Próxima estación: destitución | lundimatin # 168

A propósito de las agitaciones en Francia gestadas al menos desde el 17 de noviembre de 2018 por el así llamado movimiento de los «chalecos amarillos» (gilets jaunes), el sitio web francés de lundimatin publicó este texto en su edición del 3 de diciembre de 2018, el cual Artillería Inmanente presenta en una traducción castellana.

 

Contrario a todo lo que se puede escuchar, el misterio no radica en que nosotros nos sublevemos, sino en que no lo hayamos hecho antes. Lo que resulta anormal no es aquello que ahora estamos haciendo, sino lo que hasta entonces hemos aguantado. ¿Quién puede negar la quiebra, desde todos los puntos de vista, del sistema? ¿Quién quiere aún que lo esquilen, despojen, precaricen por nada? ¿Quién va a ponerse a llorar porque el distrito parisino XVI está siendo despojado por pobres o porque los burgueses ven arder sus 4×4 relucientes? En cuanto a Macron, es hora de que deje de quejarse, fue él mismo quien nos convocó a que viniéramos a buscarlo. Un Estado no puede pretender legitimarse sobre el cadáver de una «revolución gloriosa» para después lloriquear contra los vándalos en el momento en que una revolución se pone en marcha.
La situación es simple: el pueblo quiere la caída del sistema. Ahora bien, el sistema tiene la intención de conservarse. Esto define la situación como insurreccional, tal y como ahora lo admite la propia policía. El pueblo cuenta para sí con el número, el coraje, la alegría, la inteligencia y la simpleza. El sistema cuenta para sí con el ejército, la policía, los medios de comunicación, la artimaña y el miedo del burgués. Desde el 17 de diciembre, el pueblo ha recurrido a dos palancas complementarias: el bloqueo de la economía y el asalto que cada sábado se da a la sede gubernamental. Estas palancas son complementarias porque la economía es la realidad del sistema, en tanto que el gobierno es quien lo representa simbólicamente. Para destituirlo verdaderamente, hace falta que combatamos los dos. Esto vale tanto para París como para el resto del territorio: incendiar una prefectura y marchar por el Palacio del Elíseo son un solo y el mismo gesto. Cada sábado desde el 17 de noviembre en París, el pueblo se imanta por medio del mismo objetivo: marchar por el reducto gubernamental. Sábado tras sábado, la diferencia que se lleva a la luz radica 1) en la magnitud creciente del dispositivo policial implementado para impedir esto y 2) en la acumulación de experiencia vinculada al fracaso del sábado precedente. Si hubo bastante más gente con goggles y máscaras antigás este sábado, no es porque «grupos de vándalos organizados» hayan «infiltrado la manifestación», es simplemente porque la gente fue gaseada a profundidad la semana anterior y sacó las conclusiones de cualquier persona sensata: venir equipado para la próxima ocasión. Por lo demás, no se trata de una manifestación; se trata de un levantamiento.
Si decenas de miles de personas invadieron el perímetro Tuileries-Saint Lazare-Étoile-Trocadéro, no es en virtud de una estrategia de asedio que fue decidida por algunos grupúsculos, sino de una inteligencia táctica difusa de la gente, que se encontraba impedida simplemente a lograr su objetivo por el dispositivo policial. El incriminar a la «ultraizquierda» por esta tentativa de levantamiento no engaña a nadie: si la ultraizquierda hubiera sido capaz de conducir alguna maquinaria pesada para cargarse la policía o destruir un retén, eso es algo que se sabría, si hubiera sido tan numerosa, tan encantadora y tan valiente, eso es algo que también se sabría. Con sus preocupaciones esencialmente identitarias, la llamada «ultraizquierda» se ve profundamente obstaculizada por la impureza del movimiento de los chalecos amarillos; la verdad es que no sabe sobre qué piso camina, que burguesamente teme ponerse en peligro al mezclarse con esa muchedumbre que no se corresponde con ninguna de sus categorías. En cuanto a la «ultraderecha», se encuentra entre la espada y la pared en lo que respecta a sus pretendidos medios y fines: confecciona el desorden alegando el apego al orden, lanza piedras a la policía nacional al mismo tiempo que declara su pasión a la policía y a la nación, quiere cortar la cabeza del monarca republicano por amor a un rey inexistente. Por consiguiente, en estos puntos hace falta abandonar al ministerio de Interior a sus divagaciones ridículas. No son los radicales los que constituyen el movimiento, es el movimiento el que radicaliza a la gente. ¿Quién puede creer que alguna reflexión tuvo lugar cuando se declara el estado de emergencia contra un puñado de ultras?
Quienes hacen las insurrecciones a medias no hacen otra cosa que cavar su propia tumba. En el punto en que nos encontramos, con los medios de represión contemporáneos, o bien derrocamos el sistema, o bien es él quien nos aplasta. Sería un error grave de apreciación subestimar el nivel de radicalización de este gobierno. Todos aquellos que se asumirán, en los días que vienen, como mediadores entre el pueblo y el gobierno, serán hechos trizas: ya nadie quiere ser representado, todos somos lo suficientemente grandes como para expresarnos, como para reconocer quién se propone aplacarnos, y quién se propone recuperarnos o cooptarnos. E incluso si el gobierno retrocediera un paso, probaría con ello que tenemos razón de hacer lo que hemos hecho, que nuestros métodos son los buenos.
Así pues, la siguiente semana será decisiva: o bien conseguimos entre muchos más frenar la máquina económica bloqueando puertos, refinerías, estaciones, centros logísticos, etc., tomando verdaderamente el reducto gubernamental y las prefecturas el sábado que viene, o bien estamos perdidos. El próximo sábado, las marchas por el clima, que parten del principio de que no son quienes nos han llevado a la catástrofe presente quienes nos harán salir de ella, no tienen una razón para no confluir en la calle con nosotros. Estamos a dos gotas del punto de ruptura con el aparato gubernamental. O bien conseguimos en los meses que vienen operar la bifurcación necesaria, o bien el apocalipsis anunciado se duplicará con una imposición de medidas de seguridad de las cuales las redes sociales dejan entrever toda la extensión imaginable.
La cuestión es, por consiguiente, ¿qué significa concretamente destituir el sistema? Todas las evidencias apuntan a que no significa elegir nuevos representantes, ya que la quiebra del régimen actual es precisamente la quiebra del sistema de la representación. Destituir el sistema es hacerse cargo localmente, condado por condado, de toda la organización material y simbólica de la vida, ya que es precisamente la organización presente de la vida la que está en cuestión, es ella la que es la catástrofe. No hay que temer a lo desconocido: nunca se ha visto que millones de personas se dejen morir de hambre. Al igual que hemos sido completamente capaces de organizarnos horizontalmente para hacer bloqueos, somos capaces de organizarnos para volver a poner en marcha una organización más sensata de la existencia. Al igual que es localmente como la revuelta se ha organizado, es localmente como las soluciones serán encontradas. El plano «nacional» de las cosas es tan sólo el eco que se hacen las iniciativas locales.
Ya no podemos necesitar contar para todo. El reino de la economía es el reino de la penuria porque es de extremo a extremo el reino del cálculo. Lo bello que se da en los bloqueos, en las calles, en todo lo que hacemos desde hace tres semanas, lo que hace que seamos ya en cierto sentido victoriosos, radica en que hemos dejado de contar porque hemos empezado a contar los unos con los otros. Cuando la cuestión es la de la salvación común, la de la propiedad jurídica de las infraestructuras de la vida se vuelve un detalle. La diferencia entre el pueblo y quienes lo gobiernan está en que aquél no se compone de muertos de hambre.

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