Dionys Mascolo / Sobre el sentido y el uso de la palabra «izquierda»

Este texto («Sur le sens et l’usage du mot “gauche”») se publicó por primera vez en el número especial 112/113 de  la revista francesa Les Temps modernes (mayo de 1955) dedicado a «La Gauche», («La Izquierda») el cual tuvo contribuciones de Simone de Beauvoir, Claude Lanzmann, Jean Pouillon, Jean-Toussaint Desanti, Marcel Péju, Claude Bourdet, Pierre Naville, Gilles Martinet, etc. La actualidad del comunismo de Dionys Mascolo sigue por ser explorada en nuestra lengua.
Mascolo nació en 1916 en una familia de inmigrantes italianos. Como miembro del comité de lectura de la editorial francesa Gallimard, se unió a la Resistencia durante la ocupación nacionalsocialista en Francia, y formó parte del «grupo de la calle Saint-Benoît» en torno a Marguerite Duras (con quien él se casará luego de la Segunda Guerra Mundial). Aquí entró en contacto con Robert Antelme, Edgar Morin, Maurice Merleau-Ponty, Claude Roy. En la liberación, participó, con François Mitterrand, en la repatriación de Antelme, quien estaba en cautiverio en el campo de Dachau. Se unió al Partido Comunista Francés en 1946, pero muy pronto lo rechazó por su rigidez. Fue excluido del partido en 1950, con Duras y Antelme. En 1953 escribió Le Communisme, donde expone su concepción de un comunismo diferente. Anticolonialista convencido, coescribió con Maurice Blanchot el texto de la Declaración sobre el derecho a la insumisión en la guerra de Argelia (el «Manifiesto de los 121») cuya repercusión fue enorme. En mayo de 1968, creó con Blanchot un Comité de acción de estudiantes-escritores del que varios textos serán presentados en el próximo libro de La révolution par l’amitié que editará, en octubre de 2019, la editorial francesa La Fabrique. Este libro presentará una serie de textos de los que resaltan su estudio sobre Saint-Just, su reflexión sobre Nietzsche y los textos del 68 sobre los comités de acción. Todo su trabajo se sitúa en la óptica de otro comunismo, diferente al comunismo objetivo y puramente racional que era dominante en la época. Su concepción de una versión sensible del comunismo tuvo gran influencia, en particular en los situacionistas y Guy Debord. Mascolo no buscaba ser famoso, y hoy en día su papel es bastante desconocido.

 

Incluso en su sentido estricto, la palabra resulta poco clara. En su origen, como mínimo, es una palabra peyorativa. Inicialmente, izquierda significa desviado, torcido, mal hecho, por tanto desmañado, y de aquí provendría que el lado del cuerpo donde se encuentra el brazo más débil, se dice (y el corazón, se añade con cuidado, cuando se considera el caso de los zurdos), haya sido designado con esta palabra. Esto es al menos lo que los diccionarios han alcanzado para definir el lado izquierdo. Como puede verse, esta definición no corresponde al uso real de la palabra, que sirve para nombrar una orientación del espacio que ocupamos, y nada más.
El empleo político de la palabra, por su parte, tiene un origen claramente accidental. La izquierda fue llamada así, primero en Francia, porque ella (es decir, los partidos de la oposición) se colocaba a la izquierda del presidente de la asamblea (desde la Constituyente, por lo que parece). En otras asambleas, por cierto, fue al revés. Pero, otra curiosidad, la izquierda política apenas deja definirse mejor que el lado izquierdo, el cual sirvió de manera fortuita para designarla. El empleo de la palabra es, a pesar de todo, corriente, e izquierda y derecha, en política, pasan por querer decir algo tan específico como lo que izquierda y derecha quieren decir cuando es el caso de orientarse de modo concreto en el espacio. Esto lo entendemos de manera inmediata, sin mayor examen. Cuando es el caso de los hombres tomados en particular, por ejemplo, la palabra forma parte de las características, por así decirlo, antropométricas de cada persona, aquello a lo cual todos estamos obligados a dar una respuesta.
Este acuerdo sobre la palabra abarca todos los desacuerdos posibles. La gente cree que se pone de acuerdo con palabras a medias cuando ha pronunciado «de izquierda». Pero si izquierda es en efecto una palabra a medias, y no una palabra entera, desempeña a pesar de todo el papel de una verdadera palabra. De aquí emergen los malentendidos y la confusión en un orden de cosas en el que la confusión no perdona. «Es de izquierda», «es de derecha», casi siempre esto implica: es bueno, es malo. Y unos se engañan a sí mismos, otros desean enérgicamente no pasar por malos. Por consiguiente, son bastantes los que se creen «irreprochablemente», resueltamente, de izquierda, y en ningún caso lo son con la claridad más insignificante (el impulso más pequeño del corazón les parece una prueba irrevocable de ello), pero no entienden por qué no lo serían, y se preguntan qué habría que hacer para serlo verdaderamente. Además, son bastantes los que son de izquierda del mismo modo en que respiran, y no lo saben, o no se atreverían nunca a pensar que esto es «ser de izquierda», y sospechan de sí mismos que son malos, y sucumben a la vergüenza.
En efecto, son igualmente de izquierda — se pueden llamar y se los llama igualmente de izquierda a hombres que no tienen nada en común: ningún gusto, sentimiento, idea, exigencia, rechazo, atracción o repulsión, costumbre o partido tomado… No obstante, tienen en común ser de izquierda, sin ninguna duda de por medio, y sin que tengan nada en común. Algunas veces se lanzan quejas en relación a que la izquierda está «dividida». Corresponde a la naturaleza de la izquierda estar dividida. No es el mismo caso para la derecha, a pesar de lo que una lógica bastante ingenua haría pensar. Lo que ocurre es que la derecha está hecha de aceptación, y que la aceptación es siempre la aceptación de lo que es, el estado de las cosas, mientras que la izquierda está hecha de rechazo, y que todo rechazo, por definición, carece de esta base irreemplazable y maravillosa (que puede incluso parecer propiamente milagrosa a la mirada de cierto tipo de hombre, el pensador, por poco que se promueva por el cansancio): la evidencia y la firmeza de lo que es. Casi nunca son exactamente las mismas cosas las que se rechazan (habría que ser capaces de rechazarlo todo, para que sea seguro, lo cual equivale a no vivir). Trataremos de precisar aquello que es rechazado constantemente en cualquier rechazo «de izquierda».
Y antes que nada, la cuestión no es condenar el empleo de esta palabra incierta. Su incertidumbre misma es rica. Alain decía: «Cuando se me pregunta: “¿qué es izquierda o derecha?”, de inmediato me doy cuenta de que estoy hablando con un hombre de derecha». Ésta es la sensibilidad de izquierda. Es seguro que Alain era de izquierda. Y en efecto, todo resulta claro a este nivel.
Todo resulta claro a este nivel. Pero ¿cuál es exactamente este nivel en el que todo resulta claro? Nada menos que el nivel del liberalismo burgués. Pensándolo bien, el autor de esta frase, que expresa perfectamente la sensibilidad de izquierda, ¿no era más bien de derecha? Parece establecido que fue siempre reaccionario. Así pues, el empleo correcto de la palabra izquierda sería posible únicamente a un nivel de pertenencia indudable a la burguesía. Uno puede ser un burgués de izquierda o de derecha, estar más a la izquierda o más a la derecha, ser más o ser menos reaccionario. La palabra «izquierda», en cualquier caso, sólo tiene contenido cuando se aplica a una cierta manera de ser burgués. Esto equivale a decir que lo que distingue derecha e izquierda es siempre superficial, arbitrario, azaroso: del orden de la opinión. Entre tantas opiniones contrarias, y tan fundamentalmente cómplices entre sí, resulta completamente imposible elegir. Ninguna tiene sentido, o cada una lo tiene tan ligeramente que, si se acepta participar en el juego de este tipo de disputas, uno siempre corre el riesgo de verse llevado a sostener la opinión de derecha en vez de la otra, aunque en contra de su voluntad, y sin ninguna verdad: nos encontramos entonces ante el triste horror de una de esas noches profundas en que todos los gatos son pardos. Sería muy poco decir que las preguntas están mal planteadas cuando se las formula en términos de izquierda y de derecha. En estos términos, no están realmente planteadas. Si está permitido decir que toda verdadera exigencia intelectual debe conducir en principio a una posición de izquierda, como se cree, la exigencia intelectual que sólo se dedica a aplicarse a un problema particular puede en efecto conducir a una posición de izquierda frente a este problema particular, pero le es imposible permanecer ahí, contentarse con ser esto: posición de izquierda frente a este problema, sin dejar precisamente de ser una exigencia intelectual y volverse una opinión, y nada más. Ahora bien, cada uno sabe que tales opiniones de izquierda pueden acumularse indefinidamente en las mentes sin nunca provocar una verdadera revisión. La saturación extrema apenas permite volverse el «simpatizante» de los revolucionarios —ya que es de revolución de lo que se trata: es con respecto al proyecto revolucionario que la izquierda deja que su sentido se vislumbre, y no con respecto a la derecha—, postura donde uno puede fijarse, como al borde de un vacío al que uno sabe claramente que no se lanzará, después de todo, o se obstina a disfrutar esta atracción durante toda su vida. La cantidad de posiciones de izquierda asumidas sucesivamente no es lo que permite acceder finalmente a la posición revolucionaria, como si ésta fuera tan sólo su suma. Pasar de la saturación de izquierda a la posición revolucionaria exige aún un acto cualitativo, verdadera conversión incluso a los ojos de hombres de izquierda saturados, tanto como sea posible, pero a los que tal acto asusta. En este sentido, importa poco ver que se acumulen las posiciones de izquierda, si el principio común a cada una de estas posiciones permanece desapercibido, o sin ser reconocido, porque en este reconocimiento es que consiste precisamente el acto de consciencia que la extrema saturación nunca permitirá en sí misma cumplir. Más acá de este acto se da finalmente —entre la izquierda que se mantiene como izquierda y la revolución— una oposición más radical que entre el promedio de las opiniones que constituyen a la izquierda y aquellas que constituyen a la derecha. Nunca, por ejemplo, se le ocurrirá a un revolucionario decir que es de izquierda. Si el empleo de la palabra marca una frontera, ésta es la frontera entre aquello que es conscientemente revolucionario y aquello que no lo es, mucho más que la frontera entre aquello que es de izquierda y aquello que es de derecha. Esta última frontera es móvil, no se deja trazar. Y ¿qué revolucionario hablará de Izquierda francesa para referirse a la congregación ideal entre los revolucionarios (llamados entonces «la extrema izquierda») y los no-revolucionarios, o burgueses, que son de izquierda? Con riesgo de matizar esto más adelante, diremos: del mismo modo que Alain veía inmediatamente en aquel que busca negar el sentido de la distinción izquierda-derecha a un hombre de derecha, así también el revolucionario reconoce inmediatamente en aquellos que piensan en términos de izquierda y de derecha a hombres que no son revolucionarios, burgueses, aunque sean de izquierda. Después de todo, estas disputas son las de ellos, no las suyas. La distinción izquierda-derecha tiene entonces un único sentido seguro. Sirve para distinguir entre burgueses. La palabra «izquierda» tiene, pues, un contenido claro. Pero este contenido significa en primer lugar no-revolucionario. Hay que agregar que incluso puede llegar a significar (no siempre por astucia o juegos de palabras, sino de un modo bastante real) reaccionario de algún género — en resumen: de derecha. Y eso es, de hecho. Lo que se entiende es simplemente que el reaccionario de izquierda será menos reaccionario que el reaccionario de derecha. En efecto, el empleo de este vocabulario vuelve necesarios matices de esta talla. De lo anterior no habría que inferir que este vocabulario no se corresponde con una realidad. Sí se corresponde. Existe una izquierda por todas partes. Existió una izquierda del partido nazi, sin ningún chiste de por medio. Esta izquierda era una izquierda, y nazi. Pasarlo por alto sería cómodo, si no equivaliera a resignarse a no comprender ya nada. Pero las cosas se entremezclan más: hay algo de izquierda por todas partes.
Todo lo que se designa como de izquierda es ya equívoco. Pero lo que se designa como «la izquierda» lo es mucho más. El reino de la izquierda se extiende desde todo aquello que no se atreve a ser franca y absolutamente de derecha, o reaccionario (o fascista), hasta todo aquello que no se atreve a ser francamente revolucionario: dudosa, inestable, mixta, inconsecuente, aquejada de todo tipo de contradicciones, impedida a ser ella misma por el número indefinido de las maneras de estar unida que se le proponen, siempre dividida, como se dice, y nunca por desgracia, maldad o torpeza, sino por naturaleza.
Ahora puede precisarse la definición de antes. Es de izquierda, lo hemos visto, todo rechazo, incluso parcial, de lo que es. Todo juicio, todo acto que puede llamarse de izquierda, tiene este sentido: es rechazar cierto aspecto de lo que es. Es una contestación, tímida o radical, fortuita o sistemática, a lo que se presenta como establecido. Niega algo de aquello que intenta imponerse como no superable, como imposible, como prohibido. Todo acto de izquierda tiene este sentido: es el rechazo de un límite establecido. Toda reflexión de izquierda tiene este sentido: es la negación de un límite teórico. Toda sensibilidad de izquierda tiene este sentido: el asco por los límites, teóricos o prácticos. Toda exigencia de izquierda es la exigencia, incluso insensata, de superar un límite que se reconoce como límite. Más adelante volveremos a ver qué distancia separa la decisión revolucionaria del acto de izquierda. Que baste con notar por ahora que el rechazo opuesto a la realidad revolucionaria, rechazo que se vuelve posible, e incluso atractivo, desde que existe una empresa revolucionaria efectiva, este rechazo puede él mismo llamarse de izquierda, e incluso puede pasar por ejemplar. Oponer tal rechazo a la realidad revolucionaria, y no motivarlo una y otra vez a continuación, es el único acto «de izquierda» que hayan nunca realizado ciertos hombres a los que se reconoce universalmente como representantes eminentes de la izquierda. También destaca que la vocación del artista, del escritor, del poeta, es inmediatamente «de izquierda». Es al mundo exterior, a la fortaleza insoportable y pretenciosa de las apariencias, a lo que está fuertemente obligado a comenzar a atacar, tan pronto como comienza a realizar una obra. En este sentido, resulta cierto decir que no existe ninguna gran obra de derecha. Proust, que en nada se parecía a alguien que niega, no recibió nada tal como es en su obra. La mirada nueva del artista sobre el mundo exterior es en sí el equivalente de la revuelta (política) ante el estado de cosas.
Vemos de inmediato la infinita diversidad posible de las actitudes que pueden igualmente llamarse de izquierda. Sería necesario poder negar todo lo real. El rechazo indefinido de todos los límites sería la actitud de la revuelta ideal. Pero a su vez el rechazo se limita por sí mismo. El impulso de contestación más grandioso se tropieza un día con el objeto que considera digno de amor o de respeto, y que lo deja turbado. Y menos mal que sea así, quizá, pero también hay que percatarse de que aquí está la eterna ventaja de lo real, del mundo exterior, de las apariencias, del estado de cosas, del orden establecido, y que se asemeja mucho a la eterna ventaja del mal que Péguy constataba: mucho bien no modifica el estado del mal, que lo absorbe inmediatamente, un átomo de mal basta para corromper una gran masa de bien. Parece que lo real siempre tiene que acabar triunfando (al menos entre los individuos separados, ya que algo completamente diferente ocurre con las colectividades). La desigualdad es demasiado grande entre lo que es y el rechazo que se intenta oponer a ello. Las cosas son reaccionarias. Por lo tanto, habría que ser infinitamente desconfiados, y a pesar de todo tener como algo cierto que ella vendrá de sí misma a dormirse en los laureles, y siempre demasiado pronto. Pero también es por eso que la izquierda sólo puede ser inconsecuente. Está por todas partes —o hay algo de ella por todas partes— donde se declare el rechazo a un límite, es decir, una revuelta contra lo que es. Pero lo que es, unas veces es la familia, unas veces la religión, o el régimen social, la división de los hombres en clases, su separación en especies diferentes, la explotación capitalista, o el colonialismo, o el academicismo, incluso la propia revolución (desde 1917). Siempre tienes la posibilidad de operar laudablemente tu revuelta en tal o cual sector de la realidad, expulsar uno de los mundos a los cuales perteneciste hasta entonces, es decir, un mundo que te limitaba, te disminuía, te mutilaba, sin tener el miedo ni la vergüenza de continuar formando parte de algún otro de estos mundos, asumiéndolo en cambio sin siquiera pensarlo. Este rechazo parcial, rechazo opuesto a uno u otro de los mundos que te retienen prisionero, es el acto que en realidad merece llamarse de izquierda.
Una vez más, para acceder a la determinación revolucionaria no basta con multiplicar los rechazos de este género. Y es necesario subrayar, en primer lugar, que la cuestión misma de rechazar o no rechazar se plantea solamente a aquel que no se encuentra en el estado de la desposesión (desposesión práctica o teórica). Aquel a quien todo le es negado ciertamente no cuenta con demasiados esfuerzos que proporcionar para rechazar algo, demasiados esfuerzos que hacer para repeler tentaciones inexistentes, ni mucho de qué felicitarse por los méritos que algunas veces se reconocen al ser de izquierda a quienes habrían podido seguir con las ilusiones en las que su clase los apresa, al mismo tiempo que reciben sus privilegios. Es por esto que la persona a la que todo le está ya negado de forma natural no considerará proclamarse de izquierda. Ella es, al menos en potencia, el revolucionario-nato, el hombre de necesidad, o proletario, incluso aquel en cuya cercanía los hombres de izquierda se sienten siempre plebeyos de una forma realmente desesperada y cómica, como si la suerte, desde su nacimiento, hubiera excluido de ellos para su desgracia este título de nobleza, cuando depende de una disposición del espíritu completamente natural y que además frecuentemente es posible compartir esta nobleza con todos.
Aún más, la cuestión misma de rechazar tal o cual cosa puede ser tan sólo burguesa. El espíritu de simplicidad, igual de bien e incluso mejor que nacer fuera de las clases dominantes, permite ver su inconsistencia. El rechazo «de izquierda» es todavía un lujo. Se distribuye sólo a los ricos, se dice, e igualmente sigue siendo necesario ser rico para considerarse de izquierda. Abandonar algo que forme parte del patrimonio que representa la pertenencia a una clase privilegiada, incluso si es un abandono de pensamiento —una negación—, eso es lo que comúnmente basta para ser llamado o sentirse de izquierda. Se trata del eterno lado franciscano de los ricos, completamente necesario, lujo suplementario, gracias al cual se vuelve posible gozar libremente de las riquezas conservadas. Hubo un tiempo en que el rico franciscano tuvo un sentido. Y hace no mucho tiempo que el hombre de izquierda podía encontrarse aún un sentido. Ante la existencia de un movimiento revolucionario cuya naturaleza revolucionaria, a pesar de todas las melancolías que el espíritu de perfección puede fomentar en su contra, lo que es perfectamente evidente es que el hombre de izquierda ya no tiene ningún sentido seguro. Se hunde en la ola, puede acusárselo de todas las hipocresías, de todas las debilidades, de todas las habilidades, es capaz de ceder a todos los caprichos, de sufrir todas las intimidaciones, de ser el autor de todas las falsas iniciativas, de todos los retornos, vuelcos, conversiones, negaciones posibles. El hombre de izquierda no posee ninguna figura. No tiene identidad, porque la izquierda no posee ningún concepto.
¿Qué es entonces aquello que sería tan necesario para volverse revolucionario, y que hace falta a los hombres de izquierda? Para continuar con los «ricos» —y precisemos que todo intelectual es por definición un rico— y para emplear la única terminología que aquí resulta adecuada, les hace falta en primer lugar el simple espíritu de pobreza o, de nuevo, de simplicidad, el cual habría podido facilitares al menos y de una manera completamente natural las ganas de ceder a contagiarse por los rechazos, de difundir en todos los mundos que los aprisionan el acto de rebelión que los haría libres. Llegados a este punto, les seguiría haciendo falta descubrir el criterio revolucionario que es capaz de dar a todos estos actos de rechazo burgués, o de izquierda, un sentido común, y que los forzaría en efecto a cumplirlos todos con coherencia. Es entonces cuando podrían verse —¡al fin!— como los iguales del revolucionario-nato, de aquel al menos que les parece que nació completamente preparado con el criterio y con el estado de necesidad que siempre fue el suyo, lo cual resulta inexacto, ya que sigue haciendo falta que el revolucionario-nato se deje persuadir por medio de la teoría de que su estado de desposesión es precisamente el estado revolucionario fundamental, para volverse él mismo un revolucionario. Pero finalmente, mediante sus vías, por lo menos habrían llegado a este estado de desposesión que es el único que permite, e incluso si es puramente teórico, concebir el acto revolucionario.
Es de izquierda el acto de rechazo que a sí mismo se limita a la negación de uno de los mundos que impiden a un hombre ser un hombre. Así por ejemplo, rechazar admitir como límites legítimos aquellos límites del claustro mental que es la religión, da lugar, en política, al laicismo. En el partido llamado RGR (Rassemblement des gauches républicaines), G significa gauche, izquierda, e izquierda significa aquí simplemente laicismo, y laicismo es el único rasgo que comparten todos los hombres de este partido. Sin embargo, tiene católicos autodenominados cristianos progresistas que no son de ninguna manera laicos, y que se sitúan bastante a la izquierda de los primeros, porque rechazan con un vigor completamente comunista el régimen social al que se conforman puntualmente los hombres de izquierda del RGR, prisioneros del claustro mental que es la burguesía. En el límite de la ambigüedad también podemos encontrar otros tipos de evasión. A los ojos de los republicanos reaccionarios sabios, el realismo de Maurras pasó siempre por jacobino. La tristeza y la desolación son tan grandes, debemos creer, en las jóvenes generaciones burguesas que una especie bastante frecuente de revuelta, todavía hoy, conduce a la adhesión realista.
Así pues, tomado de manera individual, cada uno presentará algún rasgo de izquierda, y es imposible encontrar a un hombre, incluso muy original, muy «anormal», o muy anormalmente sano, que haya permanecido indemne, preservado de todo perjuicio de este mal: la izquierda, que sería entonces puramente de derecha. Todo el mundo está contaminado en mayor o menor medida, hay algo de izquierda por todas partes, y por consiguiente no hay más derecha pura que izquierda absoluta. Al azar de los encuentros individuales, de las experiencias y de los lectores, de las amistades y de los conocimientos adquiridos, los rasgos de izquierda se encuentran distribuidos desigualmente en todas las vidas, y cada uno siempre puede considerarse como una pequeña nebulosa de izquierda en su propio género. El profesor Massignon conoce lo suficientemente bien la cultura árabe como para no sublevarse a causa de la política francesa en África del Norte. Del mismo modo, ni siquiera la suerte de los obreros franceses lo ha movilizado espontáneamente, y los límites que la religión cristiana —y la musulmana— impone al pensamiento nunca lo han indignado. Y así sucesivamente…
Es posible encontrar tales complejidades incluso a la escala de una nación, y tal esquema se aplica también a la actitud política de un pueblo, considerado en su conjunto, en un momento dado de su historia. Estados Unidos en su conjunto es de izquierda. Cualquiera que haya visto vivir a los soldados estadounidenses de 1944-1945 no puede ponerlo en duda. Y los europeos que han vivido en Estados Unidos han sido afectados por el tono democrático que reina en las costumbres. ¿Por qué, pues, el estadounidense más demócrata parece en Europa un patrón? Estados Unidos, en efecto, desde la guerra se comporta como el hombre rico del globo. No conocía nada del mundo, no se interesaba en él, se aislaba incluso voluntariamente, pareciéndose en esto a un joven burgués liberal, tolerante, que busca en sí mismo su propia libertad, no se ocupa de los demás, y se propone que los demás también lo dejen en paz. Entonces vino la guerra, recibió la advertencia de intervenir o abdicar absolutamente. Descubrió entonces que el resto del mundo podía ser pobre. Se atemorizó, incluso cayó enfermo, y no se ha recuperado. Todo lo que siguió se asemeja a las reacciones del rico que tiene miedo. Del aislacionismo pasó entonces a la soledad. A la soledad del amo, ese incomprendido, que en efecto no entiende que es su potencia misma la que le impide ser comprendido, y que, incomprendido, se asusta. La burguesía liberal del mundo entero ha seguido una evolución semejante. El liberalismo murió al mismo tiempo que el rico se asustó, y se asustó al mismo tiempo que descubría su soledad. Hasta aquí, podía considerarse como un demócrata, hombre de izquierda, hombre entre los hombres de la sociedad estable del liberalismo. Ya no puede hacerlo de ningún modo, descubre que es de derecha, y que la derecha es soledad, y por añadidura, que esta soledad es la mala soledad. El rechazo de los límites, la suspensión de las prohibiciones, por sí solas, dejan entrever una comunidad posible: la verdad será la obra y el privilegio de todos, o de nadie. No hay razón para no ser de derecha si uno no se horroriza con la soledad — de esta actitud podemos decir que no proviene de que el acto solitario por excelencia, y prometido a cada uno, sea la muerte. Pero de este modo no tendría que ser posible ser de derecha más que a solas. Mientras los solitarios se reúnen, del mismo modo que se asocian los héroes de Sade (antes de supliciarse los unos a los otros) porque tienen en común creer que no existe ninguna posibilidad de quebrar la soledad, que para ellos es absoluta. Hay, pues, una derecha, pero esta derecha no es menos inconsecuente ni menos impura que la izquierda. Simplemente, una vez más, y sin siquiera saberlo, la derecha posee la fuerza de las cosas, o más bien su peso, la fuerza de inercia del estado de cosas, la simple pesadez. Es el peso de las cosas el que se encarga siempre de devolver una coherencia ahí donde ésta empezaría a faltar. En la fortaleza de los límites recibidos, uno puede jugar tanto como quiera a oponerse a algo de lo que es, permitirse el lujo de un desorden, de una risa, de un capricho, de una hora de ebriedad, de un acceso de generosidad, de un acto de imaginación, del mismo modo en que hacían los príncipes que se paseaban de incógnito entre la muchedumbre de sus súbditos. El agenciamiento gigantesco de los límites no queda sacudido, el edificio del mundo exterior permanece intacto. Un rasgo de izquierda en un hombre de derecha no es una inconsecuencia real. Así pues, la derecha siempre parece coherente, y una. Una vez más, esta coherencia es la coherencia de lo que es, esta unidad es la unidad del estado de hecho. La inconsecuencia está sólo en los hombres, y los hombres, a este nivel, ni siquiera pueden ya equivocarse, por así decirlo. Que ellos acepten el sistema en bloque, y a partir de ahí multiplicarán fácilmente los actos de izquierda, son de derecha, y siguen siéndolo.
Continuando con la búsqueda de precisar el sentido de la palabra «izquierda» y el uso que es posible hacer de ella, resulta de mayor importancia subrayar ahora que un hombre político revolucionario —es decir, el único tipo de hombre en quien el pensador y el hombre de acción coinciden en principio— tiene el deber, y por lo demás se ve en la necesidad, de contar con los rasgos de izquierda así sembrados en el abanico de las formaciones políticas y de las ideologías, de los grupos diversos, e incluso de las actitudes individuales. Estas contradicciones, como él dice, que vigila sin cesar, y a las cuales intenta siempre que se aferre la acción revolucionaria —y la acción revolucionaria tiene efectivamente este sentido: ella es el esfuerzo lógico que se injerta a las cosas, que se enfrenta a ellas (podría estarse tentado a decir que las interpela, por analogía con el diálogo) para tratar de que desarrollen sus propias consecuencias—, estas contradicciones, consideradas aquí como la inconsecuencia de la izquierda, y a las que en otros lugares se ha llamado el desgarramiento de la izquierda (si se piensa la izquierda como un todo), el revolucionario ve en ellas otra expresión, la expresión ideológica, de las contradicciones capitalistas. A las contradicciones capitalistas corresponde la inconsecuencia idealista. Inconsecuencia, precisamente porque no hay idealismo que no contenga rasgos de izquierda.
Según los acontecimientos, podrá entonces hacer alianza con tal colonialista laico antes que con tal socialista, con tal papista «social» antes que con tal radical, con tal filósofo idealista antes que con tal teórico marxista «izquierdista». Le resulta imposible actuar de otro modo. En todo burgués, o pequeñoburgués, o en toda consciencia prerrevolucionaria, los rasgos de izquierda y los de derecha, los rechazos y las aceptaciones de los límites, las repugnancias y las sumisiones se mezclan en proporciones variables, según un número de acuerdos infinitos, como los electrones en los átomos. Los isótopos de la izquierda son innumerables.
Para el hombre de acción revolucionaria, la izquierda, aunque equívoca e incierta siempre, es por tanto una realidad que no puede ser ignorada. Es una realidad para él. No puede ignorarla. Y sin embargo, qué extraña realidad es ésa, incluso para él, a la que nunca puede asir. De verdad, incluso a sus ojos, la izquierda es sólo un proyecto. La izquierda —la Izquierda sobre la cual los periódicos publican todos los días información— es la reunión ideal de todos los rechazos separados, la unidad nunca realizada de todos los rasgos de izquierda sembrados en la variedad sin límites de las actitudes individuales, la reagrupación teórica de los actos de contestación de la realidad cumplidos en las diferentes esferas de la realidad. El juego de las alianzas, bajo la presión de ciertos acontecimientos graves y muy excepcionales (pero tan graves que hacen que uno se vuelva serio y obligan a todo el mundo a ser consecuente durante algunos meses, desempeñando aquí los acontecimientos mismos el papel de partera lógica que se reserva comúnmente a la acción revolucionaria), puede dar lugar a fenómenos como los frentes populares, donde la izquierda está muy cerca de adquirir una realidad. Paraísos reales de la consciencia de izquierda, efímeros, inolvidables, son de manera inmediata el objeto de enormes nostalgias, cuando las cosas han reanudado su curso aburrido, y que ellas orillarían a un cúmulo de esfuerzos suplementarios a aquellos que sueñan con recuperar su vieja unidad, caída del cielo en tiempos de facilitación bienaventurada.
O bien es una realidad no despreciable para el hombre de acción, o bien, ante la mirada de la reflexión teórica, la izquierda así definida no tiene ningún empleo. Aquel que no es un hombre de acción, pero que intenta simplemente pensar la empresa revolucionaria y sus razones, y que termina por darles su consentimiento, y por prometerles ocasionalmente su apoyo, sólo puede pretender que haya un pensamiento de izquierda, o que es incapaz de definirlo. Cualquier negación de los límites, en sí, es de izquierda. El hombre de acción puede todavía saber, en tal momento, en tal situación, lo que quiere decir izquierda, aproximativamente. El hombre de reflexión no puede pretenderlo. Si se habla de izquierda es como resultado indispensable distinguir lo que se admite llamar la izquierda política, cuya realidad es incontestable y no necesita justificarse, y aquello que se llama la izquierda intelectual —los intelectuales de izquierda—, cuya existencia no puede negarse, que puede estudiarse por ejemplo sociológicamente, pero cuya identidad espiritual es dudosa — lo que significa que no es completamente fácil, por su parte, justificarla, a pesar de los deseos que se tengan.
Lo que precede tenía por objetivo que se admitiera algo muy sencillo: si izquierda tiene un sentido al nivel de la acción política, izquierda, al nivel de la reflexión o de la búsqueda de verdad, sólo puede oponerse a revolucionario.
Es algo sencillo, y puede incluso parecer fácil que se admita. En realidad, por el contrario, es algo que casi siempre se niega sordamente, y es en los márgenes de esta negación sorda donde se desarrollan los odios inexpiables entre aquellos que se llaman a sí mismos «enemigos íntimos», quienes no saben a ciencia cierta qué los separa, y se sorprenden de verse tan cercanos y de estar obligados a odiarse tanto. Como consecuencia, es de la mayor importancia saber si se admite o no tal oposición, y por qué. ¿Qué reprochan, en el fondo, los hombres de izquierda a los revolucionarios? No ser de izquierda, sin duda, pero con esto entienden: no ser de verdad revolucionarios. ¿Y qué reprochan los revolucionarios a los hombres de izquierda? No ser revolucionarios, sí, pero sobre todo, no ser de verdad de izquierda. Ahora bien, es cierto que ser de izquierda no tiene el mayor sentido para el revolucionario: él por ejemplo no se siente de izquierda. Y aquel que es de izquierda tiene dificultades para imaginar que ser revolucionario no es simplemente ser un poco más «de izquierda». La negligencia de esta oposición real, la ignorancia, sostenida por ambas partes, de esta diferencia de naturaleza, engendra los resentimientos más tenebrosos. De la pretendida «desgracia de la izquierda», siendo desconocida la naturaleza profunda, se comete el crimen de unos o de otros, como en las malas parejas. A fuerza de escatimar en demasía las oportunidades para ponerse de acuerdo, fingiendo ser siempre los mismos, disimulando las diferencias, se acaba en el reino de la acusación permanente.
Ahora bastan pocas palabras para precisar esta oposición. Su desarrollo completo equivaldría a exponer la teoría revolucionaria completa. Esto llevaría demasiado lejos. Y en primer lugar hay que decir, por poco realista que esto parezca, que las disputas sobre el partido comunista francés actual, el estalinismo, la posibilidad de adherirlo, no tienen nada que ver aquí. Eso es algo que atañe a otro orden. Muchos se ven impedidos a adherirse al movimiento revolucionario porque se encuentra acaparado por este partido comunista — cuando nunca se habrían adherido a ningún movimiento revolucionario, simplemente porque son realmente hombres de izquierda, es decir, opuestos por teoría a la teoría revolucionaria.
Volvamos a la ilusión completamente característica y que antes fue señalada: se trata de la ilusión de que los comportamientos de izquierda conducen insensiblemente a la actitud revolucionaria, de que la izquierda es ya revolucionaria. Esta ilusión, a decir verdad bastante superficial, también resulta importante, y de hecho de una gran importancia. De modo normal y riguroso, ha de conducir a quien la sostiene a la actitud contrarrevolucionaria. No hay aquí ninguna paradoja, y ninguna mala fe por parte de aquellos que siguen este camino. Las cosas ocurren así. En cada instante, la empresa revolucionaria real se presenta a sí misma como un conjunto de límites. Algunas adhesiones individuales al comunismo tienen incluso este sentido: son límites nuevos, la seguridad de nuevas prohibiciones con las que uno se casa, así como alguien podría hacer de una religión. Sin embargo, es bastante cierto que la lucha revolucionaria no tendría ningún tipo de existencia posible si no se impusiera participar únicamente en ciertos límites, e incluso límites de una estrechez extrema. Así pues, el rechazo teórico a todos los límites, que constituye el alma del movimiento revolucionario, conduce a la aceptación de los límites de la lucha revolucionaria, de la disciplina, de la «línea», etc. Semejante necesidad puede molestar de manera descomunal, sobre todo durante los periodos que no son revolucionarios, en los que parece no subsistir otra cosa que la simple prohibición. También es por esto que un hombre de izquierda puede parecer más a la izquierda que cualquier revolucionario (salvo en un periodo revolucionario, de nuevo, donde todo se aclara). En particular parece a los intelectuales de izquierda que la honestidad los obliga a rechazar los límites de la acción revolucionaria del mismo modo en que han rechazado los demás límites. Esto equivale a ir hasta el extremo de la actitud de izquierda, ser de izquierda «hasta la izquierda», si nos atrevemos a decir, lo cual significa: hasta la actitud contrarrevolucionaria inclusivamente. Esta caída en la abstracción no deja de ser atractiva. Pero vemos perfectamente que la mera actitud del rechazo indefinido, que es el acto de izquierda esencial, está lejos de conducir de forma fatal a la decisión revolucionaria: ella llevaría más bien a pasar por encima de ésta.
Ahora no resulta demasiado difícil ver aquello que hace falta a los actos de rechazo «de izquierda», para que sean actos de rechazo revolucionario. Es el criterio materialista.
El único criterio que puede unificar todos los rechazos de izquierda en el acto simple del rechazo revolucionario es la definición materialista del hombre como hombre de necesidad. Uno puede volver de todos los modos posibles una y otra vez a esto: todo rechazo, toda revuelta de izquierda, son por naturaleza idealistas. Sólo el humanista no-revolucionario puede decirse de izquierda. La izquierda coincide entonces con los buenos sentimientos; se es de izquierda porque no se es malo, porque se tiene una cierta idea del hombre, y porque es demasiado visible que fuerzas reales impiden al hombre realizar tal ideal. Todo intelectual que acepta llamarse de izquierda obedece a un humanismo, ya sea que lo sepa o lo quiera o no, es decir, a un sistema de pensamiento que pretende saber ya qué debe ser un hombre. Dicho de otro modo, él da una definición positiva del hombre. Sería vano buscar semejante pretensión en la teoría revolucionaria materialista. Es por esto que resulta imposible constituir un humanismo de las necesidades. Un humanismo de las necesidades se resolvería enseguida en acción revolucionaria. El hombre que es presa de la necesidad no es un hombre — o lo es sólo de otra parte, precisamente en cuanto la revolución no tiene ya ningún interés para él, y nunca lo ha tenido: en cuanto no es presa de la necesidad al mismo tiempo, es decir, en cuanto olvida la necesidad, y por tanto en cuanto es ya un hombre: este ser olvidadizo justamente, distraído, desinteresado, curioso, gozador, risueño, jugador, bebedor, soñador: por encima de todo soñador. El hombre que es presa de la necesidad, cuando exige que esta necesidad sea satisfecha, lo que expresa es siempre su necesidad de ser un hombre. Y para esto no es de ningún modo necesario, como lo creen los humanistas, que sepa ya qué es un hombre. Basta con que experimente la necesidad de suprimir lo que le impide ser un hombre. En este sentido, todo hombre es presa de la necesidad, incluyendo el burgués que se muere de privaciones que tiene que soportar para seguir siendo de su clase. La búsqueda de la verdad menos ambiciosa, la de un criterio de universalidad, obliga a negar cualquier definición del hombre que excluiría a un hombre de la humanidad. Hace falta entonces definir al hombre por su carencia, o necesidad. Se trata de definirlo negativamente, y por consiguiente despedir cualquier humanismo sine die. La necesidad, que no es un valor, es el único valor que no puede negarse. Ajustar todas las necesidades sobre la necesidad material de los hombres es poner el acento en el alcance político de tal definición. Es esto solamente, y observamos perfectamente que la definición posee un alcance más general. El estado de necesidad, más la exigencia de que esta necesidad sea satisfecha, es así el ejemplo perfecto de la negación de la negación. Es positivo solamente en este sentido, pero este positivo es lo desconocido, lo que no es todavía, o lo que está a punto de hacerse. Es lo que expresa de manera inmejorable el siguiente texto, de Alexandre Kojève: «En la interpretación dialéctica del Hombre, es decir, de la Libertad o de la Acción, los términos “negación” y “creación” deben tomarse, por lo demás, en sentido estricto. Se trata no de reemplazar algo dado por otro dado, sino de suprimir lo dado en provecho de aquello que no es (todavía), realizando así lo que nunca se ha dado. Esto significa que el Hombre no se cambia a sí mismo y no transforma el Mundo a fin de realizar una conformidad con un “ideal” que le ha sido dado (impuesto por Dios, o simplemente “innato”). Crea y se crea porque niega y se niega “sin idea preconcebida”: se vuelve otro simplemente porque no quiere ya ser el mismo. Y es únicamente porque no quiere ser lo que es que lo que será o podrá ser es para él un “ideal” que “justifica” su acción negadora o creadora, es decir, su cambio, confiriéndole un “sentido”. De manera general, la Negación, la Libertad y la Acción no nacen del pensamiento, ni de la consciencia de sí y del exterior; por el contrario, son estos últimos los que nacen de la Negatividad que se realiza y se “revela” (mediante el pensamiento en la Consciencia) en cuanto acción libre efectiva» (Introducción a la lectura de Hegel).
Lo que impide al hombre que se dice de izquierda ser un revolucionario es precisamente que tenga del hombre una idea preconcebida, un ideal al que nada justifica. No hay nada así en el revolucionario consciente. Si sucede que el hombre de izquierda congenie con el revolucionario es, pues, siempre por un malentendido. El rechazo idealista de un límite dado puede siempre coincidir con un episodio de la acción revolucionaria negadora. No obstante, no hace falta que el hombre de izquierda se crea un revolucionario, mientras que el revolucionario no corra el riesgo sin embargo de que se crea un hombre de izquierda. Lo que es realmente importante saber, lo más a la izquierda que se esté, es si se es idealista, o materialista, y conocer las consecuencias que esto tiene. En particular, es importante observar que a nivel de la reflexión no hay izquierda, no hay pensamiento de izquierda, o que lo que se llama así no es más justificable que aquello que es de derecha. A un lado la generosidad, un idealismo «de izquierda» vale estrictamente por un idealismo «de derecha». Que el comunismo, en la coyuntura presente, tenga o no tenga atractivos, ése es otro asunto. Es necesario admitir como mínimo, para evitar errores considerables, y desacuerdos aún más considerables, dejando además a cada uno elegir según sus medios, sus disposiciones, su cansancio o incluso sus humores, que ninguna exigencia intelectual «de izquierda» es justificable (ésta siempre corre el riesgo de transformarse en su contrario) si no va de la mano de la exigencia comunista universal, si no la moviliza esta última o la toma en sí. De no ser así, esta pretendida exigencia se convierte de nuevo en la exaltación de un nuevo valor entre todos los demás, la prédica de un nuevo humanismo entre los innumerables otros humanismos, sus rivales y semejantes (con alguna diferencia), la continuación de la vana disputa de sordos a lo largo de los siglos. Cada uno puede tener sus razones para seguir manteniéndose al margen de la empresa comunista. Pero en teoría, si se exceptúan las teologías, no hay pensamiento no comunista posible. Que los idealistas de izquierda dejen, por tanto, de acusar a los revolucionarios de no ser de izquierda: lo único que así hacen es reprocharles no ser idealistas. Que comprendan que los revolucionarios pueden con facilidad preferir un idealismo de izquierda a un idealismo de derecha en la acción política, pero que en teoría, para ellos, uno y otro valen lo mismo. Y que comprendan, además, que una menor cantidad de rigor bastaría en corto tiempo para que desaparezca toda apariencia de acción revolucionaria. Que sepan finalmente por qué pueden aliarse con los revolucionarios y en qué medida, en lugar de no aliarse nunca con ellos a no ser que por algún malentendido.
A lo que tendían las reflexiones que anteceden es a reducir tales malentendidos.