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Contra el Amor

5 textos breves para abandonar el Amor con una A mayúscula, el Amor enfermizo, romántico, exclusivo, heteronormado, codificado, categorizado, posesivo… Y para empezar la construcción de una afección abundante, sin dominaciones y sin dependencias. Pequeños análisis de la cultura del Amor, ideas para deshacerla progresivamente…
Tiendo a abandonar toda relación fusional; sentirme “soltera”, al mismo tiempo que soy capaz de ternura, sinceridad, dulzura y distintas sexualidades. Tiendo a ser más susceptible en mis amistades y amistades sexuales.
Me doy cuenta de que mis ideas, mis construcciones afectivas, están en desfase con las representaciones corrientes del Amor y la amistad. En particular, esa separación-oposición entre el Amor y la amistad, que contribuye a preservar el modelo dominante de la pareja casada-cerrada.
A menudo me encuentro con que basta besar a alguien con la lengua, o que dos personas tengan una/s relaciones sexuales juntas para que “salgan juntas”, creen una suerte de dependencia mutua, una mirada más o menos permanente y opresora sobre el/la otrx (una vigilancia), todo lo cual está valorizado socialmente. Decir (o significar de alguna manera) “estoy enamorado”, “te amo” o “tengo una pareja” resulta bastante gratificante. La posesión y los celos son fomentados, la independencia y la autonomía no lo son.
Me siento desfasada; no salgo con nadie, tengo amigxs, más o menos estimadxs, que me aportan más o menos, a quienes tengo ganas de aportar más o menos. Porque yo lxs estimo, y cuando estoy feliz de la relación amistosa que desarrollo con ellxs, tengo ganas de significarlos con mis signos de afección y de satisfacciones: un masaje, un beso, un largo abrazo, un cariño, unas caricias, una sonrisa, dormir bajo su calor, o aún mejor, tener relaciones sensuales o sexuales con ellxs.
Se trata de intercambios tiernos y múltiples para decir que lxs aprecio, sin establecer una relación de pareja o unas relaciones de parejas más o menos ambiguas.
Trato de ser relativamente autónoma, mientras intercambio el placer de los cuerpos, sin posesividad, sin un dominio opresivo sobre el/la otrx.
Estar soltero no significa no tocar a nadie; tener relaciones sexuales con alguien no significa dependencia y amor fusional.
Al día de hoy, beso a veces a ciertxs de mis amigxs y a mi mamá en la boca, algunx tiene a veces relaciones sensuales y sexuales conmigo, duermo a veces bajo el calor de algunxs otrxs, aprieto muy fuerte y sensualmente en mis brazos a otrxs también, se me da hacer el amor con una amiga y besar a su amigo al mismo tiempo, y mañana no lo sé, quizá sola…
Deseo a muchxs de mis amigxs; con aquellxs que comparten estas ideas nos permitimos mucha libertad —posibilidades— y sabemos que existe esta ternura.
Disociando sexualidades y propiedad exclusiva quiero romper con las relaciones de desprecio y de violencia físicas, de autoridad, y también con la costumbre de razonar en función de la/el otrx.
El Amor en el patriarcado beneficia a la opresión de las mujeres (cf. el resumen de la idea moderna de amor). La amistad me parece un poco más racional y objetiva que las relaciones llamadas “amorosas”. Es por esto que pienso que estas reflexiones se inscriben dentro de un enfoque político, feminista de mi parte. E incluso si se me puede reprochar esta elección, incluso si es difícil construir relaciones positivas fuera de las normas enajenantes del Amor, incluso si la incomprensión de algunos allegados me causa dolor, edifico mi fuerza y mi alegría, liberada de la expectativa loca y atormentada del príncipe o la princesa encantador/a.
La cultura del Amor
El Amor y sus representaciones no son banalidades tontas a despreciar de paso, sino vectores de sufrimientos y exclusiones a combatir.

“—¿Estás en una relación Amorosa?
—No, no diría que es Amor. Es más una amistad tierna, una amistad sexual, una bonita afinidad, no sé. Pero de esto a hablar de Amor… El término es un poco fuerte.”

“Amor”, un término un poco fuerte, un poco vago, más bien indiscernible, relativamente devastador. No se sabe muy bien cuándo emplearlo. Ciertamente no importa cuándo. No se sabe nunca verdaderamente todo aquello que recubre, uno se encuentra a menudo un poco perdido frente a él, la única cosa que se sabe es que tiene peso. No se juega con esta palabra.
Bueno. Quizá sería necesario, entonces, comenzar por cuestiones de vocabulario. Así pues. Cuando algunos seres experimentan la afección, pueden transmitirse diferentes cosas; pueden tener diversos intercambios afectivos:
—Besos en la mejilla. Besos en los labios. Besos en el codo. Besos en otra parte. Nariz con nariz. Caricias. Abrazos. Grandes emociones por la mano. Brazos entrelazados. Caricias en su cabello. Sueños lado a lado, o pegadxs. Cunnilingus, felaciones. Cosquilleos. Caricias genitales. Penetraciones anales. Paso por todos ellos y los mejores que hay. Llamaremos todo esto intercambios psíquicos. Parece habitual dividirlos en dos grupos: aquellos que procuran un placer sexual, que llamaremos entonces intercambios sexuales, y aquellos que procuran otros placeres, que llamaremos gestos de ternura.
—Miradas. Discusiones interminables. Alabanzas. Señales de atención, de escucha, de interés. Momentos pasados juntos. Palabras dulces. Rebanadas de risas. Sonrisas cómplices. Paso por todos ellos y los mejores también. Se trata aquí también de intercambios afectivos, pero sin contacto físico: actitudes, comportamientos, diálogos…
Cuando se participa en intercambios afectivos, y que uno de ellos ocurre bien, se retiran cosas de ellos, a las cuales llamaremos bienes afectivos. Sensaciones agradables, de dulzura, de placer, de ternura, sentimientos de valorización, sentimientos de complicidad, impresiones de existir, de contar,… Como cuando se intercambian cosas palpables y almacenables, como cuando intercambio algunas monedas por una cortadora de césped, efectúo un intercambio material y obtengo de él un bien material: una reluciente cortadora de césped. Podría decirle a mis amigxs que vengan a admirar mi lista de bienes materiales: “sí, tengo esto, tengo aquello, tengo una bomba de bicicleta y una cortadora de césped”. Si lo quisiera, luego de una hora con Philippe, podría hacer interiormente la cuenta de mis bienes afectivos, y vería que nuestra hora de intercambio me ha procuado 25 gramos de placer sensual en el dedo del pie izquierdo y 89 onzas de sentimiento de complicidad. No digo que sea necesario contarlo todo, no lo es, sólo trato de ilustrar el vocabulario que propongo.
Prosigamos, prosigamos, quedemos segurxs de no embrollarnos los pinceles con todo esto. Los intercambios afectivos entre personas pueden tomar toda una serie de formas, toda una serie muy larga y diversa de formas, plena de sutilezas, originalidades, creatividades y tabús. Puede tomar la forma de intercambios físicos o no, de intercambios sexuales, de gestos de ternura. Y cuando estos intercambios afectivos nos hacen bien, extraemos de ellos bienes afectivos. ¿No es así? Bueno.
Las diferentes culturas que esmaltan la humanidad tienen cada una su manera de gestionar todos estos intercambios afectivos. Algunos son prohibidos, otros son tolerados, o categorizados, reagrupados, codificados, sucedidos, nombrados, normativizados. Por ejemplo, nuestra cultura tiene principalmente dos palabras para los intercambios afectivos: “amistad” y “Amor”. Sorprendente, ¿no? Sólo dos palabras, sólo dos etiquetas, para tantos intercambios afectivos diferentes.

“—¿Tú crees que puede haber amistad entre un chico y una chica? ¿Cuál es la diferencia entre la amistad y el Amor?”

La cuestión es absurda porque sobreentiende que el Amor no puede existir entre chicos y entre chicas. Pero al mismo tiempo es reveladora: nuestro pobre vocabulario sólo deja dos términos a nuestra disposición para hablar de relaciones afectivas. No se dice “con él hay besos, escucha y complicidad” o “con ella hay un poco de sexualidad y muchas risas”, se dice “con tal hay Amor” o “contigo es sólo amistad”. Se clasifica nuestras relaciones en dos casos muy reductores. Y estos dos casos no son equilibrados, lejos está de ello. “La amistad” recubre una enorme variedad de intercambios afectivos. “El Amor” no es nada más que un punto culminante, una totalidad, la amistad centuplicada, la amistad al extremo. Es enorme y rarísimo a la vez.

“El Amor, el Amor… ¿Qué es exactamente?”

La etiqueta “Amor” ha sido inventada por nuestra rica y maldita cultura en lo profundo del Medievo. Una dosis de cristianismo y una dosis de amor cortés, ¡y listo! he aquí elaborado el mito del Amor con una A mayúscula, el ídolo Amor, que atraviesa las eras encima de su joven y bello caballo blanco, con poemas románticos en dramas contemporáneos. Pues bien, yo no soy historiador, pero debe haber alguien que haya estudiado el nacimiento y el crecimiento de este ídolo; algún día haré mis investigaciones.

“Pero entonces, ¿qué es el Amor?”

El Amor es un Dios. Se comulga con él en el éxtasis más completo. Se le espera a la vuelta, se le llama en auxilio, se sueña con ser tocadx por su gracia, se teme su furia más que nada. Se le adora. Se le ruega, la noche en la cama, que se manifieste. Él nos salvará. Es la única cosa que hará de nuestro camino en la tierra un paraíso. Al mismo tiempo nos promete los dolores más atroces e imponentes.
El Amor es una forma de intercambio afectivo total. Totalizante. Totalitario. El Amor es todas las formas de intercambios afectivos reunidos. Un monstruo, un leviatán, una hidra de muchas cabezas. No hay afección parcial o matizada, quizá “sólo” queda amistad, o cooperación sexual, o afección fraternal… Además de ser absoluto, absolutamente enorme y absolutamente exhaustivo, el intercambio afectivo de tipo “Amor” debe corresponder a criterios precisos. Sólo tiene lugar entre dos personas heterosexuales. Debe ser inmortal, en todo caso debe durar años y años. Debe vivirse en pareja exclusiva, luego casada, con hijos, el perro es una opción pero ayuda a persuadirse de que uno se encuentra bien, en este verdadero Amor, con su verdadera familia y sus verdaderas imágenes de Épinal. Por otra parte, es muy importante preguntarse regularmente si nuestro Amor es “verdadero”, “auténtico”. Ya que uno no blasfema con el Amor, no se pronuncia su nombre en vano, si no, uno comete sacrilegio, ¡sacrilegio!

“Un día mi Príncipe vendrá…”

El Dios Amor tiene sus Cristos, sus retoños encarnados: éstos son el Príncipe encantador [o Príncipe azul según nuestra tradición] y la Princesa encantadora. Helos aquí que se abalanzan, ¡miren su prestancia, su aspecto, su encanto, su belleza! No son seres humanos, son ángeles. Son perfectxs archideseables, legendarios. ¿Se dignarán a dirigirnos un guiño de ojo? ¿Llegaremos a atraparlxs, a poseerlxs, a unirse uno con ellxs y el Amor en una santa trinidad? ¿Llegaremos a parecernos lo suficiente a ellxs para provocar un efecto igual alrededor de nosotrxs? ¿Para que por todas partes, constantemente, las gentes se inclinen y nos declaren su ardor?
Adoramos al Príncipe o a la Princesa encantador/a, y a través de ella o de él adoramos todas las normas sociales con las que viste nuestra cultura. Nuestra cultura diseña un Príncipe encantador grande y fuerte, tranquilizador y protector: mujer, ¡es a éste a quien tú desearás! Hombre, ¡éste es el modelo que tú seguirás para seducir! Nuestra cultura presenta una Princesa encantadora sensible y dulce, delgada y lisa: hombre, ya no sueñes más que con esta sucedánea [ersatz], mujer, ¡confórmate dentro del sufrimiento y el sacrificio! Lxs comerciantes de ropa, lxs publicistas, las fábricas de productos de belleza, y sobre todo el patriarcado, encuentran en el Príncipe y la Princesa encantador/a sus mejores aliadxs. ¿Qué otra norma social puede jactarse de ser ardientemente deseada hasta este punto?

“I’m feelin’ blue…”

Esa melancolía gastada por los mitos. Esos sueños, esos fantasmas, esas esperanzas, esa energía, esas estrategias, esos temblores, esos miedos, esos nudos en el estómago, esas penas, esas lágrimas, ¡esas lágrimas! ¡Para cuentos! El Amor, el Príncipe y la Princesa encantador/a deberían permanecer como simples historias de terror, mitos identificados y concientizados como tales… Pero no, queremos creer en ellos, traernos estos mitos a nuestra realidad, los buscamos sin descanso, pensamos “acabar por encontrarlos un día”. Dios no existe, el tesoro del Rey Midas menos, el Príncipe y la Princesa encantador(a) aún menos, son sólo unas leyendas. ¿Para qué arruinar nuestra vida esperando, decepcionados y llorando por unas leyendas?
Se dirá que exagero, que las gentes comprenden pronto que todos esos mitos son unos mitos. Yo digo que esos mitos son peligrosos. Estropean alegremente las emociones más profundas, afectan lo que hay de más doloso, de más íntimo, de más sensible en nosotrxs: el ego, los afectos, las necesidades de reconocimiento, los miedos del abandono… Suscitan dependencias, odios, retortijones, depresiones. Inspiran hostigamientos, suicidios, crímenes pasionales. E incluso sin llegar a esto, gran cantidad de gentes pasan toda su adolescencia, por ejemplo, creyendo tan fuerte como el hierro en el Amor, y sufriendo por él; pueden salir de él, pero guardan inevitables secuelas por lustros. Una adolescencia de sufrimiento es ya demasiado, ya tan sólo un año es demasiado, dejemos de inspirar la fe en un Príncipe o una Princesa encantador/a, no será “cuando uno sea grande” que se “comprenderá”, ayudémenos desde ahora a ser autónomxs y serenxs en el plano afectivo.
El arte cursi/enfermizo/empalagoso [mièvre]
Dos preguntas atormentan a la pequeña Elisabeth. “Dime Mamá, ¿por qué en las historias de la tele siempre son los buenos quienes ganan?” Esta pregunta es muy justa y amerita esquemas tortuosos y conciliábulos profundos. Pero aquí nos importa menos que la segunda: “Dime Abuelo, ¿por qué todas las canciones de la radio hablan siempre de Amor?” Esto es verdad, el Amor es cantado en un micrófono, se lo tararea en la calle, se hacen discos de oro con él, Love por aquí, Love por allá. “¿Pero por qué, Abuelo, los cantantes no hablan de la muerte o del mar o del poder o de la geología? ¡Hay bastantes cosas que decir!” Abuelo responderá que de todas estas cosas, el Amor es la más bella, la más intensa, la que nos estremece en nuestras entrañas y que nos hace escribir canciones. Ciertamente, nuestra cultura no nos enseña la sensibilidad en las brisas, en los olores, en las injusticias, no nos ofrece sino un gran escalofrío, uno solo, que vence a todos los demás: el Amor. ¿Encuentras esto justo, Elisabeth? ¿Las ganas no te llevan a pedir socorro a Jeannine, Béatrice y Maurice, e ir a silenciar a todxs esxs romantic love singers, esos abuelos normativizados, esas Barbie y esos Ken que se pegan a tus dedos?
Bah, todxs nostrxs no somos lo suficientemente fuertes como Elisabeth, y nos dejamos arrastrar por esas dulces zarabandas, esos cuentos melosos y amargosos. Difícil escapar de esto: los dibujos animados, las fábulas, las películas, los anuncios, las revistas, las novelas, las noticias, nuestrxs colegas incluso… el Amor nos es contado a montones. Estos relatos de Amor nos construyen, nos flanquean su cultura en nuestro espíritu, nos aculturan, nos enseñan a desear todos esos mitos. Nuestra sensibilidad es construida por ellos, al mismo tiempo que ésta los exige. Cuando vamos al cine a ver una “bella” historia de Amor, y que salimos de él turbixs, soñadorxs, venimos de vivir un poco de ese Amor contado, y a la vez venimos de integrar un poco más que él resulta bello, que resulta grande y que tenemos interés en aspirar a él. Esas películas compensan nuestra miseria afectiva, nos ofrecen un momento de identificación y de catarsis, nos permiten vivir mediante procuración aquello que no encontraremos nunca en nuestra existencia. Consoladoras y a la vez vehículos de la cultura del Amor, tranquilizan nuestros sufrimientos, nuestras frustraciones, al mismo tiempo que preparan el terreno para que éstos se refuercen.
¿Te has percatado de cómo funcionan los relatos de Amor? Siempre son la mismas cantinelas. Un Príncipe encantador y una Princesa encantadora se encuentran, el Amor nace, malicioso, en el rincón de las miradas disimuladas y de las situaciones inesperadas. Luego el Amor es llevado a la escena, ésta es la fase de la seducción, la heroína y el héroe se aproximan, se acechan, se subescuchan, se malescuchan… Suspenso… Pero la historia de Amor termina bien, el Príncipe y la Princesa se caen en los brazos, es la apoteosis del Beso, y luego lo genérico. ¿Y después? ¿Qué resulta de la vida post-Beso? Suponemos el Edén amoroso, una imagen estereotipada [figée], nacarada, soñada, “vivieron felices y tuvieron hijos”. Es precisamente aquí, en esta cesación del relato, en este silencio, que se expresa el mito del Amor: la felicidad en el Amor es tan total que no queda nada que contar. Las pruebas dignas de pavor y de atención residen en la seducción; la vida entre Enamorado y Enamorada es lisa como la mantequilla, exenta de pruebas, sobresaltos, sorpresas. En caso extremo, si esa vida aparece en sus dificultades sólo sirve de decorado para que unx de lxs cónyuges se fatigue y arranque una fase de seducción con alguien más.
Únicamente los relatos más “intelectuales”, más difíciles de acceder, cuentan los obstáculos y dificultades una vez que el Amor fue declarado, sellado: el encarcelamiento amoroso, el hastío y el fin del sentimiento Amoroso, la lugubridad [glauquitude] de la vida familiar… En las revistas empalagosas [mièvres], los problemas de la vida post-Beso son tratados científicamente, con grandes refuerzos de psicólogos, como anormalidades casi medicalizables, enfermedades de la época. Pero el registro del relato, aquel que nos hace estremecer, aquel que marca nuestras emociones y nuestros deseos, permanece reservado a la vida pre-Beso: el Amor en el relato “popular” no es nada más que un alivio final, un happy end. Este esquema tiene repercusiones en nuestra cabeza, y alimenta el mito del Amor, chapado enseguida sobre nuestra realidad, nuestros proyectos y aspiraciones.
La economía del Amor
La cultura del Amor hace nacer toda una economía de la afección. Porque, idealizando y enrareciendo a la vez los intercambios afectivos, crea una miseria y luego una demanda.
Nuestra cultura idealiza el Amor. El Amor es todo, todos los intercambios afectivos reunidos, todos los bienes afectivos de un solo golpe. Es una mina, un tesoro afectivo. El Amor deviene entonces una forma de relación extrema, soñada, deseada a ultranza. Cuando uno no la tiene, se quiere absolutamente tenerla. Cuando uno la tiene, se tiene un miedo absoluto a perderla. Y cuando uno ya no la tiene, se muere, o casi.
Pero al mismo tiempo, la definición del Amor es tan precisa, tan exigente… que es muy difícil encontrarlo. Es necesario tener todos los bienes afectivos del Amor a la vez, o no tener ninguno: no hay otra opción. Es necesario entrar en todas las categorías sociales previstas por el Amor. No hay ternura sin pareja exclusiva, no hay pareja sin Príncipe o Princesa encantador/a, no hay intimidad sin pacto eterno… Ahora bien, todas estas condiciones son tan restrictivas, hacen de nosotrxs seres tan exigentes, que las posibilidades de vivir intercambios afectivos se vuelven raras. Aquí comienza la miseria afectiva.
Es así que los bienes afectivos se vuelven bienes de lujo. Se les da un aura, un brillo, un valor completamente exagerado, cocinándolos con mitos. Al mismo tiempo, se les reserva a situaciones tan precisas y totalitarias que llegan a carecer. La cultura del Amor fomenta su demanda al mismo tiempo que reduce su cantidad disponible. Crea individuos esquizofrénicos, que se construyen un deseo ardiente de Amor al mismo tiempo que se construyen una definición de él demasiado exigente. Seres que se hacen dependientes de un ideal al mismo tiempo que se lo hacen inaccesible. “Si no tengo todo esto a la vez, no tengo nada, no soy nada”.
Allí donde hay una economía, una escasez, una miseria, el capitalismo se precipita. Desembarca primero con todos sus principios, representaciones, comportamientos. La escasez de un bien inspira a todxs el miedo de carecer de él, la competición para adquirirlo, la propiedad para no dejarlo fluir.
La competición afectiva concierne por ejemplo a la captura del Príncipe o de la Princesa encantador/a. Forzosamente. Gentes tan perfectas no recorren las calles. Pensamos haber identificado al nuestro o a la nuestra, pero a menudo miramos alrededor y descubrimos muchas otras miradas vueltas hacia ella o él. Porque nuestros criterios amorosos, que nos parecen tan íntimos y personales, tienen raíces muy culturales, y son compartidos por tanto mundo que uno no lo cree… La Princesa o el Príncipe encantador/a es el guapo o la guapa de la clase, la estrella del pueblo… O, en el último extremo, el o la sex-symbol, salmodiadx a lo largo de revistas y emisiones de TV… Llegamos incluso a envidiar a la/el cónyuge de la/el sex-symbol, una estrella a su vez, pero más próxima de nosotrxs pobres aspirantes, estrella por haber ganado al sex-symbol, por tener cercado a todxs lxs otrxs pretendientes, “vaya suerte que tiene”.
El miedo de la miseria afectiva lleva a todas las declinaciones posibles de la propiedad afectiva… Posesividad, celos, dependencia… “Ella está conmigo, tú no la tendrás… Si tú la consigues yo me encontraría solo… A menos que tenga un plan de reemplazo, tal otra por ejemplo, sé que yo le gusto bastante, afortunadamente porque la soledad afectiva es la muerte”. El Príncipe o la Princesa encantador/a son unas aves raras que se enjaulan. Unas veces uno se engaña mutuamente y permanece así, unos años en pareja, pegados unx sobre otrx, porque ambxs tienen miedo de aquello que ocurriría fuera de esa relación, miedo del camino a cumplir de cero para encontrar y seducir a un nuevo Príncipe o a una nueva Princesa.
Finalmente, la escasez de los bienes afectivos cava fosas entre “poseedorxs” y “no poseedorxs”. Lxs excluidxs de la afección son legión, excluidxs por su físico, por su falta de experiencia, por falta de soltura, por falta de confianza en sí, cara a ese reto enorme y complejo que es el acceso al Amor… Podemos decir que carecen de capital afectivo. Y como en todo sistema de dominación, menos se tiene capital, menos se tiene oportunidades de ganarlo: es un círculo vicioso. Lxs excluidxs de la afección carecen de seguridad en la partida, luego viven pocas experiencias afectivas, luego no tienen jamás la ocasión de ganar seguridad, luego permanecen discapacitadxs, a menos de un encuentro de tipo milagroso.
Paradójicamente, e injustamente, son usualmente lxs excluidxs de la afección quienes integran más que todxs lxs demás los mitos dominantes y los comportamientos del capitalismo afectivo. Su falta de experiencia no les permite destruir los mitos del Amor, comprender su absurdo. Demasiado habituadxs a la carencia, sufren el terror de perder la menor pizca de afección adquirida. Los olvidamos rápido y los encontramos a veces en los hechos diversos, depresiones, violaciones, internamientos, delirios diversos y variados… La miseria afectiva deseca lo moral y deja morir de hambre a los nervios.
No olvidemos que la miseria afectiva es sólo una construcción social, nacida de la cultura del Amor.
Allí donde hay una escasez, hay una demanda, y luego un nuevo mercado. Es aquí que el capitalismo desembarca, esta vez, ávido de ganancias, sacando beneficio de la moral Amorosa, como de otras morales. ¿Desea usted productos afectivos? Aquí tiene sustitutos, por medio de fondos: pornografía, prostitución, psicoterapias, muñecas inflables… El dinero es un buen atajo. No podemos comprar el Amor, sin duda, porque entonces mataríamos el ideal del Amor y sus productos derivados, pero podemos comprar todos estos bienes afectivos parciales, aislados, específicos, que la cultura del Amor reúne y encierra dentro de sus mitos. Atención, escucha, ternura, sexo, aquí los sustitutos.
¿Cómo acceder a los bienes afectivos? Es la pregunta que todo el mundo realiza. Tenemos 4 respuestas posibles frente a nosotrxs.

1) Suscribirse a los criterios del Amor. Volverse un Príncipe o una Princesa encantador/a y encontrar a su Príncipe o Princesa encantador/a. Seducir. Pero esta vía está reservada a lxs poderosxs, a lxs jóvenes, a las bellas y los bellos, a lxs confiadxs, a lxs experimentadxs. Es compleja y selectiva.
2) Comprar los sustitutos de bienes afectivos. El dinero es, a pesar de todo, una herramienta más fácil que todas esas empresas de seducción, que son muy complicadas y arriesgadas. El problema es que el dinero hay que encontrarlo… Formar parte de las clases económicamente dominantes, y/o estar dispuesto a venderse en el mercado de la explotación asalariada… Pero después de todo, el dinero es la solución de repuesta más fácil, en una sociedad que nos empuja con todas sus fuerzas al trabajo remunerado, y que nos incita a resolver nuestros problemas de manera individual.
3) Entregarse a la violencia, el chantaje, la amenaza, la violación. Otro atajo que exige otras habilidades, que muchos escogen, y que provoca estragos.
4) Curar el problema de raíz: destruir la cultura del Amor y esparcir la abundancia afectiva que aquélla mantiene prisionera. Lanzarse individualmente, colectivamente, socialmente, a una deconstrucción de las normas relacionales. Ésta es la solución en la cual yo creo.

Los bienes afectivos están disponibles en cantidades, están allí, ¡existen! Rebosamos de recursos afectivos, todxs soñamos otorgarlos y probarlos, ¡depende solamente de nosotrxs hacerlo! La escasez de los bienes afectivos es una ilusión, un decreto que basta con destrozar, es también falso que la escasez de los bienes materiales, aumentada de cabo a rabo por el sistema capitalista para sancionar a aquellxs que rechacen trabajar para las poseedores.
¡Gratuidad de los bienes afectivos! Por una afección abundante, igualitaria, sin dominaciones. Por una pornografía live, por unas psicoterapias gratuitas, por el fin de las especializaciones, de las profesionalizaciones de la escucha y la sexualidad. Para prohibir un día las relaciones espectaculares-mercantiles de nuestras vidas afectivas como del resto de nuestra existencia. ¡Cuanto antes, mejor!
Algunas proposiciones para una abundancia afectiva:
—Construir relaciones afectivas únicas, conscientes y particulares, más allá de toda norma relacional, tan diversas como los individuos que implican y sus deseos.
—Esparcir y banalizar las relaciones afectivas, en lugar de sacralizarlas.
—Considerar la no-exclusividad, lo que no quiere decir consumir indolentemente compañerxs unxs después de otrxs, sino dejar la posibilidad de descubrir poco a poco una diversidad de relaciones afectivas igualitarias, por qué no simultáneas, siendo muy muy consciente de que el estado actual de las cosas quiere decir lanzarse a una experimentación, y que esto implica tanta más atención y calidad de comunicación entre lxs experimentadores.
—Dejar de decir “estoy enamoradx de ti”, decir más bien “soy dependiente de ti”.
—Dejar de hablar de Amor y amistad, escoger términos más precisos.
—Añadir acné y barriga a los iconos de los Príncipes y las Princesas encantadorxs.
—Hablar a los niños de otras formas afectivas que el Amor.
—Deconstruirse, muy dulcemente, muy progresivamente.
—Desarrollar la autonomía afectiva, lo que no quiere decir encerrarse en sí mismx, sino variar y multiplicar las fuentes de afección (momentos privilegiados con amigxs o con sí mismx, cariños, masajes, auto-sexualidad,…), para relacionarse con lxs otrxs sin miedos y dependencias, sobre bases más seguras y abiertas.