Texto publicado por primera vez en inglés en el sitio web de Endnotes el 9 de mayo de 2026.
Tras la muerte de Ben Morea, mi primer impulso fue reconstruir su leyenda: una sucesión cinematográfica, casi inverosímil, de aventuras; una contrahistoria de los Estados Unidos de posguerra; una larga oda al espíritu indomable de ciertas almas. El primer borrador de este texto intentó entonar ese canto: escrito de memoria, era un estallido eufórico que exigía del lector una respuesta emocional equivalente. Me detuve a mitad del camino; la elegía adecuada requería otra cosa, algo que no quedara enteramente eclipsado por su propia narración.
Conocí a Ben en 2010, cuando pasé un año trabajando en Nueva York. Había leído el libro de Osha Neumann sobre los Motherfuckers, que termina con la desaparición de Ben en las montañas de Colorado, y empecé a preguntar si alguien sabía algo de él. Finalmente, un amigo me contó que había regresado a Nueva York algunos años antes y que había retomado contacto con parte del ambiente anarquista de la ciudad.
En una reunión de Red Channels, el colectivo dirigido por ese amigo, alguien reveló que habían encontrado en los archivos de la Fundación Andy Warhol la obra perdida de Valerie Solanas, supuestamente el origen del conflicto que la llevó a dispararle a Warhol. Cuenta la leyenda que Solanas, amiga cercana de Ben, le había prometido que él sería el último hombre asesinado en la futura revolución feminista. En su honor organizamos una lectura íntegra de la obra frente al lugar donde alguna vez estuvo la Factory de Warhol e invitamos a Ben.
La editorial española La Felguera acababa de publicar una antología de Black Mask, la revista de Ben en los años sesenta, y pensé que Edições Antipáticas, nuestra pequeña editorial, podía hacer algo similar. Me presenté, le hablé del proyecto y le propuse una gira por Portugal y España, organizada junto con La Felguera y la Feria Anarquista del Libro de Barcelona. Ben aceptó de inmediato: «Si me dices que puedo irme y volver con el mismo billete de cinco dólares en el bolsillo, voy». Durante los meses siguientes lo visité varias veces en su pequeño departamento de Hell’s Kitchen, que también funcionaba como galería. Ben sobrevivía modestamente comprando objetos de arte en distintos mercados de Nueva York para luego revendérselos a sus contactos del mundo artístico. Le encantaba recibir gente joven, que escuchaba absorta las historias que él contaba una y otra vez.
De vuelta en Lisboa organizamos innumerables cenas solidarias en RDA69 para financiar el viaje. Cuando Ben aterrizó, ya lo esperaba una cena en el centro social. Se emocionó y dijo que era la primera vez que volvía a encontrar el mismo tipo de atmósfera que había conocido en el Lower East Side. Pasamos las dos semanas siguientes viajando: muchas horas manejando, otras simplemente dejándonos llevar, llenas de conversaciones, pero sobre todo de esos silencios cómplices en los que las amistades toman forma. Esa amistad duró hasta su muerte, a pesar de la distancia y de los largos intervalos entre nuestros encuentros. Recuerdo la última vez que lo vi, exactamente un año antes de que muriera, en Nuevo México: los dos en silencio, recargados sobre un automóvil mientras uno de sus nietos adoptivos jugaba con una pistola de plástico, rodeado de caballos y desierto. Un día le dije que había tenido una vida más interesante que cualquiera de nosotros, y él respondió que sí, pero que nosotros éramos más inteligentes. No creo que eso sea cierto, pero aquel intercambio consolidó lo que resultaba familiar en nuestra relación: algo nacido de ese amor «partisano» entre personas que no comparten ni época, ni origen, ni lengua, ni sangre, pero sí una certeza intensa e inefable sobre la cual han construido una forma de vida. Eso era, en verdad, el «amor armado» de Ben.
La historia de los Motherfuckers es relativamente conocida. Una banda de forajidos, artistas y revolucionarios que sembró el caos en Nueva York durante la segunda mitad de los años sesenta. Su auténtico espíritu fuera de la ley, su ethos proto-punk y su arraigo territorial los distinguían de tantos otros grupos semejantes. Los Motherfuckers sostenían a decenas de personas con dinero recolectado de los negocios del barrio, luchaban por el control del vecindario contra el Estado y la mafia, y practicaban una suerte de dadaísmo armado. Huérfanos de unos Estados Unidos traumatizados por su propia brutalidad, descendieron sobre la ciudad en busca de la revolución acuariana y terminaron transformándose en hombres lobo sedientos de venganza.
Durante las décadas siguientes, teóricos militantes intentarían articular conceptualmente aquello que ahí apenas comenzaba a ensayarse. La ontología política subyacente a los Motherfuckers era simple: la totalización de las relaciones sociales capitalistas favorece la proliferación de prácticas secesionistas. El choque entre la civilización del capital y esas formas de vida constituye un juego de suma cero. Tales formas están hechas de relaciones. ¿De qué son capaces esas relaciones? ¿Se encuentran mediadas por el dinero, la ideología y el Estado, o por su disolución en una afinidad espiritual hecha de cuidado y antagonismo?
Lo que permanece del liderazgo carismático de Ben, para bien o para mal, es su intransigencia. Toda confrontación debía llevarse hasta su máxima intensidad, porque sólo ahí el antagonismo podía convertirse en una condición espiritual. En la teatralidad y el exceso con que los Motherfuckers ejercían la violencia hay una indecisión entre la pantomima y la aspiración de convertirla en algo mítico, primordial y cosmogónico; pero, a diferencia de lo que ocurrió en otros lugares, esa potencia insurreccional no degeneró en lucha armada clandestina. Encontró una vía de escape en las ruinas de la expansión estadounidense. Cuando el enfrentamiento con la policía y la mafia se volvió insostenible, los Motherfuckers iniciaron su éxodo hacia Nuevo México, escenario de disputas territoriales entre el gobierno federal y diversas tribus indígenas locales. La disolución del grupo en una deriva de bandidaje desesperado y facciones rivales —el infame «síndrome Pancho Villa»— señala el límite de una ontología pura de la guerra civil: más allá de la metrópoli, corre el riesgo de degenerar en mera autofagia.
Pero fue precisamente en medio de ese derrumbe donde Ben logró liberarse del papel de líder carismático. ¿Qué les queda a los revolucionarios cuando se derrumba la certeza de una revolución inminente? ¿El pequeño circuito narcisista? ¿La administración de un legado residual? ¿La renovación generacional incesante del ambiente militante? Ben Morea pudo haber muerto como mártir o sobrevivido convertido en ícono, pero eligió desaparecer. Pasó cinco años a caballo junto con su compañera Joan, recorriendo montañas y bosques, cazando y recolectando, acercándose a comunidades indígenas que terminaron por adoptarlo e iniciarlo. Se instaló en la frontera entre Colorado y Nuevo México y pasó las décadas siguientes realizando rituales y ceremonias por todo el país, adoptando a decenas de niños perdidos: algunos durante unos meses, otros durante décadas.
Existe una continuidad tangible entre esos momentos. La cultura psicodélica se vuelve ceremonial; el cuidado insurreccional se vuelve comunitario. Pero hay algo menos evidente que persiste en esa transformación del líder revolucionario en líder espiritual. A Ben no le gustarían los términos que elijo para describirlo, pero los uso porque hablar de aquello de lo que él hablaba con otras palabras es el homenaje más honesto que puedo rendirle. Entre su «familia» del Lower East Side y su familia del suroeste estadounidense persiste una antropología comunista, por frágil, efímera o situada que sea. No nos es accesible como tal. Ninguna de esas formas es repetible ni apropiable, pero en ellas permanece la intuición de una posible autonomía de la cuestión comunista —y anarquista— respecto de la crisis de las subjetividades revolucionarias. Cuando la revolución termina, haya vencido o haya sido derrotada, el revolucionario que quiera mantenerse fiel a su ética debe encontrar otra manera de renovar su compromiso y su testimonio, si no quiere ser devorado por sus fantasmas o poseído por sus demonios.
Por eso el regreso vacilante de Ben resulta tan singular. No volvió para iluminar a los revolucionarios desconcertados del siglo XXI ni para reclamar dividendos del pasado. Al contrario: volvió para ofrecer el testimonio de algo que hoy parece imposible, la posibilidad de una buena vida. No hay nada hagiográfico en esta afirmación. Cualquiera que lo haya conocido sabe cuán caprichoso, irascible y egocéntrico podía ser; pero no había en ese hombre ni una sola pizca de cinismo, incredulidad o resentimiento. Ben era un antídoto contra nuestro malestar contemporáneo, desmontando la masculinidad de cuento de hadas asociada a la figura del revolucionario.
La fusión mítica entre arte y vida nace de un narcisismo criptoaristocrático fascinado por su propio reflejo. Ben se apartó de ese programa de vanguardia y lo trascendió. De todo ese panteón sesentayochero que se nos escapa entre los dedos, quizá él sea el único que no fue filósofo ni escritor. Los santos que todavía nos quedan son aquellos que, frente al desgarramiento psíquico, corporal y existencial de las subjetividades modernas, consiguieron preservar una integridad sensible. Esa integridad no es piadosa ni neurótica; al contrario, es excesiva, violenta y en cierto modo monástica. Posee una gracia ctónica, terrosa, polvorienta y distante. Ben vivió de tal manera que, aun cuando todo arde a nuestro alrededor, siga siendo posible imaginar una buena vida en medio de la conflagración.