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Félix Guattari / Todos somos grupúsculos

Militar es obrar. Las palabras no interesan un bledo, lo que se requiere son actos. Fácil es decirlo, sobre todo en los países donde las fuerzas materiales dependen cada vez más de las máquinas técnicas y del desarrollo de las ciencias.
Derrocar el zarismo implicaba la acción de decenas de miles de explotados y su movilización contra la atroz máquina represiva de la sociedad y el Estado ruso, consistía en hacer que las masas tomaran conciencia de su fuerza irresistible ante la fragilidad del enemigo de clase; fragilidad que había que hacer evidente, que había que demostrar en el enfrentamiento.
Para nosotros, en los países “ricos”, las cosas suceden de un modo totalmente distinto; no es tan seguro que tengamos que enfrentarnos a un tigre de papel. El enemigo se ha infiltrado por todas partes, ha secretado una inmensa interzona pequeñoburguesa para atenuar lo más posible los límites de clase. La clase obrera misma está profundamente infiltrada. No sólo a través de los sindicatos amarillos, de los partidos traidores, socialdemócratas o revisionistas…, sino infiltrada también por el hecho de su participación material e inconsciente en los sistemas dominantes del capitalismo monopolista de Estado y el socialismo burocrático. En primer lugar, una participación material a escala planetaria: las clases obreras de los países económicamente desarrollados están objetivamente implicadas, aunque sólo fuera por la creciente diferencia de los niveles de vida relativos, en la explotación internacional de los viejos países coloniales. Después, una participación inconsciente y de todo tipo de formas: los trabajadores reabsorben más o menos pasivamente los modelos sociales dominantes, las actitudes y los sistemas de valor mistificadores de la burguesía —reprobación del robo, de la pereza, de la enfermedad, etc.— reproduciendo por su propia cuenta objetos institucionales alienantes tales como la familia conyugal y lo que ésta implica de represión intrafamiliar entre los sexos y los niveles de edad, o bien su apego a la patria con su inevitable resabio de racismo (sin hablar del regionalismo o de los particularismos de todo tipo: profesionales, sindicales, deportivos, etc., y de todas las demás barreras imaginarias que se levantan artificialmente entre los trabajadores, como es particularmente observable con la organización, a gran escala, del mercado de la competencia deportiva).
Desde su más temprana edad, y aunque sólo fuera en razón de que aprenden a leerlo en el rostro de sus padres, las victimas del capitalismo y del “socialismo” burocrático están atormentadas por una angustia y una culpabilidad inconscientes que constituyen uno de los engranajes esenciales para el buen funcionamiento del sistema de autosujetamiento de los individuos a la producción. El poli y el juez internos son tal vez aún más eficaces que aquellos de los ministerios del Interior y de Justicia. La obtención de este resultado descansa en el desarrollo de un antagonismo reforzado entre un ideal imaginario, que se inculca a través de sugestión colectiva a los individuos, y una realidad totalmente distinta que los espera en la esquina. ¡La sugestión audiovisual y los mass media hacen milagros! Se obtiene así una valorización furiosa de un mundo imaginario maternal y familiar intercortado de valores pretendidamente viriles, que tienden a la negación y el rebajamiento del sexo femenino y, con ello mismo, a la promoción de un ideal de amor mítico, de una magia del confort y la salud que oculta una negación de la finitud de la muerte; a final de cuentas, todo un sistema de demanda que perpetúa la dependencia inconsciente respecto del sistema de producción, lo que constituye la técnica del “incentivo”.
El resultado de este trabajo es la producción en serie de un individuo que estará igualmente mal preparado para afrontar las pruebas importantes de su vida. Tendrá que enfrentar la realidad completamente desamparado, solo, sin recursos, obstaculizado por toda esa moral y ese ideal estúpido que se le ha endilgado y del que no puede deshacerse. Ha sido, de algún modo, fragilizado, vulnerabilizado, ya está maduro para aferrarse a todas las repugnancias institucionales que le han tendido para acogerlo: la escuela, la jerarquía, el ejército, el aprendizaje de la fidelidad, de la sumisión, la modestia, el gusto por el trabajo, la familia, la patria, el sindicato, y aquí me detengo… Ahora, toda su vida quedará carcomida en uno u otro grado por la incertidumbre de su condición con respecto de los procesos de producción, de distribución y consumo, por la preocupación de su lugar en la sociedad y del lugar de sus semejantes. Cualquier cosa se le constituirá como un problema: un nuevo nacimiento, o “eso no va bien en la escuela”, o bien “los mayores se aburren y molestan”, las enfermedades, los casamientos, la vivienda, las vacaciones, todo está sujeto a llenarse de mierda.
Entonces se vuelve inevitable un mínimo de ascenso por los escalones de la pirámide de las relaciones de producción. No hay necesidad de hacer un dibujo ni de dar una lección. A diferencia de los trabajadores jóvenes, los militantes de extracción estudiantil que van a trabajar a una fábrica están seguros de “encontrar algo” si se hacen echar; quiéranlo o no, no pueden escapar a la potencialidad que los marca con una inserción jerárquica “que podría ser mucho mejor”. La verdad de los trabajadores es una dependencia de hecho y cuasi absoluta en relación a la máquina de producción; es el aplastamiento del deseo, dejando a un lado sus formas residuales y “normalizadas”, el deseo bienpensante o bien militante; o es el refugio en una droga u otra, ¡a menos que se caiga en la locura o en el suicido! ¿Quién establecerá el porcentaje de “accidentes de trabajo” que, en realidad, no son más que suicidios inconscientes?
El capitalismo puede arreglar siempre las cosas, emparcharlas localmente, pero en conjunto y en lo esencial va cada vez más de mal en peor. Dentro de veinte años gran parte de nosotros tendrá veinte años más, pero la humanidad se habrá casi duplicado. Si los cálculos de los expertos se revelan exactos, la tierra alcanzará hacia 1990 cinco mil millones de habitante. ¡Esto tendrá que plantear en el camino algunos problemas suplementarios! Y como nada ni nadie está en condiciones de prever ni organizar nada para acoger a estos recién llegados —aparte de algunos extravagantes en los organismos internacionales, que no han solucionado un solo problema político importante desde su creación hace veinticinco años— podemos imaginar que seguramente ocurrirán muchas cosas en los años que vienen. Cosas de todos los colores, verdes e inmaduras, revoluciones, pero también con toda seguridad, asquerosidades del estilo del fascismo y compañía. Entonces ¿qué hay que hacer?, ¿esperar a que lleguen?, ¿pasar a la acción? De acuerdo, ¿pero dónde, quién, cómo? Eligiendo al azar. Pero la cosa no es tan sencilla, la respuesta a muchas preocupaciones está prevista, organizada, calculada por las máquinas de los poderes de Estado. Estoy persuadido de que todas las variantes posibles de otro mayo de 1968 ya han sido programadas por IBM. Quizá no en Francia, porque están muy golpeados y, al mismo tiempo, tienen la lamentable experiencia de saber que este tipo de estupideces no constituye una garantía y porque no se ha encontrado aún nada serio para reemplazar los ejércitos de policías y burócratas. De cualquier modo, ya es tiempo de que los revolucionarios reexaminen sus programas, ¡pues hay varios de ellos que empiezan seriamente a ser anticuados! Ya es hora de abandonar todo triunfalismo —que se habría de escribir con un guión en medio— para percatarse de que no solamente se está con la mierda hasta el cuello, sino que la mierda penetra a cada uno de nosotros mismos, cada una de nuestras “organizaciones”.
La lucha de clases ya no pasa simplemente por un frente delimitado entre los proletarios y los burgueses, fácilmente localizable en las ciudades y aldeas; está igualmente inscrita en muchísimos estigmas sobre la piel y la vida de los explotados, mediante las marcas de autoridad, de rango, de nivel de vida; es preciso descifrarla a partir del vocabulario de unos y otros, su modo de hablar, la marca de sus coches, la moda de sus vestimentas, etc. ¡Jamás se termina! La lucha de clases ha contaminado como un virus la actitud del docente con sus alumnos, la de los padres con sus hijos, la del médico con sus enfermos; ha ganado el interior de cada uno de nosotros con su yo, con el ideal de standing que creemos es deber darnos a nosotros mismos. Ya es tiempo de organizarse en todos los niveles para hacer frente a esta lucha de clases generalizada. Ya es tiempo de elaborar una estrategia para cada uno de estos niveles, pues son niveles que se condicionan mutuamente. De qué serviría, por ejemplo, proponer a las masas un programa de revolucionarización antiautoritaria contra los lidersillos y compañía, si los militantes mismos siguen siendo portadores de virus burocráticos sobreactivados, si se comportan con los militantes de los demás grupos, dentro de su propio grupo, con sus allegados o bien cada uno por sí mismo, como perfectos cabrones, perfectos católicos. Para qué afirmar la legitimidad de las aspiraciones de las masas si se niega el deseo dondequiera que éste intenta salir a la superficie en la realidad cotidiana. Los fines políticos pertenecen a gente descarnada. Piensan que se puede, que deben ahorrar todo tipo de preocupaciones en este ámbito para movilizar toda su energía contra objetivos políticos generales. ¡Es un error! Porque, en ausencia del deseo, la energía se disfraza bajo la forma de síntoma, de inhibición y de angustia. Y sin embargo, desde hace mucho tiempo no han faltado ocasiones para darse cuenta por sí mismos de estas cosas.
La puesta en acción de una energía susceptible de modificar las relaciones de fuerza no cae del cielo, no nace espontáneamente del programa justo o de la pura cientificidad de la teoría. Está determinada por la transformación de una energía biológica —la libido— en objetivos de lucha social. Siempre es demasiado fácil referirlo todo a las famosas contradicciones principales. Esto es muy abstracto. Es incluso un mecanismo de defensa, un truco que ayuda a desarrollar fantasmas de grupo, estructuras de desconocimiento, un truco de burócrata; escudarse siempre detrás de algo que siempre está detrás, siempre en otra parte, cada vez más importante y nunca al alcance de la intervención inmediata de los interesados; es el principio de la “causa justa” que sirve para valorar todas las pequeñas estupideces, la perversión burocrática de poca monta, el sencillo placer que se experimenta en imponer —“por la buena causa”— tipos que te harán cagar, obligar a acciones puramente simbólicas y sacrificadas de las que todo el mundo se ríe sin importarle nada, comenzando por las masas mismas. Se trata de una forma de satisfacción sexual desviada de sus fines acostumbrados. Este tipo de perversiones no tendría casi importancia si se refiriera a otro objeto que no fuera la revolución, ¡sin embargo, tampoco esto falta! Lo fastidioso es que estos monómanos de la dirección revolucionaria consiguen, con la complicidad inconsciente de “la base”, hundir la carga militante en impasses particularistas. Es mi grupo, es mi tendencia, es mi día a día, nosotros tenemos razón, cada uno tiene su línea, existen ante otra línea, constituyen una pequeña identidad colectiva encarnada en su líder local… ¡En mayo de 1968 no se tuvieron en cuenta todas esas estupideces! En realidad, todo anduvo más o menos bien hasta el momento en que los “portavoces” de este o aquel grupo lograron levantar la cabeza. Como si la palabra tuviera necesidad de ser transportada. Ella se mueve bien sola y a una velocidad enloquecida en el seno de las masas, cuando es verdadera. El trabajo de los revolucionarios no es el de transportar la palabra, de mandar a decir las cosas, transferir modelos o imágenes; su trabajo es decir la verdad justo donde estén, sin más ni menos, sin agregar nada, sin trampearla. ¿Cómo reconocer este trabajo de la verdad? Es muy sencillo, hay un truco infalible: la verdad revolucionaria existe cuando nada puede ensuciarnos, cuando tenemos ansias de saber de qué se trata, cuando ya no existe el miedo, cuando nos vuelven las fuerzas, cuando se está dispuesto a arremeter hasta el fondo, sin importarnos lo que ocurra, incluido el riesgo de reventar. A la verdad se la vio actuar en mayo de 1968: todo el mundo la comprendía sin dificultad. La verdad no es la teoría, ni la organización. Es después de haber surgido la verdad cuando la teoría y la organización podrán sacarse toda su mierda. Éstas terminan siempre por reencontrar y recuperar las cosas, con riesgo de deformarlas y de mentir. La autocrítica hay que hacerla siempre a la teoría y a la organización, pero nunca al deseo.
Lo que ahora está en cuestión es el trabajo de la verdad y del deseo dondequiera que las cosas se enganchan, se inhiben, se hunden. Los grupúsculos de hecho y de derecho, las comunas, las bandas, y todo lo que se quiera en el izquierdismo, tienen que librar un trabajo analítico sobre sí mismos tanto como un trabajo político en el exterior. Si no, corren el peligro de hundirse en esa especie de locura de la hegemonía, esa manía de grandeza que hace que algunos sueñen con reconstruir el “partido de Maurice Thorez” o el de Lenin, de Stalin o de Trotski, todos tan asquerosos y desactualizados como Jesucristo o De Gaulle, o cualquiera de esos desconocidos que nunca terminan por reventar. Cada uno con su pequeño congreso anual, su pequeño Comité Central, su gran Politburó, su Secretaría y su Secretaría general, sus militantes de carrera larga con antigüedad, y en la versión trotskista, todo multiplicado a escala internacional (congresos mundiales, comité ejecutivo internacional, etc.).
¿Por qué los grupúsculos, en lugar de devorarse unos a otros, no se multiplican hasta el infinito? ¡A cada quien su grupúsculo! En cada fábrica, en cada calle, en cada escuela. ¡Por fin el reino de los comités de base! Pero grupúsculos que aceptarían ser lo que son justo en donde están. Y, de ser posible, una multiplicidad de grupúsculos que sustituyeran a las instituciones de la burguesía: la familia, la escuela, el sindicato, el club deportivo, etc. Grupúsculos que no temieran, además de sus objetivos de lucha revolucionaria, organizarse para la supervivencia material y moral de cada uno de sus miembros y todos los despistados que los rodean…
Entonces, la anarquía, ¡vaya! Nada de coordinación, nada de centralización, nada de estado mayor… ¡Al contrario! Fijémonos en el movimiento de los Weathermen en los Estados Unidos, están organizados en tribus, en bandas, etc., pero esto no les impide coordinarse y bastante bien.
¿Qué es lo que cambia si la cuestión de la coordinación, antes que a los individuos, se plantea para los grupos de base, para las familias artificiales, para las comunas…? El individuo, tal como ha sido moldeado por la máquina social dominante, es demasiado frágil, está muy expuesto a las sugestiones de cualquier naturaleza: droga, miedo, familia, etc. En un grupo de base puede esperarse recuperar un mínimo de identidad colectiva, pero sin megalomanía, con un sistema de control al alcance de la mano; de este modo el deseo en cuestión pueda tal vez hacer valer mucho más su palabra, o bien podrá respetar sus compromisos militantes. Lo que hace falta, en primer lugar, es acabar con el respeto a la vida privada: éste es el comienzo y el fin de la alienación social. Un grupo analítico, una unidad de subversión deseante, no tiene ya vida privada: está vuelto a la vez hacia el interior y hacia el exterior, hacia su contingencia, su finitud, y hacia sus objetivos de lucha. El movimiento revolucionario tiene por tanto que construirse una nueva forma de subjetividad, que no descanse ya en el individuo y en la familia conyugal. La subversión de los modelos abstractos secretados por el capitalismo y que permanecen respaldados, hasta ahora, por la mayoría de los teóricos, es una condición previa indispensable para la reinversión de la lucha revolucionaria por parte de las masas.
Por el momento es de poca utilidad hacer planes sobre lo que habría de ser la sociedad de mañana, la producción, el Estado o no Estado, el partido o no partido, la familia o no familia, cuando en verdad no hay nada que pueda servir de soporte de la enunciación de algo que esté por encima. Los enunciados continuarán flotando en el vacío, indecidibles, mientras que los agentes colectivos de enunciación no sean capaces de explorar las cosas en la realidad, mientras que no dispongamos de ningún medio que nos aleje de la ideología dominante que se nos mete por la piel, que habla de sí misma en nosotros mismos, que, a nuestro pesar, nos lleva a cometer las peores suciedades, las peores repeticiones, y tiende a hacer que siempre caigamos derrotados sobre los mismos caminos ya trillados.
1970

texto contenido en: “Psicoanálisis y transversalidad”, 1972