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Giorgio Agamben y Massimo Cacciari / A propósito del decreto sobre el «green pass»

El «Diario della crisi» del Istituto Italiano per gli Studi Filosofici reanudó sus publicaciones el 26 de julio de 2021 con el siguiente texto de Giorgio Agamben y Massimo Cacciari «sobre un tema delicado y controvertido, con la esperanza renovada de fomentar el debate y la reflexión crítica».

 

La discriminación de una categoría de personas, que se convierten automáticamente en ciudadanos de segunda clase, es en sí misma una cuestión muy grave, cuyas consecuencias pueden ser dramáticas para la vida democrática. Esto se enfrenta con el llamado green pass, con una ligereza inconsciente. Todos los regímenes despóticos han actuado siempre mediante prácticas de discriminación, que pueden haber sido moderadas al principio pero que luego se han generalizado. No es casualidad que en China digan que quieren seguir con los rastreos y los controles incluso después de que la pandemia haya terminado. Y cabe recordar el «pasaporte interno» que los ciudadanos de la Unión Soviética debían mostrar a las autoridades en cada desplazamiento. Cuando una figura política llega a dirigirse a quienes no se vacunan utilizando una jerga fascista como «los vamos a purgar con el green pass» es realmente de temer que estemos ya fuera de toda garantía constitucional.
Ay si la vacuna se convierte en una especie de símbolo político-religioso. Esto no sólo representaría una deriva antidemocrática intolerable, sino que además iría en contra de la propia evidencia científica. ¡Nadie está invitando a no vacunarse! Una cosa es argumentar que la vacuna es útil, pero otra muy distinta es ignorar que aún estamos en una fase de «experimentación masiva» y que el debate científico sobre muchos aspectos fundamentales del problema está completamente abierto. El Diario Oficial del Parlamento Europeo de 15 de junio afirma claramente que «debe evitarse la discriminación directa o indirecta de las personas que no están vacunadas, incluidas las que han decidido no vacunarse». Los vacunados no sólo pueden contagiar, sino que pueden enfermarse: en Inglaterra, de las 117 nuevas muertes, 50 habían recibido la doble dosis. En Israel, se estima que la vacuna cubre el 64 % de quien la ha recibido. Las propias empresas farmacéuticas han declarado oficialmente que no es posible predecir los daños a largo plazo de la vacuna, ya que no han tenido tiempo de realizar todas las pruebas de genotoxicidad y carcinogenicidad. Nature ha calculado que será de todas formas por razones fisiológicas que el 15 % de la población no se vacune. Entonces, ¿cuánto tiempo vamos a tener que mantener el pass?
Todo el mundo está amenazado por prácticas discriminatorias. Paradójicamente, los «habilitados» por el green pass lo son más que los no vacunados (a los que la propaganda de régimen quiere hacer pasar por «enemigos de la ciencia» y tal vez partidarios de prácticas mágicas), ya que todos sus movimientos estarían controlados y nunca se podría saber cómo y por quién. La necesidad de discriminar es tan antigua como la sociedad, y seguramente ya estaba presente en la nuestra, pero convertirla en ley hoy es algo que la conciencia democrática no puede aceptar y contra lo que debe reaccionar inmediatamente.

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