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Guy Debord y Alice Becker-Ho / El Juego de la Guerra

Personas que leen Artillería Inmanente, y que a veces también traducen, nos enviaron la siguiente traducción parcial del libro de Guy Debord y Alice Becker-Ho, Le Jeu de la Guerre, relevé des positions successives de toutes les forces au cours d’une partie, París, Gallimard, 2006, 167 páginas; pp. 136-160. Asimismo redactaron las siguientes cuestiones preliminares y comparten también estos archivos para que descarguen su propio tablero y fichas.

 

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ALGUNAS CUESTIONES PRELIMINARES SOBRE EL JUEGO DE LA GUERRA

 

He estado muy interesado en la guerra y en los teóricos de la estrategia, pero también en los recuerdos de batallas y en otros innumerables trastornos que la historia menciona, remolinos en el curso del tiempo. No ignoro que la guerra es el campo del peligro y de la decepción, tal vez en mayor medida que otros aspectos de la vida. Sin embargo, esta certeza no ha logrado disminuir la atracción que siento por ella. He estudiado, por lo tanto, su lógica. Por otro lado, hace ya mucho tiempo que logré presentar los fundamentos de sus movimientos en un juego de mesa sumamente simple: las fuerzas en conflicto y las contrastantes necesidades impuestas a las operaciones de cada una de las partes. He practicado este juego y aprovechado sus enseñanzas a lo largo de mi vida — en la cual también determiné cuáles serían las reglas del juego para luego seguirlas. Las sorpresas que depara este Kriegspiel parecen inagotables; y me temo que puede ser la única de mis creaciones a la que alguien reconocerá cierto valor en el futuro. Sobre la cuestión de si hice un buen uso de estas enseñanzas, dejaré que sean otros quienes saquen sus conclusiones.
Guy Debord, Panegírico

 

Con estas elusivas pero significativas palabras acerca de la estrategia, la guerra y su juego, daba cuenta Debord, poco antes de suicidarse, de lo que, sin duda, fue una de sus mayores pasiones: la consciente estilización ética y política de su forma-de-vida. Esto es: el acceso afectivo y sensible a los acontecimientos vividos en su puro darse singular, finito y expuesto a la voracidad del tiempo; y que él quiso denominar «irreversibilidad histórica», e incluso «gran estilo revolucionario» en sus reflexiones sobre la vivencia del tiempo y la historia en La sociedad del espectáculo. Todo ello, además, es puesto en relación por el propio Debord con la teorización, la planificación y la exploración, así como con las «sorpresas inagotables» de un juego de tablero, denominado Kriegspiel, que, de un modo u otro, tendría la virtud nada desdeñable de proporcionar enseñanzas aplicables en la vida. Y no sólo a la suya, sino también a la de quienes, como parece sospechar, no necesariamente amigos, reconocieran en este juego de mesa y sus reglas, una creación especialmente valiosa entre el conjunto de las demás.
Ciertamente, la cita anterior cobra al final el aspecto de un testamento que busca a sus herederos, aunque no es necesariamente ingenuo al respecto: éstos no aparecen designados. Eso sí, se observan algunas correspondencias que es preciso tomar en consideración a la hora de leer y jugar las reglas del peculiar juego que a continuación presentamos traducidas al castellano. Ello, como vamos a ver, no está desprovisto de ambiguos equívocos voluntarios que apuntan al valor específico que acaso Debord pudiera otorgar a su juego de tablero para la posteridad. Creemos que si fuera preciso buscarlo en algún lugar —y, desde luego, no lo hallaríamos en ninguna Biblioteca Nacional Francesa dedicada a consagrar al poeta y artista de la guerra—, éste habría de encontrarse, precisamente, en su carácter sorpresivo, en la originaria dimensión indecidible de toda política sostenida de gestos y en la constante referencia al clima de incertidumbre que ya Clausewitz puso de manifiesto en su clásica obra acerca De la guerra. Por supuesto, la adquisición de habilidades estratégicas revolucionarias no sería tampoco la más desdeñable de sus «enseñanzas», si las hubiera.
Detengámonos brevemente ahora en dos de las correspondencias a las que hacíamos referencia antes y que consideramos muy relevantes. En primer lugar, Debord parece establecer una analogía e incluso una identidad, entre el juego y la guerra usando ambos como conceptos rompehielos, como abstracciones suficientemente vacías; y, en segundo lugar, también entre estos últimos y la propia vida. Esta curiosa agudeza sugerirá posiblemente un aluvión de preguntas a quienes, como nosotras, en un momento dado, por simple curiosidad o, quién sabe, por afán estratégico, devenimos jugadores de este juego de mesa. Es claro que sobre estas semejanzas y analogías han discutido larga y sesudamente los teóricos de la guerra y el juego en el pasado, siendo unas veces aceptadas y otras desestimadas sin ambages. Pero es evidente que a día de hoy siguen estando en discusión. No obstante, cada partido involucrado en la guerra civil planetaria en curso hace tiempo que ha sacado ya sus conclusiones al respecto. Nosotros también. Por eso, éstas que aparecen más abajo son solamente algunas cuestiones que el lector más desprevenido y perplejo podría tomar en consideración si así lo deseara; aunque también es libre de jugar al Kriegspiel como si se tratase de un divertimento más con el que anegar su vacío tiempo de ocio. Cada quien se reconocerá en el uso que pueda darle. Por supuesto, no pretendemos ser exhaustivas, ni tampoco zanjar de manera definitiva ninguno de estos interrogantes, dejando también en nuestro caso «que sean otros quienes saquen sus conclusiones»:
¿Es verdad que la vida a la que se hace alusión en su irreversibilidad, en su darse forma justamente viviendo y pensando sus modos de hacer y no hacer estratégicos, en su acontecer «peligroso» e incluso «decepcionante», la que coincide plenamente con la guerra y el juego? ¿Y por qué habría de ser necesariamente decepcionante?
También, de ser así, ¿se está haciendo una alusión irónica al propio juego de la guerra como tal, diseñado por Debord mismo, con su tablero y sus fichas tan aparentemente risibles?
¿Cabría además, como parece sugerirse, en semejante juego de mesa, una vida entera —aunque fuera siquiera la del propio Debord— con los acontecimientos innombrables y cualesquiera que la entretejen? ¿Se trataría, pues, de una especie de juego-biografía?
Pero si no se tratara, con todo, de una memoria concreta, de una batalla o un conflicto particular, ¿qué, o a qué, nos enseña jugar —o vivir— el juego llamado Kriegspiel? ¿A asumir nuestra forma-de-vida? ¿Basta con eso?
¿Acaso se apuntaría a la posibilidad de que vivir jugando enseña cómo vivir la guerra que sería, en definitiva, la vida en sí misma?
¿O, más bien, Debord nos está diciendo que es preciso hacer la guerra en todos los ámbitos de la vida, incluso a veces jugar a hacer la guerra, para atravesar mejor las decepciones y asumir el peligro que todo cuerpo, toda vida, lleva implícito? ¿Son realmente excluyentes estas dos opciones?
Y, por otro lado, ¿sería preciso, para ser más conscientes, más sensibles a la dimensión agonística, o quizás bélica de la vida, un juego de tablero que evoca, de manera aparentemente contingente las guerras napoleónicas del siglo XVIII? ¿Y por qué entonces no representar otro tipo de guerra histórica en particular?
Más aún, ¿es posible reducir, siquiera exponer, las leyes universales del conflicto, tal y como Debord pretende, en un juego de este tipo a pesar de las limitaciones evidentes que éste tiene y que él mismo señala? ¿Cómo se libra la guerra de hoy? ¿Puede siquiera declararse? Y, ¿dónde se encuentra el frente de batalla? ¿Cuáles podrían ser sus armas y suministros?

 

Definitivamente, nuestra herencia no viene precedida por ningún testamento.

 

Ventorrillo Hermético

 

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PREÁMBULO

 

Este Kriegspiel pone en juego las operaciones de dos ejércitos de fuerza igual, cada uno de los cuales buscará, a través de las maniobras y el enfrentamiento, la destrucción del ejército adversario, teniendo al mismo tiempo la obligación de proteger en su propio territorio los recursos que les son indispensables para hacer campaña y mantener la libertad de sus comunicaciones.
El conjunto de relaciones estratégicas y tácticas está resumido en el presente «Juego de la Guerra» según las leyes establecidas por la teoría de Clausewitz, sobre la base de la guerra clásica del siglo XVIII, prolongada por las guerras de la Revolución y del Imperio. Del mismo modo, la naturaleza de las unidades tácticas —a pie o montadas—, su fuerza ofensiva y defensiva convencionalmente fijada, la proporción de estos diversos tipos de unidades en el ejército y el apoyo mutuo que pueden aportarse, derivan igualmente de este modelo histórico.

 

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I. Del terreno y de los objetivos de la guerra

 

El Juego de la Guerra se juega sobre un tablero de 500 casillas (25×20), dividido a la mitad por una línea fronteriza paralela al lado longitudinal, teniendo entonces cada uno de los territorios enemigos una profundidad de 10 casillas. Los territorios, asimétricamente trazados, de estos dos campos constan cada uno de dos casillas de arsenal, tres casillas de fortaleza, una casilla de puerto (paso entre una cadena de montañas) y nueve casillas de montaña. Las montañas son infranqueables para las tropas y constituyen un obstáculo para su trayectoria de tiro. Interrumpen también, absolutamente, las líneas de comunicación entre los ejércitos y sus arsenales o unidades de transmisión.
Cada campo ubica libremente todas sus unidades en el interior de su territorio. Una unidad ocupa una casilla. El despliegue inicial de cada ejército ha de ser dispuesto ignorando la colocación del adversario: de tal manera que uno al menos de los contendientes debe inscribir sobre un plano el emplazamiento de todas sus unidades, que a continuación serán trasladadas sobre el tablero.
El primer turno es decidido a suertes. Cada turno incluye el movimiento de cinco unidades libremente escogidas (combatientes o no combatientes) y el ataque, al finalizar este movimiento, de una unidad enemiga que se encuentre al alcance y con la que se pueda entablar combate. Está siempre permitido abstenerse de iniciar un ataque, de la misma manera que es lícito para cualquiera de los bandos desplazar menos de cinco unidades, o incluso no mover ninguna.
El objetivo de cada bando es la destrucción completa del potencial militar del otro. Este resultado puede obtenerse ya sea por la destrucción de todas las unidades combatientes del contendiente, o mediante la conquista de los dos arsenales del enemigo. Se considera que un arsenal está definitivamente fuera de uso desde el instante en que ha sido ocupado por una unidad combatiente adversaria.

 

II. De las unidades combatientes

 

Al comienzo de las hostilidades, cada bando dispone de 15 unidades combatientes repartidas de la manera que sigue:

 

9 regimientos infantería,
4 regimientos de caballería,
1 regimiento de artillería a pie,
1 regimiento de artillería a caballo.

 

La velocidad de marcha de cada unidad es de 1 casilla por turno para la infantería y la artillería a pie, y de 2 casillas para la caballería y la artillería a caballo. Cada unidad puede desplazarse en todos los sentidos. Las unidades que se desplazan dos casillas pueden realizar este desplazamiento en línea recta o en diagonal, o bien una casilla en línea recta y otra en diagonal sucesivamente —o a la inversa—, bajo esta única restricción: que sólo pueden avanzar por casillas vacías. Evidentemente, les está permitido a estas unidades rápidas no desplazarse más que una casilla por turno, según la ocasión.
Las unidades poseen una fuerza táctica definida por cada tipo de armamento y que varía según ellas sean las que atacan o las que son atacadas. Esta fuerza táctica se determina, en las diversas situaciones, por coeficientes expresados en cifras.
El regimiento de infantería tiene un coeficiente ofensivo de 4 y un coeficiente defensivo de 6. Este último se eleva a 8 cuando esta unidad ocupa una casilla de puerto de montaña y alcanza los 10 puntos cuando está dispuesta como guarnición de una fortaleza.
El regimiento de caballería tiene un coeficiente ofensivo de 7 cuando carga, es decir, cuando está en contacto inmediato con la casilla ocupada por una unidad enemiga a la que ataca. Su coeficiente defensivo es de 5; pero no aumenta si la unidad de caballería ocupa un puerto de montaña o una fortaleza. Además de la carga, la caballería puede ser empleada como infantería al atacar, y su coeficiente ofensivo sería entonces de 4.
La carga de caballería es la suma del peso ofensivo de todas las unidades de caballería que se encuentran alineadas, sin solución de continuidad, sobre una sucesión de casillas, horizontales, verticales o diagonales detrás de aquellas unidades que se han puesto en contacto inmediato con una unidad enemiga. La caballería no puede atacar mediante una carga a una unidad, cualquiera sea su naturaleza, que esté atrincherada en un puerto de montaña o en una fortaleza.
El regimiento de artillería (el hecho de que éste sea a pie o a caballo no introduce ninguna diferencia o precisión más que la velocidad de desplazamiento) tiene un coeficiente ofensivo de 5. Su coeficiente defensivo es de 8. Éste aumenta hasta 10 cuando la artillería está situada en un puerto de montaña y a 12 cuando está en una fortaleza.
La trayectoria de tiro de todas las unidades —como también la carga de la caballería— se opera únicamente en un alineamiento recto de casillas, es decir, siguiendo las columnas verticales, horizontales o diagonales que rodean la casilla ocupada por la unidad de que se trata. El alcance, ofensivo o defensivo, de la artillería es de 3 casillas en todas las columnas que la rodean. El alcance de tiro de la infantería es de 2 casillas. El alcance de una unidad de caballería actuando defensivamente (o empleada como infantería en ataque, es decir, cuando ella no está en contacto con la casilla atacada, sea inmediatamente, sea por la intermediación de otra unidad de caballería amiga) es igualmente de 2 casillas. De esta manera, el alcance ofensivo de la caballería cuando carga por completo en una sola columna puede alcanzar 4 casillas para el último de sus cuatro regimientos, cuyo coeficiente ofensivo se hace notar hasta la casilla abordada por el primero de la columna. Pero si este primer regimiento es contraatacado en el turno siguiente por el enemigo contará con el apoyo, además de su propio coeficiente defensivo, únicamente por el de aquellos de las dos unidades que lo siguen, encontrándose la cuarta fuera de alcance.

 

III. Del choque táctico

 

Atacar una unidad enemiga consiste en concentrar el tiro sobre la casilla que ésta ocupa —o, en el caso de la caballería, la carga— mediante un cierto número de unidades de su mismo bando con alcance de tiro óptimo sobre dicha casilla.
Se suman los coeficientes ofensivos de todas las unidades que están en situación de atacar la casilla. Se suman, a continuación, los coeficientes defensivos de todas las unidades adversarias que se encuentran en posición y apoyando la línea de fuego de esta misma casilla que es atacada (comprendiendo la unidad que ocupa la casilla atacada). Si la cifra de la fuerza ofensiva total es inferior o igual a la de la fuerza defensiva total, la unidad resiste. Si la cifra de la fuerza ofensiva supera a la defensiva en 2 puntos o más, la unidad atacada es destruida; sin que esto entrañe para el bando destructor la obligación de ocupar la casilla en este momento vacía. Si el total de la fuerza ofensiva supera por un punto al de la fuerza defensiva, la unidad atacada debe abandonar la casilla que ella ocupaba, y éste ha de ser obligatoriamente el primer movimiento de la serie de cinco desplazamientos de unidades de su bando durante el turno siguiente. Además, la unidad así conmocionada por la derrota táctica no podrá ser empleada en un ataque durante ese mismo turno sucesivo, es decir, que su coeficiente ofensivo no puede contarse por esa vez junto con los de las otras unidades de su bando, y ello incluso si contara todavía con alcance de fuego sobre la unidad enemiga que puede ser, en su turno, atacada. Finalmente, en el caso de que una unidad sobrepasada por un punto en un ataque sea incapaz de abandonar su casilla en el primer movimiento del turno siguiente porque todas las casillas vecinas están ocupadas por otras unidades, amigas o enemigas, será destruida de inmediato.
La obligación de proporcionar la mejor defensa táctica a cada una de las unidades de cada bando se impone por el hecho de que una inferioridad un poco prolongada en el enfrentamiento táctico supone un debilitamiento numérico unilateral. Este debilitamiento cuantitativo, en todo caso estratégicamente nefasto, puede además convertirse rápidamente, en el plano táctico, en inferioridad cualitativa irreversible en el frente de una batalla, desde que la cifra de la fuerza ofensiva total del ejército que ha sufrido estas bajas cae hasta el punto de impedirle cualquier contraataque eficaz.

 

IV. De las comunicaciones

 

Toda capacidad ofensiva o defensiva, y toda movilidad de una unidad combatiente, está absolutamente subordinada a la necesidad que tiene ésta de estar comunicada con cualquiera de los arsenales de su bando. Esta comunicación representa la transmisión de informaciones y órdenes, así como la llegada de avituallamientos y municiones. Determina, por eso, la coherencia orgánica del ejército. Un arsenal no sirve más que a su propio bando; no puede ser conquistado para ser utilizado, solamente puede ser destruido para privar de él al adversario.
Una unidad no se mueve ni combate más que a condición de permanecer en casillas que estén comunicadas, directa o indirectamente, con uno de sus arsenales.
La comunicación directa se caracteriza, en primer lugar, por el hecho de que cada arsenal, sin limitación de alcance, puede comunicarse con su ejército a través de toda una línea de casillas —vertical, horizontal o diagonal— que se extienda a partir de él, siendo interrumpida solamente allí donde se encuentre con montañas (por ejemplo, todas las fortalezas son emplazadas sobre un alineamiento de casillas que las liga a un arsenal de su bando). Además, sobre cualquier casilla de su trayecto, esta línea de comunicación puede ser reforzada por una unidad de transmisión, o puesto de avanzadilla móvil de un arsenal, la cual retoma la conexión, con alcance ilimitado, en todos los nuevos alineamientos de casillas que se extienden a partir de la casilla que ella ocupa temporalmente en ese momento. Si una segunda unidad de transmisión es emplazada sobre una de las casillas de este modo vinculadas a la primera unidad de transmisión de su bando, ésta expande, a su vez, la comunicación, de la misma manera, a partir de su propia casilla.
Cada bando dispone de una unidad de transmisión a pie, cuya velocidad de desplazamiento es 1 casilla, y de una unidad de transmisión a caballo, cuya velocidad de desplazamiento es de 2 casillas. Estas unidades no-combatientes no poseen ningún coeficiente ofensivo, y su coeficiente defensivo es igual a 1 (con un alcance de 2 casillas). Ellas constituyen en sí mismas un objetivo precioso para el adversario, por lo que conviene tenerlas fuera de su alcance si están aisladas, o bien hacerlas proteger por una fuerza suficiente de unidades combatientes. Las unidades de transmisión son las únicas que pueden desplazarse sin estar ellas mismas en comunicación con un arsenal, pero durante todos los movimientos efectuados en estas circunstancias ellas no tendrán ningún poder de intermediario.
La comunicación indirecta de una unidad se traduce por el hecho de que cada unidad combatiente permanece conectada con cualquier otra unidad combatiente de su bando que se encuentre en contacto con ella, es decir, situada sobre cualquiera de las 8 casillas que tocan la suya inmediatamente. Esta comunicación se extiende a todas las unidades del mismo bando que estén en contacto las unas con las otras. Así, para un ejército, o para una fracción del ejército en el cual todas las unidades se tocan casilla con casilla, es necesario y suficiente con que una de estas unidades esté en contacto directo con un arsenal o una unidad de transmisión para tener comunicación.
Una unidad combatiente puede moverse hasta una casilla más allá del lugar a partir del cual ya no tendrá comunicación. Pero allí, si el contacto no es restablecido por mediación de otra unidad amiga que esté ella misma en comunicación directa o indirecta, o por el desplazamiento de una unidad de transmisión susceptible de reabrir para él una línea de comunicación particular, la unidad aislada es condenada a la inmovilidad y será privada de toda fuerza ofensiva y defensiva. Puede entonces ser destruida sin resistencia por el ataque de toda unidad adversaria estacionada, o llegada, con alcance de tiro suficiente para ello.
Sin embargo, toda unidad de su bando que permanezca por su parte en comunicación, y encontrándose a alcance de tiro para cubrirla con sus disparos, la aporta su propio coeficiente defensivo.
Una línea de comunicación es cortada por toda unidad combatiente enemiga situada sobre cualquiera de sus casillas, y ello desde el instante en que ésta última se sitúe allí y durante todo el tiempo que permanezca en ese lugar.
Una comunicación interrumpida por la presencia de una unidad enemiga sobre la línea de contacto puede ser restablecida directamente, ya sea porque la unidad interceptora abandona su casilla —por un movimiento propio o por su destrucción—, o porque el desplazamiento de unidades de transmisión amigas logren reanudar la comunicación con otra línea de casillas libres. La comunicación puede ser restablecida indirectamente por unidades amigas que permanezcan libres en sus movimientos y que logren ligarse con unidades cuyas comunicaciones hayan sido cortadas, dirigiéndose a cualquier casilla inmediatamente vecina a una de estas unidades.
Si una maniobra de cualquiera de los bandos ha logrado cercar todo o parte del ejército enemigo, su bando puede, al final de cada uno de sus movimientos, emplear su ataque en destruir, sin encontrar ninguna resistencia, alguna de las unidades rodeadas que estén al alcance de su tiro. La resistencia no podrá retomarse, para las unidades supervivientes, más que a partir del instante en que la comunicación haya sido restablecida. En el caso en que uno de los cuerpos aislados del ejército vaya a ser rodeado por el enemigo que se interpone en todas sus líneas de comunicación practicables, la última opción es tratar de rescatarlo antes de su completa destrucción mediante un «ejército de socorro» compuesto de tropas amigas que hayan podido mantenerse libres o recobrado la comunicación. Éstas deberán tratar de traspasar el frente enemigo para lograr su unión con las unidades sobrevivientes.
Como consecuencia de la importancia vital de las comunicaciones, el objetivo estratégico a lograr es más a menudo la maniobra contra las comunicaciones del adversario que la ofensiva conducida sucesivamente contra sus dos arsenales, o que la búsqueda de un desgaste de su ejército por el dominio continuo en la batalla.
Esta situación influye también sobre la acción bélica y su táctica en lo que a la clase de batalla escogida se refiere, en diversos momentos. No debe solamente contarse con una buena formación defensiva y con un contraataque adecuado, sino más todavía con tener cubierta de la mejor manera posible las líneas de comunicación del ejército. Un ejército puede, antes incluso que el equilibrio numérico de fuerzas haya sido roto, encontrarse en una posición de desequilibrio como resultado de una amenaza sobre sus comunicaciones. Un ejército cuya línea de frente venga a confundirse con su línea de comunicación pierde muy rápido su maniobrabilidad táctica en la acción bélica, y corre el gran riesgo de ser cercada parcialmente o en su totalidad. La destrucción de una sola unidad puede suponer una ruptura de la comunicación para una parte del ejército, que estará perdido si el contacto no se establece. De esta manera, el resultado de la acción bélica y de su táctica sobre una única casilla es susceptible de entrañar grandes consecuencias estratégicas.
Aunque mantener la operatividad de uno solo de los arsenales es ya condición necesaria y suficiente para que un bando pueda seguir combatiendo e incluso vencer, es deseable mantener tanto tiempo como sea posible los dos, sea para cambiar en una oportunidad la línea de operaciones de todo el ejército, sea para combinar las maniobras de cuerpos separados que operan a partir de bases diferentes.

 

V. Convenciones particulares

 

La destrucción de un arsenal se considera un ataque. Cuando un bando ocupa un arsenal enemigo mediante uno de los cinco movimientos de sus unidades, en el transcurso de este movimiento, no puede entonces hacerse un ataque sobre otra casilla más. No puede destruirse un arsenal más que ocupándolo, lo cual es posible si está vacío de unidades enemigas. Cuando la casilla de arsenal está ocupada por una unidad adversa, es preciso primero destruirla. Será en el turno siguiente cuando el arsenal vacío podrá ser invadido.
Una unidad de transmisión, estando desprovista de valor ofensivo, no puede destruir un arsenal ocupándolo. Igualmente, al contrario que las unidades combatientes, no puede interrumpir una línea de comunicación enemiga al ocupar una casilla de la misma.
Una unidad de caballería, situada en una fortaleza, no puede atacar mediante una carga más que saliendo de dicha casilla. Por el contrario, la caballería puede cargar desde un puerto de montaña en el que esté estacionada.
Una casilla-arsenal se considera igual a cualquier otra casilla del tablero, y no implica ningún añadido ni limitación en el empleo táctico de las unidades.
Una fortaleza, independientemente del bando al que pertenezca al inicio, sirve a quien la ocupa: tan pronto como una unidad enemiga se haya apoderado de ella, la ventaja que esta fortaleza aporta a la defensa táctica pasa integralmente a esta unidad ocupante. Contrariamente a los arsenales, las fortalezas no son jamás destruidas y pueden cambiar varias veces de manos durante una campaña.
El territorio donde se encuentra la montaña que en su longitud mayor se orienta perpendicularmente a la frontera se denomina «Campo Norte». Las unidades de color blanco le son atribuidas.
Si los dos bandos, como consecuencia de un gran debilitamiento recíproco, o por cualquier otra razón, renuncian simultáneamente a toda maniobra ofensiva, pueden acordar un resultado de tablas sin mayor demora.

 

VI. De la conducta de la guerra

 

Este Juego de la Guerra, como la guerra misma y todas las formas de acción y de pensamiento estratégico, tiende a imponer a cada instante la toma en consideración de necesidades contradictorias.
Cada bando, en la medida en que ha sabido mantener su libertad de maniobra, se encuentra obligado a elegir entre operaciones, para las cuales, los medios de los que dispone tendrán siempre algo de insuficiente en relación al espacio y al tiempo.
Espacialmente, en un bando tanto como en el otro, en tanto que una ruptura del equilibrio no ha sido todavía lograda, no se tiene jamás suficientes fuerzas, ni para protegerse en todas partes donde sería preciso, ni para atacar y aprovisionar su ofensiva allá donde sería deseable, ni siquiera allí donde la necesidad es impuesta por el adversario. Temporalmente, los movimientos de un ejército no son nunca lo suficiente rápidos como se quisiera: menos de un tercio de los efectivos iniciales pueden moverse en un solo turno (esto representa la «fricción» que ralentiza todos los movimientos en la guerra, el tiempo de transmisión de las órdenes, el inevitable retraso en su ejecución). Se debe a menudo escoger entre conducir rápidamente unas pocas tropas, o más lentamente con un ejército más numeroso, a un punto donde se deberá combatir. Los movimientos que será urgente realizar para hacer llegar refuerzos, o para desplazar las unidades de transmisión, son requeridos por el enfrentamiento táctico cuando un combate es iniciado; porque es preciso entonces hacer llegar a cada embestida de ataque el máximo de fuerzas disponibles, mientras se les asegura la mejor protección contra el siguiente movimiento del enemigo, o traer de vuelta tal o cual unidad que el resultado precedente del esfuerzo enemigo ha dejado fuera de juego.
Cada uno de los adversarios debe esforzarse en mantener la iniciativa y de compensar la insuficiencia de efectivos con la velocidad de su concentración sobre un punto decisivo, en el cual es necesario ser el más fuerte; porque la maniobra estratégica no triunfa más que cuando puede «pagar en efectivo» la victoria en el enfrentamiento táctico. La defensiva es en sí misma la más fuerte, táctica y estratégicamente, pero solo la ofensiva, o al menos la contraofensiva, obtiene un éxito positivo en este sentido.
La defensiva no puede permanecer estática, más que temporalmente en alguna posición importante localizada, sino que debe darse los medios para contraatacar. La ofensiva, en su desarrollo, llega a su punto culminante ya sea cuando se encuentra fuerzas superiores que la obligan, por su parte, a pasar a la defensiva, sea cuando una contramaniobra del enemigo comienza a hacer sentir su efecto sobre sus líneas de comunicación que se alargan más de la cuenta. Esta contramaniobra puede ser detenida, por su parte, o con una ofensiva directa de tropas amigas que bloquee el acceso a esta línea de comunicación, o por una defensiva indirecta amenazando los flancos de la contraofensiva enemiga. Los límites de estas combinaciones se determinan por la carencia de efectivos y la falta de tiempo para la ejecución de tales o cuales movimientos.
Es muy favorable, evidentemente, extender el frente para amenazar los flancos o la retaguardia del enemigo, pero lo es más aún la concentración de fuerzas para la batalla, que es la más imperiosa de las necesidades. La derrota del enemigo en una batalla principal es la vía más directa para alcanzar el triunfo en el conjunto de una campaña, porque esta derrota puede suponer la pérdida de todo el ejército vencido, o al menos un debilitamiento numérico irreversible. Si un ejército concentrado se interpone entre dos cuerpos enemigos separados, uno de estos dos corre el riesgo de ser completamente destruido sin que el otro pueda apoyarle; y un solo ejército muy extendido sobre una línea delgada puede ser traspasado, lo que nos lleva a la situación precedente.
Es bueno actuar contra las comunicaciones del adversario, pero manteniendo al mismo tiempo las propias, que de esta manera cobrarán mayor extensión. Si se trata de una maniobra emprendida por un cuerpo de avanzada, éste debe disponer de suficiente poder ofensivo y defensivo para obligar al enemigo a oponerle una fracción importante de sus fuerzas. Pero si está muy reforzado disminuirá peligrosamente la resistencia táctica del grueso de las tropas que constituyen el eje de maniobras. Un cuerpo de avanzada debe ser tal el menor tiempo posible, y al constituir una amenaza estratégica tanto más formidable en tanto su marcha es veloz, estará compuesto normalmente de unidades a caballo. Pero estas unidades rápidas son igualmente las unidades de choque, de las cuales el grueso del ejército no puede prescindir en la batalla si el enemigo dispone de las suyas propias. Además, estas unidades, poderosas en el asalto, son muy débiles a la defensiva si, en una escaramuza contra el enemigo, se encuentran arrinconadas sin una infantería que les dé apoyo; y hay que considerar también que el refuerzo de la infantería que podría acompañar una expedición ralentizará su marcha asimismo. La dificultad aquí es subrayada por el hecho de que los dos bandos no disponen más que de ejércitos poco numerosos. Las fuerzas combatientes se limitan a un ejército lo menos numeroso posible, que pueda articularse suficientemente en las maniobras y en las batallas. Tal ejército distribuido en un vasto territorio, autoriza el empleo de cuerpos de avanzada que pueden obtener victorias decisivas, pero con grandes riesgos, porque no podrá librar batallas en buenas condiciones sin el apoyo recíproco que proporcionan sus tres tipos de unidades.
Paralelamente, en el enfrentamiento táctico de dos ejércitos completamente reunidos, es ventajoso maniobrar sobre un flanco del enemigo para aproximarse a su línea de comunicación o para obtener mayor concentración de fuego sobre un ala del ejército rodeada. Pero el enemigo puede ver la oportunidad de realizar el mismo movimiento sobre el ala opuesta: «Quien rodea es rodeado».
La fracción de un ejército que, habiendo sido localmente dominada en un enfrentamiento, se encuentra o se va a encontrar muy débil para continuar llevando a cabo contraofensivas, se batirá en retirada para obtener una mejor concentración de tropas; o buscará retirarse en dirección a los refuerzos, o hacia una posición más ventajosa, por ejemplo cruzando un puerto de montaña o refugiándose en una fortaleza. El ejército victorioso debe perseguirla para aumentar tanto como sea posible la cantidad de bajas que puede infligirle hasta su recuperación. Pero el ejército victorioso no podrá, él mismo, marchar más que escalonadamente, de cinco en cinco unidades, en cada movimiento, de manera que las unidades perseguidoras que se mantengan en contacto con o al alcance del ejército en retirada, si continúan enfrentándose más allá del momento culminante de su ataque, corren el riesgo de sufrir por su parte un contraataque de un enemigo que se ha vuelto superior en cuanto a la concentración de fuerzas se refiere, y que buscará recuperar la iniciativa en cuanto pueda. Justo en el momento en que cesa el aprovechamiento táctico del enfrentamiento es preciso comenzar a aprovechar estratégicamente la victoria: por ejemplo operando contra los arsenales o las líneas de comunicación del enemigo, en función de la nueva situación creada por la retirada de su ejército, y por su inferioridad numérica, cuando sus bajas han sido las más importantes, y a partir del momento en que la balanza de la batalla se ha inclinado en contra de él. En este Juego de la Guerra, las disposiciones y las maniobras manifiestamente erróneas se incrementan, pero ninguna de las mejores maniobras que puedan decidirse, al menos durante el tiempo en que subsiste un cierto equilibrio de fuerzas y posiciones, tiene asegurado su carácter acertado. Lo será, o no, según lo que haga o deje de hacer el adversario. Algo de descuido está forzosamente presente en los dos bandos, y el cálculo más sesudo depende, por su parte, en gran medida de las modificaciones que introducirá la imprevisible sucesión de reacciones del adversario, y de las respuestas que a su vez se le harán, todas ellas más o menos comprendidas en su justa medida, y sobre todo, más o menos felizmente ejecutadas. La interacción permanente de la táctica y de la estrategia puede acarrear sorpresas y vuelcos en la situación a veces hasta el último instante. Los principios son seguros, pero su aplicación es siempre incierta.
Se trata de una guerra de movimientos —a veces momentáneamente fijada sobre un frente estático, en la defensa de un puerto de montaña o de una fortaleza— en la que el territorio no tiene interés en sí mismo, sino exclusivamente por las posiciones tácticas o estratégicas que son beneficiosas para un ejército o dañinas para el enemigo. A veces puede vencerse sin combate, e incluso casi sin combates parciales, por la sola maniobra. Se puede también vencer mediante una sola batalla frontal sin maniobras. Pero aparte de estos casos extremos, normalmente suele acontecer el desarrollo de una serie de movimientos, combates, batalla principal seguida de nuevas maniobras… En la batalla principal, la maniobra se produce casi siempre en la forma de una envolvente, seguida de una retirada y de desplazamientos contra las comunicaciones. No hay que escatimar las tropas o los movimientos, ni tampoco gastarlos vanamente. Quien quiera conservar todo hasta el final, todo lo perderá. Sin embargo, quien permita que sus pérdidas sean mayores que las del adversario no podrá contener a este último por mucho tiempo.

 

VII. De algunos factores subrepresentados o ausentes

 

Para comprender en toda su extensión el manejo del presente Kriegspiel, será útil considerar sus principales limitaciones.
Antes de nada, la búsqueda de una aplicación general de la teoría de la guerra introduce limitaciones históricas voluntarias: este juego no representa la guerra antigua, ni la guerra feudal, ni la guerra moderna transformada por la tecnología desde mitad del siglo XIX (vías férreas, ametralladora, blindados, motorización, aviación, cohetes…).
Tres elementos esenciales de todas las guerras están, muy desagradablemente, ausentes o subrepresentados ya que no parece que puedan figurar en una confrontación que se desarrolla sobre un tablero cuadriculado y que excluye toda intervención exterior del azar. Se trata, en primer lugar, de las condiciones climáticas y de la alternancia del día y la noche; en segundo lugar, de la moral y la fatiga de las tropas; en tercer lugar, de la incertidumbre en cuanto a los movimientos del enemigo.
En el desarrollo de este Kriegspiel, todo el tiempo es igual: es el solsticio de la guerra, en el cual el clima no varía y la caída de la noche no llega nunca antes de la conclusión definitiva de los combates. Es ésta una carencia grave con respecto a la realidad. No podría ser paliada más que pagando el precio de una pérdida de rigor en la representación sistemática de la totalidad del proceso del conflicto.
La moral y la fatiga de las tropas no están más que sumariamente tomadas en cuenta, por el efecto de la parálisis instantánea del valor combativo de todas las unidades cuyas comunicaciones se encuentran cortadas (lo que incluye la guarnición de una fortaleza; de manera que éstas no tienen una función de parada y descanso, sino únicamente de punto de apoyo táctico). En este sentido, se trata más bien de ejércitos de la Guerra de los Siete Años, estrechamente dependientes para sus aprovisionamientos de depósitos y de convoyes, en vez de los de la Revolución francesa. La limitación de los efectivos, y su carácter irremplazable que los hace preciosos, pertenece al modelo militar de la misma época. Se puede también considerar como un efecto moral el peso ofensivo reconocido a la carga en profundidad de la caballería: Ardant du Picq estableció claramente que su acción en un combate real no podía ser el resultado mecánico de la masa multiplicada por la velocidad. En compensación, un desgaste moral que ha tenido siempre unos enormes efectos en la guerra, el de los generales, es susceptible de actuar aquí de manera relevante sobre el mando de cada ejército. Existe frecuentemente cierta propensión a exagerar las consecuencias de una maniobra esbozada por el adversario, aunque ella pueda no ser más que una finta o un ardid.
En efecto, no se puede nunca tener una firme seguridad sobre lo que es preciso hacer en todo momento, ni siquiera cuando se ha adquirido una abrumadora superioridad numérica: porque, en ciertas circunstancias, el ejército batido puede todavía lanzar operaciones decisivas sobre las comunicaciones del vencedor.
En fin, este juego se aleja muchísimo de una representación total de la guerra en cuanto no toma en consideración la incertidumbre sobre la posición y los movimientos del enemigo, excepto el orden de batalla inicial que se ignora: pero el enemigo no ha podido razonablemente escoger su disposición más que entre un suficiente y pequeño número de zonas de concentración, de tal modo que será prudente hacer lo mismo. Desde el momento en que las operaciones han comenzado se tiene instantáneamente un conocimiento exacto y seguro de todos los movimientos que son efectuados en el frente: «La hueste sabe lo que hace la hueste» que tiene que batir (la caballería aquí no tiene entonces la función de exploración; sino solamente de choque, de persecución o de incursión).
Conocidas estas restricciones, puede decirse del Juego de la Guerra que reproduce exactamente la totalidad de factores que intervienen en la guerra, y más generalmente la dialéctica de todos los conflictos.

 

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LEYENDA

La figura 1 representa todas las líneas de comunicación permanentes del campo Sur, es decir todas las rutas que pueden poner en contacto naturalmente (a condición de no estar interrumpidas por una unidad combatiente enemiga) a los arsenales del bando del Sur con sus tropas en el curso de una campaña. Ello, claro está, sin tener en cuenta el empleo de unidades de transmisión, las cuales, activas sobre una casilla cualquiera de esta red, la prolongan, siguiendo el mismo modelo, a partir de dicha casilla.

La figura 2 representa, del mismo modo, todas las líneas de comunicación permanentes del campo Norte.

La figura 3 representa las líneas de comunicación abiertas por una unidad de transmisión del campo Norte situada en la casilla J23, es decir, conectada con su arsenal en B15. La unidad amplía esta conexión en las direcciones norte y sur de la columna 23; en dirección oeste y este de la columna J; y en fin, en las dos direcciones en diagonal P17 – H25 (en la diagonal B15 – L25, que incluye la casilla J23, la conexión pasaba ya independientemente de la unidad de transmisión).

Las figuras 4 y 5 representan enfrentamientos o choques tácticos entre unidades combatientes de los dos bandos: las unidades del bando Sur se distinguen por tener las letras representativas de cada unidad inscritas dentro de un círculo. En las dos figuras, el enfrentamiento se desarrolla en el territorio o campo Norte, y la casilla atacada es H8, ocupada por una unidad del bando Norte. En estos dos combates el bando Sur detenta una gran superioridad numérica.

En el caso de la figura 4, la casilla atacada H8 está defendida por dos unidades de infantería situadas en la llanura, en las casillas G9 y H8 (coeficiente defensivo global: 6 x 2), una unidad de infantería que ocupa el puerto de montaña en F10 (coeficiente defensivo: 8), una unidad de artillería a pie localizada en E11, alineada con el puerto de montaña, y al límite del alcance de fuego –tres casillas– de la casilla atacada (coeficiente defensivo: 8). El coeficiente defensivo total del cual dispone el bando Norte, relativo a la casilla atacada, es entonces de 6 + 6 + 8 + 8 = 28. Se observa que las unidades situadas en H8 y F10 están en contacto directo con las líneas de comunicación provenientes del arsenal D8; que las unidades emplazadas en G9 y E11 están en contacto indirecto con estas mismas líneas mediante las unidades de H8 y F10; y que la unidad situada en E11 está, además, en contacto directo con una línea de comunicación secundaria proporcionada por la casilla E12, a su lado, ocupada por una unidad de transmisión.
Las fuerzas atacantes de la casilla H8 están constituidas por tres unidades de caballería a la carga desde E5 a G7 (coeficiente ofensivo global: 7 x 3), una unidad de artillería a caballo en H6 (coeficiente ofensivo: 5), una unidad de infantería en I7 (coeficiente ofensivo: 4) y una unidad de caballería en J6 actuando como infantería (coeficiente ofensivo 4).
El coeficiente ofensivo total del Bando Sur, relativo a la casilla atacada, es entonces de (7 x 3) + 5 + 4 + 4 = 34.
La unidad de infantería situada en I6 no tiene contacto directo con la casilla atacada, por lo que no puede participar en el combate. Las unidades que se encuentran en B7 y C7, por su parte, están fuera de alcance respecto al enfrentamiento.
Se observa que las unidades situadas en B7 y F6 están en contacto directo con las líneas de comunicación secundarias provenientes de la casilla F3, ocupada por una unidad de transmisión. Las unidades en C7, E5 y G7 están en contacto indirecto con estas mismas líneas de comunicación secundaria mediante las unidades destacadas en B7 y F6. En cuando a las unidades emplazadas en H6, I7 y J6, tienen vinculación indirecta, a través de la unidad de I6, con una línea de comunicación secundaria sostenida por la unidad de transmisión que ocupa la casilla F3. Así, la unidad que ocupa la casilla I6 no participa activamente en el combate, pero permite a las unidades adyacentes de tomar parte en él.
El coeficiente defensivo del bando Sur (34), al ser superior al del bando Norte (28), triunfa en su ataque y la unidad de infantería atacada en H8 es destruida.

Si nos dirigimos ahora a la figura 5, vemos que la casilla atacada en H8 está defendida por tres unidades de infantería situadas en G9, H8 e I9 (coeficiente defensivo: 6 x 3), por una unidad de artillería a pie que ocuparía la casilla de puerto de montaña en F10 (coeficiente defensivo: 10), por una unidad de artillería a caballo en J10 (coeficiente defensivo: 8) y por una unidad de caballería en J8 (coeficiente defensivo: 5). El coeficiente defensivo total del bando Norte, relativo a la casilla atacada, es entonces de (6 x 3) + 10 + 8 + 5 = 41.
Las fuerzas atacantes están constituidas por cuatro unidades de caballería situadas en E5, F6, G7 y H7 cargando según dos ejes diferentes (coeficiente ofensivo: 7 x 4), y por tres unidades de infantería en F8, H6 e I7 (coeficiente ofensivo: 4 x 3). El coeficiente ofensivo total del bando Sur, relativo a la casilla atacada, es entonces de: (7 x 4) + (4 x 3) = 40. Las unidades que se encuentran en E7 y E9 no están en posición de ataque.
El coeficiente defensivo del bando Norte, al ser superior que el coeficiente ofensivo del bando Sur, hace fracasar el ataque.
Si el atacante hubiese dispuesto de dos puntos más (42) habría provocado, sobrepasando al adversario por un punto, que el primer movimiento obligatorio del enemigo en el turno siguiente fuese una retirada de la unidad de infantería que ocupa la casilla H8. Con tres puntos de más (43), el ataque habría logrado la destrucción de esta unidad de infantería. Hay que remarcar que el atacante habría dispuesto de cinco puntos suplementarios si hubiera podido trasladar, en el movimiento precedente, su unidad de artillería a caballo situada en E7 hasta la casilla E8, desde donde habría podido cañonear la casilla H8.
Se puede observar que, en este caso, el bando Norte, que va ser inevitablemente hundido a continuación de este enfrentamiento táctico, puede recurrir a una maniobra estratégica en el turno siguiente: trasladando su unidad de transmisión a caballo de J15 a L15, su unidad de caballería de J8 a L6, apoyada por su unidad de artillería a caballo que remplaza a la de caballería en J8. El objetivo de la maniobra es lograr ocupar con la caballería, dos turnos más tarde, la columna F3 – T3, que constituye la única línea de comunicación de las unidades del bando Sur. Para evitar esta operación y retardar al máximo un contraataque del Sur en ese mismo turno, el bando Norte atacará la unidad de infantería del Sur que ocupa la casilla I7 que resulta ser la más avanzada en la dirección que deberá tomar este contraataque seguramente previsible. Esta unidad de I7 será atacada por 5 unidades del Norte: 3 unidades de infantería (en H8, G9, I9) y 2 unidades de artillería (la artillería a caballo llega a J8 y la artillería a pie permanece en posición en el puerto de montaña F10), mientras que la unidad de caballería enviada a L6 no podrá participar en el enfrentamiento. El coeficiente ofensivo será entonces: (4 x 3) + (5 x 2) = 22. Pero el coeficiente defensivo será entonces: (2 unidades de infantería del bando Sur en I7 y H6, 2 unidades de caballería en H7 y G7) será igualmente de 22 (6 x 2) + (5 x 2). La infantería atacada en I8 resistirá en consecuencia, permitiendo el desarrollo ulterior del contra- ataque del bando Sur que, sin embargo, será obligado, por la urgencia de la amenaza que pesa sobre su línea de comunicación, a hacer movimientos hacia el sur mientras combate a las cinco unidades por delante de las cuales va a tener que marchar.
La figura 6 representa dos ejércitos agrupados, en el momento de comenzar la batalla, tras haber marchado, el uno y el otro, buscando asegurar algunas posiciones de partida.

El bando Norte está listo para tomar al asalto la fortaleza situada en L15, que constituye el eje de maniobras del bando Sur. Su caballería reunida en L12 y 13, K12 y 13, se dispone a aprovechar esta ruptura rodeando el ala izquierda del Sur, sea hacia el este de la columna L, con vistas a la línea de comunicaciones T23 – G23, o ya sea marchando hacia la diagonal D8 – S23, con vistas al arsenal oriental del bando Sur. Sin embargo, habiéndose elevado el ala derecha del bando Sur hasta una posición debajo de la fortaleza H21, desde la que amenaza las líneas de comunicación del Norte (hacia las casillas F15, F10 y F8), la infantería del ala izquierda del bando Norte ha formado, por su parte, un gancho defensivo en G17 – J17, sostenido por la concentración de artillería en I15 – J15, la cual está dispuesta simultáneamente a bombardear la fortaleza del Sur, L15.
Las flechas continuas indican las líneas de comunicación, efectivamente utilizadas por los dos ejércitos. Las dos flechas de puntos marcan los ejes de ataque que se abren ante los cuerpos de caballería del bando Sur.

 

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