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Antonio Negri y Félix Guattari / Llamamos comunismo…

 

La palabra comunismo está marcada por la infamia. ¿Por qué? Aunque indica la liberación del trabajo como posibilidad de creación colectiva, se ha convertido en sinónimo del aplastamiento del hombre bajo el peso del colectivismo. Por nuestra parte, lo entendemos como la vía de la liberación de las singularidades individuales y colectivas, es decir, lo contrario al encuadramiento del pensamiento y de los deseos.
Evidentemente los regímenes colectivistas que se remiten al socialismo han fracasado. Sin embargo, la cuestión del capitalismo permanece. Las promesas de libertad, de igualdad, de progreso, de «ilustración», han sido traicionadas por una y otra parte. Las organizaciones capitalistas y socialistas han llegado a ser cómplices; han unido sus esfuerzos para desplegar sobre el planeta una inmensa máquina para esclavizar la vida humana en todos sus aspectos: el trabajo y la infancia, el amor, la vida, la razón, así como el sueño y el arte. El hombre, que un día hiciera de su trabajo y su cualificación una dignidad, se encuentra, cualquiera que sea su posición, constantemente amenazado por la degradación social: desocupado, miserable, asistido en potencia.
En vez de trabajar por el enriquecimiento de las relaciones entre la humanidad y su entorno natural, el hombre trabaja sin cesar por la exclusión de la humanidad misma mediante los procesos de mecanización.
El trabajo y su organización capitalista y/o socialista se han convertido en la fuente de todas las irracionalidades en las que se anudan todas las constricciones y todos los sistemas de reproducción y de amplificación de estas mismas constricciones, que llegan así a infiltrarse en la conciencia, a proliferar en todos los itinerarios de la subjetividad colectiva. El primer imperativo de esta gigantesca máquina de sometimiento capitalista es la puesta en funcionamiento de una red implacable de vigilancia colectiva y de autovigilancia, capaz de impedir cualquier fuga de este sistema y de contener cualquier intento de discusión sobre su legitimidad política, jurídica y «moral». Nadie puede sustraerse a la ley capitalista que ha llegado a ser la ley de la ceguera por excelencia, la ley de las finalidades absurdas. Cualquier secuencia de trabajo, sea cual sea su naturaleza, se halla sobredeterminada por este imperativo de reproducción de los modos de valorización y de las jerarquías capitalistas.
¿Por qué la palabra comunismo es difamada y perseguida por aquellos mismos a quienes pretendía liberar de sus cadenas? ¿Quizá porque se ha dejado contaminar por el «progresismo» del capital y por los imperativos de la racionalidad del trabajo? Los dispositivos capitalistas se han apropiado del discurso comunista para expoliarlo de su capacidad de análisis y de su potencia de liberación. También las diversas variedades del socialismo se han gangrenado a causa de las epidemias de «recuperación».
Los unos y los otros han pretendido sustituir la «ética» de la revolución social por una nueva trascendencia de los valores de referencia, dotada de una lógica únicamente instrumental. El sueño de la liberación se ha convertido en una pesadilla. Todas las revoluciones han sido traicionadas y nuestro futuro parece hipotecado por una inercia histórica insuperable.
Hubo un tiempo en que la critica atacaba el concepto de mercado. Hoy las almas traumatizadas se someten pasivamente a su yugo, considerado como la condición menos opresiva de la planificación capitalista y/o socialista.
Es preciso reinventar todo: la finalidad del trabajo tanto como la disposición del socius, los derechos y las libertades. Así pues, recomenzamos llamando comunismo a la lucha colectiva por la liberación del trabajo, esto es, en primer lugar, por el fin del estado de cosas actual. Economistas cabeza hueca dictan leyes sobre todos los continentes. El planeta es inexorablemente devastado. Ante todo debemos reafirmar que no es cierto que haya sólo una vía: la del imperium de las formas capitalistas y socialistas del trabajo. Su persistencia y su vitalidad relativas dependen, en gran parte, de nuestra incapacidad de redefinir un proyecto y de las prácticas de liberación. Llamamos comunismo al conjunto de las prácticas sociales de transformación de las conciencias y de las realidades en el ámbito de lo político y lo social, de lo histórico y lo cotidiano, de lo colectivo y lo individual, de lo consciente y lo inconsciente. El discurso es ya un acto. Realizar otro discurso sobre lo existente puede activar su destrucción.
Nuestro comunismo no será por ello un fantasma que se agite sobre la vieja Europa. Lo queremos como una imaginación que se alza al mismo tiempo desde procesos colectivos e individuales, que recorre el mundo con una inmensa ola de rechazo y de esperanza. El comunismo no es otra cosa que el grito de la vida que rompe el cerco de la organización capitalista y/o socialista del trabajo que empuja hoy el mundo, no ya solamente hacia un surplus de opresión y explotación, sino hacia el exterminio de la humanidad.
La explotación se ha convertido en amenaza de ejecución capital en virtud de la acumulación nuclear y del peligro de destrucción y guerra que ésta genera.
No somos deterministas. Pero hoy no es necesario serlo para reconocer que la catástrofe está presente y próxima si dejamos el poder a la organización capitalista y/o socialista del trabajo. Desactivar la catástrofe es ejercer una acción colectiva de libertad.
La vida cotidiana se halla recorrida por estremecimientos de miedo. Un miedo que no es ya el que describía Hobbes —guerra permanente del uno contra el otro, segmentalidad feroz de los intereses y las voluntades de poder—, se trata ahora de un miedo trascendental que infiltra la muerte en las conciencias individuales y polariza a roda la humanidad alrededor de un punto de catástrofe. Promovida a título de prohibición fundamental, la esperanza es destronada de este universo. La vida cotidiana no es otra cosa que tristeza, aburrimiento, monotonía, en tanto que no logra organizarse para romper el sentido de esta espantosa ciénaga de absurdos. La palabra colectiva —el discurso pretencioso, fiesta del logos o cómplice concertación— ha sido expropiada por el discurso de los mass-media. Las relaciones entre los hombres están marcadas por la indiferencia, el desconocimiento simulado de la verdad del otro y en consecuencia de la propia, que cada cual acaba por detestar. ¡Lo cual sin embargo no deja de generar sufrimiento! La trama de los sentimientos más elementales se disgrega en la medida en que no consigue ya anudarse a lineas de deseo y de esperanza. Una guerra larvada atraviesa el mundo desde hace treinta años sin que la conciencia colectiva la perciba como acontecimiento clave de la historia, como empresa de destrucción masiva, tenaz, encarnizada.
Desde entonces, las conciencias pulverizantes-pulverizadas no tienen otro recurso que abandonarse a una individualización de la desesperación, a una implosión personal del conjunto de los universos de valor. Todas las formas particulares de impotencia encuentran su anclaje en este miedo y parálisis masivos de la vida. Sólo la barrera del sinsentido aturdido de la existencia retarda, quizá ya por poco tiempo, la transformación brutal de la desesperación en pasión por el suicidio colectivo. La exploración ha asumido el rostro del miedo: un miedo universal, físico y metafísico, de las líneas de singularidad del deseo, así como de las tentaciones de entrelazar para el mundo otras lineas de futuro.
Y sin embargo, el desarrollo de las ciencias y de la potencia productiva del trabajo ha alcanzado el umbral de una alternativa (princept) entre el exterminio y el comunismo, entendido como liberación del trabajo, no como reapropiación de la riqueza producida (este estiércol que no se puede utilizar ni siquiera como abono), sino como valorización de la potencialidad de la producción colectiva.
El comunismo consiste en crear las condiciones para la emergencia de una permanente renovación de la actividad humana y de la producción social con el despliegue de procesos de singularización, de autoorganización, de autovalorización. Sólo un inmenso movimiento de reapropiación del trabajo, en cuanto actividad libre y creadora, en cuanto transformación de las relaciones entre los sujetos, sólo una revelación de las singularidades individuales y/o colectivas, machacadas, bloqueadas, dialectizadas, por los ritmos de la opresión, generará nuevas relaciones de deseo susceptibles de transformar completamente la situación actual.
El trabajo puede ser liberado porque por su propia esencia es un modo de ser del hombre tendencialmente colectivo, racional, solidario. El capitalismo y el socialismo lo someten a una máquina logocéntrica, autoritaria, potencialmente destructiva. La reducción de los niveles de explotación directa y mortal que los trabajadores han logrado imponer a través de sus movimientos progresistas en los países con un elevado desarrollo industrial, ha sido pagada con la acentuación y el cambio en la naturaleza de la dominación, con la disminución de los grados de libertad, que ha hecho precaria la paz en zonas limítrofes, marginales, o con un desarrollo industrial débil, donde la explotación del trabajo, además, se ha entrelazado con el exterminio por hambre. La disminución relativa de la explotación en las zonas metropolitanas se ha pagado con el exterminio en el Tercer y Cuarto Mundo. No es una casualidad que todos estos fenómenos acontezcan en el mismo momento en que llega a ser posible la liberación del trabajo mediante su reapropiación gracias a las ciencias y las técnicas más avanzadas por parte de los nuevos proletarios. En consecuencia, es fundamental que las comunidades, las razas, los grupos sociales, las minorías de cualquier tipo logren conquistar una expresión autónoma. Ninguna causalidad histórica, ningún destino impone que la potencia liberadora del trabajo a medida que aumenta esté condenada a una creciente manipulación y opresión. ¿Cómo logra el Capital utilizar la fuerza colectiva del trabajo en sus variaciones infinitas como variable dependiente, si aquélla se presenta en las particularidades y en las variaciones que la constituyen como una variable independiente no delimitable? Los nuevos movimientos de transformación social deberán necesariamente enfrentarse con esta aporía bajo sus formas constantemente renovadas.
El rechazo del trabajo, como perspectiva de lucha y como práctica espontánea, tiende a la destrucción de las estructuras tradicionales, obstáculo de una verdadera liberación del trabajo. Se trata, ahora y rápidamente, de acumular otro capital, el de una inteligencia colectiva de la libertad, capaz de dirigir las singularidades fuera del orden de serialidad y de unidimensionalidad del capitalismo. Se trata de sostener los procesos de emergencia y de amplificación de los proyectos de liberación; en otros términos, de una reconquista del control sobre el tiempo de la producción, que es lo esencial del tiempo de vida. La producción de nuevas formas de subjetividad colectiva, capaces de gestionar según finalidades no capitalistas la revolución informática y de las comunicaciones, de la robótica y de la producción difusa, no se remite en absoluto al terreno de la utopía. Se inscribe en la actual encrucijada de la historia como una de sus claves fundamentales. Se desprende de la capacidad humana de sustraerse de sus antiguos campos de inercia para superar «el muro» de los saberes y de los poderes ligados a las viejas estratificaciones sociales.
Considerado desde este punto de vista, el comunismo es fundación y reconocimiento de vida comunitaria y de liberación de la singularidad. Comunidad y singularidad no se oponen. La construcción del nuevo mundo no opone el aumento de la singularización al enriquecimiento de las potencialidades colectivas. Estas dos dimensiones son parte integrante de la liberación del trabajo. La explotación del trabajo, en cuanto esencia general, produce la generalidad; pero en cuanto proceso liberador y creativo, el trabajo genera modos de ser singulares, una proliferación de nuevos posibles. El rizoma de los procesos autónomos y singulares que el trabajo puede constituir se enriquecerá infinitamente más sobre el terreno de una nueva colectividad que bajo el yugo de una codificación capitalista sobredeterminada. El comunismo no es colectivismo ciego, reductor, represivo. Es la expresión singular del devenir productivo de las colectividades, que no son reducibles, «remisibles», las unas a las otras. Y este devenir mismo implica una activación continua, una defensa, un reforzamiento, una amplificación, una reafirmación permanente de este carácter de singularidad. En este sentido calificaremos también al comunismo como proceso de singularización. El comunismo no podría reducirse en ningún modo a una adhesión ideológica, a un simple contrato jurídico o a un igualitarismo abstracto. Se inscribe en la confrontación prolongada que atraviesa la historia a lo largo de líneas siempre nuevas, ya que ahí se encuentran puestas en discusión las finalidades colectivas del trabajo.
Sobre este terreno se hallan ya maduras numerosas alianzas de nuevo tipo. Se ha comenzado a buscar a tientas al final de la fase espontaneísta y creativa que se ha desarrollado paralelamente a la gran disgregación-reagregación que hemos conocido en los últimos tres decenios. Para individualizarlas mejor y comprender su importancia, pueden distinguirse:
los antagonismos molares que se expresan en el plano de las luchas contra la explotación,mediante la crítica de la organización del trabajo, mediante la perspectiva de su liberación, y
la proliferación molecular de los procesos singulares que transforma irreversiblemente las relaciones de los individuos y la colectividad con el mundo material y con el mundo de los signos.
¡Avanzar sobre el terreno de los antagonismos molares contra las formaciones de poder capitalistas y/o socialistas puede contribuir, de modo decisivo, a la maduración de mutaciones de los dispositivos productivos, y viceversa! Pero la puesta en juego que suponen la estructuración y los modos de subjetivización de la fuerza de trabajo colectiva sigue siendo fundamental: es el terreno en el cual se registran, en última instancia, la destrucción del capitalismo y/o del socialismo y la instauración de una sociedad dirigida a la liberación de las nuevas singularidades que llegan a estar así en condiciones de ser actualmente el contenido y el medio de la revolución. Arranquemos el sueño glorioso del comunismo a las mistificaciones jacobinas y a las pesadillas estalinistas; devolvámosle su potencialidad de articulación y de alianza entre la liberación del trabajo y la generación de nuevos modos de subjetividad.
Singularidad, autonomía y libertad son las tres líneas de alianza que se anudarán sobre el nuevo puño levantado contra el orden capitalista y/o socialista. A partir de ellas podrán ser inventadas, desde el presente, formas adecuadas de organización para la emancipación del trabajo y de la libertad.