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«Nunca ha habido tantos pacifistas como en una época en que la guerra está por todas partes» | Intervención del comité invisible en Chiapas

Retomamos aquí la intervención de un compañero el 22 de octubre de 2015 en el Seminario de los Jueves en el CIDECI-UniTierra (San Cristóbal de las Casas, Chiapas), durante una presentación de A nuestros amigos que estuvo a cargo de compañeros de Francia, Cataluña y México, quienes un año antes participaron en la traducción castellana y la difusión del libro. La pertinencia de esta intervención es que ofrece uno de los acercamientos más directos de las estrategias discutidas por el comité invisible a los procesos revolucionarios en México.

 

Voy a intentar resumir algunos aspectos del libro para aportar un poco de contenido a la discusión que vendrá después. Para esta discusión es necesario saber que también se encuentran presentes diez compañeros de México y diez compañeros de Francia, de manera que cuando la discusión comience no hay que sorprenderse si alguien del público interviene. A final de cuentas, el objetivo aquí es encontrarse.
El objeto de este libro es: ¿cuáles son las lecciones de las insurrecciones de los últimos años? Y en específico, entender por qué no han desembocado en una revolución. Se trata de entender con qué obstáculos invisibles —vinculados a la tradición revolucionaria— han venido a estrellarse. Si no nos contentamos con verdades ideológicas, entonces es necesario admitir que estos fracasos nos fuerzan a repensar completamente nuestra idea de revolución.
El libro se compone de siete capítulos centrales, de los cuales cada uno se centra en los nudos conceptuales que constituyen una trampa y una confusión que obstaculiza la posibilidad de un proceso revolucionario actual. Nudos que, por consiguiente, hay que intentar abrir y esclarecer. Los siete capítulos tratan de la crisis, de la democracia y del gobierno, de la localización actual del poder, de la cibernética, de la guerra, de la sociedad y, por último, de la comuna. A nuestros amigos expone las dificultades de los obstáculos que se han encontrado en los procesos revolucionarios de los últimos años e intenta esbozar pasajes para ir más allá de estos obstáculos.
El problema para nosotros esta noche es que los pasajes en cuestión muchas veces se parecen bastante a los caminos sobre los cuales avanzan los zapatistas desde hace más de veinte años. Por consiguiente, no vamos a caer en el ridículo de intentar convencerlos de qué es lo que habría que hacer, precisamente cuando los zapatistas llevan haciéndolo desde hace mucho tiempo. Tampoco vamos a hacer una apología de la insurrección frente a gente que realmente ha hecho una insurrección con las armas en las manos. En vez de hacer eso, lo que podemos hacer esta noche es intentar compartir, con ayuda del lenguaje y de las percepciones que se elaboran en A nuestros amigos, las dificultades que hemos encontrado y, sobre todo, aquellas que nos parece que hacen eco con la situación mexicana.
El primer punto es la cuestión de la lucha contra las infraestructuras. Como lo han mostrado las insurrecciones de estos últimos años, los lugares del poder institucional funcionan como una especie de imán para los movimientos revolucionarios. Esto quiere decir que, desde que algo se subleva, espontáneamente la gente de estos movimientos se dirige delante de los parlamentos, montan allí un campamento o intentan asaltar o quemar la sede gubernamental, como se vio por ejemplo en Bosnia. Sin embargo, la mayoría de las veces que llegan allí y fuerzan las puertas, lo que se encuentran es que los lugares del poder están vacíos, como ocurrió por ejemplo en Ucrania. Lo que se encuentran es que no hay en absoluto nada de poder dentro.
La cuestión es que la forma contemporánea del poder no es la institución: el poder no reside ya en las instituciones, el gobierno no está ya en el gobierno. El lugar efectivo del poder, tendencialmente, es la organización misma del mundo — una organización que es logística, material, tecnológica. Es muy difícil rebelarse contra un poder que no da órdenes, sino que es el orden mismo de las cosas. Vale la pena notar que, por lo menos en los últimos años en Europa, lo que se llama «luchas sociales» está ampliamente debilitado. Por ejemplo, si se toman los casos de Alemania, Francia o Italia, las luchas que concentran y que polarizan la iniciativa revolucionaria son las luchas contra las infraestructuras. Esto también hace eco con la iniciativa actual de los zapatistas de vincular 29 luchas contra megaproyectos en México.
Hay dos aspectos en estas luchas: por un lado, un aspecto que consiste en arrancarse de la dependencia material a este orden tecnológico, de ganar en autonomía; y, por el otro, un aspecto que consiste en impedir la construcción de las infraestructuras mismas. Pero el problema que enfrentamos es que estas luchas tienen muchas veces sólo un aspecto defensivo: en general no consiguen desestabilizar el enemigo y, de hecho, generalmente dejan intacta esta dominación. La mayoría de las veces no se realiza la idea según la cual el carácter ejemplar de lo que se construye en estas luchas podría difundirse en toda la sociedad.
El segundo problema es la cuestión que podemos llamar de lo local. Para los más viejos de quienes estamos aquí esta noche, nuestra politización se produjo durante el movimiento antiglobalización, una época en la que se hablaba mucho de los zapatistas. En esos años vivíamos en okupas y, cada tres o seis meses, íbamos a hacer motines en alguna ciudad de Europa. En cierto momento empezamos a darnos cuenta de que no había mucha relación entre lo que hacíamos en estas contracumbres y la vida que llevábamos en nuestras casas. Lo que también sucedía es que al final, en las manifestaciones antiglobalización, había más periodistas para grabar a los manifestantes que los propios manifestantes.
Es así que hemos encontrado la necesidad de arrancarnos de la atracción por lo global. Mucha de la gente que entonces participó se dirigió a distintos lugares, montaron comunas se dieron más realidad en algunos barrios o pueblos. Nosotros mismos en Francia, Italia y Estado español estamos muy organizados sobre una base local. Y esto implica el regreso del tema de la comuna, que no es un regreso que concierna sólo a algunas personas. El tema de la comuna es un hecho histórico, que vuelve por todas partes. En la Plaza Taksim, Estambul, vuelve cuando la revuelta toma el nombre de Comuna de Taksim. De la misma manera vuelve durante el movimiento Occupy de Estados Unidos, cuando la plaza ocupada en Oakland toma el nombre de Comuna de Oakland. Vuelve en Kurdistán, donde el primer gesto frente a un ataque militar es responder con la declaración de 140 comunas.
Y entonces se presenta el problema de que, ahora que existen realidades locales fuertes, tenemos enfrente a un enemigo, el capital, cuya potencia reside justamente en su movilidad global. Es así que la cuestión a la que nos enfrentamos —pienso que se trata de una cuestión que también se encuentra en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona— es: puesto que estamos frente a un enemigo organizado mundialmente, ¿cómo constituir una fuerza mundial a partir de fuerzas que están situadas, que son locales? Y aquí hablo de una fuerza que no sea una organización, que sea más bien una pluralidad de mundos que, de cualquier modo, son capaces de elaborar estrategias conjuntas. Por otra parte, algo que está siempre en el aire es cómo impedir o contrarrestar esa inclinación espontánea de las comunas a cerrarse sobre sí mismas.
La tercera cuestión es la guerra. Una mala costumbre de pensar nos ha hecho asimilar la guerra a lo militar. Pero desde hace cincuenta años nos encontramos con que los militares no han dejado de desarrollar un concepto no-militar, un concepto civil, de la guerra. Uno de los ejemplos más visibles de esto, en el contexto de las comunidades zapatistas, es el programa «Vivienda Digna», casas blancas con una franja roja que de alguna manera dan este mensaje: «Estamos aquí».
Lo que nos encontramos es que en el momento en que los militares desarrollan una idea no-militar de la guerra, en los movimientos se ha desarrollado un pacifismo que se define por el rechazo a la guerra. Un rechazo que, ciertamente, comprende la guerra como guerra militar. Nunca ha habido tantos pacifistas como en una época en que la guerra está por todas partes. Lo que ocurre es que las teorías contrainsurreccionales —porque ésta es la forma de guerra que está en cuestión— se han convertido en la doctrina misma del gobierno: la propaganda mediática, la gestión de las percepciones, el ejercicio localizado del terror, el caos provocado para paralizar el juicio y la acción, todo esto se ha convertido en prácticas comunes. Así, por ejemplo, en la mercadotecnia contemporánea hay referencias constantes a la Guerra de Argelia.
La cuestión es entonces cómo no situarnos en una relación simétrica, en la guerra que nos es hecha, con el enemigo. Ahí donde los contrainsurreccionales quieren ganar los corazones y las mentes de la población —algo que a veces tiene consecuencias dramáticas, como en el caso de David Petraeus que quiso ganar un corazón de más—, cómo no situarnos en la misma posición — que es muchas veces la posición de los militantes y los activistas. La cuestión que planteamos es cómo ser la población, caso en el cual los zapatistas son un ejemplo admirable. Es decir, cómo hacer para que la percepción estratégica del curso de las cosas, la lectura de las operaciones adversas y el pensamiento de las contraoperaciones sean algo común — y no el hecho de una vanguardia. Esto también nos remite a la cuestión de cómo articular una verticalidad estratégica y una horizontalidad de la vida. Claramente, el EZLN y las comunidades zapatistas son una forma de esta articulación.
La cuarta cuestión que se nos plantea es la cuestión de la destitución. Al menos desde la Revolución francesa, la cuestión de la revolución se plantea en términos de una dialéctica entre un poder constituido y un poder constituyente: la revolución se piensa como un momento en que el poder constituyente desborda el poder constituido. En realidad, de forma manifiesta, no existe ningún poder constituyente, por mucho que Toni Negri lo pretenda. El poder constituyente es una ficción que es retroproyectada por el poder constituido a partir del momento en que éste ha estabilizado la situación. Lo que ha pasado en Egipto estos últimos años resulta ejemplar para comprenderlo. Sucede muy rápido que se llega a masacrar al pueblo en nombre del pueblo.
No puede negarse que las insurrecciones contemporáneas son esencialmente destituyentes. El «¡Váyanse!» que se gritaba en Túnez al régimen de Ben Ali hace un eco absoluto con el «¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!» de Argentina. La única exigencia, el único contenido, la única potencia de los movimientos insurreccionales contemporáneos, viene del hecho de exigir que el poder corrupto, obsceno, criminal que se tiene enfrente se vaya. Es también, por lo que puedo comprender, la energía que emana de las familias de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Las insurrecciones contemporáneas se caracterizan por el hecho de no tener programa, de no tener líder y de no tener voluntad de tomar el poder — como por ejemplo sucedía en el tiempo de los bolcheviques.
Existen manifiestamente muchos ejemplos locales de destitución en México, muchos más que en ninguna otra parte. Pensemos en lo que pasa en Cherán o lo que pasa en el istmo de Tehuantepec (los municipios de San Dionisio del Mar y Álvaro Obregón). Y, evidentemente, también en los territorios zapatistas.
Por consiguiente, la lógica destituyente no consiste en lanzarse sobre el aparato del poder para tomarlo, sino ampliamente en el hecho de constituirse separadamente, elaborar una forma-de-vida y transmitirla. De manera muy clara, lo que sustituye la lógica de la toma del poder es la lógica del incremento de potencia. La cuestión que se plantea para nosotros es cómo hacer para que la destitución no sea un momento de la insurrección que, enseguida, viene barrido por ese regreso constituyente de un nuevo poder. Algunos casos de esto son lo que pasó en Argentina después de 2001; lo que pasó en el Estado español después del movimiento de las plazas y el 15-M, donde hay gente que se ha presentado a las elecciones diciendo que eran los representantes del movimiento; o lo que pasó en Grecia con Syriza.
Entonces: ¿cómo hacer para que la destitución sea un proceso infinito y que los órdenes concretos no se fijen nunca en institución? Podremos responder a todos estos problemas, como ya veremos, caminando — un camino que no se trata de trazar ahora.
Para terminar esta intervención, nosotros deseábamos que tuviera lugar un debate internacional sobre la cuestión de la revolución. Por eso, de la misma manera que venimos aquí esta noche y agradecemos su invitación, vamos a intentar organizar un foro revolucionario mundial en la próxima primavera en Europa y los invitamos.

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