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Espiritualidad y combate. Entrevista a Marcello Tarì

La siguiente es una traducción de la entrevista de Matt Peterson —miembro del centro social Woodbine en Nueva York— a Marcello Tarì publicada por la revista e-flux y el sitio web Qui e ora en sus números de mayo de 2021, con motivo de la publicación en Estados Unidos de la traducción inglesa de Non esiste la rivoluzione infelice. Il comunismo della destituzione (DeriveApprodi, 2017), un libro todavía no traducido al castellano.

 

Hay una frase poderosa en el segundo capítulo del libro, «El mundo o nada», con respecto a la historia y la modernidad, en la que escribes: «Para los revolucionarios, de hecho, el problema es siempre entrar en un curso de colisión con una y otra: una política contra la Historia y un comunismo más fuerte que la Modernidad». También escribes que la revolución no es tanto una cuestión de superar el Estado, sino de superar toda la metafísica occidental del gobierno, su subjetivación, despolitización, sus ritmos de vida, etc. ¿Cómo, en esta superación, ajustamos cuentas con la hostilidad del terreno que parece que estamos tratando en este momento, y a la realidad de la conciencia y el espíritu contemporáneos a los que tenemos delante?

 

Creo que ésta es la cuestión principal y esencial de la destitución. Si no salimos del paradigma de la metafísica occidental, es decir, de lo que viene de la filosofía y la política griega antigua —la polis, la democracia, el individuo, el propio concepto de vida— me parece muy difícil subvertir el presente. Esto significa tanto ajustar cuentas con la vieja tradición revolucionaria, el marxismo, el anarquismo o lo que sea, pero también con el pensamiento más contemporáneo en el que nos hemos apoyado durante mucho tiempo: Foucault, Deleuze y lo que siguió hasta hoy, porque ellos también se mantienen dentro de esa tradición. No es casualidad que muchos se hayan lanzado a la búsqueda de alternativas. En Tiqqun se retoma la cábala judía, otros retoman los conocimientos del Extremo Oriente o de las montañas andinas. Por lo demás, el cristianismo, que creo que es muy significativo para el gesto de la destitución, vino originalmente de Oriente. Estas investigaciones de los últimos años son un síntoma llamativo de insatisfacción con las herramientas disponibles. La idea misma de destitución surgió de una dificultad evidente, a saber, que la forma de pensar la revolución era ahora insuficiente, deficiente, destinada a no realizarse sino en su némesis. El problema me parece que se origina cada vez que cubrimos cada idea, cada práctica, con su significado y concepto derivado de la metafísica occidental, y la propia potencia destituyente corre este riesgo, por lo que quizá deberíamos desconceptualizarla. Menos filosofía, más espiritualidad; menos palabrería, más experiencias; menos voluntad de poder, más escucha. Así que, «ama y haz lo que quieras».
Ahora bien, es cierto que no podemos deshacernos de repente de milenios de historia y cultura, pero ser conscientes de que esta herencia constituye un problema es un primer paso. El segundo paso que propongo, y esto no se ha entendido muy bien, es que a menos que pasemos por una destitución de nuestro Ego, es decir, de cómo se construye nuestra subjetividad, con sus pasiones, egoísmos y codicias, no es creíble pensar en subvertir ningún otro poder externo. La realidad de la que hablas no es la realidad. Citando a un autor que no me gusta mucho, es simplemente «realismo capitalista». Para poder acceder a una realidad diferente, lo que significa mirar y experimentar las cosas de forma diferente, con un corazón nuevo, tenemos que abandonar la forma en que hemos estado viviendo, lo que yo llamaría una destitución de la forma de vida mundana. Y creo que podemos hacerlo individual y colectivamente, en soledad y en común.

 

Tu libro es en muchos sentidos un relato y una respuesta a los últimos veinte años de política y teoría radicales, y una elaboración de las ideas de Mario Tronti, Giorgio Agamben y el Comité invisible. Pensando en estas controversias, me pregunto si la cuestión de la revolución es o no una cuestión de victoria en estos debates, o si demuestra o no la necesidad de un cambio espiritual más amplio, una transformación o un «despertar», como el que hemos tenido a menudo en el contexto religioso estadounidense. Hablas en el último capítulo, «La insurrección destituyente», de la queja recurrente de la izquierda: «Ahora no es el momento, hay que esperar a que maduren las “condiciones objetivas”, la gente no entiende», pero me pregunto: ¿qué se puede decir de las condiciones subjetivas? El marxismo tiene su teoría secular, racional y materialista de la conciencia, pero parece incapaz de acceder a las profundidades espirituales de la creencia, la devoción y la fe que consideramos necesarias para la revolución.

 

Espiritualidad y combate es el tema en torno al cual Mario Tronti y yo hemos trabajado este último año, así que es una buena pregunta para mí. Empezaría con una paráfrasis de Marx: «La condición existencial y espiritual determina la conciencia». La frase original marxiana hablaba de la «condición social», pero creo que no es suficiente porque lleva a pensar que, si cambiamos las condiciones externas, es decir, las estructuras económicas y políticas, todo irá bien. La razón y el corazón están así separados. Éste ha sido el camino de la revolución marxista clásica, en Rusia y en otros lugares. Todas han sido derrotadas. Además, hoy el capitalismo coloniza nuestras almas y la subjetividad es una mercancía como cualquier otra. «Vivir» es un campo de batalla.
Recordarás el texto de Tiqqun, «¿Cómo hacer?», que en definitiva significa «¿Cómo vivir?». Ésta es la cuestión central, el cómo y no el qué — y el cuándo depende del cómo. Heidegger habló de esto en uno de sus primeros cursos, el de la fenomenología de la vida religiosa. Refiriéndose al anuncio de san Pablo, Heidegger dijo que el cómo cristiano se refiere a la conducta propia, es decir, a cómo comportarse en la vida real, porque «la confrontación entre la fe y la ley es decisiva: el cómo de la fe y del cumplimiento de la ley — cómo me relaciono con la fe y la ley».
El cómo es una praxis, una praxis existencial fundada en una creencia. Y este cómo está también y fundamentalmente conectado a la parusía, a la promesa mesiánica de liberación total: es el cómo te comportas ahora el que realiza el cumplimiento escatológico. No «¡espera y verás!», sino ahora tienes que saber cómo vivir en el reino y hacerlo crecer en este mundo. Este modo de vivir del cristianismo temprano es una negación total de la típica actitud izquierdista que mencionas. También podemos pensar en la imagen de Benjamin sobre el tiempo-ahora mesiánico: «Porque en él cada segundo era la pequeña puerta por la que podía entrar el mesías». Como dice Tronti, hay que estar siempre preparados, organizados para este momento, es decir: hay que tener un modo de vida que sea capaz de hacer esto, de mantener esa pequeña puerta abierta. Y este camino es el cómo que procede de la fe.
La fe quiere una metánoia, una conversión, que significa un cambio radical en el modo de pensar y vivir que nos lleva más allá (metá). Por lo tanto, la conversión significa hoy también una crítica de la civilización, no sólo una crítica social. Una crítica que incluye a mi Ego como productor y no sólo como producto de esta civilización. Simone Weil escribió en La gravedad y la gracia: «La realidad del mundo está hecha por nosotros, con nuestro apego». Por eso la pobreza, como escribí en las primeras páginas del libro, es la forma de nuestra libertad. Para ir más allá de nosotros mismos.
Por último, Heidegger dijo que el cómo paulino es una relación, una relación comunitaria con el yo, con los demás, con el mundo, así como con el tiempo mismo. Esto nos lleva a pensar que la comunión de los espíritus es lo primero. El comunismo de los bienes es una consecuencia del comunismo del espíritu. El espíritu arde en las cosas que haces, en cómo recibes, en cómo compartes, en cómo hablas y en cómo amas. Hace que ardan todos los apegos. Lo vemos claramente en los Hechos de los Apóstoles cuando, tras recibir y compartir el Espíritu, su comunidad adquiere un modo de vivir que se convirtió en un modelo para todas las futuras formas de vida comunitaria y las insurrecciones de los pobres. «Todos los que habían creído se mantenían unidos y lo compartían todo». «Todos los que habían creído eran de un mismo sentir y de un mismo pensar. Ninguno reclamaba como suyo nada de lo que poseía, sino que todas las cosas las tenían en común». Omnia sunt communia. La cuestión del «cuándo» casi no tiene sentido desde esta perspectiva: «Pero viene la hora, y ya llegó» (Juan 4:23) Por lo que veo, tú y tus amigos de Woodbine están ahora llenos de un espíritu ardiente.
Pero hay que tener cuidado con la secuencia correcta, porque sin una espiritualidad fuerte, como muchos de nosotros hemos experimentado, las pasiones individuales pronto se imponen y todo acaba en resentimiento. Las mejores intenciones mutan en su contrario. Éstas serían un par de preguntas interesantes que habría que plantear a compañeros y amigos: ¿eres creyente? ¿En qué crees? ¿Tiene espíritu la comunidad en la que vives? Y si lo tiene, ¿cómo actúa?

 

En el preámbulo escribes: «Los revolucionarios son los militantes del tiempo del fin» y también hablas de «un comunismo del fin» que resuena con el reciente libro de Sabu Kohso, Radiation and Revolution (Duke University Press, 2020). Más adelante dices: «Desgraciadamente, los occidentales, a diferencia de los zapatistas u otros pueblos indígenas, no tenemos a nuestra disposición ninguna tradición maya, ningún conocimiento ancestral, por no hablar de una teología de la liberación como tejido vivo de la revolución; todo lo que tenemos es la posibilidad de aprender a hacer uso del campo de ruinas —de la tradición, el saber y la teología— que caracteriza el paisaje de la modernidad consumada». Y más adelante, en «No future for us», continúas: «El comunismo no es otro mundo, sino otro uso de este mundo». Así que parece que la tarea de todos nosotros, náufragos de la metrópoli occidental, es ahora vivir y utilizar las ruinas que hemos heredado, lo que se convierte en una cuestión tanto infraestructural como metafísica. Siguiendo tanto a ti como a Sabu, pensar en la revolución y en el comunismo hoy en día significa abordar la cuestión de las ruinas en términos de su compartición tanto técnica como existencial.

 

Exactamente. En primer lugar, para tener otro uso del mundo, hay que cambiar el corazón. Y digo corazón y no intelecto. El corazón en la antropología judía antigua, a diferencia de la helenística, es el lugar de la razón y el amor juntos. El corazón previene el cinismo y el cálculo. Este tipo de cambio, creo, podría darnos una visión diferente de las ruinas: discernir las cosas que merecen ser olvidadas o destruidas, y otras que requieren nuestra compasión y amor. El gran problema es: ¿cómo compartimos las cosas tanto técnica como existencialmente? ¿Cómo no separar corazón y razón? No estoy de acuerdo con la idea de que «la revolución es sólo una cuestión técnica», pero, por otro lado, pensar que sólo puede consistir en un fenómeno interno es una ilusión peligrosa.
Creo que es útil hacer una distinción entre técnica y tecnología. Si la técnica es algo que se puede apropiar, la tecnología conlleva un gran número de problemas. En el fondo es nihilista, por su velocidad inhumana entre otras cosas. En el libro recurro mucho a Heiner Müller, el dramaturgo alemán, y él insiste mucho en la «potencia de la desaceleración». Creo que eso es lo que tenemos que aprender, cómo imprimir cierta lentitud en medio de un territorio hostil como la metrópoli. Creo que nuestras relaciones serían mejores y más hermosas.
Así que, el fin de los tiempos y el comunismo del fin. Me parece que la forma en que se representa el Apocalipsis hoy en día es una gran mentira, una forma de subordinación a este mundo basada en el miedo. El verdadero Apocalipsis es algo bueno, porque dice que este mundo se acabará. En este sentido escribo que los revolucionarios son militantes del fin, sus «asistentes». El comunismo del fin es la Buena Noticia. Pesimismo para los tiempos actuales, esperanza infinita para su final. ¡Ánimo amigos, sursum corda! ¡Venceremos a este mundo!

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