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Sasan Sedghinia / La sublevación nacional en Irán y las oleadas de la extrema derecha

Texto publicado originalmente en el sitio web de la revista italiana Machina el 13 de enero de 2026. Sasan Sedghinia es un escritor, traductor e investigador independiente iraní de izquierda, residente en Roma. Ha publicado numerosos artículos en persa e italiano.

 

Introducción

 

Este texto se escribió el 12 de enero de 2026, dos semanas después del inicio de una nueva fase de la sublevación nacional del pueblo iraní contra el régimen de la República Islámica. La rapidez de los desarrollos internos y externos vinculados a Irán vuelve extremadamente difícil el seguimiento de la situación. Sin embargo, lo ocurrido hasta ahora puede dividirse en cuatro ámbitos principales: la posición del régimen de la República Islámica, la sublevación popular a escala nacional, la situación de la oposición y el contexto geopolítico.

 

El estancamiento de la gobernanza en la República Islámica

 

La República Islámica nació de la represión y de la derrota de la revolución de febrero de 1979. El régimen se instaló en el poder mediante la represión y la masacre de todas las oposiciones políticas y de las minorías étnicas. Una década después de consolidar su poder, durante la guerra de ocho años con el régimen de Saddam Hussein, emprendió políticas transnacionales que pueden definirse como de «ajuste neoliberal». Desde principios de la década de 1990, el régimen gobernó sobre la base de una combinación de despotismo político, austeridad económica y militarización.
Hoy la República Islámica puede definirse como una forma de capitalismo neoliberal de tipo mafioso. Todos los sectores económicos y políticos se encuentran bajo el control de redes financieras, del narcotráfico y del lavado de dinero. La industria petrolera iraní está en manos de grupos que actúan de facto de manera independiente del Estado y que controlan amplias porciones de la economía. Las políticas de austeridad neoliberal, aplicadas en ausencia de cualquier organización sindical independiente de los trabajadores, se implementaron con tal intensidad que hoy el salario medio de un trabajador iraní es inferior a 80 dólares mensuales; muchos trabajadores ni siquiera se encuentran cubiertos por la legislación laboral.
El Estado en la República Islámica nunca fue un Estado mediador; al gobernar mediante un estado de excepción permanente, impuso un despotismo opaco y una austeridad feroz sobre una población excedente en constante crecimiento. Las infraestructuras del país se encuentran completamente deterioradas y el entorno natural al borde de la destrucción. El lago Urmia, el segundo lago salado más grande del mundo, se secó; numerosas zonas húmedas y lagos desaparecieron; Irán se encuentra hoy entre los países líderes en subsidencia del suelo y sobreexplotación de los acuíferos.
No obstante, lo que detonó las protestas recientes fue el colapso del valor de la moneda nacional, el rial, y el aumento continuo de la pobreza. Actualmente, un tercio de la población iraní vive por debajo del umbral de pobreza absoluta y alrededor de 55 millones de personas se sitúan por debajo de la línea de pobreza o en su límite. Las sanciones internacionales, en particular las impuestas por el gobierno de Estados Unidos, insertas en un contexto de políticas neoliberales, terminaron por favorecer al régimen, ampliando y profundizando las políticas de austeridad.
Con la ralentización del flujo de dólares hacia el país, el régimen adoptó diversas estrategias: la creación de redes transnacionales de lavado de dinero; la privatización de la venta de petróleo; la venta de crudo a precios inferiores a países como China, en ausencia de cualquier mecanismo de control y rendición de cuentas sobre los flujos de divisas. De manera paralela, la moneda subsidiada se otorgó a redes clientelares, familiares y grupos de poder para la importación de bienes, pero miles de millones de dólares fueron saqueados o transferidos al extranjero. El Estado, en lugar de regular el mercado, intentó responder a la crisis incrementando la liquidez monetaria.
Tanto los conservadores cercanos a Alí Jamenei, guía supremo del régimen, como la facción reformista vinculada a la presidencia constituyen, en lo fundamental, oligarquías financieras y mafiosas que, frente a cualquier forma de resistencia organizada dentro de Irán, recurrieron a la represión y al saqueo sistemático de la población. La proporción del gasto público respecto del producto interno bruto en Irán se encuentra entre las más bajas del mundo, dato que refleja la aplicación de las políticas neoliberales más radicales y el predominio de la financiarización.
En este contexto, entre enero de 2019 y enero de 2026, el pueblo iraní protagonizó al menos cuatro sublevaciones nacionales contra el régimen. Lo que ocurre hoy en las calles de Irán no es un fenómeno aislado, sino parte de una cadena de sublevaciones sucesivas: pocos países en el mundo experimentaron, antes y después de la pandemia, una continuidad tan intensa de protestas y revueltas a escala nacional.
La revuelta de enero de 2018 comenzó como una protesta contra la inflación y se transformó rápidamente en una impugnación política difundida en todo el país. La insurrección de noviembre de 2019, desencadenada por el aumento del precio de la gasolina, fue sofocada temporalmente por el régimen mediante el asesinato de cientos de personas y el apagón total de internet. La sublevación de septiembre de 2022, posterior al asesinato de Mahsa Amini y encarnada en el movimiento «Mujer, Vida, Libertad», enfrentó una respuesta que incluyó más de quinientos muertos, miles de heridos y una amplia purga de oficinas e instituciones estatales.
La sublevación nacional de enero de 2026 se inscribe en la continuidad de las políticas económicas neoliberales, esta vez bajo el gobierno de Masoud Pezeshkian. Una serie de medidas —entre ellas un nuevo aumento del precio de la gasolina y la eliminación del tipo de cambio subsidiado y de los subsidios— dio inicio a las protestas. Tras la guerra de doce días de junio de 2025 con Israel, el rial perdió 40 % de su valor, y el gobierno, en lugar de enfrentar el poder de las oligarquías, buscó de manera sistemática trasladar el peso de la crisis a los eslabones más débiles de la cadena social: trabajadores, mujeres y poblaciones marginadas.

 

La sublevación nacional y la crisis de la supervivencia

 

La mayoría de la población iraní se encuentra hoy inmersa en una grave crisis económica, en una condición de mera supervivencia. Las protestas comenzaron en respuesta a las oscilaciones del tipo de cambio del dólar, a partir de los mercados y de los pequeños comercios. Los bazares fueron históricamente uno de los aliados del frente conservador del régimen, pero incluso estos sectores se encuentran ahora profundamente insatisfechos. Desde el primer día, las protestas adquirieron rápidamente una dimensión política, apuntando al corazón mismo del poder.
El bazar de Teherán, así como los de las grandes ciudades, no está compuesto exclusivamente por comerciantes y propietarios: múltiples indicios señalan la participación activa de aprendices de tienda, vendedores ambulantes y adolescentes empleados como cargadores en los mercados. En los días siguientes, las protestas se extendieron rápidamente a las periferias urbanas y a las regiones occidentales del país, entre ellas las provincias de Lorestán, Kermanshah e Ilam. Esta sublevación puede definirse, con pleno derecho, como una revuelta de los marginados y de los desempleados.
En este contexto, el indicador de los NEET (Not in Education, Employment or Training) resulta particularmente útil para comprender lo ocurrido en las revueltas recientes. Según las estadísticas oficiales del régimen, 25 % de los jóvenes entre 15 y 25 años en Irán no estudia, no trabaja y no percibe ingreso alguno. En otras palabras, una cuarta parte de la llamada Generación Z forma parte de esa «población excedente» excluida de cualquier forma de mediación estatal. El sistema educativo de la República Islámica es uno de los más fuertemente estratificados del mundo: según los datos más recientes, más de un millón de personas en edad escolar abandonaron los estudios debido a la pobreza. En un escenario semejante, la explosión de revueltas protagonizadas por los marginados, los desempleados y los trabajadores urbanos precarios resultaba ampliamente previsible.
A partir del décimo día de protestas, el régimen interrumpió el acceso a internet y a las comunicaciones telefónicas, eliminando la posibilidad de coordinación y de difusión de imágenes de las manifestaciones. Se trata de una señal clara del inicio de una represión a gran escala, ya ensayada durante la sublevación de noviembre de 2019. Actualmente, la revuelta continúa en todo el país y, esta vez, los manifestantes muestran mayor audacia y preparación.
Contrariamente a los análisis optimistas —y en parte securitarios—, no existe ninguna estructura organizativa ni forma de coordinación estable. Los jóvenes de los distintos barrios se comunican entre sí pocas horas antes de las protestas nocturnas, tomando decisiones improvisadas sobre cómo actuar. Los manifestantes convergen en las principales arterias urbanas, dando lugar a oleadas sucesivas de protesta.
El aparato represivo de la República Islámica es multinivel y complejo. En los primeros días de las protestas, la represión y el control de las manifestaciones recayeron principalmente en las fuerzas policiales y en los grupos de civiles conocidos como Basij. En los últimos días, sin embargo, las máximas autoridades del régimen —incluido Alí Jamenei— calificaron a los manifestantes como «subversivos» y ordenaron una represión abierta. El jefe de la policía y los altos mandos del poder judicial amenazaron a los manifestantes con la muerte y con castigos severos, sin posibilidad alguna de clemencia. La entrada en escena de las fuerzas terrestres del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica constituye ahora una señal inequívoca de la profundidad de la crisis y de la amplitud de las protestas.

 

La oposición de extrema derecha

 

Irán es uno de los pocos países del mundo en los que tanto el régimen en el poder como la mayor parte de la oposición permanecen atrapados en visiones de extrema derecha. Los monárquicos, que aspiran al retorno del sistema monárquico anterior a la revolución de 1979, consideran a Reza Pahlaví, hijo del último sah de Irán, como el líder de la fase de transición y adoptan un enfoque autoritario con rasgos marcadamente fascistoides. En su visión, el mundo se divide en dos campos opuestos: por un lado, el «mundo libre», encabezado por los Estados Unidos de Trump y por Israel; por el otro, el despotismo religioso oriental. Esta dicotomía conduce a borrar numerosas cuestiones fundamentales y a leer tanto las protestas como la forma de gobierno de la República Islámica casi exclusivamente a través del prisma de las ecuaciones geopolíticas.
También la izquierda denominada «campista» o «antiimperialista» observa las protestas iraníes desde una perspectiva geopolítica, aunque de manera distinta, interpretándolas como una conspiración estadounidense-israelí. Estos enfoques constituyen una de las principales fuentes de riesgo que amenazan las movilizaciones recientes y representan desde hace tiempo un obstáculo estructural para el avance hacia la libertad y el bienestar social.
Hasta hace pocos años, e incluso durante el movimiento «Mujer, Vida, Libertad», el monarquismo era solo una de las múltiples corrientes políticas presentes en la oposición. Hoy, en cambio, se manifiesta como un discurso hegemónico y como una práctica política visible sobre el terreno, sobre todo dentro de la diáspora. No se trata de un fenómeno espontáneo, sino de una tendencia respaldada por una red financiera y mediática bien estructurada, que apoyó abiertamente el ataque israelí contra Irán.
El nacionalismo extremo de esta corriente no reproduce una versión clásica del fascismo, sino que representa más bien una forma de nacionalismo construida en el mundo contemporáneo para contener las protestas y orientarlas hacia la apertura de los mercados occidentales. El culto al libre mercado, el patriarcado y el nacionalismo radical transformaron a esta corriente en una alternativa de extrema derecha capaz de atraer a amplios sectores de la población iraní, incluidos estratos de las clases subalternas.
El lema «Mujer, Vida, Libertad» se escucha ya con poca frecuencia en las calles, fuera de los ámbitos universitarios. Un ciudadano iraní, que logró con gran dificultad contactar con la BBC Persian, afirma que el movimiento «Mujer, Vida, Libertad» se centró principalmente en la cuestión del velo y que, con la relajación de los controles estatales sobre la vestimenta, el tema central volvió a ser el pan y la dignidad humana. Más allá de que se comparta o no esta interpretación, ésta revela un punto crucial: el movimiento «Mujer, Vida, Libertad» no logró articularse con las luchas por el salario, el bienestar social y la oposición a la guerra, y quedó confinado a un impacto predominantemente cultural en la vida cotidiana.
La fractura entre las reivindicaciones económicas y salariales y las demás demandas sociales favoreció el ascenso de la extrema derecha, sostenida por propaganda y recursos financieros. Hoy, los monárquicos llegan a invocar abiertamente la intervención militar de Trump y Netanyahu en Irán: un discurso extremadamente peligroso, que corre el riesgo de conducir a la derrota de una sublevación que, según las palabras de ese ciudadano, es ante todo un movimiento por el pan y la dignidad humana. La revuelta por el pan y la libertad queda así atrapada entre el nacionalismo y el culto al mercado.
En las calles de Irán, incluso en las ciudades más pequeñas, se escuchan consignas de apoyo a Reza Pahlaví. Ante la ausencia de cohesión y de una acción eficaz por parte de la oposición de izquierda y progresista, muchos iraníes parecen orientarse hacia Pahlaví no tanto por convicción ideológica como por la percepción de que cuenta con mayores posibilidades de superar a la República Islámica.
En cualquier caso, los monárquicos lograron construir una narrativa y un léxico compartidos para expresar las causas de la rabia y del dolor de los manifestantes, actuando así como una fuerza capaz de distorsionar y apropiarse de la movilización reciente. Las demás fuerzas de oposición, desde los republicanos moderados hasta la izquierda radical, no tienen otra opción que intervenir activamente en las dinámicas internas de las protestas en curso, intentando orientarlas en una dirección emancipadora.

 

Trump y las piezas geopolíticas

 

En los próximos días se aclararán con mayor precisión los objetivos y los planes de Trump en relación con el movimiento de protesta del pueblo iraní. No obstante, ya resulta evidente que la administración estadounidense considera a Irán como el eslabón más débil de un bloque inestable encabezado por China y Rusia. China es actualmente el principal socio comercial del régimen de la República Islámica; este último colabora además militarmente con Rusia en la guerra en Ucrania y es miembro de la Organización de Cooperación de Shanghái y de los BRICS. A pesar de ello, la República Islámica nunca asumió el papel de verdadero socio estratégico ni para Pekín ni para Moscú, ambos generalmente inclinados a adoptar una actitud prudente frente a las crisis de gobernanza en Irán.
La República Islámica, pese a su retórica antioccidental, carece de cualquier contenido auténticamente antiimperialista o antineoliberal; actúa más bien dentro de una suerte de «guerra de civilizaciones» en un mundo multipolar marcado por una transición hegemónica en curso. La oposición de extrema derecha, junto con Estados Unidos e Israel, así como el propio régimen de la República Islámica, transformó la vida de la población iraní en un daño colateral de una guerra geopolítica. Desde este punto de vista, todos estos actores son corresponsables de la devastación y de la destrucción de vidas en Irán.
La importancia de esta observación radica en la necesidad de pensar las protestas más allá de los confines de las geopolíticas estatales, evitando reducirlas a una simple respuesta reactiva y condenada al fracaso frente a la ira y al dolor del pueblo iraní. La esperanza siempre tiene un rostro bifronte, como Jano: una mirada dirigida hacia atrás y otra hacia adelante; una fija en un horizonte luminoso, la otra marcada por las amargas derrotas del pasado. No queda otra opción que considerar simultáneamente los límites y las posibilidades.
En la próxima parte se abordarán los principales nudos teóricos y analíticos de la crisis y de las protestas en Irán, junto con los posibles escenarios futuros.

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