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Claire Fontaine / Notas al pie de página sobre el estado de excepción

1. la guerra tiene lugar. De la guerra no se sabe nada y se nos lo recuerda sin cesar. Desde la más tierna infancia, la guerra, siempre una y múltiple, estaba en nuestros platos, en lo que no debía echarse a perder.
Se nos ha violado en nombre de nuestra presunta ignorancia de la guerra, como si hubiésemos ignorado el dolor o la enfermedad, o como si muy sencillamente esta gran-ausente-guerra hubiese terminado por las buenas, y tuviera que recordarse como recordamos a los muertos en las familias. Por la pena.

2. bienestar. La guerra, todos aquellos que han nacido fuera o después de ella, saben bien que no ha terminado, la conocen en un estado de posibilidad, como una amenaza que ocurrirá. Y cuando la guerra estalla y quema a lo lejos las infancias de los demás, los olores de cocina, las sábanas, este conocimiento se convierte en confusión. El pasado se ha cavado una fosa en el presente y entierra a los vivos nuevamente — se dice, pero esto es falso. Pues la guerra es evidentemente uno de los nombres de nuestro presente y no un relato de días lejanos, vive en los cuerpos, corre por las instituciones, atraviesa las relaciones entre desconocidos y socios, aquí mismo, ahora, desde hace largo tiempo.
Y lo más que pretendamos ser inocentes y extraños a los acontecimientos, lo más que nos sabemos culpables. Culpables de no estar en el sitio donde corre la sangre, y sin embargo nos encontramos ahí en alguna parte…
Se nos decía “ustedes, los hijos del bienestar” como se nos habría dicho “ustedes, los hijos de puta”, ¿pero quién ha invocado y edificado este bienestar, fuente inagotable de la guerra? Algunas veces se nos ha llevado incluso a sospechar que si la guerra está en otra parte, la vida está ahí también.

3. descansar en paz… De la guerra nosotros sabemos todo como sabemos todo de la prisión, sin la necesidad de haber estado ahí, ya que la “paz” y la “vida libre” las llevan en su seno, las implican. Al igual que nosotros sabemos que de ninguna manera hay inocentes en nuestro sistema, que sólo hay relaciones de fuerza, y que son los perdedores y no los culpables, quienes son castigados.
Es por esto que la guerra ha devenido el trabajo sucio de los demás: eso que estamos obligados a ignorar. En todas las esquinas de la calle se nos pide olvidar su posibilidad al igual que su realidad,  resultar sorprendidos por ella y no ser nunca su cómplice, se nos agradece de antemano nuestra vigilancia. Sólo nos queda ya escoger entre ser los colaboradores de la paz social o los partisanos/partidarios del terror.
La guerra ya no nos mira, nosotros la miramos, ella no nos ve, está demasiado próxima. Su distancia de nosotros no es aquella entre el espectador y el partido de fútbol, donde se puede anidar el deseo a favor de la victoria de unos y la derrota de otros. Ella se encuentra en el limbo de las cosas que nosotros queremos abolir. Para nunca más tener que tomar partido ni para creer que las palabras tienen un peso que se resiente en los cuerpos, o que la vida tiene un sentido y que este sentido puede incluso causar su final repentino.

4. …y vivir en guerra. Si nosotros no sabemos lo que quiere decir vivir en guerra, es porque sólo sabemos lo que es vivir en paz. Cuanto más somos gobernados, más tenemos miedo y necesidad de que otros se armen en nuestro lugar. Y es así que la guerra continúa. Los esfuerzos hechos en el pasado para obtener unos derechos y la libertad de expresión no son reconocibles para nosotros como una experiencia (de conflicto y de victoria) sino como un resultado. Nosotros sólo somos los herederos aturdidos de una fortuna imposible de gastar: un patrimonio arqueológico que se desmorona día a día, sin ningún valor de uso. Esas viejas victorias ni siquiera son para nosotros adquiridas, sino cosas ya perdidas, porque nosotros no sabemos batirnos cuando son amenazadas. El devenir revolucionario es un proceso que parece ahora excluir nuestra participación. Es olvidando la opresión del control en nombre de la garantía de protección como nosotros nos hemos expulsado de nuestra historia. Desde entonces, tomamos la lucha por la guerra y dejamos que sea a la vez criminalizada y delegada a los profesionales. Al mismo tiempo que la lucha es eso que surge por todas partes de la desmesura entre lo que los gobiernos demandan y lo que los gobernados pueden darles. Se va a la lucha para encontrar a esos que nos acompañan y que nos refuerzan, mientras que a la guerra se va solo y se regresa de ella solo (ya que son siempre los otros quienes mueren).

5. el juego de la guerra. Las vanguardias históricas y la guerra: una historia de amor ni siquiera tormentosa, un romance casi sin trabas, salvo algunas mudanzas. Se podía aún, antes del estado de excepción, jugar a la singularidad excepcional, jugar con los amigos y enemigos el juego de guerra. Pero eso es algo distinto a nuestra experiencia presente. La guerra, paradigma de las luchas entre grupúsculos, la guerra, matriz de estrategias para- o pseudo-militares de guerrilla imaginativa, los surrealistas, los situacionistas, los mao-dadaístas (y la la lista podría prolongarse) vivían en un mundo donde las palabras y la experiencia mantenía un diálogo apasionante que podía ser tornado al extremo, convertido en escándalo, incluso interrumpirse por la buena. Éstos eran juguetes de guerra, guerras para ricos en espíritu. Ahora nosotros podemos encuadrar y exhibir esas bellas gesticulaciones y regresar al toque de queda de nuestro día a día ya-filmado, a las superficies saturadas de imágenes publicitarias, a nuestras soledades socio-económicamente integradas. Y comprender de una vez por todas que el terreno de enfrentamiento ha cambiado, que nos es preciso inventar derivas mucho más ambiciosas para incluso sólo escapar de la normatividad amplificada de nuestras percepciones.

6. visiones del mundo. Una vez que han sido desmovilizadas nuestras consciencias, se nos ha acostado confortablemente en la pesadilla de un presente ilegible y sordomudo, en un territorio marmoleado de angustias.
Las celdas donde se encierra y se olvida a los presuntos culpables, las habitaciones vacías con sillas y escritorios donde se tortura para que se confiese, continúan existiendo, incluso si no las podemos ver: las percibimos. Sus olores, sus silencios y sus luces blancas pueblan la capa inaparente de lo cotidiano administrado. No han desaparecido. La eterna noche de los noticieros televisivos nos aporta ésta intuición que se desliza en nosotros con las imágenes de los teatros de guerra propiamente dichos.
Las comisarías, los hospitales, las autopistas, las escuelas, las cárceles, las zonas de alta seguridad y los cuarteles, hasta los camiones, los aviones y los trenes que van lejos a exportar el odio en nombre de la guerra, que finalmente porta ese nombre, nos provocan igualmente miedo. Ya que nosotros los contenemos y ellos nos contienen.

7. coherencias. Por momentos en nuestras vidas ritmadas por la precariedad, se entrevé un hilo de coherencia. El mismo hilo en el que corta el conocimiento de una guerra que nosotros no hemos vivido pero cuyos efectos y afectos han circulado en nuestros cuerpos. El hilo que conecta los gestos más comunes de nuestra cotidianidad de aquí con los dramas que se consumen en otras partes — hilo eléctrico, hilo paratáctico, que vincula ese vínculo hecho de ausencia de vínculos. Eichmann ajustaba cifras sin ser torturado por la idea de que representaban humanos enviados al matadero. De este hábito de participar en el desastre sin ser capaz de interrogarlo, el arte contemporáneo ha formado su principio estructurante. Construye superficies de coexistencia entre elementos incompatibles, cuestiona eso que nosotros no comprendemos, y no obstante contribuye, tanto como esas mismas líneas, a encender la máquina. Los medios para parar nuestro devenir o para transformar nuestra subjetividad ya no parecen entonces sernos accesibles. La forma de nuestra vida ha sido dibujada por alguien más: sólo nos queda elegir la forma de nuestros productos y esperar que nuestra propiedad privada nos proteja de la guerra. Aunque la propiedad privada es ella misma el estado de agregación primero de la guerra.

8. la noche donde todas las singularidades son cualsea. El soldado simple o el partisano armado de una causa cualquiera, son siempre representados como los anónimos, la carne de cañón a pulverizar por una nación o un ideal, los cuerpos abstractos, las vidas a cronómetro. Por lo contrario, el simple ciudadano —el civil libre— es el individuo único y diferente de cualquier otro, tomado en relaciones sociales específicas, supuestamente para aislarlo de su prójimo, magnificarlo en su identidad irreductible. Y, sin embargo, podemos buscar en todas partes a este individuo verdaderamente humano sin encontrarlo en ninguna región del mundo laboral: detrás de las ventanillas, en los supermercados, en las oficinas, nosotros interactuamos con singularidades intercambiables, unicidades insignificantes que reproducen todas la misma tarea, o bien provocan su expulsión del proceso de producción.

9. excepciones. Por lo contrario. La experiencia, por empobrecida que esté, nos enseña que el amor no se adhiere a un sujeto definido de antemano, que en suma lo que a uno le gusta o aquello a lo uno se liga en el otro es su singularidad en cuanto tal, su singularidad cualsea, pues el amor no tiene causa específica ni razón comunicable. Eso que uno ama en el otro es el agenciamiento social posible o real del que éste es portador, su potencial de conexión y de libertad que hace que nuestros sentimientos puedan surgir y perdurar.
Entonces, cuánto más somos gobernados o incluidos en una disciplina, más somos controlados y aislados en nuestro actuar y nuestro comportamiento. El gobierno ve las masas, pero no considera más que a los individuos. Mide la potencia pero sólo se concentra en los actos.
Se comprende entonces cómo una singularidad amada es cualsea y no intercambiable mientras que una singularidad productiva está aislada e individualizada y sin embargo es en todo momento reemplazable.
Las reglas productivas de la sustituibilidad universal hacen vacilar nuestras ideas recibidas. El saber que detentan los órganos de control sobre nuestras vidas hace que todos nos hayamos vuelto para el poder unas excepciones. Y cuando nos encontramos la mano de la ley, lo que ésta hará de nosotros no dependerá de las convenciones establecidas, pero sí de la contingencia única de esta fricción. Nuestro presente se ha vuelto imprevisible, cada instante un momento potencialmente excepcional. Es así que la configuración nueva de la guerra opone el Poder Identificante a las singularidades cualsea; obliga a unos a la guerrilla suicida, a otros a la soledad anónima rodeada de objetos.

10. las reglas del juego. Vivir en sociedad se ha vuelto una experiencia nueva. Y aterradora. El humanismo tradicional nos aseguraba que el progreso consistiría en una mejor administración de nuestras vidas. Pero actualmente sabemos que la disciplina que nos gobierna puede producir sin duda tanto mercancías como cadáveres.
La percepción que nosotros tenemos de este estado nuevo de las cosas no encuentra ningún nombre conveniente, ella se teje de imágenes y gestos, no se aloja de manera duradera en el lenguaje. Esta nueva soledad nos ha cambiado en seres extraordinariamente contemplativos. Los miles de dispositivos nos permiten una visualización intermitente e hipnótica del monopolio de la violencia que nos gobierna.
Nuestro contacto con la información geopolítica ha crecido, pero es cada vez menos íntimo, y el vocabulario, llamado a definir toda suerte de exterioridad, se deshilacha. Los cuerpos que reciben este mar de noticias del frente se han vuelto inorganizables. Las miradas descansan ya sobre las pantallas. Recuerdos-pantalla, imágenes-pantalla: la realidad zanjada hace nacer nuevas necesidades de diversión. Nuestras percepciones sólo se federan ya esporádicamente: he aquí el efecto más devastador e inédito de esta guerra.
Es también por esto que no se podrá contrarrestar esta guerra sobre el terreno de las imágenes o de la iconoclasia (la pantalla negra no es un monocromo, porque la pintura jamás pretendió informarnos en vivo sobre el estado del mundo).
Y sin embargo, el espectador jamás ha sido tan influyente, ya que él nunca ha sido precisamente el nombre de la condición de cualquiera.
Es el valor de uso ético de nuestras percepciones lo que está ahora por negociar y establecer, pero está ya en potencia, a la espera de los gestos que le pongan en circulación. Porque en tiempos de guerra, no son sólo los intercambios monetarios los que se modifican sino también la economía del deseo en su totalidad la que es tocada por la inflación.
Nueva York, 7 de enero 2007