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Marcello Tarì / Carta a los amigos del desierto

Durante la pandemia mundial en curso, Marcello Tarì publicó el siguiente texto en el sitio web de Qui e ora. Amigxs de Fuga Nómada, «una iniciativa de rebeldía y creación naciente que busca, a través del cuerpo-libro, conjurar fuerzas para la reapropiación social del conocimiento», nos compartieron la siguiente traducción.

 

Queridas amigas, queridos amigos.

 

Hay pocas cosas en la vida más reconfortantes que escribir cartas a sus más queridos amigos en un momento como este. Espero que ésta les encuentre sanos y hermosos tal y como yo les llevo dentro.
Algunos de entre nosotros vivimos con gran sufrimiento en estos días, pero la amistad —estar en lo posible, más próximo al prójimo— hace que podamos compartirlo y por tanto disminuirlo si así lo deseamos. Simplemente porque, en virtud de la amistad, somos llevados sin esfuerzo a vivir con la vida misma de los otros. En este monasterio que nos ha tomado, debemos permanecer abiertos como nunca antes al viento de la amistad que es capaz, como sabemos, de soplar más allá de toda distancia.
Como sin duda ustedes han podido tener la ocasión de notarlo, nosotros nos encontramos desde hace algunos días o semanas, según nuestros respectivos países, reducidos todos a una cuarentena en un periodo que, por un azar que tiene algo perturbante, es también el tiempo de la cuaresma. Periodo tradicionalmente atribuido a la introspección, al renunciamiento, pero también, quizá, a la reconciliación. Y ya que, quien me conoce lo sabe bien, yo siempre he pensado que no existe tal cosa como el «azar», y que ésta era solamente una manera de hablar para tranquilizarse, una superstición por la cual nos obligamos a creer que lo que llega, la forma en que esto llega, no tiene ninguna significación para nosotros; yo he pensado que esta coincidencia forma parte de los signos de los tiempos que están ahí y que nosotros estamos llamados a interpretar.
En los evangelios se cuenta que durante este período Jesús ha sido «llevado» por el Espíritu al desierto por cuarenta días y que ahí, en este periodo de ascesis, él ha sufrido las tentaciones del demonio. Es un topos que se encuentra en muchas historias contadas en el Antiguo Testamento, comenzando, claro está, por la aventurada travesía del pueblo judío para huir de las persecuciones. Historias diferentes, pero que coinciden todas en señalar que el desierto es «prueba». Por supuesto, la vida de cada uno de nosotros ha llegado a atravesar períodos desérticos. Esto no siempre termina bien, nosotros portamos las cicatrices, en todo caso, ésa es mi experiencia. Pero las veces en que hemos salido más fuertes son aquellas que, pensándolo bien, nos permiten estar todavía vivos. La cosa excepcional es que en ocasiones, como hoy, la prueba es al mismo tiempo individual y colectiva, al punto de implicar pueblos enteros, sino es que a la humanidad toda entera.
Nosotros, que siempre hemos examinado el flujo inexorable de la historia buscando los signos del acontecimiento que la interrumpiera, no podemos por tanto quedarnos quietos como mármol ante lo que está pasando. Un acontecimiento fuera-de-norma nos hace dar cuenta de que no tenemos suficientes palabras para describirlo. El desierto también es la ausencia de palabras, de discursos, de sonidos repetitivos y agradables. Por otra parte, en hebreo, el término utilizado para «palabra», dabar, y  el utilizado para «desierto», midbar, tiene la misma raíz: de aquí, se puede suponer que es precisamente porque el desierto es un lugar privado de palabras que es lo más propicio para la revelación de la Palabra como acontecimiento. La primera cosa que hacer es entonces estar a la escucha, limpiarse lo suficiente a sí mismo para poder acoger el acontecimiento. Pero ¿para escuchar qué exactamente? En una entrevista con una monja que leí recientemente, ésta declaraba que la obediencia debe ser comprendida en su sentido etimológico, como ob-audire, es decir «escuchar delante, en frente de». «Escuchar la realidad» es el verdadero significado de la obediencia, concluye ella, en su convento. Creo que el llamado de este tiempo es a hacer un ejercicio de este tipo.
En el desierto no hay calles, ningún camino ya trazado al que sólo bastaría seguir: es la tarea de aquel o aquella que lo atraviese, orientarse y despejar una vía que le lleve fuera. Tampoco hay tiendas, ni fuentes de agua, ni plantas, todo parece inmóvil ya que en el desierto no hay producción, ni bares, ni centros sociales, nada de eso que tenemos por condiciones para considerar un lugar como habitable en este presente. Se puede decir finalmente que no hay nada de humano y por eso en el libro del Deuteronomio se dice que el desierto es una soledad aulladora. Sé, sé bien, que gran parte de este periodo que vivimos parece esencialmente hecho de ese aullido y de esa deshumanización, y entiendo la desconfianza y el horror que nos toma algunas veces y nos conduce a la desesperación. La vulgaridad de una gran parte de la «música» que sale de los balcones en Italia, estos días en las primeras horas de la noche, no pueden cubrir este aullido: es él quien cubre todo. En realidad, luego de la euforia de los primeros días, es un rito que ya está desapareciendo: muchos entienden que es algo que no suena justo. Transformar este aullido en un canto depende de nuestra sensibilidad, de nuestro entendimiento con el acontecimiento. No, no debemos engañarnos en la desesperación ni congelarnos en la negación. Hay muchas maneras de desesperar y negar, y a menudo parecen contradecirse, en la agitación de la cual están hechas y que transmiten: que no nos engañen. Escuchemos el canto de la realidad, de verdad.
Es preciso reflexionar que, en esos viejos libros siempre se cuenta que el jardín del Edén ha sido la primera victoria sobre el caos desértico, que de hecho fue plantado en el centro de ahí, donde no había nada, ni arbustos, ni hierba, ni río, ni ninguna otra cosa. Este jardín ha permanecido, en efecto, inolvidable, en cuanto promesa de la felicidad a la cual se tiende: un lugar de abundancia donde no hay ni trabajo ni explotación, donde todo está en equilibrio con todo. En sus mejores momentos, las personas han pensado que era la única existencia digna de ser vivida. La victoria en y sobre el desierto no significa, entonces, nada más que acceder a la posibilidad de una vida más verdadera, más rica, más feliz y por esta razón más libre. Cada uno de nosotros en este preciso momento vive su propia prueba y no es fácil de distinguir aquello que está soportado por el cuerpo de aquello que lo está por el espíritu, como habitualmente tendemos a hacerlo. Sin duda es esta la ocasión, en este momento, no en otro mañana o Dios sabe cuándo, de poder reunir eso que habitualmente hemos llegado a considerar como dividido. Ustedes lo saben mejor que yo: nuestra civilización ha sido desde sus raíces hasta sus cimas la civilización de la división. No le permitamos que hoy se profundice más y más.
El desierto es el lugar propio de la krisis, en la acepción original de esta antigua palabra griega que continúa obsesionándonos: elección y decisión. ¿No piensan entonces ustedes, mis amigos, que hoy todos nosotros seremos «llevados» exactamente a este lugar? El momento ineludible de la decisión ¿no ha venido quizá por todos nosotros?
¿Y no piensan ustedes que ésta sea una decisión que de por sí debemos tomar juntos y no cada uno por su cuenta sin tener en consideración a los otros?
El desierto del cual hablo es el lugar de la prueba, no porque sea un espacio vacío, sino porque está privado de todas las cosas que decoran artificialmente las existencias, todo eso que las facilita y las halaga: está privado, por tanto, de las distracciones que impiden a cada uno, en la cotidianidad, contemplar su propia vida con clarividencia. El desierto es por consecuencia el lugar que permite meditar, concretamente, sobre su propia vida en el mundo, desde un lugar fuera del mundo, en el más auténtico sentido: libre de lo superfluo, de todo lo que hemos creído necesario pero que, al contrario, ahora en definitiva lo sabemos, de repente ya no lo es más, porque sencillamente jamás lo ha sido. Recíprocamente el desierto nos hace sentir el deseo de todo lo que falta verdaderamente en nuestra vida. A lo largo del camino que dolorosamente abrimos en él, sentimos entonces la ausencia de la comunidad, así como la de la justicia, la de la gratuidad, la de la verdadera salud, y por supuesto, sentiremos también la ausencia de esas personas que hemos excluido de nuestra intimidad sin saber bien porqué, o de aquellas que nos han excluido de la suya y que, no obstante, misteriosamente, nosotros les seguimos amando. ¿Sed de amor? Hay que decir que sí, en todos los sentidos posibles. Uno de entre ustedes, hace ya algún tiempo, me ha dicho que hacer lo que sea juntos no tiene sentido, y no puede llegar a tenerlo, si no nos deseamos al menos un poco de bien. No el bien abstracto de la ideología, sino aquel, precisamente, del cuerpo o del espíritu que se experimenta por el contacto. Desde luego, comprender en qué consiste este bien no siempre ha sido fácil, e incluso a menudo, en lugar del bien nosotros hemos hecho el mal. De hecho, algunos de los seres que habitan por mucho tiempo el desierto quedan siempre en peligro: las hienas y los demonios. De Jesús, sin embargo, se dice que al final de la prueba incluso las fieras permanecían a su lado como si fueran corderos (¡el Edén!). Nosotros debemos entonces aprovechar el momento para lograr, de una buena vez por todas, entender lo que significa amarnos los unos a los otros sin utilizar ni subterfugios, ni mediaciones absurdas, ni la hipocresía con la cual estamos acostumbrados a pasar de lado. Yo tengo la impresión, la certeza. de que en el momento en que nos encontremos a esta realidad y le obedezcamos, entonces sí, nosotros «seremos todo».
En este sentido el desierto es ese lugar en el que a través de las meditaciones y las pruebas, se forma duramente el espíritu fuerte de un nuevo comienzo. Hoy tenemos la posibilidad de no repetir un ritual como si se tratara de un paréntesis finalmente insignificante para nosotros y para el mundo —y en cuanto a rituales desgastados e inútiles, déjenme decirles que somos grandes expertos— pero para rasgar definitivamente la vela de la Historia que nos retiene como prisioneros de un sueño maléfico. Ir más allá, como a menudo había repetido un viejo sabio. En este momento, ir más allá significa ir mucho más lejos que la pandemia, ir todos juntos hacia otro plano de la existencia.
Endurecidos por el desierto, con la fuerza espiritual adquirida a través de las privaciones y el combate, victoriosos contra los demonios, podremos presentarnos de nuevo al mundo con una potencia nueva que no es del mundo, esa que a partir de ahora sabe —como dice Jesús al demonio que le tienta una primera vez— que no se vive únicamente de pan, sino con y a través de la Palabra. Que es más material que la materia misma. Las tentaciones a las que está sometido Cristo son las mismas de siempre: posesión, poder, manipulación. Materia que es menos que la materia. Éstas son las mismas contra las que hemos luchado desde siempre: por eso, precisamente, nos hemos hecho amigos, ¿lo recuerdas?
Es esta Palabra la que nos preocupa por estos días, cada uno en su rincón, cada uno en su convento, cada uno en su desierto, cada uno con una pena diferente. Rincones que pueden ser los de una intimidad reconquistada y, para la que, sin embargo, todos juntos crean un único desierto inmenso, que es como un gigantesco encuentro con la realidad. Puesto que el desierto del cual hablo no son las calles vacías de la metrópoli, que está siempre vacía y triste incluso cuando está repleta y todo transcurre rápidamente y nos vuelve enfermos; sino que es el espacio salvaje que nos expone a la Palabra y en el seno del cual luchamos uno por uno contra las tentaciones. Conozco a casi todas las que imaginan atacar la mayor parte de ustedes estos días. Esto, porque ellas han sido y son aún en parte también las mías. Ustedes saben a qué me refiero. Una enseñanza decisiva de Jesús en el desierto es, sin embargo, aquella que sostiene que uno no dialoga con el demonio, nunca, porque una vez que has aceptado hacerlo, permaneces prisionero, y por más pícaro que tú creas ser: su discurso, su retórica, su arte de la seducción son tanto como las rejas que se cierran sobre ti. Cuántas veces hemos visto a esas rejas apartarnos para siempre de viejos amigos…
Día tras día, nuestras habitaciones se transforman en fragmentos de un páramo desértico, con sus animales salvajes, su profundo silencio, tan incomparablemente habitable, y sus presencias, que de ordinario no las percibimos, demasiado desbordados por una multitud de cosas en gran parte inútiles. El desafío es reconocer la justa presencia, la buena, aquella que cura, y expulsar la mala, aquella que te enferma, que te miente para hacerte mentir, que te intimida para que te arrodilles ante ella a cambio de más poder, de más cosas, de más trivialidades, de más reconocimiento, de más, de más, de más… El desierto hace distinguir lo posible y lo imposible.
El desierto es por otra parte el lugar en el que se unieron los primeros monachoi, los «solitarios», aquellos que están lejos de un imperio injusto y decadente, primero en pequeños números, pero luego de que, mes tras mes, año tras año, han llegado a ser centenares y millares, han comenzado así a vivir juntos, grupo por grupo, en la cenobita, palabra que no quiere decir otra cosa que aquello que nosotros también siempre hemos buscado: lugar de vida en común. Ya en ese momento, como hoy, fue una prueba que afectó tanto a las personas como a la comunidad. Alrededor de los cenobitas se formarán así las otras comunidades y al final, los pueblos, quienes recibieron su fuerza espiritual de los cenobitas, de esos solitarios que consiguieron ver, de su retirada en el desierto, de esa comunidad donde todo era en común, nació así una nueva civilización. Esa que en su desarrollo se ha perdido en los siglos, porque ha perdido el contacto con su verdad y con el tiempo está cada vez más arrodillada ante los demonios del capitalismo, y que hoy expira. El problema es que nos quiere importar con él, en su infierno.
Esta civilización no terminó a causa del coronavirus —creo que es muy claro para todos que éste es solamente un epifenómeno—, sino a causa de su arrogancia, de su rapacidad insaciable, de su injusticia, a causa de haber transformado el mundo en una gigantesca fábrica mórbida.
¿Qué puede nacer de todo esto, además del demonio de la destrucción total, de una civilización que ha erigido al dinero al nivel de ídolo absoluto y el poder como fin último de toda cosa y de toda existencia?
Una vez fuera de la emergencia y de nuestro desierto, ya que debemos considerar siempre que habitar en él no es más que transitorio, no debemos permitir que sea sólo un paréntesis, lleno de sufrimientos y de muerte o incluso de descubrimientos y de momentos memorables, al que sucedería el regreso a la normalidad de antes, porque es precisamente ella quien nos ha llevado al punto donde estamos y quien no puede más que continuar profundizando la destrucción. Y entiendo además por normalidad de antes nuestro modo de vida, o mejor de supervivencia y de ilusión. Veo que muchos de entre nosotros buscan desesperadamente reafirmar su propia normalidad. Esto no va, en toda amistad: esto no vale la pena.
Pero nosotros debemos prestar atención también a la normalidad que viene después, que se nos presentará como la nueva necesidad, hecha de prohibiciones, de ausencia de libertad y de un egoísmo renovado, y todo por nuestro bien. O eso que los profetas improvisados nos indicarán como el material del nuevo mundo, idéntico al anterior pero con gobiernos diferentes.
Al contrario, tendríamos que repetir el gesto de separación de los primeros monachoi: hacer secesión de la civilización decadente, de la destrucción, construir nuestros cenobios, nuestras comunas. He pensado mucho últimamente en por qué no lo hemos hecho todavía, por qué no hemos sido capaces, qué es lo que nos ha impedido hasta ahora intentarlo de nuevo; no he sabido darme respuestas satisfactorias. Uno entre ustedes logrará probablemente sugerir una. Tal vez estoy comenzando a ver una que no habíamos considerado aún. Pero en todos los casos este tiempo a donde nosotros hemos «llevado» el Espíritu merece, yo creo, una verdadera respuesta.
De nuestra parte. Cuestión que podrá venir del silencio que habitamos, de la soledad que queremos, del mal contra el que luchamos. ¿Qué haremos, qué veremos, cuando salgamos del desierto?
Una vez fuera del desierto, el Nazareno anunció que el Reino está ahora próximo. Yo siempre he interpretado este próximo no en el sentido temporal de un futuro no muy lejano, y que nadie por otra parte ha podido jamás calcular, sino como aquello que tenemos o que se encuentra a nuestro lado, tal y como se dice justamente de nuestro prójimo. Sobre esta proximidad, creo que no tenemos mucha necesidad de otras palabras para entendernos.

 

Abrazos y espero tener noticias de ustedes próximamente,
atentamente,

 

Marcello

1 reply on “Marcello Tarì / Carta a los amigos del desierto”

Recordé un fragmento del libro “La conversación infinita”, de Maurice Blanchot, que dice: “El desierto aún no es el tiempo ni el espacio sino un espacio sin lugar y un tiempo sin engendramiento. Allí solamente se puede errar y el tiempo que discurre no deja nada tras de sí, es un tiempo sin pasado ni presente, tiempo de una promesa que sólo es real en el vacío del cielo y en la esterilidad de la tierra desnuda donde el hombre nunca está aquí sino siempre afuera. El desierto es ese afuera, donde no se puede morar, ya que estar ahí es, desde ya, estar siempre afuera, y entonces la palabra profética es esa palabra en la que se expresaría, con una fuerza desoladora, la relación con el afuera, cuando aún no existen relaciones posibles, impotencia inicial, miseria del hambre y del frío, que es el principio de la alianza, es decir, de un intercambio de palabras de donde se desprende la asombrosa justicia de la reciprocidad”. Y yo, en un poema, digo: “No me preguntes por mis precedentes, no tengo más que ese escandaloso desierto”. El escandaloso desierto es, sin duda, ahora lo veo gracias a la hermosa carta de Marcello Tarì, esa soledad aulladora anterior a la palabra, pero la que hace posible la emergencia de la palabra profética. Que lo escandaloso de estos tiempos desérticos sea transformado en la palabra de donde se desprende, como dice el texto de Blanchot, la asombrosa justicia de la reciprocidad. El desierto es prueba, el desierto crece, el desierto es la apertura al infinito, al otro.

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