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Julien Coupat y Éric Hazan / Por un proceso destituyente: invitación al viaje

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Desde hace algunos días, se perciben en las cenizas de la izquierda algunos resplandores enrojecidos: las reticencias sobre el declive de la nacionalidad francesa y la llamada a una primaria para la próxima elección presidencial. El malestar surge, ocasionado por ver al ejecutivo alinearse con posiciones de derecha o de extrema derecha. Estos intelectuales, estos militantes, estos elegidos de la izquierda reclaman «contenido, ideas, intercambios exigentes», con el objetivo de que el candidato a su primaria «encarne el proyecto que Francia necesita para salir del impasse». En pocas palabras: todavía quieren creer en la política. Apenas se han cruzado con esta noticia precisamente resonante: toda esa política ha muerto. Así como han muerto las palabras con las que se dice la cosa pública ─ la Francia, la Nación, la República, etc. Así como ha muerto la pompa institucional de la que se rodea el vacío gubernamental. La política profirió su último estertor en el mismo lugar en que nació, hace más de 2000 años, en Grecia; Alexis Tsípras fue su sepultero. Sobre su tumba se inscriben estas palabras pronunciadas a guisa de oración fúnebre por el ministro alemán de economía, Wolfgang Schäuble: “No podemos dejar que las elecciones cambien cualquier cosa”. Helo ahí. Todo está dicho. Y sobriamente.
Negarse a llevar el duelo por «la política», llamar por el contrario a «devolverle un sentido», e incluso a hacerla «de otra manera», es especular sobre stocks de credulidad que están secos, sobre provisiones de esperanza diezmadas, sobre yacimientos de ilusiones que han llegado al estiaje. ¿Quién espera de un ministro como Montebourg, con Piketty en la Economía, y Rosanvallon en la Cultura, que nacionalice el crédito, desarme a la policía, haga crujir a las multinacionales o calme el frenesí antiterrorista? Todos sabemos que él hará lo mismo que Tsipras, y próximamente Podemos. Pues es todo el circo electoral, y la esfera pública en la que se instala, al que le ha llegado su hora. ¿Quién escucha todavía a los periodistas, además de los días de un atentado? ¿Quién se preocupa de la opinión de los «intelectuales»? ¿A quién le importan, en nuestros días, las declaraciones de los ministros? Imaginen que un Primer ministro pronuncia esta frase orwelliana: «El estado de emergencia es el Estado de derecho». Si alguien prestara atención aún a sus palabras, seguiríamos burlándonos aún de ellas en el bar. Pero a nadie le importan. El voto al Front National y la abstención en masa son dos síntomas de un sistema electoral llevado a su punto de ruptura. Pero estos síntomas es preciso leerlos desde el exterior de este sistema, desde todo aquello que se ha fugado ya de él, desde la realidad de una deserción interior, difusa, pero vasta como un continente. Se pretende, desde la cabina del buque, que este continente no existe. A duras penas se admite la existencia de algunos islotes flotantes ─ como aquella ZAD que tanto quisieran expulsar.
No tenemos razón alguna para soportar un año y medio de campaña electoral, cuyo término ya está previsto que se dé en un chantaje a la democracia. Para dejar de someterse a esta cuenta regresiva basta con invertir su sentido: tenemos más bien un año y medio para terminar con toda la triste domesticidad de los líderes aspirantes, y con el cómodo rol de espectador al que su curso nos confina. Denunciar, lacerar, intentar convencer, no servirá de nada aquí. “Un mundo de mentiras ─decía Kafka─ no puede ser destruido con la verdad, solamente con un mundo de verdad” ─ más probablemente con mundos de verdad. Tenemos un año y medio para formar, a partir de las amistades y las complicidades existentes, a partir de encuentros necesarios, un tejido humano suficientemente rico y seguro de sí como para volver obscena a la bestia reinante, risible todo aquello que se cuenta en “la esfera pública”, e irrisoria la idea de que deslizar un sobre en una urna puede constituir un gesto ─ a fortiori un gesto político. A la inversa del proceso constituyente que propone el llamamiento publicado por Libération ─porque es exactamente eso lo que es─, nosotros pretendemos dar inicio a una destitución pedazo a pedazo de todos los aspectos de la existencia presente. Estos últimos años nos han probado suficientemente que se encuentran, para esto, aliados en todos los lugares. Hay que volver sobre la tierra y tomar de nuevo en nuestras manos todo aquello en lo que nuestras vidas están suspendidas, y que tiende sin cesar a escapársenos. Lo que preparamos no es una toma de asalto, sino un movimiento continuo de sustracción, la destrucción atenta, dulce y metódica de toda política que planee por encima del mundo sensible.
Pero los verdaderos viajeros son los únicos que parten / Para partir, corazones ligeros, semejantes a los globos, / De su fatalidad jamás se apartan, / Y, sin saber por qué, dicen siempre: ¡Vamos!

Traducción de «Pour un processus destituant : invitation au voyage», publicado en Libération el 24 de enero de 2016.

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