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No vamos a caer en sus provocaciones

Algunas compañeras nos enviaron el siguiente texto con reflexiones sobre las pasadas manifestaciones feministas de la Ciudad de México, el 12 y el 16 de agosto de 2019.

 

A Lesvy, a Karen, a Adriana, a Victoria, a Valeria, a Otilia, a Daniela,
a las que ya no tienen cuerpo,
a las que les prestamos el nuestro.

 

No nos cuidan, nos violan

 

La madrugada del 3 de agosto, una joven de 17 años se dirigía a su casa en Azcapotzalco, Ciudad de México, cuando notó que una patrulla con cuatro policías se acercaba lentamente hacia ella. Para tratar de ahuyentarlos ella tocó el timbre de una casa desconocida, pero uno de los policías se bajó para preguntarle en dónde vivía y para ofrecer llevarla a su casa. A pesar de que ella se negó a que la llevaran, los policías la subieron a la fuerza y posteriormente la violaron para después dejarla ir en medio de risas. Ante los hechos, la joven acudió a denunciar y dar reporte a las autoridades correspondientes. Sin embargo, días después la Procuraduría General de Justicia (PGJ) anunció que las pruebas de ADN se habían perdido, por lo que los cuatro policías siguieron con sus labores.
El caso de la joven es sólo uno de los 51 casos, por lo menos, de abuso sexual que se sufren cada día en México. De igual manera, según cifras oficiales, en los primeros cuatro meses del 2019 se registraron al menos 1199 feminicidios en México. Cabe aclarar que esta cifra no incluye transfeminicidios, pues las investigaciones sobre este tema no son precisas ni tienen tanta difusión. Todo lo anterior sin tomar en cuenta los casos que fueron silenciados por miedo a represalias y aquellos que arbitrariamente no fueron registrados bajo estas categorías.
Queda claro que no se trata de casos aislados, sino de un sistema de violencia estructural de género. Es una realidad cotidiana y compartida por todas nosotras, a pesar de los distintos niveles de vulnerabilidad en los que se encuentra cada una. Salir todos los días con miedo y angustia a las calles sin saber quién será nuestro próximo agresor; volver a casa, avisar que llegamos bien y compartir nuestra ubicación en tiempo real con nuestras amigas o nuestras madres durante cualquier traslado, se ha vuelto el ritual de cuidado obligado. Esta situación ha llevado a que muchas de nosotras portemos armas de autodefensa, como gas pimienta, tasers, navajas, etcétera, y estemos dispuestas a usarlas. Para nosotras el feminismo nunca ha sido pacífico. El miedo y la violencia cotidiana que nos inunda no se limita a las calles. Como ya es sabido, ninguna institución es segura. Los últimos días nos han recordado que ni siquiera en un hospital o en un museo nos podemos sentir tranquilas. No olvidemos que gran parte de las violaciones, abusos, embarazos infantiles y feminicidios en México, suceden dentro de la institución llamada familia. Todas tenemos al menos un tío o familiar incómodo que nos ha violentado ya sea con miradas, palabras o con las manos; todo esto en el mejor de los casos. Los agresores casi nunca nos son ajenos. De igual forma, la ola de denuncias con el #MeToo que sucedió hace unos meses en México, fue una prueba contundente del maltrato habitual, que muchas veces desemboca en agresión física y sexual, por parte de nuestros hombres de confianza como novios, hermanos, esposos, colegas, padres y amigos cercanos. Sin embargo, queremos dejar de narrar lo que sufrimos para comenzar a narrar lo que hacemos.
Ya no somos las violadas, las estudiantes, las amas de casa, las marimachas, las víctimas ni cualquier categoría a la que se nos quiera reducir

 

Me cuidan mis amigas, no la policía

 

Ante las declaraciones de la PGJ con respecto al caso del 3 de agosto, el lunes 12 de agosto se llevó a cabo un encuentro frente a las oficinas centrales de la Secretaría de Seguridad Ciudadana en la Ciudad de México. El secretario de seguridad salió a hablar exclusivamente con la prensa y aseguró que entablaría un diálogo con nosotras. A esto obtuvo como respuesta ataques de brillantina rosa, por lo que decidió volver al interior del edificio. Posteriormente la marcha siguió hasta la sede de la PGJ en donde una madre activista exclamó que fue debido a estas instituciones que esta denuncia de abuso fue retirada por temor, pues se habían filtrado los datos personales de la menor. A partir de ese momento no fue la manifestación la que se desbordó, sino el desbordamiento el que se manifestó, pues entendíamos muy bien que no estábamos ahí para pedir permiso de nada ni a nadie. Por primera vez en una manifestación en México, las puertas de las oficinas de la PGJ —situadas en un edificio repleto de policías— fueron destruidas y algunas manifestantes irrumpieron en el edificio. Este evento no se esperaba, especialmente porque se trataba de un grupo de mujeres.
Ante lo sucedido, la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum dijo que estas acciones no eran más que una provocación para que las autoridades usaran métodos violentos contra las manifestantes. Lo que no tomó en cuenta es que estamos acostumbradas a que se nos diga que es debido a nuestras provocaciones que nos matan o nos violan. No entendió que nadie convocó a una marcha pacífica. No queremos que nadie nos represente. Tampoco fuimos a pedirle justicia al mismo sistema que nos viola, nos mata y nos desaparece. No queremos migajas de atención por parte de ninguna autoridad, ni diálogos que les sirven a ellos para hacer campaña. No fuimos a hablar con nadie pues sabemos que no les importamos y no les importaremos. Para muchas de nosotras se trataba más bien de tomar postura.
Las alegrías y potencias compartidas el 12 de agosto a partir de esas acciones fueron contagiosas. El hartazgo y la humillación de recibir pétalos de rosas como forma de apoyo en marchas anteriores y de ser escoltadas por policía de tránsito —puesto que para el gobierno las mujeres no representábamos una amenaza real—, nos impulsó a asumir nuestra propia violencia y tomar las calles, como se ha dicho, a nuestras maneras. El viernes 16 de agosto algunas de nosotras teníamos claro desde el principio que iríamos, sabíamos cuál sería nuestro contingente y con qué amigas gritaríamos. Otras nos sorprendimos a nosotras mismas comprando impulsivamente latas de aerosol, cosiendo pasamontañas caseros y anotando nuestros números de emergencia y tipos de sangre en nuestros cuerpos. Inclusive otras más, aún sin compañía, nos unimos en la espontaneidad del momento, seducidas por la furia de las amigas. Sin importar el caso, nunca nos sentimos solas. Nos cuidan nuestras amigas, no la policía.

 

Macho cabrón, fuera de mi vagón

 

Desde hace varios años, en el metro de la Ciudad de México existe una división de vagones reservada exclusivamente para mujeres y menores de 12 años a raíz del acoso constante. Esta división muchas veces es violada por hombres necios que insisten en tomar nuestros espacios. También cabe mencionar que hace unos meses se destapó una red de secuestros a mujeres que opera en este sistema de transporte. Una de las formas más exitosas de operar de estos secuestradores consiste en elegir a alguna mujer que se encuentre sola para enseguida tomarla del brazo, fingir una discusión de pareja y luego llevársela diciéndole «cálmate, mi amor». Si alguien intenta intervenir, el agresor asegura que se trata de un asunto personal. A pesar de que la mujer asegure no conocer a este sujeto, usualmente éste logra disuadir a quien pretende ayudar; la moral dicta que este tipo de problemas de pareja se resuelven en privado. Este método refleja cómo la mirada patriarcal invalida nuestra palabra e interpreta nuestras reacciones como dramas femeninos y sentimentales, en lugar de asumirlas como un problema político.
El día de la manifestación, en el mismo sistema de transporte donde suceden estos acosos y secuestros, decidimos tomar un tren entero sacando a todos los hombres que estaban a bordo. Frente a esta situación muchos hombres reaccionaron de manera hostil, retadora, pero sobre todo burlona y como era de esperarse agredieron a quienes podían con empujones, insultos, grabaciones, e incluso hubo quien se subió encima del tren para impedir que éste avanzara. A pesar de que en este contingente íbamos más de 600 mujeres vestidas de negro, cubiertas de la cara y armadas con toda la disposición de defendernos con tasers, gas pimienta, paraguas, brillantina, entre otros objetos, seguimos sintiendo el machismo rampante de parte de los hombres. Muchas seguíamos teniendo miedo; ellos en cambio, a pesar de estar solos algunos, mostraban poseer la seguridad del privilegio que los caracteriza y respalda. Sólo algunos paraban de reírse cuando preguntábamos: «¿Se burlan de que nos están matando?».

 

No se va a caer, lo vamos a tirar

 

No había ninguna líder, ninguna organización, ninguna bandera, ni ninguna teoría que nos representara, sino un sentir compartido de sororidad, de cólera y de querer destruir todo. Nada fue programado, no hubo directrices, ni siquiera se sabía a ciencia cierta el orden de la manifestación, sólo se escuchaba que aquí y allá había mujeres congregadas, así como desinformaciones para desalentar: «en este lugar hay lacrimógenos», «ya vienen los granaderos». A pesar de las dudas e intentos de escape, nos mantuvimos ahí para cuidarnos y responder por todas.
Esta falta de organización horrorizó a marxistas y feministas profesionales: «Pero todo esto ¿qué denota? Que no hay una asamblea, una coordinadora, una red. Estamos en la tiranía de la desestructura. Las redes sociales sirven re-chido para convocar, pero no sustituyen la organización. Ni modo, ésa es aparte y hay que hacerla». No obstante, nosotras pensamos que hay que ir más allá de la oposición entre «organización» y «espontaneidad»; aquí no hubo ni una ni otra separadas. Nosotras vivimos de forma estratégica para cuidarnos y sobrevivir. Por ello, actuamos en conjunto más allá de la intención específica de cada una; hay complicidad y empatía. Existen lazos que no pueden ser imaginados desde un pensamiento organizado por el canon masculino. Si nuestra lucha está siendo efectiva es por esta razón.
Cada acción era inesperada y, por tanto, incontrolable y sin expectativa; no había líneas definidas de antemano con las cuales juzgar si habían sido correctas o incorrectas nuestras maneras. Muchas transitamos caminos distintos tomando calles secundarias con comercios abiertos donde no nos esperaban. La noche llegó y dejamos de sentir temor de las amenazas que ésta normalmente alberga para nosotras. Quemamos, rompimos y pintamos todo lo que pudimos, unidas por las miradas cómplices y atravesadas por los afectos de nuestra amistad insurrecta.
Aunque algunas no participaban activamente en la destrucción, cobijaban y cuidaban las espaldas de sus compañeras celebrando y alentando lo que hacían. A diferencia de otras marchas, los pasamontañas y los paliacates no supusieron un problema. Cubrirnos el rostro fue una forma de defendernos del hostigamiento masivo de los camarógrafos, listos para hacer su trabajo de identificación. No se trataba de protagonismos, ni de identidades individuales; eso no es relevante. Se trataba de prestar el cuerpo por quienes ya no tienen uno, por quienes no pueden salir a manifestarse y por nosotras mismas.

 

Fuimos todas

 

Al día siguiente, en el diario Metro, en el cual se acostumbra ver en sus portadas cuerpos de mujeres desnudas y/o descuartizadas, por primera vez la primera plana la ocupaban fotos de mujeres manifestándose con el encabezado «Ábranse, culeros». En otros medios más serios, así como en redes sociales se condenaba la violencia ejercida por supuestas minorías o grupos de choque infiltrados para desvirtuar el movimiento pacífico. Se decía que «ésas no eran maneras de pedir las cosas», que se habían dañado monumentos históricos, que «no se podía combatir violencia con violencia», que de nada servía destruir el espacio público. También hubo algunas mujeres que se deslindaron diciendo #EllasNoMeRepresentan y hubo grupos de hombres que lanzaron amenazas de muerte, violaciones y hasta organizaron golpizas masivas a feminazis.
Para nosotras los monumentos intervenidos por fin cumplieron una función histórica apelando al momento presente y no a un triunfo pasado que no tiene nada que ver con nosotras. El mal llamado Ángel de la Independencia, hoy actúa como Victoria e incluso algunas restauradoras se niegan a repararlo, pues su nueva imagen da cuenta de la memoria colectiva de nuestra manifestación y sus causas. Sin embargo, faltan muchas victorias más. La Ciudad de México cuenta con el privilegio de la centralización que le proporciona visibilidad internacional. Asimismo, la convocatoria y por tanto la confluencia de manifestantes es mucho menor en zonas fuera de esta ciudad. Esta baja incidencia implica un mayor peligro para las mujeres dentro de estas protestas. Basta mirar al Estado de México, vecino de la capital, que tiene uno de los índices más altos de feminicidios del país, nula visibilidad y poco apoyo, para comprender que la lucha tiene que ser descentralizada.
Ante todo lo anterior, la jefa de gobierno de la Ciudad de México decidió hacer una reunión con representantes feministas para hacerles saber que no castigaría ni perseguiría a ninguna de las participantes en los destrozos que se hicieron el 16 de agosto pues, según ella, empatizó con nosotras; pero sabemos bien que su empatía en realidad es impotencia de reconocer un blanco al cual atacar, pues tanto ella, como nosotras, sabemos bien que fuimos todas.
Aun si existe una enorme heterogeneidad entre los feminismos en México hay una experiencia compartida que crea puntos en común que parecerían inesperados. Los feminismos de los últimos años en México, surgen de vivir y ser testigas de una serie de maltratos, desapariciones, violaciones y feminicidios que nos rodean. Nuestra lucha se trata de la defensa de la vida, de nuestra vida y la de nuestras amigas. Nuestro referente siempre es inmediato; desde aquí es que nos hemos cuestionado cómo estamos viviendo y cómo compartimos problemas como el abuso, el trauma y el miedo, que desde lógicas masculinas no se consideran políticos, sino íntimos. Es desde este proceso que nuestras amistades se han politizado. Para la gran mayoría de quienes estuvimos el día 16 y pensamos seguir estando, se trata de cuidarnos y fortalecernos colectivamente.

 

Somos malas, podemos ser peores

 

A mí ya no me provocan, pobres […]. ¡Con la pena! La vida, Dios, los golpes y la maldad me los heredaron y no me los van a quitar. ¡No era este monstruo! Me convirtieron, y ahora se aguantan. No me intimida, ni me angustia, ni me ahoga, ni me mata.
Niurka Marcos

 

A pesar de estar orgullosas de saber que podemos defendernos y lo estamos haciendo, esto no implica que no sintamos dolor, agotamiento y frustración al tener que enfrentarnos y defender nuestra postura a diario, incluso frente a nuestras personas más cercanas.
Tener días como el 16 nos nutren de energía colectiva, nos suscitan la emoción de la violencia y de hacer más en lo que viene. Sabernos capaces de ser violentas es una manera de contrarrestar el miedo de vivir siendo mujeres.
Los intentos gubernamentales para desarticular nuestra lucha y sosegar nuestra complicidad subversiva, ya no nos engañan, no van a inmovilizarnos ni a pacificarnos. Mientras el gobierno de la Ciudad de México pretende dar talleres de perspectiva de género a sus policías, a su armada y a sus funcionarios en general, a nosotras nos siguen matando —tan sólo del viernes 16 al lunes 19 de agosto ya habían 17 casos nuevos de feminicidios—. Nuestras estrategias no culminarán con promesas que apelan a un futuro incierto. Nos rehusamos a ser buenas víctimas, dóciles e indefensas, nos rehusamos a ser gobernadas, no vamos a caer en sus provocaciones.

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