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Giorgio Agamben / La guerra es la paz | Cocineros, actores y capitanes | Vivir o sobrevivir | Minúscula y mayúscula | Creer y no creer | El misterio del poder

Traducción para Artillería inmanente de seis textos de Giorgio Agamben publicados entre octubre de 2025 y enero de 2026 en el sitio web de la editorial italiana Quodlibet, donde publica habitualmente su columna «Una voce».

 

La guerra es la paz

 

Entre los horrores de la guerra que a menudo se olvidan está su supervivencia en tiempo de paz a través de sus transformaciones industriales. Es sabido —pero se olvida— que los alambres de púas con los que muchos aún cercan sus campos y sus propiedades proceden de las trincheras de la Primera Guerra Mundial y están manchados con la sangre de innumerables soldados muertos; es sabido —pero se olvida— que los botes inflables que abarrotan nuestras playas fueron inventados para el desembarco de las tropas en Normandía durante la Segunda Guerra Mundial; es sabido —pero se olvida— que los herbicidas usados en la agricultura derivan de aquellos empleados por los estadounidenses para deforestar Vietnam; y, como última consecuencia y la peor de todas, las centrales nucleares, con sus residuos indestructibles, son la transformación «pacífica» de las bombas atómicas. Y conviene recordar, como comprendió Simone Weil, que la guerra externa es siempre también una guerra civil, que la política exterior es, en verdad, una política interior. Invirtiendo la fórmula de Clausewitz, hoy la política no es sino la continuación de la guerra por otros medios.

 

 

Cocineros, actores y capitanes

 

Una frase de Kierkegaard describe perfectamente nuestra situación histórica: «Tengan cuidado: el barco ya está en manos del cocinero de a bordo y las palabras que transmite el megáfono del comandante ya no conciernen al rumbo, sino a lo que se comerá mañana». A veces, quien guía la nave no es el cocinero, sino un actor que, en lugar del rumbo, nos habla de la comedia que está representando. En cualquier caso, el barco no puede sino naufragar.

 

 

Vivir o sobrevivir

 

Quienes hoy nos gobiernan intentan organizar la supervivencia de la humanidad, es decir, buscan transformar a los vivos en sobrevivientes. Pero aquello que sobrevive ya no está vivo: vive verdaderamente solo quien no sobrevive a su propio modo de vivir y a su propio mundo. Una nuda vida no existe: es sólo una abstracción del derecho y del poder. Los sobrevivientes que nos rodean no tienen boca ni oídos, no hablan ni escuchan, sólo cuentan. Hablarles no sirve de nada. Los poetas y los filósofos están muertos: por eso con ellos podemos hablar.

 

 

Minúscula y mayúscula

 

En el pasado me ocurrió escribir con mayúscula una palabra a la que quería conferir una importancia o un significado particular. Ahora sé que me equivocaba. Conviene ver todo en minúscula: la mayúscula impide ver. Y comprender, como si, una vez subrayada la prioridad o la importancia, comprender ya no fuera necesario. Más en general, si algo —aunque sea el término dios o, peor aún, la palabra estado— necesita la mayúscula, quiere decir que no se cree lo suficiente en su primacía. Como escribió maravillosamente la poeta griega Kikí Dimulá: «Si la lluvia cae en mayúscula / la miro; si cae en minúscula / la amo». En minúscula vemos, en minúscula vivimos y, si dios y el estado no nos las imponen, sin mayúsculas nos iremos de la minúscula y amable tierra.

 

 

Creer y no creer

 

En 1973, al escribir Tools for Conviviality, Illich preveía que la catástrofe del sistema industrial se convertiría en una crisis que inaugurarían una nueva época. «La parálisis sinergética de los sistemas alimenticios provocará el derrumbamiento general del modo de producción industrial. […] Dentro de muy corto tiempo, la población perderá la confianza, no sólo en las instituciones dominantes, sino también en los gestores la crisis. El poder que tienen sus instituciones para definir los valores (la educación, la velocidad, la salud, el bienestar, la información, etc.) se desvanecerá repentinamente cuando se reconozca su carácter ilusorio. Un suceso imprevisible y probablemente menor, servirá de detonador a la crisis, como el pánico en Wall Street precipitó la Gran Depresión. […] De la noche a la mañana, instituciones importantes perderán toda respetabilidad, toda legitimidad y reputación de servir al interés público».
Conviene reflexionar sobre las razones y los modos en que estas profecías, sustancialmente correctas, no se cumplieron después de casi medio siglo (aunque muchos síntomas parecen confirmar su actualidad). El modo de producción industrial y el poder que lo acompaña continúan existiendo a pesar de haber perdido toda respetabilidad y toda credibilidad. Illich no podía imaginar que un sistema pudiera sostenerse precisamente a través de la pérdida de toda credibilidad, es decir, que los hombres continuaran actuando según modelos y principios en los que ya no creían, que la falta de fe, el ser oligopistos (Mateo 14, 31), se convirtiera en la condición normal de la humanidad (y, sin duda, quien hizo aceptable la pérdida de la fe fue ante todo la Iglesia, al transformar en un paquete de dogmas la cercanía entre corazón y palabra que estaba en juego en Pablo, Rm. 10, 6-10).
Un sistema —como el que tenemos ante nosotros— que da por supuesto que ya no se cree en él, que se funda, por tanto, precisamente en la apistia y en la falta de confianza, es un adversario a la vez frágil y particularmente difícil de combatir. En efecto, cobra incesantemente un crédito que no tiene, del mismo modo que, en última instancia, son incobrables los créditos sobre los que los bancos fundan su poder. El dinero funciona no porque se crea en él, sino precisamente porque es la forma misma de la falta de fe (como Marx había entrevisto, justamente esta ausencia de fe constituye el carácter teológico de la mercancía: no se puede tener fe en aquello que se puede vender y comprar). Al sustituir a la Iglesia, los bancos administran sabia e irresponsablemente la ausencia de fe que define nuestro mundo; son los levitas y los sacerdotes de la nueva irreligión de la humanidad.
¿Cómo pensar una estrategia frente a un adversario semejante? Ciertamente es vano denunciar su falta de credibilidad y su ilegitimidad, puesto que —como se vio con claridad durante la llamada pandemia— él mismo es el primero en exhibirlas y reivindicarlas. Su punto débil no reside tanto en la falta de fe, cuanto más bien en la mentira a la que, a partir de ella, se cree obligado. Invencible sería, en efecto, sólo un poder que, fundado en la incredulidad, decidiera no hablar y se consagrara al silencio. Los poderes que hoy pretenden gobernarnos no hacen sino hablar y enunciar juicios y, contradiciendo así su naturaleza más íntima, parecen de algún modo creer y exigir fe.
En realidad, aquí ocurre algo más complicado y sutil. Para quien no cree, todo discurso es falso, pues a la falta de fe solo corresponde el silencio. Como aquel personaje de Los demonios, no cree creer ni cree no creer. Si cree, en cambio, como parece ocurrir hoy en todas partes, en su propia incredulidad, destruye el fundamento mismo sobre el que se sostenía. Creer que no se cree es la peor de las mentiras, en la que quien la profiere no puede sino quedar prisionero. Y es esta mentira —y no, como sugería Illich, el hecho de que los hombres ya no crean en él— la que conducirá al sistema a la ruina.

 

 

El misterio del poder

 

Es posible leer la segunda carta de Pablo a los Tesalonicenses como una profecía que concierne a la situación actual de Occidente. El apóstol evoca aquí «un misterio de la anomia», de la «ausencia de ley», que ya está en acto, pero que no llegará a su cumplimiento con la segunda venida de Jesucristo si antes no aparece «el hombre de la anomia (ho anthropos tēs anomías), el hijo de la destrucción, aquel que se opone y se eleva por encima de todo lo que es llamado Dios o es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, mostrándose como Dios». Existe, sin embargo, un poder que retiene esta revelación (Pablo lo llama, sin definirlo mejor, simplemente «lo que retiene — katéchon»). Es necesario, por tanto, que este poder sea quitado de en medio, porque solo entonces «será revelado el impío (ánomos, lit. “el sin ley”), a quien el señor Jesús eliminará con el soplo de su boca y dejará inoperante con la manifestación de su venida».
La tradición teológico-política identificó este «poder que retiene» con el Imperio romano (así en Jerónimo y, más tarde, en Carl Schmitt) o con la propia Iglesia (en Ticonio y Agustín). Es evidente, en cualquier caso, que el poder que retiene se identifica con las instituciones que rigen y gobiernan las sociedades humanas. Por ello, su eliminación coincide con el advenimiento del ánomos, de un «sin ley» que ocupa el lugar de Dios y que, «con signos y falsos prodigios», conduce a la perdición «a quienes han renunciado al amor por la verdad».
Es posible ver en el misterio de la anomia no tanto un arcano supratemporal, cuyo único sentido sería poner fin a la historia, sino más bien un drama histórico (mystērion en griego significa «acción dramática»), que corresponde perfectamente a lo que hoy estamos viviendo.
Las instituciones dominantes parecen haber extraviado su sentido y se están literalmente quitando de en medio, dejando el lugar a una anomia, a una ausencia de ley que pretende ser, por así decirlo, legal, pero que de hecho abdicó de toda legitimidad. El Estado (el principio que retiene) y el «sin ley» son, en realidad, las dos caras de un mismo misterio: el misterio del poder. Como hoy muestran los Estados Unidos sin ningún escrúpulo, el «hombre de la anomia», el «sin ley», designa la figura del poder estatal que, al dejar caer los principios constitucionales y éticos que tradicionalmente lo limitaban y, con ellos, «el amor por la verdad», se confía a los «signos y falsos prodigios» de las armas y de la tecnología. Es esta confusión de anarquía y legalidad, en un estado de excepción vuelto permanente, la que debemos desenmascarar y volver inoperante en todos los ámbitos.

 

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