede ser estático, sino que se ve obligado a transformarse incesantemente; que esos periodos poseen rasgos distintivos compartidos de manera desigual según los lugares; y que las formas asumidas por la lucha de clases en esos contextos expresan tanto sus circunstancias sociales específicas como la manera en que éstas surgieron de circunstancias anteriores. Habría que violentar el significado mismo de las palabras para llamar a eso «teleología». Eso es historia, Jake.
4 Habrá que dejar entre paréntesis esta operación mediante la cual lo político se extrae de la economía política y se le concede una autonomía fantasmal. La disposición intelectual es suficientemente clara: como resume Rob Lucas en este mismo número de la New Left Review, «Trotski sostenía que los factores coyunturales y políticos eran más importantes que los económicos para determinar los ritmos del capitalismo». Quizá esta observación ofrezca una vía útil para encontrar una coherencia subyacente en las generosas respuestas de Toscano a lo que podríamos denominar, de manera amplia, teoría comunista de izquierda o antiestatal: después de admitir de forma general que han podido ocurrir ciertos cambios históricos, siempre se concluye que, llegado el momento decisivo, necesitaremos coordinación centralizada y voluntad política; el partido, aunque sin llamarlo por su nombre.
5 Frederic Jameson, A Singular Modernity, Londres, Verso, 2002, p. 29.
6 Un ejemplo útil es la obra de Beverly Silver. Se trata de una historiadora extraordinaria, un modelo de investigadora y pensadora, y ningún análisis serio del capitalismo global puede prescindir de una lectura atenta de trabajos como Forces of Labor. Sin embargo, aquí el título determina el destino. Todo conflicto social, incluidos aquellos que su propio grupo de investigación denomina «protestas de la población excedente relativa estancada» (p. 157), termina interpretándose de algún modo como una lucha laboral. De ahí la necesidad de desvincular la categoría de lucha de esa presuposición.
7 Como señala el libro: «La transición del motín a la huelga se produce de manera desigual […]. Conviene reconocer tanto la continuidad como la oposición, la manera en que nuevos contenidos de la lucha emergen de formas de acción anteriores y atraviesan por ello periodos de ambigüedad. Lo mismo podría decirse del posterior retorno del motín; todavía es pronto» (p. 9). El libro también advierte contra esta inscripción de una oposición rígida como expresión de otros antagonismos ideológicos: «La oposición entre motín y huelga es un proyecto declarado del siglo XIX que ha persistido en diversos ámbitos posteriores» (p. 81). Éstos son sólo dos entre muchos pasajes semejantes. Pese a la imagen ofrecida por algunas de estas respuestas, el libro argumenta de principio a fin contra una oposición rígida entre huelga y motín.