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Julien Coupat / Regreso del «regreso de la ultraizquierda»

Artillería Inmanente traduce en castellano la carta-ensayo de Julien Coupat publicada el 23 de octubre de 2017 en el sitio web de lundimatin. Incluimos también el párrafo introductorio redactado por este sitio.

 

El miércoles 18 de octubre, Le Parisien dio a su portada el título «Investigación sobre los militantes de la violencia». Si la investigación, cuyo título es «Inquietante ultraizquierda», repite las habituales trivialidades de la policía, también dedica un espacio considerable a algunas exclusivas y novedades. En efecto, un subtítulo dispara las alarmas: «Cada vez más mujeres». Y con un hincapié particularmente inspirado y ansiogénico firmado por «Un policía», afirma: «Nos parece que se preparan para ir cada vez más lejos». En cuanto a Julien Coupat, una fuente policiaca lo denuncia abiertamente: a bordo de un taxi habría llegado a una manifestación. Sin embargo, tras haberlo contactado por teléfono, este último nos ha jurado que no ha utilizado este modo de transporte desde hace al menos cinco años. Anticipándose al próximo informe de la DGSI [Dirección General de Seguridad Interior en Francia] que lo acusa de tomar Uber, consideró que era mejor responder públicamente a tanta difamación.

 

Querido Eric Pelletier,

 

Descubrí con deleite tu última «investigación» en Le Parisien. Así pues, no has aprendido nada de la experiencia. Ya hace diez años que te haces fumigar por los servicios de espionaje, quienes pretendían detentar los clichés de saboteadores que pondrían ganchos a las catenarias de las líneas de TGV [tren de alta velocidad], y ahora sólo te queda transmitir su torpe comunicación acerca de una supuesta «ultraizquierda» y sus risibles confabulaciones sobre mí. Si ellos no consiguen seguirme siempre como lo intentan no es porque yo me dirigiría ahora en taxi a las manifestaciones, sino porque sus técnicas de seguimiento son previsibles, y groseras. Del mismo modo en que  carecen de toda imaginación sus modos de  construcción del perfil de la amenaza social. A pesar de la inmensidad de los medios que les entregan, es siempre el mismo escenario armado, con sus personajes previstos y sus efectos fabricados, el que sacan del mismo cajón polvoriento. Pero lo más gracioso es ciertamente que haya todavía opinólogos de tu especie que pretendan creer en ellos, y que escriban sus artículos.
Hace diez años, la revuelta contra el CPE [contrato de primer empleo] politizaba a toda una generación de jóvenes, de los cuales no todos terminaron en el gabinete de Anne Hidalgo, y Nicolas Sarkozy llegaba al poder rodeado por el odio irreductible de esta generación y bastante más allá de ella. Actualmente, es el conflicto que comenzó con la ley del Trabajo en 2016 el que produjo una nueva generación de irreconciliables, y el que condena a Emmanuel Macron a una idéntica detestación. Hace diez años, los servicios de espionaje no encontraron nada mejor para contrarrestar esta disidencia y para quejarse por su conveniencia, que crear desde cero la gran amenaza de la «ultraizquierda». Y vimos florecer este tipo singular de artículos de prensa que tienen como vocación preparar las mentes para unas juiciosas olas de arrestos. Le Figaro dio el disparo con «La extrema izquierda radical tentada por la violencia»; Le Monde continuó con «Los RG [policía política francesa] se inquietan por un resurgimiento de la movida autónoma»; Hervé Gattegno, en Le Point, había titulado memorablemente «Los nuevos combatientes de la ultraizquierda». Y tú todavía te encuentras, en 2017, titulando en Le Parisien «Investigación sobre los militantes de LA VIOLENCIA» y, por tu cuenta, firmando un «Inquietante ultraizquierda» donde se aprende, entre otros motivos de terror, que en ella se verían a «cada vez más mujeres». Del mismo modo en que se citaba La insurrección que viene en 2007 a modo de cuerpo del delito, tú citas en esta ocasión Ahora, el último volumen del Comité Invisible. Haces una lista de los focos de la «ultraizquierda», y curiosamente son las mismas ciudades señaladas hace diez años y las mismas banalidades que habrían de aterrorizar las que alineas con ese mismo aplomo de la ignorancia que proporciona una muy larga e íntima frecuentación de los subdotados de los suburbios parisinos de Levallois-Perret. Los sabotajes que se producen todos los días son arrancados de su contexto y asociados en una sola maquinación amenazadora. Y después está el inevitable policía que se pregunta inocentemente «¿Hasta dónde llegarán?» mientras prepara sus formularios de allanamiento y diserta sobre Action Directe. Apenas se percibe una ligera evolución en el cifrado fantasioso de la «nebulosa de la ultraizquierda»: en un decenio hemos pasado de «uno a dos mil» a «dos mil». La inquietud ha alcanzado su cima. Y puesto que el nuevo régimen no teme llamarse «de izquierda y de derecha» en la mejor veta personalista de la década de 1930, oportunamente se informa sobre una ola de arrestos en la «ultraderecha» antes de proceder a arrestos en la «ultraizquierda». Han pasado diez años, pero ten por seguro que la nueva maniobra de tus amigos de los servicios acabará como la primera: en farsa. Pues la «ultraizquierda» no existe más que ayer, fuera de los expedientes de espionaje.
Si hay que volver a sacar del cuarto de escobas el espantapájaros cansado de la «ultraizquierda», es sin embargo porque sin duda existe una amenaza, pero una amenaza completamente diferente. La amenaza real que pesa sobre el régimen es su impopularidad manifiesta, la cegadora claridad de los fines que persigue, su ausencia de base social con excepción del 15 % de mánagers y de aprendices de mánagers que querrían desesperadamente creer en Macron. El que, a pesar de los BMW de ejecutivos quemados, el lema de «caza a los DRH [Directores de Recursos Humanos]» en el bosque de Boulogne haya hecho sonreír en el fondo a todo el mundo dice mucho sobre la inevitable cuesta abajo que le espera al reinado de Emmanuel Macron y de sus engorrosos aliados. Incluso si, sin duda, su tiempo ha pasado, es altamente significativo que el «cortejo [marcha] de cabeza» de las manifestaciones se haya vuelto el último lugar en que uno puede charlar y divertirse en París. Que nos encontremos ahora en este espacio efímero, creado hace dos años por algunos cientos de estudiantes encapuchados, sindicalistas, universitarios, autónomos, asalariados, artistas, precarios y hasta militantes de «Francia Insumisa», anuncia sensiblemente de qué manera, no necesariamente pacífica, será enterrado el régimen macronista apenas hayan aumentado en grietas las fallas de la torcida comunicación gubernamental. La política ha muerto, y no es el viejo despotismo económico el que puede sucederle.
En diez años, nuestros peores pronósticos sobre los estragos del capitalismo se han visto, en todos los dominios, confirmados. Lo único que queda es poblar los parques públicos de pokémones a fin de hacer olvidar que ya no hay libélulas ni mariposas que cazar. Se amplifica el mandato a trabajar tanto más como el trabajo desaparece. Esta sociedad se enfrenta a una desafección silenciosa, pero masiva. Las figuras del poder ya no pueden ocultar su carácter psicótico. Si aprendieras un poco de la experiencia, si fueras un poco adulto, tendrías presente que los conflictos existen, que quienes juzgan que existe alguna urgencia para poner un término al desastre en curso y actúan en consecuencia, tal vez no son fanáticos de la «violencia», sino gente más valiente que tú, y menos entregada a la mentira. En diez años, cambiaste de jefe, pero no de método. Tus «investigaciones» conducen tan lejos el respeto a tu única «fuente» que igual podrían ser escritas por ella, en la sede de la DGSI. Anteriormente, quizá te habría enviado un derecho de réplica que no habrías publicado. Pero existen ahora otros canales de difusión de otro modo más eficaces que los periódicos. Ya no hay nadie que te crea, y pronto ya no habrá nadie que te lea. La «opinión» que crees formar, simplemente ya no existe. Ya sólo existe la burbuja mediática en la cual flotas, y la larga cadena de dependencias y de vigilancias por la cual esta sociedad cree sostener a sus sujetos.
Hace ciento cincuenta años un analista sofisticado del reinado de Napoléon III le concedía estas observaciones: «Usar la prensa, usarla bajo todas sus formas, tal es, hoy, la ley de los poderes que quieren vivir. Es bastante raro, pero así es. […] En los países parlamentarios es casi siempre a través de la prensa que mueren los gobiernos, y bien, vislumbro la posibilidad de neutralizar la prensa mediante la propia prensa. Puesto que es una fuerza tan grande como el periodismo, ¿sabe usted qué haría mi gobierno? Se haría periodista, sería el periodismo encarnado» (Maurice Joly, Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu). Esto fue hace ciento cincuenta años. The times, they are a changing, Pelletier.