William Burroughs / Los límites del control

Existe un creciente interés en las nuevas técnicas de control mental. Se ha sugerido que Sirhan Sirhan fue sujeto a sugestión poshipnótica, tras sentarse estremeciéndose violentamente sobre el aparador en la cocina del Hotel Ambassador en Los Ángeles mientras una mujer hasta ahora no identificada lo sostuvo y susurró algo en su oído. Se ha alegado que las técnicas de modificación de la conducta son utilizadas con prisioneros e internos molestos, a menudo sin su consentimiento. El doctor Delgado, que una vez detuvo a un toro en embestida por medio del control remoto de electrodos en el cerebro del toro, abandonó los Estados Unidos para seguir sus estudios con sujetos humanos en España. Lavado de cerebro, drogas psicotrópicas, lobotomía y otras formas más sutiles de psicocirugía; el dispositivo tecnocrático de control de Estados Unidos tiene en la punta de los dedos nuevas técnicas que, de ser explotadas al máximo, podrían hacer parecer 1984 de Orwell una utopía benévola.
Pero las palabras son aún los principales instrumentos del control. Las sugestiones son palabras. Las persuasiones son palabras. Las órdenes son palabras. Ninguna máquina de control ideada hasta ahora puede operar sin palabras, y cualquier máquina de control que intente hacerlo confiando por entero en la fuerza externa o en el control físico de la mente encontrará pronto los límites del control.
Un impasse elemental de todas las máquinas de control es este: el control necesita tiempo en el cual ejercer el control. Porque el control necesita también oposición o aquiescencia; de otro modo deja de ser control. Yo controlo a un sujeto hipnotizado (al menos parcialmente); yo controlo a un esclavo, a un perro, a un obrero; pero si de algún modo yo establezco un control completo, como con la implantación de electrodos en el cerebro, entonces mi sujeto es poco más que una grabadora, una cámara, un robot. No controlas una grabadora: la utilizas. Consideremos esta distinción, y el impasse aquí implícito. Todos los sistemas de control tratan de hacer al control lo más estrecho posible, pero, al mismo tiempo, si lo consiguieran por completo no quedaría nada que controlar. Supongamos por ejemplo que un sistema de control instalara al nacer electrodos en los cerebros de todos los probables obreros. El control ahora es completo. Incluso el pensamiento de la rebelión es neurológicamente imposible. No es necesaria ninguna fuerza policial. No es necesario ningún control psicológico, aparte de apretar botones para conseguir determinadas activaciones y operaciones.
Cuando no hay más oposición, el control se convierte en una proposición sin sentido. Es altamente improbable que un organismo humano pueda sobrevivir a un control completo. No habría nada ahí. La vida es voluntad (motivación) y los obreros ya no estarían vivos, tal vez literalmente. El concepto de sugestión como técnica de control presupone que el control es parcial e incompleto. No tienes que darle sugestiones a tu grabadora, ni exponerla al dolor, la coerción o la persuasión.
En el sistema de control maya, donde los sacerdotes guardaban todos los Libros importantes sobre las estaciones y los dioses, el calendario era son predicados sobre la base del analfabetismo de los obreros. Los sistemas modernos de control se predican sobre la base del alfabetismo universal, desde que operan a través de los mass-media un instrumento de control de doble filo, como ha demostrado Watergate. Los sistemas de control son vulnerables, y los medios de noticias son por naturaleza incontrolables, al menos en Occidente. La prensa alternativa es noticia, y la sociedad alternativa es noticia, y como tales ambas son recogidas por los mass-media. El monopolio que en otro tiempo ejercieron Hearst y Luce se está derrumbando. De hecho, cuanto más completamente hermético y aparentemente exitoso es un sistema de control, más vulnerable se vuelve. Una debilidad inherente al sistema maya es que no necesitaban de un ejército para controlar a sus trabajadores, y por lo tanto no necesitaban de un ejército cuando necesitaron uno para repeler a los invasores. Es una regla de las estructuras sociales que todo aquello que resulta innecesario se atrofia y se vuelve inoperante después de un periodo de tiempo. Aislados del juego de la guerra —recordemos que los mayas no tenían vecinos con los que pelear— perdieron la capacidad de luchar. En “The Mayan Caper” sugerí que un sistema de control tan hermético podía ser completamente desorientado y destrozado incluso por una sola persona que saboteara el calendario de control, del cual el sistema dependía cada vez más profundamente, mientras los medios reales de fuerza se marchitaban.
Consideremos una situación de control: diez personas en un bote salvavidas. Dos que van armados se autoproclaman líderes y fuerzan a los otros ocho a remar mientras ellos disponen de la comida y del agua, guardándose la mayor parte para ellos y repartiendo sólo lo suficiente para mantener a los otros ocho remando. Ahora los dos líderes necesitan ejercer el control para mantener una posición de ventaja que no podrían sostener sin éste. Aquí, el método de control es la fuerza — la posesión de las armas. El descontrol se llevaría a cabo subyugando a los líderes y tomando sus armas. Hecho esto, sería ventajoso matarlos de una vez. De modo que una vez embarcados en una política de control, los líderes deben continuar esa política como un asunto de autoconservación. ¿Quiénes, entonces, necesitan controlar a otros, sino aquellos que protegen con ese control una posición de ventaja relativa? ¿Por qué necesitan ejercer control? Porque si renunciaran al control pronto perderían esta posición y ventaja, y en muchos casos también sus vidas.
Examinemos ahora las razones por las que se ejerce el control en el caso del bote salvavidas: los dos líderes están armados, digamos, con revólveres calibre .38 —doce disparos y ocho oponentes potenciales. Pueden turnarse para dormir. Sin embargo, deben tener cuidado aún de no dejar saber a los ocho remeros que tienen la intención de matarlos en cuanto divisen tierra. Incluso en esta situación primitiva la fuerza tiene como suplementos el engaño y la persuasión. Los líderes, explican ellos mismos, desembarcarán en el punto A, dejando a los otros comida suficiente para alcanzar el punto B. Tienen la brújula y contribuyen con sus habilidades de navegación. En breve se esforzarán en convencer a los otros de que se trata de una operación cooperativa en la que todos trabajan para alcanzar el mismo objetivo. También pueden hacer concesiones: aumentar el alimento y las raciones de agua. Una concesión significa naturalmente la retención del control —es decir, la disposición de las provisiones de comida y agua. A través de persuasiones y concesiones, esperan prevenir un ataque coordinado por parte de los ocho remeros.
De hecho pretenden envenenar el agua potable tan pronto como abandonen el bote. Si todos los remeros supiesen esto atacarían sin importar las probabilidades. Vemos ahora que otro factor esencial en el control es ocultar a los controlados las verdaderas intenciones de los controladores. Extendiendo la analogía del bote salvavidas al Navío del Estado, pocos gobiernos podrían aguantar un repentino ataque colosal, por parte de todos los ciudadanos sin privilegios, y un ataque tal bien podría ocurrir si las intenciones de determinados gobiernos actuales fueran inequívocamente manifiestas. Supongamos que los líderes del bote salvavidas hubieran construido una barricada y pudieran resistir un ataque coordinado y matar a los ocho remeros si fuera necesario. Entonces tendrían que remar ellos mismos y ninguno estaría a salvo del otro. De un modo semejante, un gobierno moderno equipado con artillería pesadas y preparado para atacar podría aniquilar al noventa y cinco por ciento de sus ciudadanos. Pero ¿quién haría el trabajo, y quién los protegería de los soldados y los técnicos que se necesitan para construir y hacer funcionar las armas? El control exitoso equivale a conseguir un equilibrio y evitar una confrontación en la que todas las fuerzas disponibles sean necesarias. Esto se consigue a través de diversas técnicas de control psicológico, también equilibradas. Ambas técnicas de control, tanto coercitivas como psicológicas, son mejoradas y refinadas constantemente, y sin embargo la disidencia a escala mundial nunca ha estado tan extendida o ha sido tan peligrosa para los controladores en curso.
Todos los sistemas modernos de control están plagados de contradicciones. Basta con mirar Inglaterra. «Nunca vayas demasiado lejos en cualquier dirección» es la regla básica sobre la que Inglaterra se formó, y hay algo de sabiduría en ello. Sin embargo, al evitar un impasse caen en otro. Cualquier cosa que ahora esté yendo hacia adelante también va de salida. Bien, nada dura para siempre. El tiempo es lo que termina, y el control necesita tiempo. Inglaterra intenta simplemente ganar tiempo, mientras se hunde lentamente. Basta con mirar Estados Unidos. ¿Quién controla de hecho a este país? Es muy difícil de decir. Ciertamente los muy ricos son uno de los grupos más poderosos de control, ya que están en posición de controlar y manipular la economía entera. Sin embargo, no les serviría de ventaja instaurar o intentar instaurar un gobierno demasiado fascista. La fuerza, una vez introducida, subvierte el poder del dinero. Este es otro impasse del control: protegerse de los protectores. Hitler formó las SS para protegerse de las SA. Si hubiera vivido el tiempo suficiente, la pregunta de cómo protegerse de las SS se hubiera planteado por sí sola. Los emperadores romanos estaban a merced de la Guardia Pretoriana, que en un año mató a veinte emperadores. Y además, ningún país industrial moderno se ha hecho fascista sin un programa de expansión militar. Ya no hay lugar alguno hacia el cual expandirse — después de cientos de años, el colonialismo es cosa del pasado.
No puede haber duda alguna de que una revolución cultural de dimensiones sin precedentes ha tenido lugar en Norteamérica durante los últimos treinta años, y puesto que Norteamérica es ahora el modelo para el resto del mundo occidental, esta revolución es mundial. Otro factor son los mass-media que extienden todos los movimientos culturales en todas direcciones. El hecho de que esta revolución mundial haya tenido lugar indica que los controladores han sido forzados a hacer concesiones. Naturalmente, una concesión es aún la retención del control. Toma diez centavos, me quedo un dólar. Suavizamos la censura, pero recuerden que podemos recuperarlo todo. Bien, en este punto, eso es cuestionable.
La concesión es otra atadura del control. La historia muestra que una vez que un gobierno comienza a hacer concesiones está en una calle de dirección única. Desde luego, podrían recuperar todas las concesiones, pero eso los expondría al doble riesgo de la revolución y al mucho mayor peligro del fascismo abierto, ambos altamente peligrosos para los controladores de hoy. ¿Acaso surge alguna política clara de este revoltijo de confusión? Probablemente la respuesta es no. Los mass-media han demostrado ser un instrumento de control de poca confianza e incluso traicionero. Es incontrolable debido a su necesidad de NOTICIAS. Si un periódico o una cadena de periódicos propiedad de la misma persona hace de esta historia algo caliente como para ser NOTICIA, algún otro diario lo recogerá. Cualquier imposición de la censura del gobierno sobre los medios es un paso en dirección hacia el control de Estado, un paso que el gran capital está menos que dispuesto a tomar.
No intento sugerir que el control se derrota a sí mismo automáticamente, ni que por lo tanto la protesta sea innecesaria. Un gobierno nunca es tan peligroso como cuando se embarca en una carrera hacia la propia derrota o hacia el suicidio categórico. Es alentador que algunos proyectos de modificación de la conducta hayan sido expuestos e interrumpidos, y desde luego esa exposición y publicidad podrían continuar. Me permito decir que tenemos derecho a insistir que toda investigación científica esté sujeta al escrutinio público y que no debería existir una cosa tal como las investigaciones «ultra secretas».


Publicado
en The Adding Machine, 1985.