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La contrarrevolución de 2020 responde a los levantamientos de 2019 | Capítulo del Manifiesto conspiracionista

Un lector de Artillería inmanente nos comparte la siguiente traducción que llevó a cabo del cuarto capítulo del libro anónimo Manifeste conspirationniste, publicado en enero de 2022 por la editorial francesa Le Seuil. La editorial española Pepitas de calabaza publicará en los próximos meses una versión en castellano de este libro. A propósito de la atribución mediática de la autoría al comité invisible, les sugerimos leer su «Comunicado núm. 0».

 

1. El punto de inflexión de 2019. 2. La recuperación del control.

 

1.
Digamos que existe un Orden Mundial.
Digamos que un conjunto de poderes —estatales, económicos, geopolíticos o financieros—, aunque compitan en el detalle de sus intereses, tienen un interés fundamental en mantener el orden general, una cierta regularidad, una cierta estabilidad, una cierta previsibilidad, aunque puramente aparente, del curso de los acontecimientos.
Digamos que el punto en que se unen vitalmente es el mantenimiento de la servidumbre universal, que forma la condición común de sus existencias singulares.
Pongámonos ahora en el lugar de cualquiera de estos poderes a finales de 2019, digamos en octubre. ¿Cómo no verse sacudido por el pánico?

 

El Hong Kong pacífico, financiero, consumista, la ciudad-Estado sin historia, el templo de la nada comercial, el colmo del vacío climatizado donde, antes del movimiento Occupy, habría sido difícil encontrar una idea política suspendida en todos sus interminables centros comerciales.
Hong Kong, entonces, comienza a arder.
Semana tras semana desde febrero de 2019, un movimiento localista terco y seguro de su causa, floreciente, desafía el poder chino. En varios meses reinventa el arte de la revuelta — láseres cegadores, paraguas de protección, conos de extinción y raquetas para granadas lacrimógenas, primeras líneas de lanzallamas, barricadas de estilo inédito. La ciudad queda paralizada constantemente, el aeropuerto es invadido, el parlamento local es ocupado y profanado. Todo ello inspirado expresamente en los chalecos amarillos franceses. Las aplicaciones que servían para ligar sirven en ese momento para componer los «black blocks». Los jóvenes lectores de mangas se ponen a confeccionar sus tácticas en las calles con la misma seriedad que dedicaban a sus estudios de ingeniería algunas semanas antes. El movimiento comparte y debate sus estrategias en un foro donde los habitantes son tan numerosos que la water army1 china de doscientos ochenta mil funcionarios pagados para ocupar el ciberterreno no logran su propósito; y además, sus agentes son tan pésimos que se descubren a sí mismos.
Be water, ésta es una doctrina táctica que ningún amotinador occidental había soñado con tomar prestada de Bruce Lee.
Blossom everywhere —florecer en todas partes— había que pensarlo y, sobre todo, hacerlo.
En noviembre de 2019, la universidad politécnica está ocupada y se defiende con orgullo incluso con arcos de flechas de competición detrás de barricadas en llamas. Cuando la policía al asalto, largamente repelida, finalmente se apodera de los edificios, éstos están vacíos de ocupantes: los estudiantes, guiados por los planos que les facilitaron los arquitectos de la facultad, han conseguido escapar por el alcantarillado mientras los mayores acudían a filtrarlos por varios puntos de las calles de la ciudad en las diferentes salidas con sus placas de hierro fundido. Todo ello acordado de antemano.
Octubre de 2019, Líbano —la antigua Fenicia: lo que no es una menudencia para la historia de una determinada civilización— se rebela y se sustrae a la forma de gobierno más tortuosa, a la institucionalización más formidable del «dividir para reinar mejor»: la República multiconfesional. Y esto gracias a la presión que ejerce sobre las sociedades la inexorable catástrofe climática. Una ola de incendios reveló a la población que sus líderes habían desfalcado las arcas del Estado hasta tal punto que no quedaba ni un valiente Canadair2 en todo el país. Al darse cuenta de que los bosques no tenían ninguna confesión, los habitantes se organizaron para luchar contra los incendios sin preocuparse por sus vinculaciones religiosas. De esta experiencia común extrajeron una lectura compartida de la situación política y de los poderes presentes. El anuncio de un nuevo impuesto a las comunicaciones por WhatsApp, hasta ahora gratuito, prendió fuego a la pólvora de la cleptocracia libanesa. Las diversas «comunidades», todas engañadas, se levantaron juntas contra el cinismo de sus líderes. En octubre de 2019, un Líbano perfectamente inesperado se reveló a la faz del mundo: locales de Hezbolá asaltados, los automóviles de los ministros atacados, los ministerios y las carreteras bloqueados, las plazas ocupadas. Prima de la revuelta del Hirak en Argelia, que desde febrero de 2019 había dejado al régimen aturdido e incapaz de ninguna maniobra a fuerza de verlas frustradas una a una, la insurrección libanesa encontrará también dispuesta contra ella las armas represivas proporcionadas por el Estado francés.
Más aterrador aún, en este maldito mes de octubre de 2019, se levanta a su vez la no menos industriosa, modernista y pacífica Cataluña, la vieja Cataluña que inventó en 1068 la noción moderna de valor, sin la cual el capital probablemente no sería lo que es. El inofensivo pero omnipresente independentismo, con sus asambleas locales, sus comités de defensa de la república y sus informáticos de última generación, está fuera de sus casillas. Como reacción al veredicto del proceso a sus dirigentes juzgados por haber organizado un referéndum convoca una huelga general para «hacer de Cataluña un nuevo Hong Kong», y a su vez bloquea el aeropuerto mediante un ingenioso sistema de mensajería cifrada impulsado bajo el nombre de «Tsunami democrático». Varios días de disturbios, sabotajes y bloqueos por toda Cataluña, luego colosales marchas populares que confluyen durante seis horas de feroces enfrentamientos en la plaza Urquinaona, en pleno corazón de Barcelona, dan un nuevo rostro a la reivindicación secesionista. «Nos hemos quedado sin sonrisas», explican los amotinadores.

 

El colmo de la maldición, el propio Chile, patria del «milagro económico» de Pinochet y los Chicago Boys, está afectado. En octubre de 2019, gigantescas protestas desencadenadas por el aumento del precio del metro en un contexto de miseria general vienen a prometer que el país, que fue su cuna, también «será la tumba del neoliberalismo». Se declara el estado de emergencia. Por primera vez desde la muerte de Pinochet el ejército se despliega en las calles de Santiago bajo un toque de queda. El presidente Piñera, digno heredero del régimen, declara: «Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin límites». Se rumorea en el ejército que se estaría enfrentando a una «difusa guerra de guerrillas molecular» de tendencia mesiánico-deleuziana a sueldo del comunismo. En respuesta a la represión, la identidad, dirección y datos personales de decenas de miles de policías son filtrados por hackers informáticos. Los motines y las manifestaciones son tan potentes que se debe derogar el estado de emergencia, y se espera ahogarlos mediante la concesión de una nueva Asamblea Constituyente y la redacción de una nueva constitución — menos hayekiana esta vez, ¿quién sabe? Es difícil, sin embargo, no alimentar la impresión de que con Chile estamos ante un ciclo que llega a su fin, una figura que se anuda, una era que se precipita hacia el abismo. Una era precisamente abierta y preservada con todos los instrumentos de la más precisa, la más discreta y la más despiadada de las tramas, fruto de la intriga de varias décadas por parte de todos los partidarios de la «sociedad abierta», los miembros más influyentes de la Sociedad Mont Pelerin, cuya respuesta a la barbarie nazi fue dar a luz la de las dictaduras sudamericanas, pasar del orden de las SS al de los servicios secretos americanos y las guerras quirúrgicas.
Última sincronicidad detestable: el 1 de octubre de 2019, a Irak, cuya alma teníamos razones para creer que estaba carbonizada para siempre después de los horrores infligidos por la invasión, ocupación y las operaciones quirúrgicas estadounidenses, le llega su turno. Manifestaciones de una escala sin precedentes contra la corrupción, la pobreza, el desempleo masivo, la escasez de todo, el manejo sectario-mafioso del país. Ocupación de las plazas. El pueblo, una vez más, «quiere la caída del sistema».
Y en noviembre de 2019, Colombia entra en el baile. Las manifestaciones más grandes en la historia del país, un paro nacional, motines contra la reforma del mercado laboral y de pensiones, los proyectos de privatización, el cuestionamiento del tratado de paz con la guerrilla derrotada, el asesinato de indígenas por grupos paramilitares, las desigualdades sociales, la destrucción ambiental, etc. Caceroladas, enfrentamientos, toque de queda.
El fuego no acaba de avanzar.
El «hemisferio occidental» está amenazado, nada menos.
Todo lo que falta es una insurrección comunalista en Suiza para probar que el mundo está cambiando su base.

 

2.
Cualquiera que se ponga en la piel de alguno de los poderes organizados con interés en mantener el orden mundial estará de acuerdo: en este otoño de 2019 hay que soplar el silbato; se acabó el recreo. No puede permitirse que una revuelta tan insolente contra los líderes y las «élites» se extienda entre las gentes menos «politizadas». Todo esto no es aceptable. Sobre todo porque lo anunciado en cuanto a la aceleración de la catástrofe climática y ecológica, la «perturbación» del mercado laboral por las nuevas tecnologías y la migración de poblaciones enteras, no augura nada bueno para algún oportuno retorno a la calma. Nada en el horizonte. Todo esto está llegando demasiado lejos. Los ratones han bailado demasiado. Es preciso tomar la iniciativa para estar cinco pasos por delante si se quiere mantener el control de la situación. Es hora de un great reset, como diría Klaus Schwab, el presidente del FEM.3

 

Afortunadamente para nosotros no estamos reducidos a tener que andar especulando sobre lo que ocurre en la mente de los poderes de este mundo: basta con leer los informes de los innumerables think tanks, unidades de previsión y otros centros de estudio que actúan como cerebro del capital acumulado. En el otoño de 2019 se referían de manera provechosa a «La era de las protestas masivas», tal y como publicaba en marzo de 2020 el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS por sus siglas en inglés) en Washington. El CSIS es el think tank de referencia del complejo de seguridad nacional estadounidense. Henry Kissinger todavía tiene su despacho allí. Zbigniew Brzezinski ocupó un asiento en la junta directiva hasta su muerte en 2017. «El CSIS se dedica a encontrar formas de mantener la preeminencia y la prosperidad estadounidenses como una fuerza del Bien en el mundo», dice su sitio web. Así, si queremos tomar la medida de la zozobra que reinaba en Washington en el otoño de 2019, hay que abrir «La era de las protestas masivas»: «Entre 2009 y 2019, el número de manifestaciones antigubernamentales en el mundo aumentó en 11.5 % por año […]. El 16 de junio de 2019, 2 de los 7,4 millones de habitantes de Hong Kong participó, casi una cuarta parte de la población de la ciudad. En el pico de las protestas en Santiago de Chile, el 25 de octubre de 2019, las multitudes alcanzaron los 1,2 millones, nuevamente casi una cuarta parte de los 5,1 millones de habitantes de Santiago. […] Vivimos en una era de protestas masivas globales históricamente sin precedentes en frecuencia, alcance y tamaño. […] En 2008, en el punto álgido de la crisis financiera mundial y antes de la Primavera Árabe, el ex asesor de seguridad nacional de los Estados Unidos, Zbigniew Brzezinski, había identificado un «despertar político global». Según él llegaba una nueva era de activismo global. Escribió: «Por primera vez en la historia casi toda la humanidad está políticamente activa, es políticamente consciente e interactúa políticamente. […] Los gobiernos de todo el mundo no están preparados para una marea creciente de expectativas ciudadanas que se traduce en protestas políticas masivas y otras formas menos obvias. Responder a la creciente desconexión entre las expectativas de los ciudadanos y la capacidad del gobierno para cumplirlas podría ser el desafío de una generación. […] Dicho esto, la inquietante firma de esta era de protestas masivas es el vínculo común que las une: no tener líderes. Los ciudadanos pierden la fe en sus líderes, élites e instituciones y salen a la calle por frustración y, a menudo, por disgusto».

 

Aquí es donde estábamos, en Washington, a fines de 2019, antes de que ocurriera la divina sorpresa de un nuevo coronavirus. Admitamos que frente al titán que se eleva allí, con una serie de manifestaciones antigubernamentales siguiendo una progresión exponencial, con toda esta juventud que empezaba a protestar por todo el planeta por tener que crecer en un mundo de sequías, olas de calor, desempleo masivo, start-ups estúpidas, desaceleración de la Corriente del Golfo, de intoxicación de todo y muerte de los océanos; el antiterrorismo ya no sirve de nada, más bien aburre. Se necesitaba un nuevo instrumento capaz de congelar definitivamente todas estas odiosas manifestaciones de masas. Como hemos visto, el nuevo no estaba tan desvinculado del antiguo. Y como bien explica Peter Daszak, presidente de la ONG ecologista neoyorquina EcoHealth Alliance —un ecologista curioso al que le gusta citar a Donald Rumsfeld4 cuando tiene tiempo para una ONG original en la que no se tienen reparos en colaborar intensamente con los programas de biodefensa del Pentágono— en el New York Times: «las pandemias son como los ataques terroristas: sabemos más o menos de dónde vienen y quién es el responsable de ellos, pero no sabemos exactamente cuándo sucederá el siguiente. Deben tratarse de la misma manera: identificándose todas las fuentes posibles y desmantelándolas antes de que la próxima pandemia golpee».
Lo interesante y espinoso es que este hombre que rastrea amenazas zoonóticas «naturales» como otros rastrean la «amenaza terrorista» fue también el que escribió e hizo que veintisiete científicos de renombre firmaran en The Lancet5 del 19 de febrero de 2020 la famosa carta en la que dictamina marcialmente: «Nos unimos para condenar enérgicamente las teorías de conspiración que sugieren que el Covid-19 no tiene un origen natural […] y concluimos rotundamente que este coronavirus tiene como origen la vida salvaje. […] Las teorías de la conspiración sólo crean miedo, rumores y daños que ponen en peligro nuestra colaboración global para combatir este virus». A esto se le llama tomar la iniciativa.
¡Qué decepción sentirían sus co-firmantes cuando se enteraran poco después de que la ONG de Peter Daszak de hecho fue financiada con millones de dólares por el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos y por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas del Dr. Fauci para que realizara experimentos con coronavirus de murciélago en el Instituto de Virología de Wuhan! Experimentos tan inocentes como el consistente en injertar una proteína Spike en la estructura básica de un virus SARS-CoV para observar su efecto patógeno en los pulmones de ratones «humanizados». O de una casualidad tan anecdótica como que Peter Daszak hubiera publicado a lo largo de quince años una veintena de estudios con científicos del Instituto Chino. También podemos  imaginar el malestar de estos cosignatarios cuando descubrieron en septiembre de 2021, tras una misteriosa filtración, la solicitud de financiación enviada en 2018 al DARPA6 por EcoHealth Alliance para llevar a cabo un experimento consistente en insertar en la proteína Spike de un coronavirus similar al SARS un lugar de segmentación de la proteína furina que permite aumentar considerablemente su contagiosidad en humanos — el mismo lugar de segmentación que ha intrigado tanto a los investigadores desde que comenzaron a estudiar el SARS-CoV-2, ya que ninguno de los virus de su familia, el sarbecovirus, tiene ninguno. Este programa de investigación se denominó acertadamente: «Project DEFUSE» (proyecto Desactivación). A la elección del instituto de Wuhan no le faltaban motivos puesto que su virólogo jefe, un buen amigo de Peter Daszak, está asociado allí con uno de los principales asesores en bioterrorismo del ejército popular de China. Solo podemos lamentar que este último haya eliminado la base de datos que enumera todos los virus en los que trabajaba el instituto de Wuhan desde septiembre de 2019. En estas condiciones, ciertamente, era imperativo que Peter Daszak formara parte de la comisión Lancet sobre el origen del SARS-CoV-2  así como en la de la OMS enviada a China para investigar la cuestión, comisión que debía concluir que «la teoría de la fuga de laboratorio [es] altamente improbable».
Después de todo, Allen Dulles7 terminó siendo elegido como miembro de la Comisión Warren sobre el asesinato de John Kennedy, y fue a una comisión Rockefeller a la que, en 1975, se le asignó la investigación de la enorme masa de «actividades ilegales» de la CIA en los Estados Unidos en la década de 1960, tras una dolorosa serie de perturbadoras revelaciones.
Cuán agotador debe haber sido, tanto para la DARPA como para Peter Daszak, tener que guardar silencio durante dos años de «pandemia» sobre el «proyecto DEFUSE». Y todo ello por puro respeto al secreto de defensa.
He aquí un hombre cuyos silencios, mentiras y denegaciones le convienen, a la larga, para las mejores investigaciones.
Peter Daszak puede solicitar legítimamente el título del hombre más sórdido y sospechoso de esta era.

 

A fines de 2019 estaba en marcha una crisis masiva de gubernamentalidad global. Un tragaluz histórico se estaba abriendo.
En Francia, el aplastamiento bestial de los chalecos amarillos todavía estaba en la mente de todos y la policía era casi tan odiada como el régimen que ésta había defendido sádicamente.
La posibilidad de salirse de los rieles de un futuro de mil demonios atrajo a pueblos enteros. Hacía falta intentar algo. Había que recuperar el control, costara lo que costara.
Aquellos para los que una tal bifurcación significaría la ruina han intentado sustituirla por una maquinación que les permitiera mantenerse en el buen camino hacia su rentable apocalipsis.
Declararon cerradas las posibilidades y quisieron revertir el signo de la ruptura histórica en curso convirtiendo la apertura revolucionaria en una vertiginosa intensificación de su dominio.
Siendo inevitable un trastorno, trataron de hacer que fuera el suyo.
Lo que cualquier potencia menor interesada en mantener el orden mundial podía esperar de la estruendosa declaración de pandemia era:
— el aplacamiento brutal de un crescendo histórico a través de un episodio «natural»;
— una restauración de todas las autoridades: policía, ciencia, medios de comunicación, empresas, Estado;
— la sustitución de la desconfianza hacia los que gobiernan por la de cada uno hacia todos los demás;
— el aislamiento de los seres en su «burbuja social» y la consecuente imposibilidad de cualquier actuación masiva;
— un gigantesco hold-up contra toda proyección en el tiempo, contra toda anticipación y organización;
— la legitimidad para controlar todas las interacciones humanas «por el bien de todos»;
— la desrealización de toda la historia pasada frente a la angustia hiperconectada del momento;
— el efecto túnel asociado con el miedo y la escasez, en el que todo lo que no se relaciona con la supervivencia inmediata se desvanece — los psicólogos de Harvard han estudiado bien la cuestión;
— el pánico que transforma el hecho de razonar en un lujo, y que convierte en una provocación mostrar un poco de perspectiva y distancia con la situación;
— una ruptura en el hilo de la historia incipiente y una ruptura con toda la historia anterior.

 

A pesar de la persistencia de revueltas hasta en el corazón mismo de Washington durante los disturbios de George Floyd, hay que admitir que, en un principio, estos efectos se obtuvieron exitosamente más allá de toda esperanza.
Así que no nos habíamos preparado en vano.
Pero ahí está, la «sociedad abierta» de los neoliberales, ni la tierra la quiere ya.
La apuesta de estabilización por aceleración es un farol en una mano débil.

 


1 «Water Army» es un término que se usa para describir grupos de «escritores» fantasma pagados para publicar comentarios en línea con ciertos contenidos en particular en sitios web, sobre todo en el ámbito político y cultural chino. [Nota del traductor].
2 Se trata de un arcaico modelo de avión dedicado a la extinción de incendios. [Nota del traductor].
3 El Foro Económico Mundial por sus siglas en castellano, también conocido como Foro de Davos y, en resumidas cuentas, una de las mayores concentraciones de peces gordos a nivel planetario. [Nota del traductor].
4 Un cabrón de categoría, fallecido recientemente de cáncer, y hombre de confianza de Nixon y de Bush. Fue Secretario de Defensa de los Estados Unidos en varias ocasiones, la última de 2001 a 2006, siendo el responsable de varias de las atrocidades más sanguinarias cometidas por dicho Estado. Por ejemplo, estuvo detrás del uso habitual de la tortura en la cárcel de Guantánamo y de Abu Ghraib, en Irak, tras la invasión estadounidense de dicho país en 2003. [Nota del traductor].
5 Una de las más prestigiosas revistas de literatura científica de temática médica a nivel mundial. [Nota del traductor].
6 DARPA: siglas en inglés de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa del Departamento de Defensa de los Estados Unidos; encargada del desarrollo de nuevas tecnologías para uso militar. [Nota del traductor].
7 Otro elemento reaccionario y siniestro: primer director civil de la CIA, promotor de la fallida invasión contrarrevolucionaria de Bahía de Cochinos y posiblemente el autor intelectual del asesinato de Kennedy quien lo había destituido previamente de su puesto. [Nota del traductor].

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