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Giorgio Agamben en entrevista: «Medicina y poder, terapia y normativa, deben permanecer separadas»

Esta entrevista fue realizada por Andrea Pensotti y publicada originalmente en la revista Organisms. Journal of Biological Sciences, vol. 4, núm. 2, 2020 (Universidad de la Sapienza de Roma); el sitio web L’Intellettuale Dissidente la reprodujo en italiano el 24 de febrero de 2021.

 

En medicina, los conceptos de personalización y predicción están ganando terreno: gracias a las nuevas herramientas de diagnóstico y al big data, es posible predecir, de forma individual, el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades a lo largo de la vida. Una vez conocidos estos riesgos, se puede orientar a las personas hacia estilos de vida adecuados. Además de estos screening de predisposición genética, las nuevas tecnologías conocidas como wearables permiten la monitorización constante de ciertos parámetros vitales. Hoy en día son utilizados principalmente por los deportistas en busca de una mejora continua de su rendimiento, pero pronto se extenderán a todos los ciudadanos. Este enfoque de la medicina parece conducirnos hacia lo que usted ha definido como vida reducida a condición biológica, «nuda vida». Sin embargo, muchos científicos tienen fuertes dudas sobre la viabilidad —ética y técnica— de tal escenario. ¿Puede compartir con nosotros una reflexión sobre este argumento? Además, ¿qué cree que debería hacerse para invertir el rumbo?

 

En la perspectiva que usted esboza, es decisivo el umbral en el que la personalización, la predicción y el cribado no se traducen simplemente en consejos y sugerencias de estilos de vida, sino que se convierten en una obligación jurídica. Este umbral se ha traspasado, y lo que antes se consideraba un derecho a la salud se ha convertido en una obligación que hay que cumplir a cualquier precio. La causa más frecuente de mortalidad en nuestro país son las patologías cardiovasculares, y es bien sabido que tal vez podrían reducirse si practicáramos una forma de vida más saludable y siguiéramos una alimentación particular. Pero a ningún médico se le había ocurrido que las formas de vida y de alimentación que aconsejaban a sus pacientes pudieran ser objeto de una normativa jurídica, que decretara ex lege cómo se debe vivir y qué se debe comer, transformando toda la existencia en una obligación sanitaria. Además, esto quedaba excluido por el juramento profesional del médico, que menciona expresamente el «respeto a los derechos civiles relativos a la autonomía de la persona». Esto es lo que ha sucedido ahora con el Covid-19 y, al menos por el momento, la gente no sólo ha aceptado renunciar a sus libertades constitucionales, a las relaciones sociales y a sus convicciones políticas y religiosas, sino que ha dejado morir a sus seres queridos solos y sin funeral. En este sentido, se podría decir que la existencia humana ha sido reducida a un dato biológico, a una nuda vida que hay que salvar a toda costa, a pesar de que la IFR, la tasa real de mortalidad de la enfermedad es, según los estudios reseñados en su revista, inferior al 1 %. Lo que ha sucedido es que, a través de un proceso de creciente medicalización de la vida, la unidad de la experiencia vital de cada individuo, que siempre es inseparablemente tanto corporal como espiritual, se ha escindido en una entidad puramente biológica por un lado y una existencia social, cultural y afectiva por el otro. Esta fractura es, según todas las evidencias, una abstracción, pero una abstracción poderosa, a la que los hombres han sacrificado sus condiciones normales de vida. He dicho que la escisión de la vida es una abstracción, pero usted sabe que la medicina moderna, a mediados del siglo XX, logró esta abstracción gracias a los dispositivos de reanimación, que permitieron mantener durante mucho tiempo un cuerpo humano en estado de pura vida vegetativa. La cámara de reanimación, con sus mecanismos de respiración y circulación sanguínea artificiales y sus tecnologías de mantenimiento de la temperatura corporal, mediante las cuales se mantiene indefinidamente en suspenso un cuerpo humano entre la vida y la muerte, es una zona oscura, que no debe salir de sus confines estrictamente médicos. Lo que ha sucedido en cambio con la pandemia es que esta vida puramente vegetativa, este cuerpo artificialmente suspendido entre la vida y la muerte se ha convertido en el nuevo paradigma político, sobre el que los ciudadanos deben regular su comportamiento. El mantenimiento a cualquier precio de una nuda vida abstractamente separada de la vida intelectual y espiritual e impuesta como criterio no de vida, sino de mera supervivencia es el hecho más sorprendente de la situación que estamos viviendo.

 

En 2016 Nature publicó los resultados de una Investigación de la que se desprendía que más de 1500 científicos no habían sido capaces de reproducir los datos obtenidos por sus colegas. Un problema similar se encontró en 2011 el doctor Glenn Bagley, por entonces director del departamento de oncología de la multinacional Amgen, que antes de invertir varios millones de euros en un proyecto de investigación de un nuevo fármaco, había decidido replicar los 53 experimentos en los que se basaba su estrategia para el desarrollo de un nuevo medicamento: sólo consiguió replicar el 11 % de ellos. Paradójicamente, la ciencia nunca se había enfrentado a una profunda crisis de credibilidad en cuanto a la fiabilidad de los datos que produce y la veracidad de sus afirmaciones. A pesar de ello, parece casi imposible que surjan hipótesis y resultados diferentes a las reconocidos universalmente como «verdades científicas», tanto a nivel de la opinión pública como de las opiniones académicas. Verdades en las que se basan a menudo las decisiones políticas y económicas. Usted ha publicado recientemente un artículo titulado «Sobre lo verdadero y sobre lo falso». ¿Podría ayudarnos a investigar más a fondo esta cuestión?

 

Aquí se puede ver por sí mismo que el problema de la verdad no es un problema filosófico abstracto, sino algo extremadamente concreto, que determina consistentemente la vida de los seres humanos. En cuanto a la verdad científica, Thomas Kuhn, en un libro ahora famoso, ya había demostrado que el paradigma que siempre es dominante en una comunidad científica no es necesariamente el más verdadero, sino simplemente el que es capaz de procurar el mayor número de seguidores. Pero esto es cierto incluso fuera de las verdades científicas. La humanidad está entrando en una fase de su historia en la que la verdad se reduce a un momento en el movimiento de lo falso; o, más precisamente, en el despliegue omnipresente de un lenguaje que ya no contiene en sí mismo ningún criterio para distinguir lo verdadero de lo falso. Verdadero es aquel discurso que se declara como verdadero y que debe tenerse como tal aunque se demuestre su falsedad. Pero, en definitiva, lo esencial del sistema es que se pierda cualquier distinción entre lo verdadero y lo falso. De ahí la creciente confusión entre noticias contradictorias difundidas por los mismos órganos oficiales. De este modo, lo que se cuestiona es el propio lenguaje como lugar de manifestación de la verdad. Pero, ¿qué ocurre en una sociedad que ha renunciado a la verdad y en la que la gente sólo puede observar, muda, el movimiento multiforme y contradictorio de la mentira? Para detener este movimiento, cada uno debe tener el coraje de plantearse sin concesiones la única pregunta que cuenta: ¿qué es una palabra verdadera? Todo el mundo recuerda en el Evangelio la famosa pregunta de Pilatos a Jesús, que Nietzsche consideraba «la broma más sutil de todos los tiempos»: «¿qué es la verdad?». De hecho, Pilato estaba respondiendo a la declaración inmediatamente anterior de Jesús: «He venido al mundo para dar testimonio de la verdad». En efecto, no hay experiencia de la verdad sin testimonio: verdadera es aquella palabra por la que no podemos sino empeñarnos en dar testimonio personalmente. Y aquí vemos la diferencia entre una verdad científica y una verdad filosófica: mientras que una verdad científica es (o, al menos, debería ser) independiente del sujeto que la enuncia, la verdad de la que aquí se trata sólo lo es si el sujeto que la pronuncia se pone íntegramente en juego en ella, es decir, es una veridicción y no un teorema. Ante una no-verdad normativamente impuesta podemos y debemos dar testimonio.

 

En una de sus intervenciones ha señalado cómo muy a menudo el concepto de «noticia» ha anulado el de «idea», introduciendo así el término fake news como arma para silenciar lo que en realidad son ideas o hipótesis diferentes. ¿Por qué cree que, aunque ciertas falsedades estén bien documentadas, la gente sigue creyendo en ellas independientemente del nivel cultural del interlocutor? ¿Qué estrategias de comunicación debe adoptar un científico si tiene una documentación convincente para falsear las narraciones oficiales?

 

En una sociedad que ya no es capaz de distinguir lo verdadero de lo falso, las noticias tienden necesariamente a sustituir la realidad, y es en esta sustitución omnipresente de las noticias por la realidad donde operan los medios de comunicación. Los medios de comunicación son hoy en día un instrumento esencial de la política precisamente porque garantizan esta sustitución, tan esencial para el funcionamiento del sistema. En un mundo en el que sólo hay noticias, sólo las dominantes son verdaderas y, en el límite, ninguna noticia es más verdadera que otra; de ahí la necesidad de instituir, como no ha dejado de hacer nuestro gobierno, una comisión que decida qué noticias deben considerarse verdaderas y cuáles falsas. En unas notas tomadas durante la Segunda Guerra Mundial, Heidegger define la época que le tocó vivir como «una maquinación de lo in-sensato», en la que la ausencia absoluta de sentido se formula en un algoritmo y se calcula incesantemente. Es algo parecido lo que tenemos hoy ante nuestros ojos.

 

El primer punto de la versión italiana moderna del Juramento Hipocrático dice: juro ejercer la medicina con autonomía de juicio y responsabilidad de comportamiento, oponiéndome a cualquier condicionamiento indebido que limite la libertad e independencia de la profesión. ¿Cuánto espacio queda hoy para la autonomía de los médicos? ¿Se está transformando la figura del propio médico en algo nuevo? ¿Cómo ve la futura relación de confianza entre médico y paciente? ¿Cómo se relaciona personalmente con su médico y la gestión de su salud?

 

Lo que usted menciona es sólo uno de los puntos del juramento profesional que ahora se transgreden sistemáticamente. Además de los puntos 4 y 5 que he mencionado antes sobre el respeto a los derechos civiles y a la autonomía de la persona del paciente, también está en cuestión el punto 15, que exige «respetar el secreto profesional y proteger la confidencialidad de todo lo que me sea confiado, que observe o haya observado, entendido o intuido en mi profesión o por razón de mi condición o cargo». Mientras que en el pasado siempre se observaba este secreto, hoy en día cualquier persona que dé positivo (no sólo enfermo, sino simplemente positivo) es denunciada públicamente como tal y aislada. En consecuencia, también se transgrede el punto 6, que impone la obligación de «tratar a todo paciente con escrúpulo y compromiso, sin discriminación de ningún tipo». Hemos llegado a un punto en el que los enfermos positivos no son atendidos por sus médicos. Es difícil mantener una relación de confianza individual con un médico que también actúa como representante de un sistema de gobierno. Medicina y poder, terapia y normativa, deben permanecer separadas.

 

En varias intervenciones usted ha expuesto la idea de que hoy la medicina y la ciencia se han convertido en una religión. Sin embargo, a muchos médicos y científicos que lean esto les resultará difícil percibirse como representantes de esta religión. ¿Quizá estamos utilizando un término, el de medicina o el de ciencia, para nombrar dos conceptos diferentes? ¿Nos ayudaría a definir mejor esa medicina y esa ciencia que se han convertido en una religión?

 

La analogía que sugería no es sólo metafórica. Si llamamos religión a lo que los hombres creen que creen, la ciencia es ciertamente una religión hoy en día. Pero en toda religión hay que distinguir entre el aparato dogmático (las verdades en las que hay que creer) y el culto, es decir, los comportamientos y las prácticas que se derivan de él. Al igual que el creyente común podía ignorar los dogmas y las herejías que discutían apasionadamente los teólogos, hoy el hombre común puede ignorar completamente las teorías científicas que discuten los científicos. Pero desde el punto de vista del culto, es decir, de sus prácticas y sus comportamientos, en particular en lo que se refiere a la medicina, está determinado cada vez más por ellas. Y así como la religión cristiana pretendía la salvación a través del culto, la medicina pretende la salud a través de la terapia: en un caso del pecado y en el otro de la enfermedad, pero la analogía salta a la vista. En este sentido, la salud no es más que una secularización de esa «vida eterna» que el cristiano esperaba obtener mediante sus prácticas cultuales. Si la medicalización de la vida en las últimas décadas ya había crecido sin medida, en la situación que vivimos hoy se ha convertido en permanente y omnipresente. Ya no se trata de tomar medicamentos o de someterse a un examen médico o a una operación quirúrgica si es necesario: toda la vida de los seres humanos debe convertirse en cada momento en el lugar de una celebración cultual ininterrumpida. El enemigo, el virus, es invisible y está siempre presente y debe ser combatido sin tregua posible, en cada momento de la existencia.

 

Cada vez más fondos para la ciencia provienen del sector de la infotecnología. Están dirigiendo muchas investigaciones hacia la fusión hombre-máquina, que por un lado representa un nuevo mercado y por el otro una nueva promesa: potenciar las facultades humanas y prolongar la vida. ¿Qué piensa de esta progresiva digitalización y robotización de la vida?

 

Creo que es conveniente considerar el fenómeno del que habla desde la perspectiva del desarrollo de la especie humana. Ha pasado casi un siglo desde que un brillante científico holandés, Ludwik Bolk, a quien debemos la idea de la pedomorfosis o inmadurez constitutiva del homo sapiens, predijera que los aparatos técnicos a los que el hombre recurre cada vez más para sobrevivir como especie llegarían a un punto de extrema exasperación en el que se volcarían en su contrario y acabarían provocando el fin de la especie. Paul Alsberg demostró ya en la década de 1920 que, en la proyección tecnológica externa de las funciones de los órganos corporales, lo que ocurre en realidad es que estos órganos se desactivan gradualmente en favor de los instrumentos artificiales que los sustituyen. Mientras el animal adapta sus funciones corporales a las condiciones naturales, el hombre las desactiva y las confía a instrumentos artificiales. Así, con cada progreso técnico exosomático se produce la correspondiente regresión de las funciones endosomáticas. Pero si esta regresión va más allá de cierto límite, se pone en cuestión la propia supervivencia de la especie. Creo que hoy estamos en este umbral. Pero la experiencia enseña que lo que parece ineludible no siempre sucede. En palabras de Eurípides: «lo que esperábamos no se ha cumplido y los dioses encuentran un camino hacia lo inesperado».

 

Usted señaló cómo los mismos términos parecen ser elegidos para apoyar un paradigma de organización de la sociedad. Por ejemplo, el término «distanciamiento social» podría haber sido tan diferente como distanciamiento personal o físico. ¿Cree que hay una dirección del lenguaje o que ya estamos tan inmersos en un nuevo paradigma de gobierno que este lenguaje surge espontáneamente en todos los niveles de la sociedad? ¿Una especie de evolución natural? Muchos científicos llevan mucho tiempo luchando contra los términos equívocos e inadecuados y, sin embargo, a pesar de los numerosos argumentos de peso, no se interviene en el lenguaje universal. ¿Cuáles son los mecanismos que hacen que ciertos términos se adquieran y se consoliden?

 

La relación entre el hombre y el lenguaje, la experiencia que el hablante tiene de su lengua, no es algo simple y es quizá el primer problema que el pensamiento tiene que tratar. El lenguaje es algo que los hombres tratan de manejar y manipular y, al mismo tiempo, es algo por lo que ya están siempre dominados y determinados, es decir, algo con lo que necesariamente se deben hacer las cuentas. Ni que decir tiene que la gran transformación que han producido la tecnología y la ciencia moderna no habría sido posible sin un profundo cambio en la experiencia del lenguaje. El mundo antiguo no podía ni quería tener acceso a la ciencia y la tecnología en el sentido moderno porque —a pesar del desarrollo de las matemáticas (significativamente no en forma algebraica)— su experiencia del lenguaje no permitía referirse al mundo de una manera que pretendiera ser independiente de cómo se revelaba en la lengua. El lenguaje no era un instrumento neutro, que pudiera ser sustituido por cifras y algoritmos, sino el lugar donde las cosas se revelan y comunican en su verdad. Sólo la reducción de la lengua a un instrumento neutro, que se logra con Ockham y el nominalismo tardío, permite esa deslingüistización del conocimiento que culminará en la ciencia moderna. Y sólo cuando la verdad se desplaza del ámbito de las palabras y la lengua al de los números y las matemáticas, el lenguaje, que se ha convertido en un sistema de puros signos convencionales, parece ser, al menos en apariencia, dominable y manipulable, dejando de ser el lugar de una verdad posible. Pero precisamente un lenguaje que ya no tiene ninguna relación con la verdad puede convertirse en una prisión, una especie de máquina que parece funcionar por sí misma y de la que no parece posible salir. Tal vez los hombres nunca hayan estado tan indefensos y pasivos ante un lenguaje que los determina cada vez más.

 

En una época la ciencia se identificaba como «Filosofía de la Naturaleza» y personas como Goethe que se interesaban por la ciencia, la filosofía y la literatura eran consideradas como la máxima expresión de la inteligencia. En la actualidad, la ciencia ha avanzado hacia una especialización cada vez mayor, lo que sin duda ha propiciado enormes avances científicos y técnicos. Son dos caminos radicalmente divergentes. ¿Qué recomienda a los jóvenes estudiantes e investigadores que hoy dan sus primeros pasos en el mundo de la ciencia?

 

Un momento importante en la historia de Occidente es cuando la filosofía se da cuenta de que ya no puede ejercer control sobre la ciencia, porque ésta se ha vuelto completamente autónoma con respecto a ella. En Kant esto está perfectamente claro y su filosofía representa el último intento de mantener una relación con la ciencia, planteándose como una doctrina del conocimiento capaz de fijar límites a la experiencia posible. No creo que algo así esté entre las tareas de la filosofía actual. La relación entre pensamiento y ciencia no se juega en el plano del conocimiento. La filosofía no sólo no es una ciencia, sino que tampoco puede resolverse en una doctrina del conocimiento, de la que, además, la ciencia ha demostrado que no tiene necesidad. La filosofía siempre es ética, siempre implica una forma de vida. Pero esto es válido para todos los hombres y, por lo tanto, también para todos los científicos que no quieren renunciar a ser humanos. Ciertamente, los científicos han demostrado que están dispuestos a sacrificar la ética sin escrúpulos a los intereses de la ciencia; de lo contrario, no habríamos visto a ilustres científicos utilizar a deportados en los campos de concentración nazis para sus experimentos. Lo que le recordaría a un joven que da sus primeros pasos en la ciencia es que nunca debe sacrificar un principio ético a su voluntad de saber.

 

Ha hablado de la necesidad de desarrollar nuevas formas de resistencia. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Puede darnos algunos ejemplos?

 

Yo soy un filósofo y no un estratega. Naturalmente, la conciencia lúcida de la propia situación es la primera condición para encontrar una salida. Sólo puedo añadir que no creo que la salida hoy pase necesariamente, como quizá se ha creído durante demasiado tiempo, por una lucha por la conquista del poder. No puede haber un poder bueno, y por lo tanto tampoco un Estado bueno. Sólo podemos, en una sociedad injusta y falsa, atestiguar la presencia de lo justo y lo verdadero, sólo podemos, en medio del infierno, dar testimonio del paraíso.

2 replies on “Giorgio Agamben en entrevista: «Medicina y poder, terapia y normativa, deben permanecer separadas»”

Bellísima reflexión sobre la consistencia ética de la imposibilidad. Gracias.

Ciertamente, los científicos han demostrado que están dispuestos a sacrificar la ética sin escrúpulos a los intereses de la ciencia; de lo contrario, no habríamos visto a ilustres científicos utilizar a deportados en los campos de concentración nazis para sus experimentos.

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