Publicado originalmente en el diario italiano L’Unità el 12 de diciembre de 1984, «Tempo di metropoli» condensa algunas de las intuiciones más agudas de Mario Tronti acerca de la crisis de la ciudad moderna, la disolución de las mediaciones políticas tradicionales y la emergencia de la metrópoli como espacio privilegiado de las contradicciones contemporáneas.
Pongamos en relación estas dos condiciones críticas de nuestro tiempo: el estar juntos en la gran ciudad y el actuar juntos con vistas a un fin común.
Metrópoli y política intercambian una dificultad de supervivencia casi idéntica: dos realidades que tocan el límite extremo de una larga historia respectiva.
¿Qué puede quedar de la ciudad después de la explosión de la realidad metropolitana? ¿Qué quedará de la política después de esta disolución del interés social? En la metrópoli parece llegar a su consumación final la larga historia de la ciudad. En el espacio-tiempo urbano metropolitano, algunas características históricas se amplifican, se multiplican, alcanzan un umbral crítico cercano al punto de no retorno.
Éste es el lugar del hipermercado, donde quien pone en circulación las mercancías enloquece; el lugar de la macrococina, donde la producción mercantil se consume de manera ostentosa.
Basta entrar en una gran estructura de servicios comerciales para pequeños consumidores: la oferta violentamente excesiva de productos termina por chocar con un límite objetivo de la demanda. Y, sin embargo, por esta vía se recarga siempre una relación civil que es cada vez menos una relación horizontal entre seres humanos y cada vez más una relación vertical con las cosas.
Se ha insistido mucho en el bombardeo del mensaje massmediático, pero el punto decisivo sigue siendo otro: esta subjetividad creadora de la cosa-mercancía, en sentido marxiano, frente a la pasividad subalterna del ciudadano consumidor.
Leer así la vida metropolitana no conduce inmediatamente a condenarla; sirve antes que nada para comprenderla.
De la ciudad-mercado a la ciudad-fábrica y luego nuevamente, en ascenso, al hipermercado: sería un error, sin embargo, ver la metrópoli como un fragmento de historia económica, así como fue equivocado definirla únicamente como emergencia de lo social nuevo.
Debemos encontrar la fuerza para vislumbrar todavía aquí la forma destruida de la polis, en el sentido de una comunidad de hombres regida por reglas políticas: paso, por tanto, de historia política y de historia de las instituciones. Intercambio + consumo + institución: en cuanto tal, la gran conurbación metropolitana se convierte en una encrucijada de la política. No por casualidad se verifica en este terreno el impacto violento entre posmodernidad y subdesarrollo. No sólo en las realidades de las metrópolis sudamericanas o asiáticas, sino en el corazón mismo de Occidente, en la relación entre gran ciudad, gran riqueza y gran pobreza. Integración y marginación viven aquí formas casi perfectas de existencia. Ahí donde antes se vivía bien o mal, ahora se vive extremadamente bien o extremadamente mal.
Sería otro error, sin embargo, mantenerse detenidos en esta dimensión, por así decirlo, cuantitativa del fenómeno.
En un discurso sobre el destino de la política, hacemos funcionar la metrópoli como Categoría lógica. Con esta categorías estamos, deliberadamente, dentro de la historia de Occidente y dentro de la trayectoria del gran capitalismo. Se trata, más bien, de habitar lúcidamente esta forma crítica del capitalismo, de permanecer como dentro de un precipitado de las contradicciones contemporáneas.
Y aquí habría que desarrollar un tema sugestivo: aquello que califica y define la dimensión metropolitana no es la extensión espacial sino el flujo del tiempo.
Aceleración de la vida y tiempo de la metrópoli constituyen el espíritu de una época. Y estas categorías lábiles parecen más propias, más pertinentes, que aquellas otras categorías fuertes históricamente ligadas a la ciudad: industrialización, masificación.
Y ocurre con el consumo acelerado del tiempo lo mismo que con el consumo ostentoso de la riqueza. El máximo posible de velocidad termina desembocando en el largo instante de la detención forzada. La gran ciudad que ofrece a cada uno un medio para correr detiene luego a todos en la parálisis total. Una vez más emergen y se evidencian los extremos. Los problemas no dan lugar a soluciones. Los contrastes resultan inconciliables. Los intereses no son mediables y la coexistencia pacífica entre ellos se vuelve imposible.
He aquí por qué el tiempo de la metrópoli es un lugar extremadamente sensible de la política. Aquí se abre el tema de las luchas urbanas en la metrópoli, aparece la figura controvertida del conflicto metropolitano. Existen análisis al respecto.
El giro suele remontarse al final de los años sesenta, en particular al 68, cuando fuera de los lugares de trabajo se constituye un nuevo frente permanente de lucha. Se pone en cuestión la organización y la gestión del espacio residencial: las viviendas, los transportes y el ordenamiento urbanístico se convierten en objeto de contestación.
La base social de estas luchas está dada por el subproletariado nacional, por los trabajadores inmigrantes, pero también por jóvenes —en su mayoría estudiantes— y por un estrato de intelectuales especializados y operadores sociales. Éstas son las formas nobles del conflicto. Luego está la irrupción de la violencia metropolitana. El ejemplo clásico sigue siendo el del 13 de julio de 1977, la noche del apagón en Nueva York, y la Navidad negra que le siguió, con su saqueo social de mil millones de dólares.
Luego están los ejemplos menores de guerrilla urbana al margen de manifestaciones masivas. Pero aquí la metrópoli se convierte más en vitrina del conflicto que en lugar de su producción, una especie de tribuna desde la cual se le habla al país con el lenguaje del conflicto que expresa demandas, necesidades, exclusiones, rechazos que permanecen detrás, en el fondo oscuro de una sociedad no gobernada.
Así, la ciudad deja de ser una comunidad política natural. O, más exactamente, asistimos al retorno de un estado de naturaleza precivil.
No entra en crisis solamente un modo particular de organización de la sociedad, el capitalista. Entra en crisis la forma social en general, es decir, la identidad social de ese animal político que es el ser humano.
La señal roja que indica este fenómeno es la emergencia de un individualismo de masas, entendido, sin embargo, como particularismo de masas; expresado no por un sujeto nuevo —que todavía no existe— ni por el gran individuo —que ya no existe—, sino por este microvínculo o esta relación mínima de pareja, de familia y luego de grupo, de cuerpo, de estrato. No existe una nueva forma de lo social. Existe el fin de lo social. De ahí el peligro de la muerte de la política.
Existen, sin embargo, es cierto, algunas contratendencias. La forma crítica de la metrópoli y el tiempo metropolitano son también una carga explosiva de subjetividades. Las realidades de movimiento encontraron aquí una ocasión de nacimiento y desarrollo.
Por la misma razón, las realidades de organización encuentran aquí una dificultad de supervivencia. Puntos de vista, imágenes del mundo, comportamientos tradicionales, se consumen rápidamente en este terreno.
Aparecen preguntas de sentido sobre el estado de las cosas, se vuelve visible una búsqueda desesperada de algo distinto, se reencuentran identidades —no perdidas, sino nunca emergidas— de generación, de sexo, de cultura no libresca, no elitista, no separada de la vida. Esto conduce a tragedias individuales por la ausencia de futuro, pero también a un sentimiento colectivo de revuelta contra el sentido común del pasado.
Esto resulta particularmente evidente en la condición juvenil, que es la condición metropolitana por excelencia. La patria de un joven de este tiempo, su familia, su morada, es la aldea planetaria. Los jóvenes de hoy no necesitan vivir en la gran ciudad para sentirse habitantes de la metrópoli. En la pequeña ciudad de provincia, igual que en el pueblo rural, viven y experimentan las contradicciones de la metrópoli.
Ahora bien, existe además un pasaje que aquí sólo puede insinuarse y que exigiría un discurso aparte. Se refiere al tema de la nueva cultura como complejo de comportamientos más que como conjunto de saberes. La explosión de la dimensión metropolitana coincidió más o menos con la dominación de la civilización de la imagen. Ésta permanece inmediatamente detrás de nosotros y todavía delante de nosotros. Y, sin embargo, una mutación está en curso y nuevamente la condición juvenil metropolitana vuelve visible el fenómeno.
Se trata del paso del tiempo de la imagen al tiempo de la escucha. Y es el primado del sonido el que se impone sobre el propio poder de lo visual. Apenas habituados al bombardeo de imágenes, somos sometidos a un bombardeo de sonidos; algunos dicen: de ruidos. Piensen en el cine y en su continuación televisiva: el relato, ese residuo decimonónico, es comentado por la música. Tómese un video de rock, tres minutos de tiempo metropolitano: la música es comentada por las imágenes; sin preocupaciones de coherencia lógica precisamente porque no se narra, se siente, se ve y basta. También esto es metrópoli. Fue, de hecho, un pequeño golpe de genio la idea de hacernos volver a ver Metropolis de Lang con las músicas —en sí mismas no excelentes— de Giorgio Moroder. Me parece que precisamente gracias a ello resulta todavía más ridículo el pobre contenido del mensaje político de la vieja película.
Porque aquí está el punto. La realidad metropolitana no es inmediatamente política. No es la vieja forma de lo social, ya definida, separadA, casi espontáneamente organizada y racionalizada por la presencia de aquellos grandes polos de atracción, aquellas poderosas fuerzas magnéticas que eran las grandes clases.
Aquí la complejidad, de la que tanto se ha hablado, no es un discurso, no es una categoría interpretativa de la realidad: es la realidad misma, su estructura natural de funcionamiento. Y toda reducción disciplinar en la lectura de esta realidad deja de funcionar, no produce conocimiento; del mismo modo, todo atajo organizativo dirigido a las fuerzas presentes en ella no incide sobre las cosas y ciertamente no las transforma.
La metrópoli es, por tanto, un lugar y un tiempo de decisión sobre el destino de la política.
A mi parecer, para conocer, gobernar, dominar y transformar al Leviatán metropolitano —sería mejor decir: al Behemot— no hace falta menos política, sino más política. Y, en cualquier caso, hace falta una subversión de la propia idea de política. Ésta no debe solamente reflejar, reproducir, describir, representar partes sociales implícita o potencialmente políticas.
Debe mirar también hacia lo no-político, o hacia lo impolítico, y aprender a traducirlo en política. Y esta nueva obra de traducción debe saber ir más allá del viejo arte de la mediación. Reformular las demandas, no para racionalizarlas, sino para inscribirlas en un proyecto de transformación. Y producir respuestas de convivencia humana en la ciudad política.
Así, diría que sólo una política transformadora, sólo una nueva política revolucionaria, puede estar a la altura del problema político de la metrópoli. Es cierto que aquí precipitan, como en una solución química, las grandes categorías de lo político: el consenso, la representación, la decisión.
Pero también es cierto que su solución política vuelve a partir de aquí, como desde un terreno virgen, como desde una suerte de sociedad de naturaleza que no sólo pide, sino que impone el paso a la ciudad de los hombres. Vencerá en este terreno quien posea una concepción del mundo capaz de tomar la palabra sobre la vida cotidiana de los individuos concretos.