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Giorgio Agamben / No discutimos las vacunas, sino el uso político del «green pass»

El siguiente artículo fue publicado por Giorgio Agamben el 30 de julio de 2021 en el periódico italiano La Stampa.

 

Lo que más llama la atención de las discusiones sobre el green pass y la vacuna es que, como ocurre cuando un país se desliza inadvertidamente hacia el miedo y la intolerancia —e indudablemente esto está ocurriendo en Italia hoy en día—, las razones percibidas como contrarias no sólo no se toman en serio de ninguna manera, sino que se rechazan apresuradamente, cuando no se convierten pura y simplemente en objeto de sarcasmos e insultos. Se podría decir que la vacuna se ha convertido en un símbolo religioso, que, como todo credo, opera como una división entre amigos y enemigos, los salvados y los condenados. ¿Cómo puede considerarse científica y no religiosa una tesis que renuncia al escrutinio de las tesis divergentes?
Por eso es importante dejar claro en primer lugar que el problema para mí no es la vacuna, como en mis anteriores intervenciones no estaba en cuestión la pandemia, sino el uso político que se ha hecho de ella, es decir, la forma en que han sido gobernadas desde el principio. A los temores que aparecían en el documento que firmé con Massimo Cacciari, alguien objetó imprudentemente que no había que preocuparse, «porque estamos en democracia». ¿Cómo es posible que uno no se dé cuenta de que un país que lleva casi dos años en estado de excepción y en el que las decisiones que cercenan gravemente las libertades individuales se toman por decreto (es significativo que los medios de comunicación hablen incluso de un «decreto Draghi», como si emanara de un solo hombre) ya no es en realidad una democracia? ¿Cómo es posible que la concentración exclusiva en los contagios y en la salud impida percibir la Gran Transformación que se está produciendo en la esfera política, en la que, como ocurrió con el fascismo, puede producirse de hecho un cambio radical sin necesidad de alterar el texto de la Constitución? ¿Y no debería dar que pensar el hecho de que las disposiciones excepcionales y las medidas introducidas de vez en cuando no tengan un plazo definitivo, sino que se renueven incesantemente, casi como para confirmar que, como los gobiernos no se cansan de repetir, nada volverá a ser como antes y que ciertas libertades y ciertas estructuras básicas de la vida social a las que estábamos acostumbrados se cancelan sine die? Si bien es cierto que esta transformación —y la consiguiente despolitización creciente de la sociedad— está en marcha desde hace algún tiempo, ¿no es por esto más urgente que nos detengamos a evaluar sus resultados extremos mientras aún estamos a tiempo? Se ha observado que el modelo que nos gobierna ya no es la sociedad de disciplina, sino la sociedad de control, pero ¿hasta dónde podemos aceptar que llegue este control?
Es en este contexto en el que hay que plantear el problema político del green pass, sin confundirlo con el problema médico de la vacuna, al que no está necesariamente vinculado (en el pasado hemos fabricado vacunas de todo tipo, sin que ello suponga nunca una discriminación de dos categorías de ciudadanos). El problema, de hecho, no es sólo aquel, muy grave, de la discriminación de una clase de ciudadanos de segunda clase: es también aquel, sin duda más importante que el otro para los gobiernos, del control capilar e ilimitado que permite sobre los titulares tontamente orgullosos de su «tarjeta verde». ¿Cómo es posible —preguntamos una vez más— que no se den cuenta de que, obligados a mostrar su pasaporte incluso cuando van al cine o al restaurante, serán controlados en todos sus movimientos?
En nuestro documento, evocamos la analogía con la propiska, es decir, el pasaporte que los ciudadanos de la Unión Soviética debían mostrar para viajar de un lugar a otro. Ésta es una oportunidad para precisar, como desgraciadamente parece necesario, qué es una analogía jurídico-política. Se nos ha acusado injustificadamente de establecer una comparación entre la discriminación resultante del green pass y la persecución de los judíos. Debe quedar claro de una vez por todas que sólo un insensato equipararía ambos fenómenos, que obviamente son muy diferentes. Sin embargo, no sería menos insensato quien se negara a examinar la analogía puramente jurídica —yo soy jurista de formación— entre dos normativas, como la legislación fascista sobre los judíos y la relativa a la institución del green pass. Tal vez no sea inútil señalar que ambas disposiciones fueron dictadas por decreto-ley y que ambas, para quienes no tienen una concepción meramente positivista del derecho, son inaceptables, porque —independientemente de las razones aducidas— producen necesariamente esa discriminación de una categoría de seres humanos, a la que un judío debería ser especialmente sensible.
Una vez más, todas estas medidas, para quienes tengan un mínimo de imaginación política, deben situarse en el contexto de la Gran Transformación que los gobiernos de las sociedades parecen tener en mente — suponiendo que no se trate más bien, como de hecho es posible, del avance ciego de una máquina tecnológica que ya ha escapado a todo control. Hace muchos años, una comisión del gobierno francés me convocó para que diera mi opinión sobre la instauración de un nuevo documento de identidad europeo, que contenía un chip con todos los datos biológicos de la persona y cualquier otra información posible sobre ella. Me parece claro que la tarjeta verde es el primer paso hacia este documento cuya introducción se ha retrasado por diversas razones.
Quisiera llamar la atención sobre una última cosa a quienes quieran dialogar sin insultar. Los seres humanos no pueden vivir si no se dan a sí mismos razones y justificaciones para sus vidas, que en todos los tiempos han tomado la forma de religiones, mitos, creencias políticas, filosofías e ideales de todo tipo. Estas justificaciones parecen hoy —al menos en la parte más rica y tecnologizada de la humanidad— haber desaparecido y los hombres se enfrentan quizá por primera vez a su propia supervivencia puramente biológica, que parecen incapaces de aceptar. Sólo esto puede explicar que, en lugar de asumir el simple y amable hecho de vivir unos al lado de otros, se haya sentido la necesidad de establecer un terror sanitario implacable, en el que la vida sin más justificaciones ideales es amenazada y castigada a cada momento por enfermedades y muerte. Al igual que no tiene sentido sacrificar la libertad en nombre de la libertad, tampoco es posible renunciar, en nombre de la nuda vida, a lo que hace que la vida sea digna de ser vivida.

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