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Lia Cigarini y Luisa Muraro / Política y práctica política

El siguiente artículo («Politica e pratica politica», en Critica marxista, núm. 3-4, mayo-agosto de 1992) fue escrito por Lia Cigarini y Luisa Muraro, quienes fueron algunas de las fundadoras de la Librería de las mujeres (Libreria delle donne) de Milán desde 1975. Este artículo resuena con el tiempo presente a través de una crítica de la práctica política que se articula con base en el modelo de la organización, en particular en la tradición izquierdista, así como a través del intento de redefinir el lugar de la política en la vida. Unos años después del derrumbe del Bloque del Este, las autoras prefieren la palabra «comunismo» para hablar de su práctica: así, se proponen «partir de sí» para hacer política desde una realidad vivida y un conjunto de relaciones reales.

 

La práctica de la organización

 

Nos sorprende, todo el tiempo, constatar lo difícil que resulta hacerse entender sobre la práctica política —no sólo su importancia, sino incluso la simple noción— también por mujeres y hombres comunistas. Nos sorprende porque la tradición marxista siempre ha puesto el acento en la práctica. Basta con pensar en Gramsci, quien hablaba de filosofía de la praxis para indicar el pensamiento mismo de los comunistas. Lo que es cierto es que, entre la cultura de izquierda y la cultura del movimiento de las mujeres, la comunicación se ha vuelto difícil por una notable distancia de lenguajes y de posiciones. Distancia que, según nosotras, se debe precisamente a la diferencia de las prácticas. Vamos pues a medir esta distancia a la luz de las diversas prácticas políticas. Nos parece que la práctica dominante en la izquierda es (fue) la organización. Esto se corresponde con el hecho de que la izquierda está repleta de organizaciones. El partido está organizado, los movimientos están organizados, la propia condición humana (mujeres, jóvenes) estuvo organizada, por no hablar de los obreros, de los campesinos, etc.
Hoy en día, es bien sabido, esta práctica política atraviesa una crisis importante, que se sostiene en una unidad, puede decirse y se entiende por qué, con la crisis de la izquierda. Las organizaciones están desconectadas de la realidad; no ejercen ninguna atracción sobre las personas más jóvenes ni tampoco en general. En efecto, parece existir un rechazo difuso a esta práctica social (sin embargo, no se puede decir que se trate de un fenómeno irreversible: éste no es el punto). El movimiento de las mujeres, por su parte, no tiene organización ni tampoco un centro coordinador. De hecho, es positivamente contrario a cualquier forma de organización, incluida aquella de la mera coordinación. Y esto es así desde sus orígenes. Existen, en ocasiones, intentos de innovación sobre este punto, pero siempre son fracasos y tampoco han dado nunca ningún fruto significativo.

 

Las prácticas de las mujeres

 

En el puesto de la organización tenemos cierto número de prácticas que muchas reconocen como válidas, que se transmiten de una situación a otra y que se retoman también por las mujeres más jóvenes o por mujeres que no se consideran feministas. En este sentido, solamente, puede reconocerse un tejido unitario.
La política de las mujeres es algo que se asemeja a un conjunto de prácticas, conjunto que tiene una parte más estable y reconocible, y que a pesar de ello puede variar (y de hecho varía). Por su importancia y reconocibilidad, corresponde al primer puesto la práctica que consiste en el partir de sí. Ésta significa que la palabra se usa, y la política se hace, no para representar las cosas, ni para cambiarlas, sino para establecer, para manifestar o para cambiar una relación entre sí y lo otro de sí. O también entre sí y sí, en la medida en que la alteridad atraviesa también al ser humano en su singularidad. En otras palabras, la práctica del partir de sí presupone que todo decir o hacer es una mediación, e impone dejar bien en claro aquello que se juega en ella por parte del sujeto. ¿Para desenmascararlo? Sí, en su caso, pero también y sobre todo para liberar sus energías, a menudo frenadas por representaciones falsas y proyectos llenos de esfuerzos. De este modo, según nosotras, es posible tener una disposición para la realidad que cambia.
Mucho se ha discutido en el movimiento a causa del proyecto de un campo de la paz en Palestina, llevado adelante por un grupo de mujeres. Esto ha suscitado discusiones y críticas porque el partir de sí de esta iniciativa no está claro y no se lo ha planteado claramente; una mujer que se formó por aquella práctica, en aquella iniciativa —cuyas buenas intenciones nadie pone en duda—, no puede no ver el riesgo de un voluntarismo y de un activismo que no resultan extraños al imperialismo occidental. Demos otro ejemplo, en positivo. Se nos ha reprochado hacer política sin contar ya con un análisis de la condición femenina. Quien razona así, tiene en mente (o, tal vez, sigue mecánicamente) un esquema que no es el nuestro.
Nosotras no partimos de un marco general, sino de contradicciones vividas en primera persona (por ejemplo: el bloqueo de la palabra en los lugares mixtos, la atracción-repulsión por el poder, el desconocimiento social de sentimientos sentidos por sí como muy importantes, etc.), que ponemos en el centro del trabajo político. Lo que ocurre con esto es que elementos que la representación del mundo ponía en los márgenes, se encuentran puestos en el centro del marco, en correspondencia con el hecho de que se encuentran de antemano en el centro de la vida vivida. Es así como la visión de las cosas cambia y, al mismo tiempo, se abre otro camino de hacer política, más directo e incisivo. En efecto, este camino se ha revelado fecundo. Muchas se han reconocido en él y esto ha dado lugar a aquello que se llama movimiento de las mujeres; por otra parte, las ideas y los textos que nacen de este movimiento conocen una circulación y una aceptación extensas. A la práctica del partir de sí nosotras dos remitimos el hecho de que hoy las mujeres incluso pueden ser vistas y designadas como un «sujeto fuerte» (Gaiotti De Biase, en Unità, 10 de julio de 1992), término que, dicho sea de paso, no compartimos. Un resultado semejante no habría sido nunca alcanzado si desde el primer momento, en el centro del discurso político —al contrario de lo que, en el discurso de la izquierda, era la condición femenina—, no hubiera sido puesta la experiencia vivida en primera persona.
Observemos, además, cómo este procedimiento, para pasar del caso concreto a la teoría —procedimiento que sustituye el viejo de la abstracción—, antes de nosotras fue practicado por Freud: sus escritos lo ilustran bien.

 

Político y no político

 

Otra práctica en la que todas nos reconocemos atañe al paso de lo político a lo no político, que para nosotras carece de una solución de continuidad. Por eso nosotras nos encontramos gustosamente en lugares que son y no son políticos, como librerías, círculos o casas, y mezclamos las ocupaciones políticas con otras que no tienen este nombre, como las vacaciones, los intervalos del trabajo, los amores, las amistades. No decimos que todo sea político, sino más bien que todo puede volverse político. O, de modo más sencillo, que no encontramos criterios y no nos interesa separar la política de la cultura, del amor, del trabajo. No nos gustaría una política separada de este modo y no sabríamos hacerla. A esta exigencia de no separar la política de la vida, responde también el uso de la palabra, que también lleva en cierta medida la marca de la práctica psicoanalítica.
En nuestros congresos la toma de palabra no está codificada; soportamos tiempos vacíos, silencios también prolongados, incidentes de cualquier género; evitamos en la medida de lo posible los informes ya escritos, las intervenciones preparadas. Por otra parte, es una tradición que los congresos se autofinancien. Los congresos y las demás iniciativas dan vida a un nomadismo político, auxiliado por la práctica de la hospitalidad, que crea una red de relaciones a través de las cuales circulan historias, cintas, fotografías, fotocopias y textos impresos. Se dirá que todo esto es típico de un movimiento relativamente joven y, por lo mismo, capaz de vivir con pocos medios. Pero también existe de por medio una selección de prácticas políticas y una apuesta en favor de una política cuyas formas no suplantan las formas de la vida. Así, tenemos la costumbre de reflexionar sobre las cosas que hacemos de forma más o menos contextual, lo que da, a las mismas que actúan, la posibilidad de corregir paso a paso su hacer. Por otra parte, nada impide (y los hechos nos lo confirman cada día más) que las prácticas que nosotras inventamos se traduzcan en prácticas comunes a la vida social o se salden con viejos comportamientos femeninos, restituyendo o dándoles un significado de libertad femenina: en este punto, ya no se puede hablar, en sentido estricto, de movimiento.

 

La cuestión del poder

 

En su editorial del segundo número de Critica marxista, Aldo Tortorella retoma unas palabras del arzobispo de Milán, Martini, quien dijo que «el problema está en el interior de los hombres», y comenta que sí, pero que, de esta manera, somos llevados a concluir que la política importa. Por eso, agrega, «intentamos (yo también intento) proporcionar una traducción institucional y política a la cuestión moral». Así parece, a partir de estas palabras, que la política es, por definición, una exterioridad.
Ahora bien, admitamos que no se quiera llevar la política a la interioridad por el temor justo de no recaer o caer en cualquier forma de integralismo. Pero hay una cuestión más simple que plantear, a saber, de dónde viene esa oposición entre interioridad y exterioridad, que no corresponde a la experiencia efectiva. Ciertamente, no a aquella femenina, si nos basamos en las prácticas que caracterizan a la política de las mujeres. Con la oposición entre interioridad y exterioridad, quizá Tortorella y Martini se están dividiendo de una manera equilibrada competencias y esferas de competencia. Pero esto parece corresponder a una necesidad de orden histórico (y del orden social) más que a la experiencia humana común, corroborada por la experiencia política de las mujeres. Tal vez, por tanto, la necesidad de mantener esa oposición, y de conservar la política en la exterioridad, no surge tanto del miedo al integralismo, cuanto de la cuestión del poder; un poder dividido en dos, indudablemente, es una barrera en contra del integralismo.
La cuestión de la práctica política se salda así con la cuestión del poder, central para la política (al igual que para la vida de los seres humanos y para la vida en general).

 

La práctica de la disparidad

 

Actualmente, en el movimiento de las mujeres muchas se dedican a reflexionar sobre este tema, al cual hemos llegado a través de la práctica de la disparidad y del debate que ésta ha suscitado. Se empieza a hablar de una práctica de la disparidad en la década de 1980, no antes. A ella nos ha llevado (y aquí nos referimos especialmente a la Librería de las mujeres de Milán) el hecho de que no tenemos organización ni roles ni funciones ni otros dispositivos para solucionar las disparidades reales. Lo cual nos exponía indefensas a las fuertes emociones que suscita la disparidad. La práctica de la disparidad nació como respuesta a este problema. Su formación, por un lado, y su aceptación, por el otro, se obstaculizan por el igualitarismo que caracteriza a la cultura de izquierda. Simplificando, decimos que se trata de no ocultar y de no evitar el sentimiento de una disparidad con respecto a una semejante cuando este sentimiento se hace sentir dentro de sí. Se trata más bien de tomarlo como la señal de que un deseo despierta, haciendo de la relación dispar con la otra la palanca para la realización del deseo mismo. Como se puede ver, no se trata, como algunos han creído, de avalar las disparidades de una sociedad injusta.
Sin embargo, el sentido de la disparidad que esta práctica dice no ocultar, también puede suscitarse de este tipo de disparidad. De nuevo, por tanto, nos encontramos en presencia de una práctica que pasa por encima de la separación entre realidad interna y realidad externa, volviéndolas recíprocamente traducibles. A propósito de la práctica de la disparidad —también llamada «la puerta estrecha»—, aquellas que la aceptan dicen que se trata de un paso esencial. Esta práctica, de hecho, es vital para una política de la libertad femenina, en cuanto produce autoridades femeninas en lugar de poder. Este punto está hoy en el centro de una reflexión que no podemos anticipar. Muchas nos orientamos a una política centrada en la autoridad y descentrada del poder; esta orientación, por otra parte, nos parece que interpreta de la manera más precisa al movimiento de las mujeres: interpretado, se entiende, no sociológicamente, sino políticamente, como una apuesta sobre el sentido de la realidad que cambia.
El interés que dirigimos a este enfoque se resume cuando se considera que el poder es homologante y destruye la diferencia femenina, como cualquier diferencia cualitativa. No se trata de un descubrimiento original nuestro. Como otros ya observaron para el movimiento obrero, la conquista del poder o tener siempre como objetivo esta conquista, ha llevado a perder de vista el móvil originario, que era crear una sociedad libre y más justa.

 

Autoridad y poder

 

Nosotras aportamos como algo nuestro un elemento adicional, y es la posibilidad, que se ha probado prácticamente, de crear autoridad sin poder en las relaciones sociales. ¿Hasta la destrucción de toda forma de poder? Nuestra fórmula, hoy, es ésta: «el máximo de autoridad con el mínimo de poder». No hacemos una propuesta voluntarista: la mayor parte de las mujeres, de hecho, están internamente oprimidas por el poder, por su lógica y por sus símbolos. Lo demuestra el hecho, según nosotras no lo suficientemente considerado por la izquierda, de que las marchas de acercamiento a los puestos de poder, que se intentan de varias formas (igualdad de oportunidades, acciones positivas, políticas de cuotas, representación femenina), dan resultados sorprendemente escasos. Esto se constata también en países de emancipación avanzada, como los Estados Unidos, donde, por ejemplo, veinte años de «acciones positivas» para llevar más mujeres al parlamento han conseguido un aumento de un solo punto porcentual, del 16 al 17 % (según el Herald Tribune del 15 de julio de 1991).
La pequeñez de estos resultados contrasta con la visibilidad y la autoridad que las mujeres están adquiriendo en la vida social. Si esto vale para gran parte de las mujeres, no sabemos si vale para los hombres, aparte de una pequeña minoría en la que reconocemos fácilmente nuestra misma repugnancia por una política que se reduce a lucha por el poder. Hace falta, de hecho, por parte masculina, un trabajo de toma de consciencia. Así pues, no podemos saber cuánto vale para un hombre y para la sexualidad masculina tener poder. Por consiguiente, no sabemos si la izquierda, en su conjunto, puede actuar políticamente fuera de la impronta del poder, impronta que equivale, cabe señalar, a un orden simbólico. Dicho de otro modo, a un lenguaje.
El rechazo a este lenguaje nos ha hecho sentir, en el pasado, extrañas a la política. Ya no más: ahora nosotras hacemos política contrarrestando la toma del poder con la existencia humana. Para que podamos hacer política junto a hombres, es indispensable que haya toma de consciencia masculina sobre el poder. La espontaneidad masculina, de hecho, se deja compenetrar por el lenguaje del poder y bloquea así todo posible entendimiento.

 

Contra el capitalismo

 

Por lo demás, no nos falta el deseo de un intercambio y, en su caso, de un entendimiento con hombres dedicados a la crítica y a la lucha contra el capitalismo. En nosotras dos, al igual que en otras, existe una aversión al capitalismo que nos empuja a buscar alianzas con personas o grupos que lo combaten, aunque siendo conscientes de que, probablemente, nuestro anticapitalismo tenga razones que no coinciden con las de la izquierda tradicional. Pero esto no es en sí un impedimento, si hay intercambio.
Las razones de nuestra oposición a la síntesis capitalista son de dos tipos. Están las razones espontáneas de la condición humana femenina: ésta, como ya subrayó Claudio Napoleoni, en Cercate ancora, se sustrae en algunos aspectos de la comprensión capitalista. Están las razones de nuestra práctica política, que hace de la relación dual de intercambio que se basa en la confianza —relación marginal en una sociedad capitalista— la mediadora de la libertad femenina. En esta búsqueda de un intercambio, que es ya un intento de intercambio, ponemos en primer plano la cuestión de la práctica ya que nos parece que puede dar la medida justa tanto de las dificultades como de las oportunidades que tenemos delante.
A la carencia de una práctica política adecuada, más que a la confusión mental, le atribuimos el resbalamiento que nos parece resaltable en la izquierda, entre los muchos que tienen el ansia de adaptarse (y no es, no siempre al menos, por conformismo) y otros que se inclinan hacia actitudes apocalípticas, desinteresándose más o menos de aquello que en la realidad se presenta como algo pendiente o en suspenso. No nos parece que esto sea menor o insignificante: el juego no está perdido, como unos piensan, ni completamente jugado, como otros piensan. Ciertamente, los términos del juego (es decir: del sentido de la realidad que cambia) han cambiado bastante. Pero quien tiene una práctica, sostenemos, no resulta nunca completamente desorientado.
Quien tiene una práctica tiene el modo de estar en la realidad presente en los términos que esta realidad impone (y ahora, indudablemente, para un anticapitalista son términos difíciles) sin tener que renunciar a sí, a la experiencia propia, a los deseos propios. Es cierto que esto vale si el sí, la experiencia propia y los deseos propios no pasan existencialmente a través de la posesión de un poder; vuelve la cuestión anterior, vuelve la necesidad de una toma de consciencia sobre la cuestión también personal del poder.
El prometeísmo político del movimiento comunista fue desmentido. Pero la realidad que dio esta acción de desmentir, dio prueba con ello de ser independiente de nuestros proyectos, no contrario. Se trata de una bella diferencia; sólo la voluntad de dominio no consigue atraparla.

 

«Comunismo»

 

La invención y la atención por la práctica, en el movimiento de las mujeres, son verdaderamente importantes, y esta importancia se impuso así —al menos en el caso italiano, caso que el movimiento internacional de las mujeres ha terminado por observar— establecer el cuasiabandono del término «feminismo», para nombrar en su lugar la práctica, fundamental, de la relación entre mujeres. (En ésta se resumen las prácticas antes expuestas de manera distinta). Lo decimos teniendo en mente el término «comunismo». Muchas mujeres dan con gusto este nombre a su anticapitalismo, pero temen a la carga ideológica que corre el riesgo de establecer debajo suyo el vacío: vacío de existir y de efectualidad. Durante la reunión con la redacción de Critica marxista, en Roma, el 3 de julio pasado, incluso compartiendo el sentido que la mayoría expresaban de la dificultad del tiempo presente, varias veces percibimos también una tendencia al catastrofismo, síntoma de una dificultad bastante más importante, la dificultad de estar en el presente junto con aquello que tiene de vivo. Dificultad que se debe, nos parece, a las ganas de permanecer en el marco que ahora se ha desmentido, ganas unidas al peso que se da excesivamente a estos hechos que desmienten.
La práctica del partir de sí, en un contexto semejante, significa que se puede hablar de comunismo si éste empieza a existir en las relaciones que se establecen en ese lugar en el cual se habla de comunismo. Y puede suceder así que resulte más preciso y más significativo poner en palabras la práctica en vez de hablar de comunismo. Cuando existe la práctica, los nombren vienen por sí solos, cambian y, en su caso, se representan.