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Comité invisible / Comunicado núm. 0

El 8 de febrero de 2022 fue publicado en el sitio web de Schisme el siguiente texto firmado por el comité invisible, a propósito de la atribución autoral que se les dio de la publicación anónima del Manifeste conspirationniste (enero de 2022 en la editorial francesa Le Seuil). Días atrás, el 20 de enero de 2022, una cuenta de Twitter asociada al comité invisible también advertía lo siguiente: «Los escritos del comité invisible llevan la firma del comité invisible». Esta traducción también se puede consultar en el blog de Tiqqunim.

 

La importancia política y moral del pensamiento sólo se produce en esos raros momentos de la historia en los que «las cosas se desmoronan, el centro ya no se sostiene y la simple anarquía se extiende por el mundo»; cuando «los mejores carecen de convicción, mientras que los mediocres están llenos de intensidad apasionada». En estos momentos cruciales, el pensamiento deja de ser un asunto marginal a las cuestiones políticas. Cuando todo el mundo se deja llevar irremediablemente por lo que todos hacen y creen, los que piensan salen de su escondite, pues su negativa a unirse a los demás es evidente y se convierte entonces en una especie de acción.
Hannah Arendt, «Thinking and Moral Considerations»

 

El Comité invisible fue originalmente una conspiración obrera en Lyon en la década de 1830. Walter Benjamin señala en su Libro de los pasajes: «El Comité invisible — nombre de una sociedad secreta en Lyon». En febrero de 2000, en el final de la Teoría del Bloom, publicada por La fabrique, se leía: «El Comité invisible: una sociedad abiertamente secreta / una conspiración pública / una instancia de subjetivación anónima, cuyo nombre está en todas partes y cuya sede no está en ninguna / la polaridad revolucionaria del Partido Imaginario».  La otra cara del mismo libro era políticamente más explícita: definía al Comité invisible como una «conspiración anónima que, desde los sabotajes hasta los levantamientos, acaba liquidando la dominación mercantil en el primer cuarto del siglo XXI». Por «Partido Imaginario» entendíamos y seguimos entendiendo el conjunto de lo que está en conflicto —en guerra abierta o latente, en secesión o en simple desafección— con la unificación tecnológica y antropológica de este mundo bajo el signo de la mercancía. Al proceso de unificación en cuestión lo llamábamos entonces indiferentemente «Imperio» o «el mundo de la mercancía autoritaria», por el que el planeta se constituye como un «tejido biopolítico continuo».  En 2022, la evidencia de tales nociones, o al menos de las intuiciones que estas nociones cubren, se conoce sólo a su costo. En estas condiciones, el Partido Imaginario constituye a la vez el punto ciego y el enemigo innombrable de una sociedad que ya sólo admite errores a corregir en su impecable programación, además de unos cuantos demonios a los que hay que aplastar con urgencia. Cuando el Partido Imaginario irrumpe en el Espectáculo en una jugada deslumbrante, uno se apresura a denunciar la acción de una «minoría marginal». Uno se cuida de no reconocer que este margen está ahora en todas partes, y que esta sociedad lo produce en un flujo constante, tanto más cuanto que pretende reducirlo. Constantemente devuelto a la irrealidad de un espectro, el Partido Imaginario es la forma de aparición del proletariado «en el período histórico en el que la dominación se impone como dictadura de la visibilidad y en la visibilidad» (Tiqqun 1, «Tesis sobre el Partido Imaginario»). Y es cierto que el tipo de desafiliación interior con el que está afectada esta sociedad es, las más de las veces, tan silencioso, tan difuso y tan discreto que acusa en contrapartida su disposición a la paranoia, esa atávica y tantas veces mortal enfermedad del poder. «En un mundo de paranoicos, son los paranoicos los que tienen razón», observamos entonces.
A pesar de todos los esfuerzos en contra, incluidos los nuestros, las últimas décadas han confirmado punto por punto estas tesis, que entonces se consideraban alarmantes, insensatas e incluso francamente criminales. En septiembre de 2001, el texto de apertura de la revista Tiqqun 2 concluía con esta premonición: «Los enunciados precedentes pretenden introducirnos en una época cada vez más tangiblemente amenazada por la eclosión de la realidad. La ética de la guerra civil expresada en ellos se denominó en su día “Comité Invisible”. Es el signo de una fracción determinada del Partido Imaginario, su polo revolucionario. Con estas líneas, esperamos desbaratar los más vulgares disparates que puedan pronunciarse sobre nuestras actividades, así como sobre el período que se inicia» («Introducción a la guerra civil»). Como era de esperar, las «ineptitudes más vulgares» no faltaron en noviembre de 2008, cuando una docena de personas fueron detenidas por «terrorismo» bajo la doble acusación de haber cometido una serie de sabotajes antinucleares y de haber escrito un libro, La insurrección que viene, firmado por el Comité invisible. La prensa dio entonces una buena demostración de cómo cumple su tarea de informar al público, haciendo suyas como un solo hombre las afabulaciones gubernamentales, y por tanto las de la policía antiterrorista. Hizo el ridículo, lo que claramente no le enseñó nada sobre sí misma ni sobre nosotros. Toda la tambaleante construcción acabó por derrumbarse, no sin inducir a un público más amplio a leer al Comité invisible y causar algunas molestias a las personas implicadas. Si había alguna necesidad de confirmar el carácter policiaco de la noción de autor —la necesidad de hacer a alguien «responsable» de cualquier verdad que se declare en público—, todo este asunto se encargó de administrar la prueba definitiva. Al final de diez dolorosos años de procedimientos, la acusación final del fiscal se inclinó por la identidad de la persona que se acusaba de los sabotajes y de la que se sospechaba que era la «pluma principal» de La insurrección que viene. Las necesidades de la defensa —¿desde cuándo debemos la verdad a nuestros enemigos?— llevó a que uno de los acusados, que no se arriesgaba a nada en caso de juicio y que no había escrito ni tres líneas de La insurrección que viene ni de ninguno de los libros siguientes, pudiera reivindicar la paternidad del opúsculo ante el juez. En una época en que domina la mistificación, era de esperar que esta mentira acabara pasando por una verdad, y que el mentiroso casi se convenciera de ello, por pasar por tal. Como el chico era también el comunicador de los acusados, luego ilustró la tendencia estructural hacia la autonomización de la comunicación moderna, que cree que basta con tener una cuenta en Twitter para dar forma a la realidad, solo detrás de su smartphone. Incluso los gobernantes meten constantemente los pies en esta alfombra de ilusión. Además, nunca se le ha pedido al comunicador que tenga una comprensión profunda de lo que está promoviendo; esto puede ser incluso perjudicial para la tarea.
El Comité invisible nunca ha sido un grupo, y mucho menos un «colectivo». Hace tiempo que estamos prevenidos contra las «comunidades terribles». Por tanto, no es susceptible de ninguna disolución, ni legal ni voluntaria. La tragicomedia de los grupos pequeños, de la que ya habló Wilfred Bion en 1961, siempre le ha salvado. Sin embargo, no se ha librado de los problemas de la publicidad. ¿De cuántos «miembros del Comité invisible» hemos oído hablar, con los que nunca nos hemos cruzado? ¿Y con cuántas personas nos hemos cruzado que deben su falta de aura al misterio que mantienen sobre si «habrían sido» o incluso «seguirían siendo» miembros? Esta vulnerabilidad a la usurpación y todo el régimen de fingimiento que permite es una de las pocas desventajas del anonimato en estos tiempos oscuros. Además, este tipo de engaño sólo engaña a los tontos. El Comité invisible es una cierta inteligencia partisana de la época. Esta inteligencia está dispersa en fragmentos entre todos los irreconciliables de este tiempo. Podemos ver cómo no se trata tanto de formar parte, sino de obrar para juntar estos fragmentos. Mantener, hacia y contra todas las maniobras de integración, una posición aparentemente perdida en la guerra del tiempo. «¿Quién cambiará el mundo entonces?  — Aquellos a los que no les gusta». Ésta fue ya la respuesta de Brecht en 1932, en Kuhle Wampe.
El Comité invisible opera como una instancia de enunciación estratégica. Quien escribe con este nombre sólo lo consigue tras una cierta ascesis, un cierto ejercicio de desubjetivación, en el que se despoja de todos los mecanismos de defensa que, en última instancia, forman el Yo: deja caer el ego. Sólo con esta condición, consigue hacer algo más que «expresarse», para expresar más bien lo que encuentra suspendido en la época y, por tanto, fatalmente también en sí mismo. Los textos del Comité invisible se componen de este polvo de intuiciones, observaciones, acontecimientos, palabras captadas al vuelo, experiencias vividas o hechas, gestos realizados o frustrados, sensaciones confusas, ecos lejanos y fórmulas cosechadas. Esto explica que siempre nos haya resultado indiferente que uno u otro redacte una parte abrumadora de tal o cual texto. Porque quien escribe bajo esta firma no es literalmente nadie, o todos — todos los amigos que debaten esta o aquella formulación unilateral, esta o aquella tesis, esta o aquella percepción, de quienes sostienen la posición cismática del Comité invisible. Escribanos de nuestro tiempo, en definitiva, es decir, del movimiento real que destituye el estado de cosas existente. De ahí la ausencia efectiva de un autor de estos textos. Parece que el método no es tan malo: pocas personas pueden afirmar que no tienen, después de dos décadas, una palabra para retractarse de lo que decían sobre su tiempo, y haber sido capaces de mantener una posición tan escandalosa en la duración. «Negarse a aceptar el estado de cosas como válido es la actitud que demuestra la existencia, ni siquiera diría de una inteligencia, sino la existencia del alma» (Dionys Mascolo).
La reciente publicación de un libro realmente anónimo y perfectamente inaceptable para la época, el Manifiesto conspiracionista, brindó la oportunidad de un notable intento de venganza por parte de todos aquellos que se habían sentido humillados hasta la fecha por los «éxitos» del Comité invisible. La señal para el linchamiento público fue dada a L’Express por una «información» procedente de la policía: un rastreo mal hecho seguido de la interceptación y destrucción de la correspondencia dirigida a un «prestigioso» editor parisino, un rastreo que uno no se atreve a atribuir, una vez más, a la Dirección General de Seguridad Interior de Francia (DGSI). La valentía periodística les siguió, sin recordar el poco éxito que habían tenido en el pasado al aullar con los lobos contra el Comité invisible. En el momento álgido de su campaña, se jactaron de no entender nada del Manifiesto, no sin antes quejarse de que el libro estaba demasiado informado en demasiados aspectos como para contradecirlo — ¡pobrecitos! ¡Y qué época tan singular! Finalmente, vimos unirse a la maldición a los viejos partidarios negristas de una «biopolítica menor» o incluso de una «biopolítica inflacionaria», cuya derrota histórica coincide exactamente con el éxito de sus ideas en el bando del Imperio: ahora es Klaus Schwab, del Foro Económico Mundial, quien ha sido invitado al Vaticano para discutir su proyecto filantrópico de renta universal con el Papa Francisco. En cuanto a la «biopolítica inflacionaria», ya nadie necesita hacer un dibujo, después de los dos últimos años.  «Porque la artimaña más formidable del Imperio es amalgamar en un gran rechazo —el de la “barbarie”, el de las “sectas”, el del “terrorismo” o incluso el de los “extremos opuestos”— todo lo que se le opone» («Esto no es un programa», Tiqqun 2, 2001), nuestros fracasados espectros negristas y otros subfoucaultianos se apresuraron a gritar «confusión», «fascismo», «eugenismo» y por qué no —ya que estamos en esto— «negacionismo». Al fin y al cabo, es cierto que el Manifiesto en cuestión se sitúa en un segundo plano con respecto al positivismo. QED. Aquellos cuyo curso de los acontecimientos invalida al menos todas las certezas desde los Chalecos amarillos prefieren decirse que son las propias revueltas las que se confunden, y no ellos mismos. El «fascismo» que disciernen en todas partes es el que en el fondo desean, porque les daría, si no intelectualmente, al menos moralmente la razón. Se les ofrecería entonces alguna oportunidad de convertirse finalmente en las víctimas heroicas en las que sueñan. Quienes han renunciado a combatir históricamente prefieren olvidar que la guerra de la época también se libra en el terreno de las nociones — sin lo cual, por cierto, Foucault no habría arrancado la «biopolítica» a sus diseñadores nazis y conductistas. Dejamos a la izquierda imperial la creencia de que hay un tipo de revolución que se reviste de pureza, y que es multiplicando los anatemas moralizantes, las medidas de profilaxis política y el esnobismo cultural como se derrota a las contrarrevoluciones. De este modo, sólo se condena a sí misma, descompuesta tras sus cordones sanitarios y sus gestos-barrera, aferrada a lo que cree que es su capital político acumulado — condenándose a ver cómo su retórica tiende asintóticamente hacia la de los gobernantes.
En nuestro caso, nosotros preferimos por mucho dar golpes, tomarlos y devolverlos.
Nosotros preferimos operar.
Nunca nos rendiremos.

 

7 de febrero de 2022,
El Comité invisible

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