Michel Foucault / La monarquía del autor

Para este libro ya viejo debería yo escribir un nuevo prefacio. Mas confieso que la idea me desagrada, pues, por más que yo hiciera, no dejaría de querer justificarlo por lo que era y de reinscribirlo, hasta donde pudiera, en lo que acontece hoy. Posible o no, hábil o no, eso no sería honesto. Sobre todo, no sería conforme a como, en relación a un libro, debe ser la reserva de quien lo ha escrito. Se produce un libro: acontecimiento minúsculo, pequeño objeto manejable. Desde entonces, es arrastrado a un incesante juego de repeticiones; sus “dobles”, a su alrededor y muy lejos de él, se ponen a pulular; cada lectura le da, por un instante, un cuerpo impalpable y único; circulan fragmentos de él mismo que se hacen pasar por él, que, según se cree, lo contienen casi por entero y en los cuales finalmente, le ocurre que encuentra refugio; los comentarios lo desdoblan, otros discursos donde finalmente debe aparecer él mismo, confesar lo que se había negado a decir, librarse de lo que ostentosamente simulaba ser. La reedición en otro momento, en otro lugar, es también uno de tales dobles: ni completa simulación ni completa identidad.
Grande es la tentación, para quien escribe el libro, de imponer su ley a toda esa profusión de simulacros, de prescribirles una forma, de darles una identidad, de imponerles una marca que les daría a todos cierto valor constante. “Yo soy el autor: observen mi rostro o mi perfil; esto es a lo que deberán parecerse todas esas figuras calcadas que van a circular con mi nombre; aquellas que se le aparten no valdrán nada; y es por su grado de semejanza como podrán juzgar el valor de las demás. Yo soy el nombre, la ley, el alma, el secreto, la balanza de todos esos dobles míos.” Es así que se escribe el Prefacio, primer acto por el cual empieza a establecerse la monarquía del autor, declaración de tiranía: mi intención debe ser su precepto, someterán la lectura que hagan, sus análisis, sus críticas, a lo que yo he querido hacer. Comprendan bien mi modestia: cuando hablo de los límites de mi empresa, mi intención es reducir su libertad; y si proclamo mi convicción de no haber estado a la altura de mi tarea, es porque no quiero dejarles el privilegio de oponer a mi libro el fantasma de otro, muy cercano a él, pero más bello. Yo soy el monarca de las cosas que he dicho y ejerzo sobre ellas una eminente soberanía: la de mi intención y la del sentido que he deseado darles.
Yo quisiera que un libro, al menos del lado de quien lo ha escrito, no sea más que las frases de que está hecho; que no se desdoble en ese primer simulacro de sí mismo que es el simulacro, y que pretende imponer su ley a todos aquellos que, en el futuro, podrían formarse a partir de él. Quisiera que este objeto-acontecimiento, casi imperceptible entre tantos otros, se recopie, se fragmente, se repita, se simule, se desdoble y finalmente desaparezca sin que aquel a quien le tocó producirlo pueda jamás reivindicar el derecho de ser su amo, de imponer lo que quiere decir, ni de decir lo que debe ser. En resumen, me gustaría que un libro no se dé a sí mismo ese estatuto de texto al cual bien sabrán reducirlo la pedagogía y la crítica; pero que no tenga el desparpajo de presentarse como discurso: a la vez batalla y arma, estrategia y choque, lucha y trofeo o herida, coyuntura y vestigios, encuentro irregular y escena respetable.
Por eso, a la demanda que se me ha hecho de escribir un nuevo prefacio para este libro reeditado, sólo he podido responder una cosa: suprimamos entonces el antiguo. Eso sería lo honesto. No tratemos de justificar este viejo libro, ni de reinscribirlo en el presente; la serie de acontecimientos a los cuales pertenece y que son su verdadera ley está lejos de haberse cerrado. En cuanto a la novedad, no finjamos descubrirla en él, como una reserva secreta, como una riqueza antes inadvertida: sólo está hecha de las cosas que se han dicho acerca de él, y de los acontecimientos a que ha sido arrastrado.
—Pero ¡usted acaba de hacer un prefacio!
—Por lo menos es breve.

Prefacio de Historia de la locura en la época clásica.