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Luhuna Carvalho / Ben Morea (1941-2026). El hombre menos cínico del mundo

Texto publicado por primera vez en inglés en el sitio web de Endnotes el 9 de mayo de 2026. Queda aquí retraducido a partir del texto en portugués, que se publicó el 13 de mayo de 2026 en el sitio web de Punkto e incluye varias adiciones.

 

Ante la muerte de Ben Morea, mi primera tentación fue reconstruir su leyenda: una sucesión cinematográfica y casi inverosímil de aventuras; una contrahistoria de la posguerra estadounidense; un largo canto a la irreductibilidad de ciertos espíritus. El primer borrador de este texto intentó entonar ese canto: escrito de memoria, era un arrebato eufórico que exigía del lector una conmoción equivalente. Me detuve a mitad del camino; la elegía adecuada requería otra cosa, algo que no quedara enteramente eclipsado por su propia narración.
Conocí a Ben en 2010, cuando pasé un año trabajando en Nueva York. Había leído el libro de Osha Neumann sobre los Motherfuckers, que termina con la desaparición de Ben en los bosques de Colorado, y empecé a preguntar si alguien sabía algo de su destino. Nadie sabía responder hasta que un amigo me contó que había regresado a Nueva York un par de años antes y que había retomado el contacto con parte de los círculos anarquistas de la ciudad.
En una reunión de Red Channels, el colectivo dirigido por ese amigo, alguien reveló que habían encontrado en los archivos de la Fundación Andy Warhol la obra de teatro escrita por Valerie Solanas, perdida desde hacía mucho tiempo y supuestamente en el origen del conflicto que la llevó a dispararle a Warhol. Cuenta la leyenda que Solanas, muy amiga de Ben, le había prometido que él sería el último hombre en ser eliminado en la futura revolución feminista. En su homenaje, organizamos una lectura íntegra de la obra frente al lugar donde alguna vez estuvo la Factory de Warhol e invitamos a Ben a aparecer.
La editorial española La Felguera acababa de publicar una antología de Black Mask, la revista de Ben en los años sesenta, y pensé que las Edições Antipáticas, nuestra pequeña editorial, podía hacer algo similar. Me presenté, le hablé del plan y le propuse una gira por Portugal y España, organizada junto con La Felguera y la Feria del Libro Anarquista de Barcelona. Ben aceptó de inmediato: «Si me dices que puedo irme y volver con el mismo billete de cinco dólares en el bolsillo, voy». Durante los meses siguientes lo visité varias veces en su pequeño departamento de Hell’s Kitchen, que también funcionaba como galería. Ben vivía modestamente de comprar objetos de arte en distintos mercados de Nueva York para luego revendérselos a sus contactos del mundo artístico. Le encantaba recibir gente más joven, que absorbía las historias que él contaba una y otra vez. Iba y venía constantemente de Colorado, donde dirigía ceremonias rituales entre comunidades amerindias.
De vuelta en Lisboa organizamos innumerables cenas solidarias en el RDA69 para subsidiar el viaje. Cuando Ben aterrizó en Lisboa, ya lo esperaba una cena en el centro social. Se emocionó y dijo que era la primera vez que volvía a encontrar el mismo tipo de atmósfera que le había resultado tan familiar en los años sesenta. Pasamos las dos semanas siguientes viajando: muchas horas de carretera y deriva, llenas de conversaciones, pero sobre todo de esos silencios cómplices en los que las amistades adquieren cuerpo. Esa amistad duró hasta su muerte, con varias otras aventuras de por medio, a pesar de la distancia y de los largos intervalos entre encuentros.
En los últimos años empezó a hacerse evidente que cada vez que nos veíamos podía ser la última, así como cierta dificultad para expresar un afecto tan profundo y al mismo tiempo tan desprovisto de cotidianidad. Recuerdo la última vez que lo vi, exactamente un año antes de que muriera, en Nuevo México: los dos en silencio, recargados sobre un automóvil mientras uno de sus nietos adoptivos jugaba con una pistola de plástico, rodeado de caballos y desierto. Su presencia me producía una inmensa alegría, que creo era mutua y que, sin embargo, siempre se expresó más mediante una complicidad silenciosa que a través de cualquier efusividad verbal. Un día le dije que había tenido una vida más interesante que cualquiera de nosotros, y respondió que sí, pero que nosotros éramos más inteligentes. No creo que eso sea cierto, pero aquel intercambio consolidó lo que resultaba familiar en nuestra relación: algo nacido de ese amor partisano entre personas que no comparten ni tiempo, ni origen, ni lengua, ni sangre, pero sí una certeza intensa e inefable sobre la cual construyeron un modo de vivir la vida. Ben Morea fue un heraldo de ese «amor armado».

 

La historia de los Motherfuckers es relativamente conocida. Una pandilla de marginales, artistas y revolucionarios que sembró el caos en Nueva York durante la segunda mitad de los años sesenta. Su verdadera marginalidad, su espíritu proto-punk y su arraigo territorial los distinguían de tantos otros grupos semejantes. Los Motherfuckers cuidaban a decenas de personas con dinero recolectado de los negocios del barrio, disputaban el control del barrio con el Estado y la mafia y practicaban una suerte de dadaísmo armado. Los huérfanos de unos Estados Unidos traumatizados por su propia brutalidad descendían sobre la ciudad en busca de la revolución acuariana y se transformaban en hombres lobo sedientos de venganza.
La teoría militante pasaría las décadas posteriores intentando expresar lo que ahí se ensayaba. La ontología política implícita en los Motherfuckers es simple: la totalización de las relaciones sociales capitalistas fomenta la multiplicación de prácticas de secesión. El enfrentamiento entre la civilización del capital y esas formas de vida constituye un juego de suma cero. Tales formas están compuestas por relaciones. ¿De qué son capaces esas relaciones? ¿Se encuentran mediadas por el dinero, la ideología y el Estado o por su disolución a través de una afinidad espiritual hecha de cuidado y antagonismo?
Lo que permanece del liderazgo carismático de Ben, para bien y para mal, es su intransigencia. Todo enfrentamiento debía escalar hasta su máxima intensidad, porque sólo ahí el antagonismo podría convertirse en una condición espiritual. En la teatralidad y el exceso de la violencia de los Motherfuckers hay una indecisión entre la pantomima y la aspiración a que ésta se vuelva mítica, primordial y cosmogónica; pero, al contrario de lo que ocurrió en otros lugares, esa potencia insurreccional no degeneró en lucha armada clandestina. Encontró una vía de escape en la inmensidad estadounidense. Cuando el enfrentamiento con la policía y la mafia se volvió insostenible, los Motherfuckers emprendieron su éxodo hacia Nuevo México, escenario de disputas territoriales entre el gobierno federal y las tribus indígenas locales. La disolución del grupo en un bandolerismo desesperado y en facciones rivales —el «síndrome Pancho Villa» del que hablababa Ben— señala el límite de una ontología pura de la guerra civil: más allá de la metrópoli, corre el riesgo de degenerar en mera autofagia. Pero fue precisamente en medio de ese colapso donde Ben logró liberarse del papel de líder carismático. ¿Qué les queda a los revolucionarios cuando se desvanece la certeza de una revolución inminente? ¿El racket narcisista? ¿La gestión de un patrimonio residual? ¿La renovación generacional incesante del milieu? Ben Morea pudo haber muerto como mártir o sobrevivido como ícono, pero eligió desaparecer. Pasó, junto con su compañera Joan, cinco años a caballo entre las montañas y los bosques, cazando y recolectando, acercándose a comunidades indígenas por las que fue adoptado e iniciado. Se instaló en la frontera entre Colorado y Nuevo México y pasó las décadas siguientes dirigiendo rituales y ceremonias por todo el país, adoptando a decenas de niños perdidos: algunos durante unos meses, otros durante décadas.
Existe una continuidad tangible entre esos momentos. La cultura psicodélica se vuelve ceremonial; el cuidado insurreccional se vuelve comunal. Pero hay algo menos evidente que persiste en esa transformación del líder revolucionario en líder espiritual. A Ben no le gustaría el vocabulario que elijo para describirlo, pero lo uso porque creo que emplear otras palabras para hablar de aquello de lo que él hablaba es el homenaje más honesto que puedo rendirle. Entre su «familia» del Lower East Side y su familia del suroeste estadounidense perdura una antropología comunista, por más frágil, efímera o situada que pueda ser. No nos es accesible como tal. Ninguna de esas formas es repetible ni apropiable, pero en ellas permanece la intuición de una autonomización de la cuestión comunista —y anarquista— respecto de la crisis de las subjetividades revolucionarias. Cuando la revolución termina —vendida o derrotada—, el revolucionario que quiera mantenerse fiel a su esencia ética debe encontrar otra forma de renovar su compromiso y su testimonio, si no quiere ser devorado por sus fantasmas o poseído por sus demonios.
Por eso el regreso vacilante de Ben resulta tan singular. No volvió para esclarecer a los revolucionarios desorientados del siglo XXI ni para reclamar los dividendos del pasado. Al contrario: volvió para ofrecer el testimonio de algo que hoy parece imposible, la posibilidad de una buena vida. Quienes lo conocieron saben cuán caprichoso, colérico y autocentrado podía ser; pero no había en ese hombre ni una sola pizca de cinismo, descreimiento o resentimiento. Ben era un antídoto contra el malestar contemporáneo, y no es casual que se constituyera como tal mediante la destitución de la masculinidad féerica de la figura del revolucionario.
La fusión mítica entre arte y vida surge de un narcisismo criptoaristocrático abismado sobre sí mismo. Ben partió de ese programa vanguardista y lo superó. De ese panteón sesentayochero que se nos escapa entre los dedos, quizá él sea el único que no fue filósofo ni escritor. Los santos que nos quedan son aquellos que, frente al estallido psíquico, corporal y existencial de las subjetividades modernas, consiguieron preservar una integridad sensible. Esa integridad no es beata ni neurótica; por el contrario, es excesiva, violenta y algo monástica. Es una gracia ctónica, terrestre, polvorienta y distante. Ben vivió para que, aunque todo arda a nuestro alrededor, siga siendo posible pensar en una buena vida dentro de ese incendio.

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