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Joël Gayraud / Detrás nuestro, el pasado mañana

Las siguientes tesis fueron publicadas por Joël Gayraud en el sitio web de lundimatin. Además de ser un traductor al francés de Giorgio Agamben, Maquiavelo o Leopardi, publicó en octubre de 2019 su último libro L’Homme sans hoziron. Matériaux sur l’utopie. Por último, como simple dato curioso, su nombre figura en la lista del comité de redacción del primer número de la revista Tiqqun.

 

I

 

Todo el mundo habla del «pasado mañana». En el imaginario confinado de hoy, ha tomado el lugar, desde hace mucho tiempo vacante, del Grand Soir, o del mañana que canta. Pero el pasado mañana ya está muy lejos detrás nuestro. El pasado mañana es el día que, de un país a otro, vino después de que el confinamiento fuera anunciado. Fue el día que sobraba, el día que nunca debió haber llegado.

 

II

 

Ese día, el horizonte histórico, que un año de crisis sociales había empezado a reabrir, no se cerró simplemente. Se selló abruptamente, sin que se disparara un tiro o se proclamara un golpe de Estado. Nunca antes una masa tan grande de gente —más de la mitad de la población mundial— había sido detenida en tan poco tiempo.

 

III

 

Pasamos de «Todo está bien» a «Ya nada está bien» en unas pocas horas. El principio frívolo que tan bellamente sirvió a la economía mercantil hasta el punto de transformar el planeta en un enorme pozo de lodo se ha desvanecido mágicamente frente al principio responsabilidad. Pero la verdad es que todos han cedido al chantaje de la supervivencia. Y, por la misma razón, todos se han vuelto irresponsables de sí mismos. A partir de entonces, no hay futuro ni escapatoria. En el universo autista del espectáculo, la aparente victoria del principio responsabilidad significa la verdadera ruina del principio esperanza.

 

IV

 

La democracia, que ahora sobrevive sólo en el ritual de faisandage llamado elecciones, ha recibido el golpe de gracia, con poca o ninguna queja. Y con ella, dos de esas libertades que una vez fueron consideradas fundamentales: la libertad de ir y venir sin restricciones ni condiciones, y la libertad de reunirse con quien nos plazca. Lo que estaba en juego entonces era nuestra irreversible transformación de sujetos políticos ilusorios a ganado biopolítico auténtico. De ahora en adelante, quienes se creían personas, o incluso individuos, no son más que cuerpos. Ahora son numerados, grabados, monitoreados, seguidos, rastreados durante mucho tiempo. Por la misma razón, la vieja política ha desaparecido, reemplazada por la gestión de la supervivencia. Nadie la va a extrañar.

 

V

 

Que nos escuchen. Nadie puede negar la realidad del peligro ni la necesidad de superar la epidemia y salvar el mayor número de vidas posible. Pero la comunidad humana podría muy bien haber actuado por sus propios medios, sin tener que poner su salvación en manos del Estado. Esto es lo que hicieron sin demora los zapatistas en Chiapas, ante la negación y la negligencia manifiesta del Estado mexicano.

 

VI

 

Sólo el movimiento de los intercambios mercantiles, no los murciélagos o los pangolines, transmitió el virus. Estos valientes animales, asumiendo que son su reservorio, son sólo la causa material de la epidemia, no su causa eficiente. Conocemos las razones de su rápida propagación: los innumerables viajes aéreos, casi siempre causados por pretextos tan fútiles como el trabajo o el consumo turístico, esa lúgubre inversión del viaje. Luego la epidemia siguió su alegre curso en purgatorios con aire acondicionado: buques de guerra o cruceros, torres de oficinas, asilos, incluso hospitales. Y ahora, al final de la cadena, afecta a las clases pobres, que no se suben a aviones, no van en cruceros, sino que languidecen en la cárcel o vegetan en la periferia, sometidas a todas las molestias, y que por supuesto pagarán el alto precio de la crisis. La pandemia no es una calamidad natural, sino que es el fruto de una relación social, la economía mercantil, que ha sido condenada desde hace mucho tiempo y que es más importante que nunca abolir.

 

VII

 

El pasado mañana inauguró la primera distopía mundial de la historia. Hasta entonces, las distopías tenían como objetivo, como la Alemania nazi, la dominación universal, siempre con una expansión limitada en el espacio y luego en el tiempo. La distopía que se ha establecido está destinada a perdurar, tanto más cuanto que su primer acto consistió en modificar brutalmente las condiciones de la sensibilidad: la distancia física atrofia el más sensual de todos los sentidos, el tacto, y la primacía casi total de las pantallas mutila nuestra percepción de las tres dimensiones del espacio. Es de temer que incluso una vez que la epidemia haya sido derrotada, el comportamiento humano se verá radicalmente alterado, y por mucho tiempo.

 

VIII

 

Desde la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo ha cambiado de paradigma: se ha cibernetizado. Es decir, ha desarrollado múltiples bucles de retroalimentación que le han permitido amortiguar las crisis económicas y sociales. Alterna las fases de economía administrada y las fases de economía liberal dentro de un mismo dispositivo de regulación. Si se critica demasiado el neoliberalismo, pronto se pierde el objetivo, el capitalismo, en sus dos aspectos inseparables: liberal en la iniciativa económica, estatal en el apoyo a la economía. Para poder reiniciar la máquina temporalmente paralizada, se encuentran en un instante los miles de millones que se necesitaban. Los nostálgicos del keynesianismo y de los Treinta Gloriosos no han vuelto. Se olvidaron de que el Estado es el mejor garante del sistema. Con el triunfo de la distopía cibernética, ahora están satisfechos.

 

IX

 

El arresto domiciliario impuesto por el confinamiento es sólo el primer momento de una nueva Movilización Total. Nos inmovilizan para movilizarnos mejor. La movilización ya ha comenzado con el trabajo a distancia, que permite ahorrar en capital fijo, como oficinas y máquinas de comunicación, y pronto en capital variable, con la transformación de los asalariados en autoempresarios, donde todos serán remunerados según su rentabilidad. Continuará a través de las grandes causas ecológicas planetarias, un vasto campo de juego para el neocapitalismo verde, y con la coartada de buscar cada vez más eficiencia, es decir, cada vez más beneficios para una gestión óptima de la penuria y el desastre.

 

X

 

Quienes piden que se vuelva a la normalidad han comprendido que no sucederá, y están tan preocupados por ello como por frotarse sus manos. Hay que decir que para ellos, últimamente, la normalidad fue poco afortunada: había los chalecos amarillos que ocupaban las glorietas y llenaban las calles, las barricadas en Chile, las mujeres libanesas sublevadas. Algunas personas imaginan que, ahora que la situación se ha vuelto a su favor, podrán controlarla a largo plazo. Sin embargo, han gobernado ciegamente hasta ahora, mostrando lo incapaces que eran de prever nada. No vieron venir nada, ni la ira de los hombres ni los mortales caprichos de la economía. Por lo demás, nunca previeron nada, privados como están de cualquier visión histórica. Para ellos también, el horizonte está cerrado.

 

XI

 

En cuanto a quienes creen, en su ingenua conciencia reformista, que será posible, en condiciones normales, «no hacer lo mismo que antes», están gravemente equivocados. Porque no habrá ninguna normalidad restaurada. Se desvanecerá en la suave niebla de las ilusiones perdidas. Obviamente «se hará lo mismo que antes», ya que se hará peor que antes.

 

XII

 

Estas consideraciones sólo esbozan el cuadro del momento que nos contiene, capturado en sus tendencias generales, y no son en absoluto el desciframiento de un plan concertado por los dirigentes. La distopía que se está estableciendo no es producto de un complot urdido por algún gobierno secreto, sino que es el resultado de un momento contingente de racionalización del capitalismo, que no por eso eliminará su irracionalidad constitutiva. Las múltiples formas, improvisadas y en sintonía con los medios de los que disponen, en que los Estados han respondido a la epidemia son una prueba contundente de ello. Por el contrario, sus discrepancias, mentiras, incoherencias y fracasos manifiestos muestran sobre qué frágiles cimientos se construye la distopía cibernética que pretende regir en todos sus aspectos el uso de nuestras vidas. Es quizá en el momento en que se cree omnipotente que será más vulnerable. Pero el deseo de libertad, igualdad y justicia debe ser lo suficientemente amplio y arraigado como para poder juntar nuestras fuerzas. Si no reabrimos la brecha utópica, viviremos para siempre en el pasado mañana.

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