Giorgio Agamben / La invención de una epidemia

En una columna del 26 de febrero de 2020 en la rúbrica Una voce, Giorgio Agamben analiza así la situación impuesta por la respuesta gubernamental italiana al coronavirus en cuanto «emergencia internacional», una situación definida por medidas excepcionales que habrían de justificarse en el miedo y el pánico de la población.

 

Ante las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente infundadas para una supuesta epidemia debida al virus corona, es necesario partir de las declaraciones del Consiglio Nazionale delle Ricerche, según las cuales «no hay ninguna epidemia de Sars-CoV2 en Italia». Y eso no es todo. En cualquier caso, «la infección, según los datos epidemiológicos disponibles hoy en día sobre decenas de miles de casos, causa síntomas leves/moderados (una especie de influenza) en el 80-90 % de los casos. En el 10-15 % de los casos, puede desarrollarse una neumonía, pero su curso es benigno en la mayoría absoluta. Se estima que sólo el 4 % de los pacientes requieren hospitalización en cuidados intensivos».
Si ésta es la situación real, ¿por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un estado de excepción propiamente dicho, con una grave limitación de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?
Dos factores pueden ayudar a explicar este comportamiento desproporcionado. En primer lugar, se manifiesta una vez más la tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno «por razones de higiene y seguridad pública» da lugar a una militarización en sentido estricto «de los municipios y las zonas en que resulta positiva al menos una persona cuya fuente de transmisión se desconoce o en que hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus». Una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se verifiquen en otras partes. Considérense las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto: a) prohibición de traslado del municipio o la zona en cuestión por parte de todos los individuos de todas formas presentes en el municipio o zona; b) prohibición de acceso al municipio o la zona en cuestión; c) suspensión de manifestaciones o iniciativas de cualquier tipo, de eventos y de cualquier forma de reunión en un lugar público o privado, incluidos los de carácter cultural, recreativo, deportivo y religioso, aunque se celebren en lugares cerrados y abiertos al público; d) suspensión de los servicios educativos para niños y las escuelas de todos los niveles, así como de las actividades escolares y de educación superior, con la excepción de las actividades de educación a distancia; e) suspensión de los servicios de apertura al público de museos y otras instituciones y lugares culturales, de conformidad con el artículo 101 del Código del Patrimonio Cultural y del Paisaje, según el Decreto Legislativo núm. 42 de 22 de enero de 2004, así como la eficacia de las disposiciones reglamentarias sobre el acceso libre y gratuito a esas instituciones y lugares; f) suspensión de todos los viajes educativos, tanto nacionales como al extranjero; g) suspensión de los procedimientos de insolvencia y de las actividades de las oficinas públicas, sin perjuicio de la prestación de los servicios esenciales y de utilidad pública; h) aplicación de la medida de cuarentena con vigilancia activa entre los individuos que han tenido un contacto estrecho con casos confirmados de enfermedad infecciosa difusa.
La desproporción frente a lo que según el CNR es una influenza normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, salta a los ojos. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las disposiciones de excepción, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites.
El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad en sentido estricto de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia ofrece una vez más el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerlo.