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Herbert Marcuse / Epílogo de «Para una crítica de la violencia y otros ensayos» de Walter Benjamin

Éste es el epílogo que Herbert Marcuse publicó para una recopilación de escritos de Walter Benjamin publicada en alemán como Zur Kritik der Gewalt und andere Aufsätze: Mit einem Nachwort von Herbert Marcuse (Fráncfort del Meno, Suhrkamp, 1965, pp. 99-106). Al final del texto alemán señala que lo escribió en «Newton, Mass., octubre de 1964», el mismo año en que publicó El hombre unidimensional.

 

Los escritos de Walter Benjamin que se reúnen aquí fueron redactados durante el periodo histórico que comenzó con el estallido y el final de la Revolución alemana (ambas fechas casi coinciden) y que terminó con la Segunda Guerra Mundial. Pertenecen a una «imagen verdadera del pasado, que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella». Aparecen aquí, quizá por última vez, palabras que hoy en día ya no se pueden pronunciar con convicción sin sonar fuera de tono: palabras como «cultura del corazón», «amor a la paz», «redención», «felicidad», «cosas espirituales», «revolucionario». Su contexto interno y la forma de su verdad actual constituyen la sustancia de la obra de Benjamin. Th. W. Adorno hizo comentarios exhaustivos en su introducción a los Schriften; la única cuestión aquí sólo puede ser comentar el título de esta selección.
La violencia que se aborda en la crítica de Benjamin no es la violencia que se critica generalmente, y especialmente cuando se trata de la violencia usada (o intentada) por los de abajo contra los de arriba. Es precisamente este tipo de violencia el que Benjamin, en los pasajes más sublimes de sus escritos, considera como una violencia «pura», esa violencia que podría proporcionar un fin a la violencia «mítica» que ha dominado la historia hasta ahora. La violencia criticada por Benjamin es la violencia de lo existente, aquella que en lo existente mismo ha recibido el monopolio de la legalidad, la verdad y el derecho. Aquí el carácter violento de la ley es invisible, aunque se hace terriblemente evidente durante los llamados «estados de excepción» (que de hecho no lo son). Tal estado de excepción es la regla para los oprimidos. Sin embargo, la tarea aquí, según sus Tesis sobre la historia, es «provocar el verdadero estado de excepción», que pueda romper el continuum histórico de la violencia. Benjamin se tomó demasiado en serio el significado de la palabra «paz» para ser pacifista: vio cómo lo que hoy llamamos paz es inseparable de la guerra, y cómo esta paz es la «sanción necesaria de toda victoria» que perpetúa la violencia de la guerra. En total oposición y contradicción con tal paz, está la paz (en el sentido en que Kant habla de «paz perpetua») que pone término a la prehistoria de la humanidad, que se ha convertido en su historia. La verdadera paz es la «redención» real y materialista, la no violencia, la llegada del «humano justo». Frente a la violencia perpetuada en el bien y en el mal, la no violencia es mesiánica y nada menos. En la crítica de la violencia de Benjamin queda claro que el mesianismo se ha convertido en la manifestación de la verdad histórica: la humanidad liberada se concibe ahora sólo como la negación radical (ya no meramente «determinada») de lo existente, porque bajo el poder de lo existente incluso el bien se vuelve cómplice e impotente. El mesianismo de Benjamin no tiene nada que ver con la religiosidad convencional: la culpa y la expiación son para él categorías sociales. La sociedad establece el destino, al que luego ella misma cae; en él, el humano debe convertirse en culpable. «El destino se manifiesta así en la contemplación de una vida como condenada, básicamente como una vida que primero fue condenada y luego culpable». Al igual que la violencia, el destino es también la forma de la ley establecida, «en la que sólo se aplican la infelicidad y la culpa, una balanza en la que la inocencia y la felicidad resultan tan ligeras que se elevan». La inocencia no aparece en el destino, y la felicidad es lo que «surge de la concatenación de los destinos y de la red de su destino». La felicidad es la redención del destino, pero si el destino es el de la sociedad históricamente establecida, es decir, el de la opresión legalmente establecida, entonces la redención es un concepto político-materialista: el concepto de revolución.
Benjamin fue incapaz de comprometer el concepto de revolución, incluso en un momento en que el compromiso parecía promover su causa. Su crítica de la socialdemocracia no es principalmente una crítica de un partido que se había convertido en un pilar de la sociedad, sino más bien el recordatorio (aún no desesperado) de la verdad y la realidad de la revolución como una necesidad histórica. Aquí hay lugares sublimes donde Benjamin ataca los tabúes «progresistas» de la sociedad industrial en continua expansión: el tabú del progreso, de la productividad, de la legalidad. Señala que no se trata de mejorar el trabajo, sino de abolirlo; no se trata de explotar la naturaleza, sino de liberarla; no se trata del bien del humano, sino del bien del «humano justo». Éstas son las tareas revolucionarias que requieren un «salto de tigre», una ruptura del continuum, no sólo su limpieza. El argumento de Benjamin va más allá: golpea en el corazón de ese gradualismo que se ha hecho cargo del legado de la socialdemocracia, esa estrategia y esas políticas que, en nombre de un futuro mejor, prolongan el mal pasado a través de la productividad explotadora. La revolución, según sus Tesis sobre la historia, es el salto de tigre no hacia el futuro sino hacia el pasado, el salto de tigre impulsado por el odio y la voluntad de sacrificio «bajo el cielo abierto de la historia». Este odio y voluntad de sacrificio «se nutren de la imagen de los antepasados esclavizados y no del ideal de los nietos liberados». Se trata del pasado, no del futuro. Ésta es una sentencia difícil de aceptar, que reniega de la confianza inhumana que ve en el progreso de lo existente el progreso de la libertad, o que presume de poder explotar a las generaciones actuales en beneficio de los nietos que más tarde serán libres. Esta presunción puede ser pronunciada por la ley de la historia pasada, pero las leyes de la historia son para el pensamiento dialéctico una ley que debe ser abolida: el salto de tigre se desprende de esta ley. La sentencia de Benjamin sobre una revolución impulsada por el pasado rechaza la construcción de una nueva sociedad con los medios de la no-libertad. También rechaza los argumentos liberales que oponen a la sacralidad de la vida (que después de todo no es respetada por lo existente) la violencia de la revolución. Sí, casi parece como si (al menos en Para una crítica de la violencia) el elogio de la violencia revolucionaria debilitara la condena de su justificación al invocar el futuro. Benjamin discute el teorema que rechaza «el asesinato revolucionario de los opresores» con la frase: «Pero admitimos que la existencia en sí misma es incluso más alta que la felicidad y la justicia de una existencia», por lo que un «imperio mundial de la justicia» nunca puede lograrse mediante tal asesinato. Para Benjamin esta frase es «errónea y ruin […] si la existencia no significa nada más que nuda vida, y éste es el sentido de la consideración mencionada». Aquí Benjamin se atrevió a hacer formulaciones que difícilmente podemos seguir aceptando: «Por más sagrado que sea el humano […] no lo es su condición, no lo es su vida corporal, vulnerable ante sus semejantes». Tal vez esto sea comprensible a la luz de la esperanza de que «la dominación del mito ya se ha roto aquí y allá en el presente» y de que lo nuevo «no reside en un lugar inimaginablemente distante», de que «una palabra en contra de la ley se imponga por sí sola». Incluso su ensayo posterior, Tesis sobre la historia, está animado por esta esperanza. Insiste en el materialismo histórico, que ve en el objeto histórico «el signo de una detención mesiánica de los acontecimientos, es decir, de una oportunidad revolucionaria en la lucha por el pasado oprimido». Pocas veces se ha expresado la verdad de la teoría crítica de una forma tan ejemplar: la lucha revolucionaria consiste en la detención de lo que sucede y ha sucedido; antes que cualquier objetivo positivo, esta negación es la primera positividad. Lo que el humano ha hecho al humano y a la naturaleza debe detenerse, detenerse radicalmente; porque entonces y sólo entonces pueden comenzar la libertad y la justicia. Frente al espantoso concepto de productividad progresiva, para el cual la naturaleza «está ahí, gratis», para ser explotada, Benjamin profesa su apoyo a la idea de Fourier del trabajo social que, «lejos de explotar la naturaleza, puede ayudarla a engendrar las criaturas que como posibles dormitan en su seno». La naturaleza liberada y redimida pertenece al humano liberado y redimido de la violencia opresiva. Ya en Carácter y destino Benjamin había indicado la falsedad de la separación de sujeto y objeto, adentro y afuera: ésta se había revelado como la razón de la explotación. En consecuencia, la «detención de los acontecimientos» significa no sólo la de la red de culpabilidad objetiva sino también de la subjetiva: «El pensamiento incluye no sólo el movimiento de las ideas, sino también su quietud». Éstas también están saturadas de injusticia y maldad. Lo que el materialista histórico «alcanza con su mirada en los bienes culturales tiene una procedencia que no puede observar sin horror». Sus propias ideas también tienen esta procedencia. Se detienen en ese momento en que su procedencia se hace consciente y entonces cambia la conciencia. El pensamiento experimenta el «shock» de una manera que lo hace incapaz de continuar pensando de las maneras tradicionales; la negación se convierte en un principio constructivo. Uno de sus resultados es la imposibilidad de preguntarse si las cosas que experimentamos bajo y desde el fascismo «sean “aún” posibles en el siglo XX». Son la realidad del siglo XX, que permanece atado a su procedencia y ésta lo colma.
El «shock» de la detención, del freno, también atañe a la cuestión de lo que se puede hacer con respecto a la actividad organizadora y de las organizaciones. En la totalidad de lo existente, tal actividad permanece impotente en el buen sentido, si no se convierte en positiva en el mal sentido. Su impotencia es la no violencia prematura. Cuando la revolución se ha vuelto mesiánica, no puede permanecer orientada en el continuum. Pero eso no significa que se deba esperar al Mesías. Para Benjamin el Mesías estaría constituido exclusivamente por la voluntad y la acción de los que sufren lo existente, los oprimidos: en la lucha de clases. Si esto no es evidente, entonces el reflejo de la posible libertad sólo se hace visible en un tiempo muy diferente: en la «redención o la música o la verdad», pero no en el tiempo de las fuerzas productivas desatadas, del «Eros tecnológico». La libertad tampoco aparece en el tiempo libre, donde cualquiera puede componer o filosofar, sino en la quietud, como ha sucedido en la gran música y la literatura. Es fácil malinterpretar las palabras de Benjamin en el sentido de ese mal humanismo que cree que hay que enfrentar los «valores superiores» con el materialismo. Benjamin advierte: «la lucha de clases […] es una batalla por las cosas toscas y materiales, sin las cuales no hay cosas finas y espirituales». Estas últimas están presentes en la lucha material misma, si ésta es realmente una lucha que rompe el continuum, «en forma de confianza, de valentía, de humor, de astucia, de tenacidad», y siempre pondrán en cuestión cada nueva victoria de los dominadores.
Enorme es la distancia que separan estas palabras del presente. Fueron escritas en la época del fascismo triunfante, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. El presente ya no pertenece al mismo periodo histórico: se borra el tiempo en que la lucha abierta y oculta contra el fascismo todavía parecía capaz de romper el continuum de la historia. Se ha vuelto a cerrar. Y así, los acontecimientos actuales son un testigo sangriento de la verdad de Benjamin: la lucha por la liberación saca su fuerza no de la visión del futuro, sino de la visión del pasado. El Angelus Novus de la historia «ha vuelto su rostro al pasado», pero una «tormenta sopla desde el Paraíso» y «lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, mientras que el montón de escombros ante él crece hasta el cielo». Esta irresistibilidad es la esperanza que respalda a todos aquellos que, a pesar de sus debilidades, siguen luchando contra el continuum de lo existente: al estar rotos, rompen la red de culpabilidad del orden fundador de derecho y el orden conservador de derecho.

 

Newton, Mass., octubre de 1964

1 reply on “Herbert Marcuse / Epílogo de «Para una crítica de la violencia y otros ensayos» de Walter Benjamin”

Esta bien, de pronto encontrarme con estos materiales que traen el recuerdo de cuando trabajabamos en las noches encendidas, en e mismísimo corazón de los sueños, y desvelados alcanzabamos el alba.

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