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La insurrección kazaja

La siguiente traducción fue hecha y enviada por un lector de Artillería inmanente. El texto original fue publicado de manera anónima en el sitio web de Ill Will el 23 de febrero de 2022.

 

En presencia de trabajadores armados, los obstáculos, las resistencias y las imposibilidades desaparecerán.
Blanqui

 

La teoría del Estado es el arrecife en el que han naufragado las revoluciones de nuestro siglo.1 Durante las revoluciones de la Primavera Árabe, el pueblo provocó la caída del régimen, pero las instituciones del Estado permanecieron intactas. En otros lugares, las revoluciones se agotaron en prolongadas guerras civiles. En todos los lugares en los que el antiguo régimen ha parecido ser derribado, ha encontrado nuevas fuentes de fuerza y se ha levantado de nuevo. ¿Cómo sería romper finalmente con este ciclo?
En el pasado, las insurrecciones han conseguido derrotar al Estado, y no sólo a un gobierno en particular. La insurrección es algo más que una oleada de disturbios, protestas militantes, bloqueos, ocupaciones, etc. Es la apertura de una ruptura, la búsqueda de ese punto tras el cual no es posible volver atrás. Si las revoluciones de nuestro tiempo no han derrotado al Estado, argumentamos que esto se debe a que no ha habido insurrecciones: ha habido levantamientos no violentos, disturbios, luchas armadas y guerras civiles, pero todavía no insurrecciones.
En los próximos años, es probable que veamos experimentos en el arte de la insurrección a medida que una nueva generación de revolucionarios intente superar los obstáculos e impasses a los que se enfrentaron los levantamientos de 2011 y 2019. Kazajistán, un país con el que muchos estadounidenses sólo están familiarizados debido a la franquicia cinematográfica de Borat, puede ofrecer un primer vistazo a este futuro. Los recientes acontecimientos en Kazajistán son lo más cerca que ha estado un levantamiento de una insurrección a gran escala, desde el comienzo de una oleada global de luchas a finales del 2018. Esto nos permite imaginar cómo podrían haber sido los movimientos recientes, como la revuelta de George Floyd, si hubieran llegado más lejos. El curso de los acontecimientos en Kazajistán sugiere una posible ruta para navegar por las trampas que hasta ahora han hecho naufragar las revoluciones contemporáneas. Al proporcionar la visión más clara de la forma de la insurrección que viene, el levantamiento nos permite cuestionar los límites que un proceso insurreccional en la actualidad podría enfrentar.

 

La vacuna antidisturbios

 

El día de año nuevo de 2022, el gobierno de Kazajistán puso fin a los topes de precios del combustible, lo que provocó que el coste se duplicara prácticamente de la noche a la mañana. Las protestas estallaron al día siguiente en el oeste de Kazajistán, la región productora de combustible. Significativamente, las primeras manifestaciones se produjeron en Janaozén, una ciudad cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de la violenta represión a una huelga de trabajadores del petróleo en 2011, que dio lugar a una oleada de disturbios que se extendieron por toda la región.
Este año, a medida que el levantamiento se extendía por todo el país, adoptó un carácter más general, recogiendo nuevas demandas por el camino. Cuando las manifestaciones llegaron a Almatý, la antigua capital y la ciudad más grande, habían empezado a reflejar un descontento social más general, aprovechando la frustración generalizada por la desigualdad, la pobreza y la corrupción. Los manifestantes pedían ahora la destitución del ex presidente Nursultán Nazarbáyev como jefe del Consejo de Seguridad. Nazarbáyev había sido presidente durante casi treinta años y se creía que seguía gobernando el país entre bambalinas.
Hasta ahora, estos acontecimientos siguen un patrón familiar. Los levantamientos que sacudieron Francia y Sudán a finales de 2018 comenzaron cada uno en regiones provinciales como protestas contra el aumento del coste de la vida.2 Lo mismo ocurrió con la revolución en Túnez que comenzó a finales de 2010, dando inicio a la Primavera Árabe. Las protestas francesas fueron inicialmente una respuesta a un impuesto sobre la gasolina. En Sudán, fueron catalizadas por el fin de los subsidios gubernamentales a los productos básicos, como el combustible y el trigo. Las protestas en Sudán también comenzaron en una ciudad industrial famosa por su historia de organización de la clase trabajadora y su represión. En cada país, las protestas fueron adquiriendo más demandas a medida que se extendían. A medida que la fuerza del movimiento crece, su imaginación de lo que es posible tiende a crecer también. La capital se convirtió cada vez en el centro de gravedad del movimiento, que ahora tenía poco que ver con la demanda original.
En Almatý, las cosas empezaron a acelerarse rápidamente. Las protestas comenzaron el 4 de enero. El 5 de enero se intensificaron hasta convertirse en un levantamiento armado, con el objetivo no sólo de reformar la política, sino de derrocar al gobierno. Se asaltaron las sedes de la policía, las comisarías y los canales de televisión. El ayuntamiento y otros edificios gubernamentales fueron quemados hasta los cimientos. También se incendiaron la antigua residencia presidencial y la sede regional del partido gobernante Nur Otan. A continuación, las multitudes asaltaron el aeropuerto y lo cerraron. La policía y las fuerzas de seguridad se rindieron ante la multitud y fueron desarmadas. Los coches patrulla fueron incendiados. Los saqueos se extendieron por toda la ciudad. Empezaron a circular vídeos de insurrectos distribuyendo rifles saqueados de las tiendas de armas entre la multitud. Según todos los indicios, esa noche el poder estaba en manos de los insurrectos.
Algunos observadores casuales se sorprendieron por la rápida destrucción de Almatý. Pero, como nos recuerda Vaneigem, «la barbarie de los disturbios, de los incendios provocados, el salvajismo del pueblo, todos los excesos… son exactamente la vacuna de los disturbios contra la fría atrocidad de las fuerzas de la ley, el orden y la opresión jerárquica».3
El presidente Kassym-Jomart Tokáev intentó al principio aplacar a los manifestantes, cediendo a algunas de sus demandas. Se restablecieron los subsidios a los combustibles. El gabinete fue disuelto. El ex presidente Nazarbáyev fue destituido de su cargo de presidente del consejo de seguridad del país. Otros miembros de su círculo íntimo también fueron expulsados de su cargo. Algunos fueron detenidos. Tokáev no tardó en tratar de convertirse de nuevo en el Bernie Sanders kazajo, pronunciando un discurso populista en el que denunciaba la desigualdad de ingresos del país y a su élite dirigente.
Pero era demasiado tarde para frenar el impulso. Ninguna de las reformas que el presidente podía ofrecer habría detenido la creciente marea de ira en ese momento. El 6 de enero, los disturbios provocaron una intervención militar en la que Rusia lideró a otros seis países miembros de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), el equivalente ruso de la OTAN. Al día siguiente, Tokáev ordenó a las fuerzas de seguridad que «dispararan sin previo aviso» mientras retomaban Almatý. Fue la primera vez que se movilizó la OTSC. En nuestra época de levantamientos, estos pactos de seguridad mutua se convierten en poco más que el órgano de coordinación de la contrarrevolución armada.4
El presidente Tokáev proclamó que no se trataba de manifestaciones espontáneas, sino de la actividad de una «banda de terroristas».5 El New York Times se hizo eco de estas afirmaciones, incrédulo en cuanto a cómo un movimiento de protesta podría haberse extendido tan rápidamente por una masa de tierra tan grande.6 Si los disturbios no eran el resultado de una insurgencia islamista altamente organizada, entonces simplemente tenía que ser un golpe orquestado — es decir, una lucha de poder entre facciones rivales de la élite gobernante. Este tipo de perspectivas delatan un fallo común en la comprensión de cómo se extienden las luchas hoy en día, un proceso que depende más de la repetición y la resonancia que de la coordinación explícita.7
Con la mayor parte de los servicios de Internet y teléfono cortados, y el aeropuerto cerrado, Kazajistán quedó repentinamente aislado del resto del mundo. Era difícil hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno en tiempo real. Incluso ahora, los acontecimientos de esos días siguen siendo bastante oscuros para nosotros. Pero el 8 de enero, el gobierno declaró que se había restablecido el orden en la antigua capital y que en todo el país las cosas se estaban calmando. Más de 225 manifestantes y diecinueve policías murieron en los disturbios, según los informes oficiales. Casi ocho mil personas fueron detenidas.
Hay una cierta ironía histórica en que estos acontecimientos se produzcan casi un año después de los disturbios en la capital de Estados Unidos. Parece que la fórmula de Hegel debe invertirse: hoy en día todos los grandes acontecimientos ocurren dos veces, primero como farsa y luego como tragedia.

 

Estado dual y revolución

 

Las revueltas desde la crisis financiera de 2008 han derrocado gobiernos, pero no han conseguido sacudir los cimientos del Estado. Las revoluciones de Túnez, Egipto, Sudán y otros países han dado paso a un golpe militar. Esto ha sido posible, sin embargo, porque en esas sociedades los militares ya funcionan como una especie de Estado dual.8 A partir de ahora, la gente quiere que la caída del régimen tenga que significar no sólo el derrocamiento de una camarilla gobernante, sino también la derrota del Estado dual. Esto es lo que significa en Sudán el lema «Victoria o Egipto».
Un aspecto de esta cuestión es táctico. Los levantamientos que han dado lugar a la secuencia revolución políticagolpecontrarrevolución, como los enumerados anteriormente, podrían caracterizarse como insurrecciones no violentas. Aunque este término no es satisfactorio, la estrategia implícita de la insurrección no violenta es presionar a los militares para que se pongan del lado del pueblo contra el régimen. Esta situación sitúa a las fuerzas armadas en una posición de intermediación del resultado de la revolución. El mejor ejemplo de ello, es el complejo caso de la acampada de 2019 ante el cuartel militar de Jartum, la capital de Sudán. Pero las tácticas de los levantamientos no violentos tienden a perder su potencia una vez que los militares han tomado el poder y se comprometen a permanecer en él. El resultado ha quedado dolorosamente claro tras los golpes de Estado en Sudán y Myanmar.
Al obligar a la policía y al ejército a retirarse, al confiscar sus armas, al asaltar las comisarías y saquear las armerías, al distribuir armas entre la multitud, al asaltar el aeropuerto e incendiar los edificios gubernamentales, Kazajistán plantea la cuestión de la insurrección armada. Históricamente, esto significa que, en lugar de forzarlo a negociar o comprometerse, lo que se busca es la derrota del Estado como tal. ¿Podría esta vía ofrecer una salida a las trampas particulares que han encontrado las revoluciones del siglo XXI hasta ahora? Las protestas no violentas pueden derribar un régimen, pero no derrocar al Estado. La insurrección armada podría derribar el Estado y no sólo el gobierno.
Pero esto, por supuesto, no está exento de riesgos. Una insurrección armada que fracasa no sólo invita a las peores formas de represión, sino que incluso cuando tiene éxito siempre corre el riesgo de una guerra civil.
También existen probables razones históricas contingentes por las que la insurrección armada aparece como una opción preferible en algunos países y no en otros. Sudán, por ejemplo, lleva décadas desgarrado por la guerra civil. Por ello, la lucha armada se ve, comprensiblemente, como algo que hay que evitar. En otros lugares de Medio Oriente y el Norte de África, como en Siria, el giro hacia la lucha armada transformó la revolución en una guerra civil apocalíptica. Tomar las armas allí puede tener una connotación diferente a la de Kazajistán. También existe un precedente de manifestaciones armadas en la región circundante, como durante las protestas del Euromaidán en Ucrania.
La experiencia de Kazajistán no ofrece un modelo sencillo de lo que hay que hacer. El levantamiento es sólo uno de los intentos contemporáneos de salir de los callejones sin salida de nuestro momento. Todavía no está claro cómo contrastarán los resultados de esta experiencia, con las protestas masivas no violentas sostenidas en Sudán o el giro hacia la insurgencia guerrillera en Myanmar. Pero cualquier experimento que alcance un cierto umbral de intensidad ofrecerá probablemente importantes lecciones que se sintetizarán en la próxima oleada de luchas.

 

Ritmo e iniciativa

 

La insurrección es un arte, como la guerra. Está sujeta a ciertas reglas que, si se descuidan, llevarán a la ruina a la parte que las descuide. Esas reglas, deducciones lógicas basadas en la naturaleza de las partes y en las circunstancias a las que se enfrentan, son lo suficientemente simples como para que la breve experiencia de enero de 2022 sea suficiente para familiarizarnos con ellas.
1. Nunca juegues con la insurrección si no estás totalmente preparado para afrontar las consecuencias. Al comenzar, ten claro que debes llegar hasta el final.
2. Concentra una gran superioridad de fuerzas en el punto y el momento decisivo, de lo contrario el enemigo, que tiene la ventaja de una mejor preparación y organización, destruirá a los insurrectos.
3. Una vez iniciada la insurrección, los insurrectos deben actuar con la mayor determinación y por todos los medios, sin excepción, tomar la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo levantamiento armado.
4. Toma al enemigo por sorpresa y aprovecha el momento en que sus fuerzas se dispersen.
5. Esforzarse por conseguir éxitos diarios, por pequeños que sean (se podría decir que cada hora, si se trata de una sola ciudad), y mantener a toda costa una moral superior.
El partido de la insurrección debe tomar y mantener la iniciativa, imponiendo su ritmo a los acontecimientos. En palabras de Danton, de l’audace, de l’audace, encore de l’audace.

 

Una presencia armada

 

La insurrección tiene una cierta relación con el uso de las armas. No es una cuestión de violencia y no violencia, ni se parece mucho a la lucha armada. Se trata más bien de mantener una presencia armada. El poder no se depone mediante el uso de las armas, pero tener armas puede ayudar a mantener el espacio abierto mientras la policía y los políticos huyen. Se trata de adquirir armas y luego hacer lo necesario para impedir su uso. La experiencia de Almatý es ejemplar en este sentido: se saquearon armas y se distribuyeron entre la multitud, aparentemente con la idea de defender el espacio abierto por el levantamiento popular. Sin embargo, el uso de las armas siguió siendo secundario y nunca dio paso a grupos armados especializados y separados, cuya aparición suele socavar el sentimiento popular y colectivo del levantamiento.
Es posible una derrota política de la policía y las fuerzas armadas. En una crisis lo suficientemente profunda, siempre se enviará a los militares para restablecer el orden. Sin embargo, la historia demuestra que nunca es posible saber realmente cómo actuarán hasta que lleguen. Una multitud suficientemente numerosa y decidida puede obligar al ejército a retirarse y negarse a disparar, o incluso a desertar y unirse a los insurrectos, especialmente si es posible confraternizar con los soldados. Esto es lo que ocurrió, por ejemplo, en el cuartel militar de Jartum en abril del 2019.9 Esto también explica la importancia histórica de la barricada, que crea el tiempo y el espacio necesarios para la confraternización.10 La derrota política de las fuerzas armadas puede requerir algunos enfrentamientos, pero no debe convertirse en una lucha a muerte. En cambio, la derrota militar de las fuerzas armadas puede no ser posible. Como atestiguan los recientes acontecimientos en Siria, Libia y Yemen, la militarización de la guerra civil la despoja rápidamente de cualquier contenido liberador.
En Almatý, los insurrectos consiguieron derrotar y desarmar rápidamente a la policía y otras fuerzas de seguridad tras unos breves enfrentamientos. Pero el Estado pudo reagruparse y la situación cambió rápidamente con la llegada de las fuerzas armadas dispuestas a disparar contra la multitud. No obstante, pedir la intervención extranjera puso de manifiesto la incertidumbre de Tokáev sobre sus propias fuerzas de seguridad. Lo importante es que nadie puede saber de antemano cómo acabará una situación como ésta, ni existe ninguna regla fija que establezca qué circunstancias permitirán la derrota política de un militar extranjero. La insurrección siempre significa dar un salto a lo desconocido.

 

La geografía de la insurrección

 

La tarea general de toda insurrección es convertirse en irreversible. Pero, ¿cómo se produce esto? Una vez puesta en marcha, ¿qué debe lograr una insurrección? Si las generaciones anteriores de revolucionarios pudieron responder a estas preguntas de forma anticipada con cierto grado de confianza, es porque tenían más experiencia en la que basarse. El balance general de nuestro propio siglo es insuficiente en este sentido. Sin embargo, aunque Kazajistán no nos proporcione un modelo a seguir, sí ofrece la ocasión de poner a prueba ciertas hipótesis que circulan actualmente.
En primer lugar, se suele argumentar que las metrópolis asumirán un papel menos central en las revoluciones del siglo XXI.11 «Hoy en día es posible tomar París, Roma o Buenos Aires sin que sea una victoria decisiva», afirma Comité Invisible. En el pasado, parecía que los insurrectos sólo necesitaban tomar París, o Petrogrado y Moscú, para que una insurrección tuviera éxito. Pero los revolucionarios que lo hicieran, se enfrentarían entonces con el contraste entre la ciudad revolucionaria y el campo contrarrevolucionario que, de una manera u otra, llevaría a su ruina.
La relación entre la ciudad y el campo se ha redibujado sin duda en el último siglo. Sin embargo, cabe destacar que la metrópoli ha mantenido una cierta posición privilegiada en las luchas contemporáneas. Aunque los levantamientos suelen comenzar en la periferia de un país, la ciudad más grande o la capital tiende a convertirse en el centro de gravedad, marcando el tono y el ritmo del resto del país. A menudo, es aquí donde suelen producirse los experimentos más avanzados y los acontecimientos con mayores intereses.12 El presidente de Kazajistán lo reconoció cuando dijo: «Si hubiéramos perdido Almaty, habríamos perdido la capital y luego todo el país».
En segundo lugar, en su balance general sobre las revueltas de 2008 a 2012, el Comité invisible argumentó que el movimiento de las plazas se había dejado encantar por las representaciones espectaculares del poder, hecho que acabó por desarmarlos. Si muchas de las batallas campales de los levantamientos de esa época se libraron en un esfuerzo por acceder a edificios gubernamentales de apariencia importante, es porque «los lugares del poder institucional ejercen una atracción magnética sobre los revolucionarios». Pero cuando los aspirantes a revolucionarios conseguían asaltar los salones del poder, los encontraban vacíos. Si no hay más Palacios de Invierno o Bastillas que asaltar, concluyó el Comité invisible en 2014, es porque «el poder reside ahora en las infraestructuras de este mundo».13
Si interpretamos los acontecimientos del 5 de enero en Almatý desde esta perspectiva, son posibles varias lecturas contrastadas. Se podría argumentar, por ejemplo, que reunirse espontáneamente en el ayuntamiento día tras día, intentar asaltar las distintas sedes del poder y, finalmente, incendiarlas, es simplemente una intensificación de los viejos patrones sin romper con ellos. Pero también podría argumentarse que, al limitarse a quemar los edificios del gobierno y seguir adelante, los insurgentes demostraban que no estaban encantados con ellos ni se escandalizaban al encontrarlos vacíos. Eran simplemente una faceta más de este mundo que habrá que deshacer.
Es posible que haya que volver a aprender ciertas lecciones con cada oleada de lucha, con la diferencia de que esto quizá ocurra un poco más rápido cada vez. En este caso, puede haber sido necesario que los propios insurrectos experimentaran el asalto a los salones del poder y los encontraran vacíos, para que pudieran dirigir su mirada hacia otros horizontes estratégicos. Tiene sentido, pues, que el giro hacia la toma de infraestructuras críticas, como el aeropuerto, siguiera al incendio del ayuntamiento en rápida sucesión.

 

Los límites de la novedad

 

Con la insurrección, como con cualquier arte moderno, existe la tentación de exagerar la novedad. Es fácil perder de vista lo que sigue siendo coherente. Tras la revolución de 1848, Georges-Eugène Haussmann recibió el encargo de rediseñar las calles de París. Habiendo sido testigo de su uso durante los sucesivos levantamientos, trató de sustituir los densos y defendibles barrios urbanos, propicios para las barricadas y las luchas callejeras, por amplios bulevares.
En opinión de Marx y Engels, su trabajo fue en gran medida un éxito. La era de la insurrección había terminado, concluyeron, y la política revolucionaria tendría que ser repensada. Blanqui, la cabeza y el corazón del partido proletario en Francia, pensaba lo contrario. Argumentó que la remodelación ofrecía oportunidades tanto para el partido de la insurrección como para el partido del orden. Puede que sean necesarias nuevas tácticas, pero no un replanteamiento fundamental. Este debate se considera a menudo resuelto a favor de Marx, pero el curso real de la historia puede haber correspondido más estrechamente a las predicciones de Blanqui. La experiencia más rica del siglo insurreccional de París sólo llegaría más tarde, con la Comuna de París, décadas después de la haussmanización.
A la luz de esto, un breve retorno a las reflexiones sobre la insurrección ofrecidas por las tradiciones de la teoría revolucionaria de principios del siglo XX puede resultar instructivo. A mediados de la década de 1920, la Internacional Comunista distribuyó un manual titulado Insurrección armada, que combinaba cuidadosos estudios de casos de insurrecciones exitosas y fracasadas con instrucciones prácticas para preparar las venideras. En él destacan la importancia de las victorias parciales. Es probable que una insurrección no se gane en un momento decisivo. Por el contrario, cada paso del camino debe eliminar obstáculos y dar impulso al partido de la insurrección, a la vez que drena la moral del partido del orden.
Esto significa que hay que tener cuidado con el orden en que se hacen las cosas. La primera prioridad de cualquier insurrección, según los autores anónimos, es apoderarse de las armas y distribuirlas, al tiempo que se neutralizan las fuerzas armadas. La segunda prioridad es apoderarse y ocupar o destruir, tanto los edificios gubernamentales como la infraestructura técnica. Los detalles más sutiles variarán mucho según el lugar. Por esta razón, los autores subrayan que los insurrectos deben poner cuidado en desarrollar un plan, o al menos una lista de objetivos y su prioridad, con antelación.
La importancia que estos autores otorgan a la captura de los lugares de poder institucional puede parecer una reliquia de una época pasada. Aunque pueda parecer contradictorio, destacan que estos lugares suelen tener un papel táctico, y no meramente simbólico, en el desarrollo de una insurrección. La importancia del asalto al Palacio de Invierno durante la Revolución Rusa no se debió al hecho de que el poder estuviera centralizado entonces de una manera que no lo está ahora. Además de su significado simbólico, este acontecimiento permitió al Partido arrestar a los posibles líderes de la contrarrevolución y desmoralizar a las pocas facciones de las fuerzas armadas que aún estaban dispuestas a luchar contra la insurrección.
Mucho ha cambiado en el último siglo. La Internacional Comunista daba mucha importancia al papel de las formaciones de cuadros disciplinados, que (hasta donde sabemos) no han surgido en ninguna parte de esta secuencia de luchas. Pero, por ahora, la afirmación de que las sedes del poder institucional tienen menos importancia en una insurrección que la infraestructura técnica, debe ser tratada como una hipótesis que debe ser probada y refinada, más que como una verdad dada.
También se podría argumentar lo contrario sobre la novedad de nuestros tiempos. En nuestra sociedad del espectáculo, los lugares simbólicos del poder pueden tener en realidad más importancia que antes, lo que explica su atracción magnética. El espectáculo producido por el asalto al Capitolio estadounidense, a pesar de su ineptitud, es probablemente más significativo que si ese mismo grupo de personas hubiera tenido como objetivo un lugar con verdadera importancia material. Del mismo modo, el asalto a la Tercera Comisaría de Mineápolis tuvo tanta importancia por la infraestructura que destruyó, como por el espectáculo que creó. En la revolución sudanesa, este mismo papel espectacular lo desempeñó el incendio de la sede del partido gobernante, el Partido del Congreso Nacional, en Atbara, aunque ese lugar tenía muy poca importancia infraestructural.

 

Rompiendo el suelo de cristal

 

En un tono diferente, Théorie Communiste argumenta que el obstáculo clave al que se enfrenta nuestra secuencia de luchas no es el salto de la revuelta a la insurrección.14 El límite, para ellos, es que las luchas no han logrado penetrar el piso de cristal en la morada oculta de la producción. Las luchas tienden a surgir en la esfera de la circulación, pero tendrán que encontrar su camino de vuelta al lugar de trabajo para convertirse en revolucionarias.
Hasta ahora no ha habido innovaciones serias que apunten en esta dirección. Esto tal vez refleje la inmadurez actual de nuestro ciclo de luchas, la gran distancia que hay entre nuestra posición y el horizonte revolucionario. Pero también, podría indicar que TC simplemente no está planteando las preguntas correctas. La teoría comunista suele tratar la sociedad capitalista como un problema lógico para el que la revolución o el comunismo surgen como solución local. Pero la historia rara vez se desarrolla de forma tan lógica.
En las semanas transcurridas desde el aplastamiento de la revuelta, Kazajistán ha sido testigo de una oleada de disturbios laborales.15 Al igual que el propio levantamiento, ésta comenzó en la región petrolera del oeste de Kazajistán y luego se extendió a otros lugares. Al principio, los trabajadores del petróleo se pusieron en huelga en solidaridad con el movimiento de protesta, al igual que los trabajadores del cobre en el sureste. Después, los trabajadores del petróleo volvieron a ponerse en huelga para exigir mayores salarios, al igual que los trabajadores de las telecomunicaciones, los conductores de ambulancias y los bomberos poco después. Incluso los mensajeros de la gig economy empezaron a amenazar con una huelga. ¿Empieza a resquebrajarse el suelo de cristal? Por el momento, es demasiado pronto para saber si este puñado de manifestaciones son el comienzo de una ola de huelgas nacionales o si simplemente se desvanecerán. Pero vale la pena recordar, como señala Rosa Luxemburgo, que las huelgas espontáneas fueron las que mantuvieron las brasas encendidas entre los puntos álgidos y los momentos de calma de la revolución de 1905.16

 

Eclipse y resurgimiento de la geopolítica

 

La teoría comunista es un intento de dar cuenta de la sociedad capitalista y de su superación. Para describir cómo podría desarrollarse esa superación revolucionaria, presta atención a las luchas que tienen lugar dentro de la sociedad capitalista y a los límites que encuentran. A menudo se considera que estos límites son internos a las propias luchas.
Por ejemplo, muchos participantes en el levantamiento de George Floyd probablemente dirían que el movimiento fue derrotado por el Estado, a través de una combinación de represión y cooptación. Los relatos de los prorrevolucionarios de la época tienden a contar una historia diferente. Algunos tienden a centrarse en la composición del movimiento y en cómo resurgieron en él las separaciones por motivos de raza y clase, lo que impidió su capacidad de extenderse e intensificarse.17 Otros relatos describen cómo surgió un dispositivo del movimiento social que capturó el movimiento real de la revuelta y redirigió su energía.18 En cualquier caso, en lugar de hacer hincapié en cómo fue derrotado, estos análisis tienden a centrarse en qué obstáculos surgieron desde dentro del movimiento, que no pudo superar.
Una cierta distancia conduce a una cierta oscuridad. Pero hay pocos indicios de que el levantamiento en Kazajistán se deshiciera por el peso de sus propios límites. Ni los periodistas ni los compañeros sobre el terreno aportan muchas pruebas de que hayan surgido separaciones dentro de la lucha o de que la revuelta haya sido contenida de alguna manera por un movimiento social. Es posible que las cosas simplemente se hayan movido demasiado rápido para que los límites internos salieran claramente a la luz. Pero, en cambio, el levantamiento parece haber sido simplemente derrotado por las fuerzas armadas del Estado, respaldadas por la intervención extranjera.
Es posible que nuestro afán por una explicación demasiado precisa y teóricamente coherente de los límites internos de la lucha, nos haya hecho pasar por alto los obstáculos más inmediatos en el camino de la revolución. La teoría comunista de hoy tendrá que dar cuenta de estos obstáculos externos, el Estado y la geopolítica, así como de su desarticulación.

 

Una nueva internacional

 

La insurrección en cualquier lugar es inmediatamente una preocupación mundial. Hay dos razones para ello. En primer lugar, dado que las luchas viajan y se propagan por resonancia, un éxito en cualquier lugar puede inspirar intentos similares en todas partes. Lo que comienza como un levantamiento local puede suponer muy rápidamente una amenaza existencial para todo el orden global de la sociedad capitalista. Esto explica por qué las explosiones esporádicas de contestación revolucionaria de hoy en día son contrarrestadas por una organización internacional de la represión que opera con una división global de tareas. En última instancia, todo el peso del partido global del orden se hará valer contra cualquier insurrección local.
En segundo lugar, en un mundo cada vez más multipolar, cada crisis ofrece una ocasión para renegociar los equilibrios de poder regionales y mundiales. Las revueltas se integran rápidamente en los conflictos entre las distintas potencias mundiales. Además de enfrentarse a la fuerza represiva del partido global del orden, también se convierten en un lugar donde las diferentes facciones de ese partido ajustan sus cuentas entre sí. Así, las insurrecciones se enfrentan inmediatamente al problema de la geopolítica.
Si los esfuerzos revolucionarios de hoy se abandonan a la represión, es porque a ninguna potencia existente le interesa apoyarlos. Hasta ahora, no existe ninguna organización práctica del internacionalismo revolucionario que los apoye.
«Los revolucionarios están por todas partes, pero en ningún lugar hay una verdadera revolución», declaró una vez la Internacional Situacionista en un momento no muy diferente al nuestro.19 Pero es a través de esta producción de revolucionarios, como la llamó Camatte, que podemos imaginar una salida de este infierno geopolítico.20 Esto nos permite entrever las coordenadas básicas de una geopolítica proletaria, o una nueva internacional.
Cada intento de revolución, cada lucha de masas, deja tras de sí una nueva generación de revolucionarios. En El Cairo, en Jartum, en Santiago y en otros lugares, las revueltas dejan tras de sí a personas que no pueden dar marcha atrás a lo que han vivido. Entonces intentan encontrarse y prepararse. Estos nuevos revolucionarios intentan asumir el significado de su experiencia, así como sus límites y lecciones.
Por el momento, esta reflexión suele limitarse a cuestiones puramente prácticas. ¿Qué tácticas han funcionado y deben repetirse? ¿Qué errores condujeron a la derrota? Aquí y allá estas tácticas y las reflexiones sobre ellas se extienden a otros lugares, dotando a cada ola de lucha de un cierto grado de coordinación informal. Pero con el tiempo, es posible que esta coordinación necesite ser más intencionada para superar los graves obstáculos que plantea el partido global del orden.
La nueva corriente revolucionaria, dondequiera que aparezca, tendrá que conectar estos diversos grupos y experiencias. Tendrá que encontrar alguna base coherente sobre la que unificar sus proyectos. De ahí tendrá que surgir alguna fuerza capaz de coordinar y apoyar los esfuerzos revolucionarios allí donde aparezcan.

 

Oleadas y remolinos

 

Las oleadas de lucha suelen ser acontecimientos globales, pero tienden a experimentarse como regionales. En 2011 o 2019, al igual que en 1968, 1917 y 1848, los levantamientos se produjeron casi simultáneamente en todo el mundo. Al mismo tiempo, es probable que sus participantes los experimenten en términos de una coherencia regional particular. Las revoluciones de la Primavera Árabe en Medio Oriente y el Norte de África tendieron a prestarse una atención especial entre sí, aprovechando las lecciones de cada experiencia, incluso cuando inspiraron levantamientos similares en todo el mundo. En Asia Oriental o los Balcanes, una constelación de luchas igualmente específica extrajo lecciones unas de otras en primer lugar. Esto es cierto incluso si, a veces, las tácticas que surgen de una constelación se vuelven virales, proporcionando inspiración para luchas lejanas también. Estas oleadas regionales podrían denominarse remolinos.21
El contexto más inmediato del levantamiento en Kazajistán es un remolino regional de luchas en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central y Europa del Este. Esto incluye los recientes levantamientos en Bielorrusia, Kirguistán y Ucrania. Éstas son las experiencias de las que los participantes en Kazajistán son sin duda más conscientes. Esta conciencia proporcionó al movimiento tanto un repertorio táctico como un sentido de las posibilidades y los límites. Kirguistán, que ha experimentado tres levantamientos en las últimas décadas, incluido uno en el que se quemaron el parlamento y otros edificios gubernamentales, parece ser un punto de referencia particular.
La resonancia entre las luchas en esta región no se debe únicamente a su proximidad compartida. Las antiguas repúblicas soviéticas comparten un cierto grado de integración económica, así como la pertenencia a un pacto de seguridad mutuo. Esto significa que los acontecimientos de un país repercuten con bastante rapidez en los demás. Pero lo más importante es que cada país comparte un sistema político y económico inspirado en el de Rusia. Así, el avance exitoso de una lucha en cualquier lugar de la región pone de manifiesto la vulnerabilidad de todos los gobiernos autoritarios de la región y proporciona un repertorio táctico que podría reproducirse en otros lugares. Los disturbios en cualquier lugar de la región significan la posibilidad de que se produzcan disturbios en todas partes y, por tanto, plantean la cuestión de la intervención rusa para restaurar el orden regional.

 

Guerra e insurrección

 

La mejor manera de entender la crisis de Ucrania es como resultado de las turbulencias provocadas por este remolino de luchas. Durante las protestas del Euromaidán de 2014, el presidente prorruso y gran parte de su administración huyeron del país. Un nuevo gobierno llegó al poder y comenzó a buscar una relación más estrecha con la Unión Europea. Al mismo tiempo, los militares rusos intervinieron, anexionando Crimea y proporcionando apoyo a los movimientos separatistas en el este de Ucrania. Esto puso en marcha la cadena de acontecimientos que condujo al actual enfrentamiento geopolítico en la frontera ucraniana.22 Es probable que este proceso se haya acelerado primero con la sublevación de Bielorrusia y luego con la de Kazajistán. En palabras del Financial Times: «Al ver lo que le está sucediendo a Nazarbayev, un hombre de quien ha sacado inspiración, Putin puede estar aún más ansioso por un éxito diplomático, o en su defecto, militar, que pueda vender a su propio público». O, como CrimethInc ha expresado elocuentemente:

 

Los gobiernos poderosos no se quedarán quietos y dejarán que la gente común desarrolle el gusto por derrocarlos. Se verán presionados a intervenir, como ha hecho Rusia en Ucrania, con la esperanza de que la guerra pueda vencer a la insurrección. La guerra es una forma de cerrar las posibilidades — de cambiar de tema. Sin embargo, es un negocio arriesgado — puede ayudar a los gobiernos a consolidar su poder, pero la historia demuestra que también puede desestabilizarlos.

 

Por mucho que estos acontecimientos sean la conclusión lógica del papel de Rusia en la represión de los disturbios en su esfera de influencia, las maniobras de Putin también parecen destinadas a desviar la posibilidad de que se produzcan disturbios en casa. Con los disturbios rodeando el centro, la guerra presenta la posibilidad de empujarlo de nuevo a la esfera de la política internacional. La confrontación con la OTAN permite a Putin posicionarse como un desvalido que se enfrenta al imperialismo occidental, lo que puede, al menos brevemente, avivar el sentimiento nacionalista en casa. Esto funciona a nivel del sentimiento popular, pero también podría funcionar para mantener su coalición oligárquica comprimida a través de la presión externa. Las sanciones resultantes también sirven para encubrir la mala situación económica de Rusia.

 

Primero tomamos Moscú, luego Berlín

 

Los impasses de nuestro momento, en cierto sentido, son un eco de los de una época anterior. Tampoco faltan aquí los paralelismos históricos. La amenaza de la intervención extranjera pendía sobre las revoluciones de 1848 como la espada de Damocles. Rusia, el país más grande y conservador de Europa, era el menos afectado por la oleada de disturbios de aquel año y el más comprometido con la preservación del orden actual. Los revolucionarios temían que, si algún levantamiento llegaba lo suficientemente lejos como para alterar el estado de cosas actual, el imperio zarista simplemente invadiría para restaurar el orden. Esta amenaza acabó haciéndose realidad en Hungría y Rumanía. Rusia, en cierto sentido, funcionó como el ejército industrial de reserva de la contrarrevolución.
Marx pasaría gran parte del resto de su vida intentando descubrir las condiciones de posibilidad de una revolución en la propia Rusia. La revolución rusa, pensó, podría ser un precursor necesario para que la revolución volviera al continente europeo. Resultó tener razón. No fue hasta que el propio imperio ruso fue destrozado por los disturbios, en 1905 y luego en 1917, que otra oleada revolucionaria arrasaría Europa y, pronto, gran parte del mundo.
¿Podría Rusia desempeñar un papel similar en la actualidad? Cada levantamiento en Asia Central o Europa del Este se produce bajo la amenaza de una intervención rusa. Más allá de su esfera de influencia inmediata, Rusia ha dado cobertura financiera, militar y diplomática a las contrarrevoluciones en Siria, Sudán y otros lugares. Rusia aparece una vez más como el asegurador de último recurso del partido del orden mundial. «Putin no es el gendarme de Europa», dijo recientemente un anarquista finlandés, «sino el gendarme de todo el mundo».
En enero de 2022 fue la tercera vez en la última década que las tropas rusas han intervenido en un levantamiento en la región. Pero cada una de ellas son sólo victorias pírricas para Rusia. Cada intervención ha puesto el ánimo de la población local en contra de Rusia, como fue el caso de Ucrania. Y lo que es más importante, cada vez que se demuestra que un Estado que es un reflejo de la Rusia de Putin, es tan vulnerable a la agitación popular que requiere una intervención extranjera, esta secuencia se acerca un paso más a su conclusión: un levantamiento masivo dentro de la propia Rusia.
Rusia puede dejar de ser el «eslabón débil de la cadena imperialista». Pero si Rusia se ve arrastrada al remolino de la lucha en la región, puede ser temporalmente menos capaz de intervenir en otros lugares. Que Rusia tenga que jugar con desventaja en el juego geopolítico no es el fin del juego en sí. El partido global del orden está compuesto, en última instancia, por cualquier número de potencias regionales y globales. Pero esto puede permitirnos empezar a pensar en una secuencia en la que puede ser posible la desarticulación del orden geopolítico, que podría ser una condición necesaria, pero no suficiente, para la revolución social actual.
Sin la amenaza inmediata de una invasión, los próximos levantamientos en la antigua región soviética pueden darnos una mejor idea de lo que significaría que una insurrección fuera irreversible. La próxima revolución en un lugar como Siria o Sudán puede tener el suficiente respiro de los obstáculos externos para empezar a enfrentarse a sus propios límites internos. Esto aumenta significativamente la posibilidad de un avance revolucionario. También puede significar la aparición de algo parecido a la Comuna. Una innovación en cualquier lugar tendrá consecuencias inmediatas en todas partes, especialmente en el contexto de una nueva oleada global de lucha, ya que las diferentes luchas se apresuran a adaptar lo que resuena en su propia situación. En esta secuencia se puede llegar muy rápidamente a un punto en el que no sea posible dar marcha atrás en esta guerra civil global.

 


1 Utilizamos aquí el término «teoría» en un sentido más amplio de lo que se suele utilizar. A medida que surgen las luchas de masas, se producen debates entre sus participantes y la sociedad en general sobre lo que están haciendo y lo que significa. A medida que estas luchas chocan repetidamente con sus límites, éstos se formalizan. Se les da un nombre y se plantean como preguntas a las que hay que dar respuesta. El debate gira entonces en torno a cómo se superarán esos límites. Teoría es el término que utilizamos para describir todo este proceso de discurso masivo público y privado. Los escritos publicados en las revistas de teoría, como ésta, constituyen un momento de ese proceso en desarrollo.
2 Sobre los chalecos amarillos en Francia, véase Paul Torino y Adrian Wohlleben, «Memes with Force», en Mute, febrero de 2019. Sobre la revolución en Sudán, véase Anónimo, «Theses on the Sudan Commune», en Ill Will, abril de 2021. En línea y en castellano aquí: https://edicionesextaticas.noblogs.org/post/textos-y-traducciones/tesis-sobre-la-comuna-de-sudan/.
3 Véase Raoul Vaneigem, Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones (1967).
4 Sin embargo, el actual enfrentamiento en torno al ingreso de Ucrania en la OTAN parece indicar que el propósito geopolítico original de estos pactos aún no se ha agotado del todo.
5 Véase The New York Times, «Revolt in Kazakhstan».
6 Por ejemplo, véase The New York Times, «Russian-Led Alliance Begins Withdrawing Troops From Kazakhstan».
7 Debido a la rapidez con la que los acontecimientos se intensificaron y luego fueron reprimidos, es difícil decir mucho con seguridad sobre la composición del movimiento. Un observador describió las multitudes de Almatý en los siguientes términos: «[los] manifestantes iniciales eran personas que tradicionalmente protestan [pero] se les unieron los jóvenes de las afueras […] los pobres que están descontentos con la asombrosa brecha social que existe en Kazajstán». Véase Financial Times, «Kazakhstan unrest: “bandits”, foreign “terrorists” or messy power struggle?».
8 Ver Financial Times, «Is QAnon a game gone wrong?».
9 Véase Anónimo, «Theses on the Sudan Commune», op. cit.
10 Véase Éric Hazan, La Barricade. Histoire d’un objet révolutionnaire (2013).
11 Por ejemplo, véase La insurrección que viene (2007) del Comité invisible. En línea aquí: https://www.melusina.com/rcs_gene/La_insurreccion_que_viene.pdf.
12 Esto no quiere decir que no se hayan llevado a cabo experiencias significativas en movimientos con base fuera de la ciudad, como la ZAD y el No-TAV. Sólo quiero decir que los levantamientos a nivel nacional tienden a concentrarse en las grandes ciudades.
13 Véase Comité invisible, A nuestros amigos (2014). En línea aquí: https://tiqqunim.blogspot.com/2015/12/a-nuestros-amigos.html. Para un debate similar, véase, CrimethInc, «Bielorrusia: “Cuando nos levantamos”». En línea aquí: https://es.crimethinc.com/2021/06/30/bielorrusia-cuando-nos-levantamos-analisis-critico-de-la-revuelta-de-2020-contra-la-dictadura.
14 Véase Théo Cosme, Les émeutes en Grèce.
15 Véase Joanna Lillis, «Kazakhstan: After civil unrest, industrial unrest spikes».
16 Véase Rosa Luxemburgo, Huelga de masas, partido y sindicatos (1906). En línea aquí: https://www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf.
17 Por ejemplo, véase New York Post-Left, «Welcome To The Party: The George Floyd Uprising In NYC». En línea aquí: https://itsgoingdown.org/welcome-to-the-party-the-george-floyd-uprising-in-nyc/.
18 Véase Adrian Wohlleben, «Memes without End», en Ill Will, mayo de 2021. En línea y en castellano aquí: https://artilleriainmanente.noblogs.org/?p=2317.
19 Véase Internacional Situacionista, Llamada a todos los revolucionarios de Argelia y de todos los países (1966).
20 Véase Jacques Camatte, «Sobre la revolución». En línea aquí: https://anarquiaycomunismo.noblogs.org/post/2018/03/31/sobre-la-revolucion-jacques-camatte-1972/. Para un análisis más detallado sobre «la producción de revolucionarios», véase Endnotes, «Adelante Barbaros». En línea aquí: https://frenodeemergencia.noblogs.org/post/2021/05/16/adelante-barbaros/.
21 Endnotes ofrece un ejemplo de ello en su análisis del levantamiento de 2014 en Bosnia: «Los manifestantes de Bosnia se entendieron a sí mismos como parte de una oleada más amplia de movimientos en la región, utilizando formas e ideas desarrolladas por primera vez en estados vecinos como Serbia y Croacia. Estos sentimientos de solidaridad fueron recíprocos: durante las protestas, hubo manifestaciones de solidaridad con el movimiento bosnio en casi todos los países ex-yugoslavos, incluyendo Macedonia, Serbia, Croacia y Montenegro. Las revueltas en la ex-Yugoslavia parecen haberse observado mutuamente e influido en sus modos de acción en los últimos años. De hecho, antes del propio movimiento bosnio, muchos observaron una oleada de protestas en la región, comparándola con la oleada global de luchas de 2011-2013, e incluso planteando la perspectiva de una Primavera Balcánica. En Croacia, Eslovenia, Bulgaria y Serbia, los comentaristas observaron el surgimiento de nuevos modos de protesta con —aunque a menor escala — aspectos similares a los recientes movimientos de las plazas». Véase «Gather Us From Among the Nations».
22 Para una discusión más larga sobre esto, véase CrimethInc, «Lxs anarquistas y la guerra: Perspectivas antiautoritarias en Ucrania». En línea aquí: https://es.crimethinc.com/2022/02/15/lxs-anarquistas-y-la-guerra-perspectivas-antiautoritarias-en-ucrania-1.
23 Véase CrimethInc, «Ucrania: Entre dos fuegos». En línea aquí: https://es.crimethinc.com/2022/02/03/ucrania-entre-dos-fuegos-anarquistas-en-la-region-y-la-creciente-amenaza-de-la-guerra.

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