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«Contra la normalización gay»: entrevista a Alain Naze de lundimatin

La historia de las luchas homosexuales parece reducirse desde hace algunos años a la obtención de nuevos derechos, entre los cuales el matrimonio para todos sería su punto de culminación. Se trata de una historia lineal que, partiendo de una situación de exclusión, apuntaría a una integración cada vez más fuerte al mundo heterosexual. El homosexual abandona entonces su estatuto de delincuente para volverse respetable. Este proceso es el que Alain Naze describe y denuncia en un libro publicado [en francés] en ediciones La Fabrique: el Manifiesto contra la normalización gay.

 

lundimatin.— Una de las tesis que desarrollas en tu libro es que la obtención de derechos no es necesariamente el paso obligado hacia una emancipación, particularmente en la cuestión de las políticas sexuales. Ella se vincula con una idea según la cual, en el fondo, la demanda de la reivindicación jurídica participa de un proceso de normalización. ¿Podrías ampliar más en esta dirección?

 

Alain Naze.— Antes que nada, es preciso abandonar una lectura uniforme del derecho. No digo que todas las reivindicaciones en términos de derecho sean necesariamente parte de la normalizacion. Habría que distinguir entre un derecho de tipo negativo y un derecho prescriptivo. El derecho negativo sería, por ejemplo, la despenalización de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, tal y como fue el caso en la lucha contra el parágrafo 175 en Alemania. Se trata de una reivindicación en el terreno jurídico, que es emancipadora. En cambio, hay reivindicaciones que contienen un elemento prescriptor como es el caso con el matrimonio gay y lesbiano. Aquí se trata de demandar —en los términos de exigir y pedir— la extensión del campo de una institución que ya existe bajo la forma del matrimonio heterosexual, y reivindicar esto es reivindicar una inscripción en una modalidad de existencia ya efectiva en las parejas heterosexuales. Por consiguiente, esto equivale a inscribirse en una limitación de las modalidades de existencia; en todo caso, se trata de una señal de carencia de inventividad. Uno se contenta con retomar una institución existente para fundirse en ella a la vez que se reclama este derecho, como si fuera algo indiferente que dicho derecho está calcado sobre aquel de una sociedad heteronormada. Como si fuera algo indiferente, por ejemplo, que la forma-pareja queda validada a través de esto.
Lo que es problemático en la reivindicación del matrimonio homosexual es que a menudo es presentado como una conclusión de un proceso de liberación que habría sido iniciado en la década de 1970, como si existiera una relación de continuidad entre los movimientos emancipadores de esa década y la reivindicación hoy en día del matrimonio gay. Por el contrario, podemos decir que aquí se da una forma de ruptura. Esta evolución no significa necesariamente que los gays van a meterse en esta brecha y van adoptar este tipo de comportamiento. Pero es interesante ver que esta reivindicación de un matrimonio gay ha sido transmitida por un cierto número de asociaciones gay, de movimientos gay. Lo que quiere decir que sin duda existe, en estos círculos, esta demanda de normalización.

 

¿Cómo analizas el papel de las asociaciones LGBT en este proceso de reivindicación y de normalización?

 

Partiendo de más lejos, se puede decir que la demanda de un matrimonio gay se remonta al momento del PACS en que ciertos gays y lesbianas, ciertamente no muchos, reclamaban ya el matrimonio. Esto tenía entonces un sentido completamente distinto, en los tiempos del sida. Lo que me parece que explica la normalización no es una búsqueda de la norma por la norma, es ante todo la voluntad de ser integrado a la sociedad, de no verse marginalizado. En el fondo, esto equivale a decir que uno se integra en una sociedad sin oponerse a su forma. Cuando uno quiere volverse homogéneo a esta sociedad es que está operando un poder de normalización, que toma la forma de una voluntad de inclusión. Pero existe igualmente a cambio una forma de discurso normativo que emana de esas asociaciones, a través de la promoción que efectúan de aquello por lo cual militan.

 

¿Podrías describir los efectos negativos y destructores de esta normalización?

 

Este proceso tiene efectos empobrecedores para los modos de existencia, arruina la inventividad, es destructor de los modos de existencia en los márgenes. Con esta marcha imperturbable del progreso, como lo piensa bien Walter Benjamin, éste va a erradicar todas las formas anteriores de existencia, y llegará incluso a considerar que esta supresión es positiva en cuanto garantía del progreso. El discurso en el caso del matrimonio gay ha consistido más o menos en esto: éste se trataría del apogeo de la liberación homosexual. Y entonces, todas las formas anteriores habrían sido formas inacabadas, sin logros con respecto a lo que se consuma y se realiza en el matrimonio gay. La Historia de los vencedores queda así recreada en los movimientos de emancipación. La lógica de la inclusión equivale a querer sentarse en la mesa de los vencedores.

 

A menudo te refieres a la década de 1970. ¿Qué vínculo haces entre la formulación teórica de esos años y una crítica para el presente?

 

¡Esto nos lleva de nuevo a Benjamin! Es un modo de ir a buscar en el pasado algo que estuvo vivo y en esos acontecimientos pasados encontrar la parte virtual no realizada. Lo que me interesa es ir hacia el pasado, no con una preocupación de restauración, sino con la vista puesta en traer cierto número de cosas hacia el hoy, que no habrían sido actualizadas en el pasado, para realizarlas en el presente. Ser capaz de operar este gesto intempestivo mediante el cual se hace surgir un bloque de pasado, que no viene a repetir lo que ya tuvo lugar, sino que realiza lo que quedó incumplido en el pasado.

 

¿Podrías darnos un ejemplo?

 

Foucault dice en una entrevista que no se opone a todas las formas de institucionalización de las relaciones gay sino que, si las hacemos, concederse el matrimonio sería la peor de las cosas, pues sería concederse la forma de existencia más pobre. Antes que estas formas de institución que implican cierto tipo de comportamiento, lo que Foucault preconizaba era la idea de una subversión de la noción de institución. Una institución que partiría de los modos de existencia tal como ellos son (móviles, movientes, diversos…); y tratar de pensar una forma institucional a partir de eso. Esto es algo que nacería de la inventividad de la década de 1970 (esa inventividad de las formas de existencia), pero que se efectuaría bajo la forma de un tipo muy particular de institución; y esto nunca fue realizado en esos años, pero esta posibilidad está ya ahí, como virtualidad.

 

De igual modo reflexionas sobre la cuestión de la comunidad gay, y de la identidad homosexual. Particularmente está ese pasaje que nos interpela en el capítulo «La globalización gay», donde opones el «todos somos los mismos» de ciertas asociaciones LGBT al «todos somos iguales» de una política de emancipación…

 

El problema de esta identidad gay, pensada además a través del prisma LGBT globalizado, es que con ella se da lugar a la creación de un individuo gay que sería casi universal. No habría pues una homosexualidad aquí, una homosexualidad allá, tal vez no pensada en estos términos, por otra parte, sino que habría una homosexualidad única. Estamos lidiando con un movimiento de uniformización, mientras que la igualdad nunca ha significado identidad. Es aquí que se revela el sentido de la noción de comunidad que prevalece en los movimientos LGBT: es una comunidad de pertenencia, vinculada a una identidad. Esto lo encuentro poco interesante, porque de este modo no pueden emerger más que reivindicaciones corporativistas. Si se hace estallar esta noción de identidad, podemos entonces tratar con una comunidad que sería realmente política. En lugar de esto, actualmente estamos frente a un aplastamiento de las singularidades, frente a reivindicaciones únicas que aspiran a ser planetarias.

 

Una última pregunta. Vives en Mayotte desde hace algunos años, y no conocemos nada de la situación mayotesa sobre la cuestión homosexual. ¿Qué puedes contarnos?

Para volver a situar las cosas, hay que saber que Mayotte se ha vuelto un departamiento francés de ultramar oficialmente desde 2011. Se creó una identidad fantaseada, puramente artificial, que es la identidad mayotesa. Esta identidad mayotesa ha llevado a que Mayotte se aísle de las demás islas del archipiélago de las Comoras. Algunos mayoteses, a partir de esta «identidad mayotesa» —creación no obstante muy reciente—, consideran que los habitantes de esas otras islas que vienen a Mayotte son «clandestinos», extranjeros. Por lo demás, de manera regular presenciamos cazas de comoranos en Mayotte, «líos».
Desde el punto de vista de las relaciones homosexuales, se dio un matrimonio poco tiempo antes de que yo llegué, en 2013 si bien lo acuerdo, pero fue un matrimonio entre un metropolitano y alguien proveniente de Cuba. De cualquier forma, se trata de algo que no parece posible para los mayoteses o comoranos en general. En primer lugar, porque apenas es viable el coming-out, vivir al descubierto una forma de relación homosexual. De modo marginal, esto comienza a existir un poco en Mamoudzou, que es la capital, pero quienes lo llevan a cabo deber ser psíquicamente bastante sólidos como para poder asumirlo, pues a menudo provoca un grado de aislamiento. Se trata de algo que no se dice ni se muestra.
Sin embargo, ocurre un gran número de cosas desde el punto de vista de las relaciones entre personas del mismo sexo. Pero no son visibles. Por ejemplo: no existe un lugar específico de encuentro. De cierta manera, queda con esto despejada la así llamada cuestión de la «orientación sexual». Pueden hacerse encuentros sin que nadie sepa nada de la supuesta «orientación sexual» del otro. La cosa puede conducir a algo, o no. E incluso cuando no conduce a nada, la mayoría del tiempo hay una gran dulzura, todo ocurre sin dramas; al menos, imagino, cuando el grupo no es testigo de la propuesta. Hay cosas que se realizan, pero todo se lleva a cabo de una manera completamente discreta. Me parece que esto produce una gran libertad ya que al mismo tiempo nadie está obligado a asumir públicamente una relación, si nadie tiene ganas de hablar de ello.
Algunos dirán que «no se tiene libertad de hablar en público». De acuerdo. Pero si los mayoteses y/o los camorianos tienen ganas de que sea diferente, les corresponderá a ellos expresar su deseo, a su manera. Por ahora no es el caso; y esta ausencia efectiva de coming-out, aquí, de ningún modo me parece un sinónimo de ausencia de libertad real.